E-Book, Spanisch, 608 Seiten
Reihe: TBR
Owen Una corona de mentiras
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-32-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 608 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-32-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Como princesa secreta, la segunda gemela en nacer, solo tengo un propósito: sacrificar mi vida por mi hermana. Vivo en el desierto de Aryd, oculta bajo la apariencia de una chica pobre y vulgar, y solo me cuelo en palacio para interpretar el papel de mi hermana, la auténtica heredera al trono, cada vez que su vida corre algún peligro.Ahora la reina ha muerto y el invierno está a las puertas del reino. La oscuridad es inminente. Y la única forma de salvar a mi hermana y nuestro dominio es matar a Eidolon... y al Espectro Sombrío que me ha robado el corazón.
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1
Una choza
y una arpía
El presente...
Calculo el paso del tiempo mediante una única estrella que se arrastra por el cielo, al otro lado de mi pequeña ventana sin cristales. La observo mientras espero.
Estoy siempre a la espera. A la espera de escabullirme fuera. A la espera de que me llamen para cumplir con mi deber. A la espera de que Omma, que me ha criado desde que nací, me diga qué hacer. A la espera de convertirme en cualquier cosa, excepto en quien yo soy.
Mereneith Evangeline XII de Aryd.
La princesa más joven de una larga estirpe de gemelas reales; una para gobernar, y la otra solo para servir como doble de cuerpo de la soberana, para protegerla en circunstancias peligrosas. Y, por supuesto, en el más absoluto secreto.
Lo que significa que, durante todo el tiempo que me paso a la espera, básicamente no hago otra cosa que esperar para morir.
Me llevo las rodillas al pecho mientras observo el cielo nocturno. Ya no falta mucho. He estado escabulléndome desde que era pequeña. ¿Estúpida e imprudente? Puede ser, pero el desierto es el único lugar donde puedo ser Meren. Donde vive Cain.
Cain es un Caminante, parte del pueblo nómada que viaja por los desiertos y que pasa por la ciudad de forma periódica para comerciar con su mercancía. Entre sus viajes y la atenta mirada de Omma, que me mantiene aquí clavada, ha pasado una eternidad desde la última vez que escapé de esta casa.
Mi sangre resuena ante la idea de volver a verlo, no solo porque sea mi único amigo de verdad, sino porque Cain me enseña cosas que Omma jamás consentiría. Cosas que podrían darme la oportunidad de sobrevivir si el rey de Tyndra viene alguna vez a por nosotras.
Eidolon: el condenado motivo por el que estoy atrapada.
Las historias que Omma y la abuela nos han contado son terroríficas. El rey inmortal ha secuestrado y asesinado a reinas de Aryd durante siglos. Tan solo ha dispensado a un puñado de generaciones; por eso nuestra abuela todavía conserva su trono, y Omma, su vida.
Él siempre viene a por nosotras, lo que pasa es que no sabemos cuándo ni por qué. Y esa imprevisibilidad es lo que más me asusta.
Me siento con la espalda erguida. No. Me niego a pensar en el cruel destino que la Madre Diosa y sus seis hijas han tejido para mí. Esta noche no. Esta noche es mía.
O lo será, si es que puedo salir de esta maldita casa sin que me atrapen.
En el instante en que mi estrella desaparece de la vista, me pongo en pie y me ajusto el disfraz. Una camisa negra y ceñida, bombachos y unas botas gastadas de piel de ternera; todo raído, como corresponde a una pobre huérfana de ciudad y no a una princesa en clandestinidad.
Algunos días me pregunto cuál de los dos es el disfraz.
Después de haber comprobado que llevo encima el cuchillo, que siempre oculto entre la ropa, me coloco el pañuelo de tal modo que solo se vean mis ojos. Me lo pongo cada vez que salgo de la casa y voy a la ciudad, no quiera la Diosa que alguien me confunda con la princesa Tabra, la legítima heredera al trono.
Soy la gemela idéntica de Tabra: tengo el mismo pelo largo y negro, la misma piel dorada que se llena de pecas al sol, los mismos ojos de insólito color ámbar y la misma barbilla obstinada. Una copia exacta, hasta el último lunar o cicatriz.
Será mejor no contar cómo me hice esas cicatrices.
Observo la ventana. Hay un buen motivo por el que nunca antes he escapado de esta forma, pero la Arpía me ha pillado todas las otras veces y me gustaría ahorrar mis monedas si puedo. Mientras paso la pierna por encima, el estómago me da un vuelco y me agarro al alféizar con fuerza. Las alturas y yo no nos llevamos nada bien.
Suelto un bufido de irritación. La princesa Mereneith, Imperium e intrépida doble de la futura reina de Aryd, tiene miedo de caer hacia la muerte desde apenas una planta de altura.
Si Cain me viera ahora mismo, me daría la tabarra hasta el fin de los tiempos.
