Pajares | Aguas de venganza | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 284 Seiten

Pajares Aguas de venganza


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16328-73-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 284 Seiten

ISBN: 978-84-16328-73-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La frontera es territorio criminal. Lo es porque concita delitos de gran magnitud, como el tráfico de drogas o el de armas, pero también porque marca el límite del Estado de derecho, y en ese linde se diluyen las garantías que las leyes ofrecen a los ciudadanos, más aún cuando los ciudadanos no lo son del propio Estado. Las fuerzas policiales que custodian las fronteras luchan contra los muchos delitos que se congregan en ellas, pero protagonizan también ciertas acciones que se sitúan en los márgenes de lo admisible y que quedan lejos del alcance de la justicia. Son muchos los inmigrantes y refugiados que mueren en su intento de cruzar la frontera sur y, a veces, las acciones policiales no son ajenas a esas muertes. Esta novela invita a la reflexión sobre la difusa responsabilidad criminal que existe en esos casos. El inspector Samuel Montcada se ve obligado a investigar ciertos crímenes cometidos en la frontera sur para desvelar unos asesinatos producidos en Barcelona. En su recorrido, obtiene información sobre actuaciones concretas de la Guardia Civil española y de los policías y militares marroquíes.

Miguel Pajares es antropólogo social y presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado. Su primera novela, 'Cautivas', publicada en el año 2013, fue finalista al Premio Nadal en su 68.ª edición y al premio a la mejor primera novela de género negro en la Semana Negra de Gijón de 2014. El tema que en ella abordó fue la trata de mujeres. Con su segunda novela, 'La luz del estallido', continuó cultivando el género negro de denuncia social, adentrándose esta vez en el racismo más extremo. Ha escrito varios libros de ensayo y numerosos artículos. El primero de sus libros, 'La inmigración en España', se publicó en 1998, y después le siguieron otros ocho títulos, centrados en temas como la lucha contra el racismo, la inmigración, el asilo y los derechos humanos. En los veinticinco años que lleva trabajando sobre esos temas, ha sido asesor o miembro de distintas instituciones, como el Foro para la Integración Social de los Inmigrantes, el Comité Económico y Social Europeo, o el Sistema de Observación Permanente de las Migraciones de la OCDE.
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1


La consciencia le llegó remisa.

Lo primero que notó fue que tenía todo el cuerpo dolorido, incluida la cara. Se despertaba de un sueño extraño, pero no lo hacía en la cama. Ni siquiera estaba tumbado. ¿Qué le ocurría? ¿Dónde se hallaba? ¿Qué le producía el entumecimiento que percibía en todo su cuerpo?

Estaba sentado y con el tronco caído hacia un lado. Intentó moverse y al punto reparó en que se encontraba atado de pies y manos. Algo le sujetaba también la boca y le impedía mover las mandíbulas y los labios. Enderezó ligeramente la cabeza y abrió los ojos. No había mucha luz, pero la suficiente como para darse cuenta de que no reconocía el entorno, aunque lo que más lo turbaba era su propio cuerpo. Se miró a sí mismo, pese a la dificultad con la que movía la cabeza. Se encontraba sentado sobre el lado izquierdo de un herrumbroso banco metálico de jardín; aunque aquello no era un jardín, ni mucho menos. Tenía los brazos atados a la espalda, quizá con cordel, pero además una cinta adhesiva ancha y gris le cubría el tronco y los brazos con gran número de vueltas y, a su vez, lo ataba al respaldo del banco. Sus piernas también estaban envueltas por la misma cinta y enganchadas por debajo de las rodillas a una pata del asiento. Y, aunque no podía verla, supuso que esa misma cinta era la que le envolvía la cabeza a la altura de la boca dejando inmóviles sus mandíbulas. No tenía la más mínima posibilidad de moverse, ni siquiera para aliviar el dolor que le producían esas ataduras y la postura en la que probablemente llevaba bastantes horas. Notó, no obstante, que la cinta que lo amordazaba tenía una apertura en la línea de los labios. Quien le hubiera hecho esto no quería que se ahogara en caso de que no pudiera respirar por la nariz. Volvió a prestar atención a su entorno. Era una especie de garaje, con mucha suciedad y gran número de objetos: herramientas, sillas viejas, restos de vehículos, cajas de botellas vacías, maderas… No sabía dónde estaba.

