E-Book, Spanisch, 312 Seiten
Reihe: Literatura universal
Orczy El desquite de sir Percy
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-7254-706-3
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 312 Seiten
Reihe: Literatura universal
ISBN: 978-84-7254-706-3
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Era hija del barón Felix Orczy (compositor) y su esposa la condesa Emma Wass. Entre los amigos de la familia estaban los compositores Charles Gounod, Franz Liszt y Richard Wagner. El padre, un empresario que había intentado modernizar con nueva maquinaria su empresa, vio como los obreros incendiaban las máquinas en una revuelta y quedó tan afectado que decidió abandonar Hungría con su familia en 1868. Vivieron en Bruselas y luego en París, donde Emma estudió música. Por último la familia se estableció en Londres en 1880, en el 162 de la Great Portland Street. Emma Orczy siguió cursos de la West London School of Art y luego de la Heatherley's School of Fine Art, donde ella conoció a Montague Maclean Barstow, al que desposará en 1894. Los esposos carecían de medios económicos y Emma Orczy tuvo que trabajar con su marido como traductora e ilustradora. Su único hijo, el futuro escritor John Montague Orczy-Barstow, nació el 25 de febrero de 1899. Poco tiempo después, la baronesa publicó su primera novela, The Emperor's Candlesticks (1899), que no obtuvo éxito alguno. En revancha, una serie de relatos policiacos aparecidos en el Royal Magazine le atrajo cierto público. Eran bastante originales, pues hacía que los casos criminales los resolviera no el usual detective, sino un 'Viejo del rincón' (The Old Man In the Corner, 1909) que permanecía sentado en un salón de té londinense atando o desatando nudos en un cordel y tomando vasos de leche o porciones de tarta de queso. Sus casos se los traía una joven periodista, Polly Burton. El libro siguiente, In Mary's Reign (1901), fue mejor recibido y en 1903 escribió con su marido una pieza teatral que introducía en escena a un caballero inglés que recogía a aristócratas franceses huidos de la Revolución francesa, The Scarlet Pimpernel ('La Pimpinela escarlata'). La obra conoció un gran éxito durante cuatro años y esto impulsó a la escritora a escribir una novela bajo el mismo título y otras mismas sobre el mismo personaj, sir Percy Blakeney, La pimpinela escarlata (1905 - 1940), de las cuales la más famosa fue Will Repay (1906). El personaje principal es un aristócrata aparentemente dandy, fatuo y superfluo, que lleva una doble vida en tiempos del Reinado del Terror, durante la Revolución francesa, salvando a aristócratas inocentes del Comité de Salud Pública y la guillotina. Percy se siente traicionado por su esposa, la actriz francesa Marguerite Saint Just, y es perseguido sin tregua por el agente republicano francés Chauvelin. El éxito de sus obras permitió a la baronesa comprarse una propiedad en Montecarlo, Villa Bijou, donde pasaba los inviernos. En esos años viajó bastante por Europa y América. Murió en Henley-on-Thames el 12 de noviembre de 1947 a la edad de ochenta y dos años. Su hijo, John Montague Orczy-Barstow, también adoptó la profesión de la escritura bajo el pseudónimo de 'John Blakeney', tomado del personaje más célebre creado por su madre.