Evitando mirar abajo, me deslizo por el entramado de tejas hacia la esquina, hasta la tubería de desagüe que hay pegada a la pared. Unos puntos negros nublan mi visión. ¿Es que el aire está más enrarecido aquí arriba? O tal vez se me ha olvidado respirar. Uf.
Me agarro a la tubería y, sin darme tiempo para pensar en ello, desciendo hasta el callejón que hay abajo. Tomo una bocanada temblorosa cuando mis pies tocan por fin el suelo.
No pienso volver a hacer esto.
Al menos he tenido suerte: el callejón está vacío. No hay rastro del perro guardián de Omma.
Arrugo la nariz, asqueada. Aquí fuera siempre huele a pis. La vieja choza en la que vivimos Omma y yo se encuentra incrustada entre dos tabernas más altas, como un niño pequeño aplastado entre dos hombres corpulentos en un banco del templo; el tipo de establecimientos pensados para los viajeros más vulgares, los borrachos y las putas. Así es como Omma las llama, aunque las mujeres que trabajan allí siempre han sido amables conmigo. A excepción de la selkie, pero ella es antipática con todo el mundo.
Ignoro mis manos temblorosas y saco la mochila del montón de basura donde la había guardado antes. «Nunca vayas al desierto sin prepararte», me dice siempre Cain. Él lo sabe bien.
Las ratas del desierto se escabullen fuera de mi camino, mostrando sus dientecillos afilados como cuchillas. Las alimañas han abierto un agujero en la lona. Típico.
Con la mochila al hombro, avanzo con rapidez hasta el final del callejón. La siguiente calle está tranquila. Perfecto. Es más seguro si cruzo las murallas antes de que la ciudad se llene de gente que sale a disfrutar del frescor de la noche.
Pero, cuando voy a dar un paso, una mano nudosa me aferra del brazo y tira de mí con una fuerza sorprendente. Una retahíla de maldiciones se me pasa por la cabeza, pero, por una vez, consigo no expresarlas en voz alta.
La Arpía –nunca he oído a nadie llamarla de otra forma– mira más o menos en mi dirección. Desde hace años, mi tía abuela paga a esta pordiosera vieja y medio ciega para que vigile la casa –y a mí– cuando ella no está. Pero Omma es tacaña, aunque se trate de proteger a la cuasi princesa, y la Arpía no es más que una Vex.
Sin embargo, su ausencia de poderes no la hace menos intimidante.
–No deberías salir fuera esta noche –me dice con una voz que solo una madre encontraría amable, con sus dedos retorcidos crispados contra mi brazo.
Pero nadie me va a convencer. Cambio el peso de un pie a otro, impaciente por salir de aquí.
–Escucha...
Levanta una mano para interrumpirme y suelta un resoplido.
–Tú... ten cuidado esta noche, muchacha.
Frunzo el ceño. Nunca se había molestado en hacerme advertencias, ni mucho menos me había dejado marchar.
–¿Por qué?
–Puede que esté medio ciega, pero mis oídos funcionan bien. Se habla de más gente desaparecida. Secuestrados en mitad de la noche. –Hace una pausa y baja su voz a un susurro–. Creo que el Espectro Sombrío vuelve a caminar entre nosotros.
El Espectro Sombrío...
Un escalofrío recorre mi espalda. En la ciudad de Enora, todo el mundo ha oído hablar de alguien que conoce a alguien que ha desaparecido. Los llaman los «Desvanecidos». ¿Es esta la razón?
Le doy vueltas a las palabras que ha dicho.
–Espera. ¿Cómo que «vuelve»?
Ella asiente con la cabeza.
–No es la primera vez que vienen las sombras.
¿Cómo que no? ¿Por qué Omma nunca lo ha mencionado?
–Pero esta vez es diferente –añade.
Suelto aire a través de la nariz. Tengo demasiadas preguntas, pero la Arpía ya me ha contado más de lo que esperaba.
–Gracias por la advertencia. Tendré cuidado –le digo. Y, entonces, ya sea para tranquilizarla a ella o a mí misma, le lanzo una sonrisa arrogante y añado–: Las sombras y yo tenemos cierta... afinidad mutua.
Y es cierto. Las sombras son la única forma que tengo de escapar. Ellas me esconden y, a cambio, yo les cuento todos mis deseos.
En su mayoría, deseos de una vida diferente.
Tal vez no pensaría del mismo modo si me encontrara cara a cara con el Espectro Sombrío. Solo soy una chica de dieciocho solsticios de verano, una Imperium cuyos decepcionantes poderes para controlar la arena no le dejarían ni un rasguño. Porque, a ver, ¿qué podría hacer? ¿Lanzarle arena a los ojos? Si es que tiene ojos siquiera. Me estremezco ante la idea.
De todos modos, se supone que no puedo utilizar mis poderes, y menos aún en público.
Es una norma estricta. Una de muchas.
Me pongo derecha. Ya tengo suficientes preocupaciones con salir de la ciudad, pero la advertencia de...