Pero ¿quién lo había traído hasta aquí y lo había atado de esta manera?

¿Y cuándo?

¿Y por qué?

Hurgó en los recuerdos más recientes, hasta darse cuenta de que lo último de lo que tenía constancia era el momento en el que aparcó el coche en el parking del edificio donde vivía, después de haber dejado a su hijo en el colegio. Se bajó del coche, cerró la puerta, apretó el botón de la llave y… Sí, ahora lo recordaba. Alguien lo agarró por detrás y le tapó la boca y la nariz con un trapo. Un trapo que olía a… Lo anestesiaron, eso debió de suceder. ¿Por qué?, volvió a preguntarse. ¿Y quién? Escrutó de nuevo el lugar en el que se encontraba para intentar identificarlo, pero nada le resultó reconocible. Definitivamente, era un garaje para no más de un par de vehículos, aunque, en lugar de éstos, lo que había eran muchos trastos. Un gran portón de entrada se cruzaba en el suelo con dos surcos, hechos seguramente por el movimiento de carros, más que de coches. Una vieja cochera de una casa no menos vieja. O una antigua cuadra. Las ventanas habían desaparecido tras unas tablas clavadas a la pared, aunque por sus muchas rendijas se filtraban líneas de luz. Nada de lo que veía a su alrededor le daba ninguna pista sobre dónde podía hallarse. Trató de percibir ruidos, pero el silencio era absoluto. Salvo por un lejano trino que creyó oír. Probablemente no se encontraba en una ciudad ni núcleo urbano. Una casa en el campo, más bien.

Hacía frío.

Tenía ganas de orinar.

Todo le dolía.

Quien le hubiera hecho esto algo quería de él. Quizá se tratara de un secuestro para pedirle dinero. Pero él no tenía dinero; y tampoco sus familiares —ninguno muy cercano— eran ricos; y aunque alguno tuviera algún dinero ahorrado, difícilmente lo daría para salvarle la vida. En realidad, aparte de su hijo, casi podía decir que no tenía familia alguna. Si la intención de su secuestrador era pedir dinero por su rescate, había errado el tiro por completo. Tampoco los del consulado invertirían un céntimo para sacarlo de este trance. No, no era un rescate lo que querían de él. Nadie que se hubiera tomado tantas molestias para hacer lo que había hecho podía ignorar que él no valía más que los pocos euros que le quedaran en la cuenta corriente en un día de la segunda quincena del mes, como era el caso.

Intentó mover alguna de sus extremidades para aliviar el dolor y la sensación de parálisis que lo dominaba, primero los brazos y después las piernas, pero nada logró contra la cinta que cubría casi todo su cuerpo. Ningún centímetro le ganó a la rigidez que esa faja imponía. Pensó que acaso apretando los pies contra el suelo podría mover el banco, aunque fuera a riesgo de caer de espaldas y darse un golpe en la cabeza, pero enseguida comprobó que ni eso sería posible: el banco parecía muy pesado y sus piernas estaban atadas a la pata delantera impidiendo que pudiera presionar con ellas para levantarlo. ¿Cuánto iba a durar este calvario? ¿Le oiría alguien si pedía socorro? Intentó gritar, y algunos sonidos salieron de su boca, incluso logró articular palabras que pudieran resultar audibles, pero no gritos. La imposibilidad de separar suficientemente los labios le impedía emitir sonidos fuertes.

Tenía sed. Mucha. Y muchas ganas de orinar.