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Capítulo primero
Allí donde actualmente se levanta el Hotel Moderno, con sus espléndidos ventanales, había en aquellos tiempos una casa muy modesta con tejado de arcilla y paredes recubiertas de cal. Su propietario era un viejo campesino de la región del Delfinado, llamado Baptiste Portal. Se dedicaba a vender refrescos a viajeros y transeúntes, igual como su padre y su abuelo lo habían hecho antes que él, sirviendo a los clientes un vaso de vino del país o un poco de aguardiente. Por aquellos días, sin embargo, el hombre pasaba parte de su tiempo sin hacer nada, ya que las posadas abiertas recientemente en los caminos principales le habían quitado toda su clientela. El viejo Baptiste no veía la necesidad de que existieran aquellas posadas, como tampoco veía la utilidad de las carreteras ni de las sillas de montar. Antes de que a la gente que gobernaba en París se le ocurriera poner todas estas cosas, los viajeros tenían bastante con ensuciarse de barro a lomos de un buen caballo o con llenarse de polvo dentro de un coche destartalado. ¿Por qué no seguía siendo igual ahora? ¿Acaso el vino añejo de Los almendros no era de la misma calidad o incluso mejor que el vinagre servido en aquellas posadas de tanto postín? El lugar se llamaba Los almendros, debido a que en la parte posterior de la casa había dos árboles anémicos de esta especie. Sus ramas se cubrían en primavera de flores lánguidas y, en verano, de polvo. Enfrente de la casa y apoyado en la pared recubierta de cal, había un banco de madera en el que Baptiste dejaba sentar a sus mejores clientes durante las tardes más agradables. Allí bebían el vino del país y se divertían oyendo cómo el viejo despotricaba del gobierno «instalado en París» y del rumbo que había tomado recientemente. Desde aquel lugar privilegiado se podía contemplar el magnífico paisaje que se extiende sobre el valle de Bueche, atravesando Laragne y llegando hasta las cumbres de Pelvoux. A lo lejos y a la derecha, se podía divisar la antigua ciudadela de Sisteron, con sus torres y fortificaciones que se remontan al siglo XIV, así como la espléndida iglesia de Notre Dame. Con todo, ni el paisaje, ni los ríos sinuosos, ni el castillo medieval, ni las cumbres nevadas interesaban demasiado a los clientes de Baptiste. Preferían hablar sobre el precio de las almendras o sobre el alarmante incremento del coste de la vida.
En aquella tarde de mayo, sin embargo, el mistral proveniente de las cumbres nevadas de Pelvoux soplaba despiadadamente sobre el valle. De ahí que el frío y el polvo obligaran a los clientes del buen Baptiste a meterse dentro de la casa. En el interior había una habitación de techo bajo, adornada con ristras de cebollas y ajos que pendían del artesonado, tiestos de albahaca y otras hierbas. Perfumaba también la estancia el aroma de una olla que hervía a fuego lento en la cocina. Todo ello conseguía crear la atmósfera agradable, cálida y fragante, que tanto aprecian las personas honradas del Delfinado. Aquella tarde memorable, con todos sus detalles dramáticos, fue comentada durante mucho tiempo por los chismosos de Sisteron y de Laragne. En aquellos momentos, no obstante, el único acontecimiento dramático fue la llegada de un destacamento de soldados bajo el mando de un suboficial. Según dijeron, habían venido desde Orange con el fin de reclutar jóvenes para el ejército. Pidieron de cenar, así como habitaciones para pasar allí la noche.
Naturalmente los soldados, sólo por el hecho de serlo, no eran bien vistos por los honrados habitantes de Sisteron que frecuentaban Los almendros. En particular, les disgustaba todavía más el hecho de que vinieran a reclutar jóvenes como carne de cañón, con el fin de combatir a los ingleses y prolongar aquella terrible guerra que hacía subir el precio de la comida y escasear la mano de obra. Por otra parte, sin embargo, los soldados eran bien recibidos como simples ciudadanos. Traían noticias de otros lugares y, aunque la mayoría eran malas, ya que nada bueno ocurría en el mundo por aquellos días, por lo menos eran noticias. Cuando contaban lo que sucedía en París, en Lyon o en un lugar cercano como Orange, la acción de la guillotina, las matanzas, las enormes carnicerías de tiranos y de aristócratas, todo el mundo se sobresaltaba de horror y de aprensión. Con todo, también contaban anécdotas de la vida que llevaban en el cuartel. Entonces reían y cantaban alguna canción libertina, de modo que la vida parecía filtrarse un poco en aquel rincón soñoliento y casi mortecino del viejo Delfinado.
El grupo de soldados ocupaba el mejor sitio de la única habitación disponible. Estaban sentados en los bancos que había a cada lado de la mesa instalada en el centro, apiñándose como higos secos dentro de una caja. El viejo Baptiste Portal se hallaba sentado junto al oficial que mandaba el destacamento. Le dio la impresión de que aquel hombre era un teniente o cualquier otro subalterno. Pero, ¡qué difícil resultaba en aquellos días distinguir a un oficial de los demás soldados rasos del ejército, si no se fijaba uno en los distintivos que llevaban en el hombro! ¿Cómo podía compararse aquel hombre, aquel rufián, con los magníficos oficiales de los ejércitos reales que habían existido en el pasado?