Una venganza. Si no se trataba de un secuestro para pedir un rescate, lo más probable era que alguien estuviera vengándose de él por algún motivo. ¿Tenía cuentas pendientes que merecieran lo que estaba pasándole? Su vida no había sido un ejemplo de probidad, desde luego. Se la había ganado como había podido, y había realizado cuantas actividades furtivas le permitían aumentar los escasos ingresos que el Reino asignaba a los funcionarios de su nivel. Pero ¿había quedado algún hilo suelto?; ¿alguien lo suficientemente enfadado con él como para esto? ¿Algún canalla que se hubiera sentido engañado, estafado o denunciado por él?

Estas preguntas comenzaron a repetirse machaconamente en su cabeza mientras los minutos iban pasando.

Primero los minutos y después las horas.

Fue repasando una por una las actividades que le parecieron más subrepticias y onerosas de las que en años anteriores había realizado, y las personas que participaron en ellas. Recordó algunas amenazas que profirieron en su contra, pero ninguna le parecía con la suficiente entidad como para ser ejecutada años después.

Los dolores aumentaban y el malestar que recorría todo su cuerpo resultaba cada vez más insoportable, pero ahora además sentía mucho frío. Mucho más que cuando despertó. La disminución de luz indicaba que estaba cayendo la tarde y, tratándose de un día de mediados de diciembre y de un lugar posiblemente apartado de la ciudad, la temperatura bajaba muy deprisa.

Se orinó.

Su hijo también le preocupaba. Habría llegado a casa, después del colegio, y estaría preguntándose dónde estaba su padre.

Volvió a tratar de forzar algún movimiento, pero la tumefacción de algunas partes de su cuerpo convertía en un suplicio esos intentos y, además, se dio cuenta de que no le quedaban fuerzas ni para tensar los músculos. Si horas atrás no había logrado mover ninguno de sus miembros, ahora le resultaba mucho más difícil. Moriría sin más si alguien no lo liberaba de aquellas implacables ataduras. Quizá lo habían dejado ahí para que su vida fuera extinguiéndose poco a poco, dominado por los dolores de todo su cuerpo y por el frío, atormentado por las preguntas de quiénes y por qué lo habían sentenciado.

Ahora no se veía nada. Fuera de aquel trastero se había hecho de noche.

Las horas seguían pasando.

En algunos momentos debió de perder la consciencia, pues creía tener la sensación de despertar golpeado por el frío y los dolores.

Y la sed.

Lentamente, volvió a entrar algo de luz por las rendijas de las ventanas y otros huecos. Se hacía de día.

La confusión se adueñaba de su cerebro cuanto más lo martilleaba con la misma pregunta: ¿quién o quiénes le habían hecho esto? Pero ahora lo que más le preocupaba era su hijo. ¿Qué estaría pensando, después de una noche entera en la que su padre no se había presentado en casa? ¿A quién habría llamado? Él tenía un primo en Barcelona, pero el niño no sabría cómo localizarlo; hacía meses que no lo veían; puede que ni siquiera estuviera ya en Barcelona.

Su querido hijo. ¿Cómo iba a arreglárselas a sus once años si le faltaba el padre? Aquí no tenía otros familiares, aparte de ese primo. Y allí… Sin abuelos ni tíos carnales, los demás parientes poco estarían dispuestos a hacer por él. ¿Recibiría ayuda por parte del consulado? Alguna recibiría, sí, pero poca, sin duda.

Oyó el ruido de un coche. Primero débilmente; después cada vez más cerca. Hasta que pareció que se había detenido a escasos metros del portón del garaje. En pocos segundos, el motor se paró. Esto le devolvió la esperanza. Quien hubiera llegado en ese coche podía no estar implicado en lo que le habían hecho. Tenía que hacer ruido para que supieran que estaba dentro del garaje. No logró gritar, pero sí hacer sonidos pidiendo socorro que tal vez pudieran ser oídos.

De pronto percibió pasos en el exterior aproximándose a donde se encontraba. Sonaban como si alguien caminase por una zona de tierra y hojarasca.

Ruidos en el portón: alguien manipulaba un candado.

La puerta se abrió y la silueta de un hombre alto se dibujó contra la luz exterior. No podía verle la cara.

El hombre se...



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