Ciertamente, el hombre no era altivo. Se había sentado con sus compañeros, gastando bromas y bebiendo con ellos, y en aquel momento invitó al amigo Portal a beber con él un vaso de vino.
—A la salud de la República —dijo— y del ciudadano Robespierre, el poderoso e incorruptible señor de Francia.
Baptiste movió su cabeza canosa y no se atrevió a rechazar la invitación. Al fin y al cabo, los soldados eran soldados y ya se habían esforzado mucho en explicarle la razón por la que la guillotina estaba tan ocupada: muchos franceses no habían aprendido todavía a ser auténticos republicanos.
—Hemos decapitado a Luis Capeto, así como también a la viuda Capeto —añadió el oficial con un horrible énfasis. Pero existen aún algunos franceses que no son buenos patriotas y que desean el retorno de los tiranos.
Baptiste, no obstante, igual como todos los habitantes del Delfinado, había aprendido en su infancia a venerar a Dios y a honrar al rey. Por esto el crimen de regicidio constituía para él algo imperdonable, igual como lo era el misterioso pecado contra el Espíritu Santo que el cura párroco solía explicar vagamente, sin que nadie lograra entenderlo. A Baptiste tampoco le gustó la falta de respeto con que el oficial se refirió a Su Majestad el rey Luis XVI y a su augusta reina, llamándolos «Luis Capeto y viuda Capeto». Pero calló su propio parecer y bebió en silencio el vaso de vino. En aquel momento, sus ideas no interesaban a nadie.
A pesar de todo, la concurrencia seguía hablando cada vez con más animación: los aristócratas poseían tierras que en justicia pertenecían al pueblo. Ni Baptiste ni sus clientes, viejos campesinos del lugar, podían discutir con el teniente y sus soldados. No podían objetar nada. Tenían que limitarse a mover su cabeza y a suspirar, cuando oían las chanzas groseras que aquellos hombres dedicaban a personas y a familias conocidas y apreciadas por todo el mundo en el Delfinado.
En aquellos instantes se referían a los Frontenac.
La conversación y las burlas giraron ahora en torno a la familia Frontenac, aquellos que eran dueños de sus tierras desde tiempos inmemoriales, sin que nadie pudiera precisar desde cuándo. Según aquellos soldados de la República, sin embargo, los Frontenac no solamente eran malos patriotas, sino también tiranos y traidores. ¿Sabía el ciudadano Portal por qué razón?
No. Portal no lo sabía. Con todo, nunca le habían llamado «ciudadano» y este apelativo no le gustaba. Hasta entonces todo el mundo le había conocido simplemente por Baptiste. Por otra parte, se resistía a aceptar que los Frontenac fueran unos traidores. El señor sabía más de ganado y de almendras que cualquier persona en varias leguas a la redonda. ¿Cómo era posible que fuese un mal patriota? La señora era una dama muy buena y piadosa. La señorita estaba enferma y tenía un carácter muy dulce. No obstante, se produjo una discusión sobre este punto de vista. El oficial reprochó a Baptiste que hablase de los Frontenac con los nombres de «señor», «señora» y «señorita».
—En nuestros días se han terminado los aristócratas —concluyó el teniente con grandilocuencia. ¿No somos todos ciudadanos de Francia?
El reproche del teniente fue acogido con silencio y sumisión por parte de todos los campesinos. Únicamente su última manifestación de exaltado patriotismo dulcificó un poco el ambiente. Por este motivo, el oficial tuvo a bien explicar cómo le habían ordenado llevar a cabo un registro en casa de los Frontenac. Si encontraba allí cualquier cosa comprometedora, ni el mismo diablo podría salvarlos. Sus vidas no valdrían ni un ochavo. En realidad, dado que esta era la opinión del teniente, ¿quién podía saberlo mejor que él? Los Frontenac estaban ya juzgados. Estaban condenados y listos para ir a la guillotina. El teniente Godet traía consigo la Ley de Sospechosos, promulgada hacía poco por la Asamblea Nacional.
Entre el auditorio hubo un nuevo movimiento de cabezas.
—Según esta ley —prosiguió diciendo Godet con gran entusiasmo, mientras procedía a hurgarse los dientes después de haber despachado una magnífica pierna de cordero—, los comités de todas las secciones tienen orden de arrestar de ahora en adelante a todas aquellas personas que sean sospechosas.
Ninguno de los campesinos que estaban allí sabía...




