E-Book, Spanisch, Band 393, 204 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
Olson Llamadme Ismael
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18436-11-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 393, 204 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
ISBN: 978-84-18436-11-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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CHARLES OLSON (Worcester, Massachusetts, 1910-Nueva York, 1979), académico y escritor, fue una figura fundamental para el desarrollo de la lírica estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, tendiendo un puente crucial entre el modernismo de Ezra Pound o William Carlos Williams y los denominados New American Poets.
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Llamadme Ismael
Tengo para mí que la existencia de todo ser humano nacido en Norteamérica gira en torno a la idea del ESPACIO, desde la cueva Folsom al día de hoy 2. Lo escribo con mayúsculas porque aquí es algo mayúsculo. Mayúsculo y despiadado.
No es más que geografía, en el fondo, una tierra vastísima desde el mismo comienzo. De ahí surgió el primer relato norteamericano (el de Parkman3): la exploración.
Algo más que una extensión de mares planetarios a ambos lados, sin barreras que contuvieran una cosa tan inquieta como el ser humano occidental que se estaba ya gestando en días de Colón. De ahí surgió el relato de Melville (en parte).
SUMADA a una dureza que todavía perpetuamos, un sol como un tomahawk, pequeños terremotos, pero grandes tornados y huracanes, un río de norte a sur que parte en dos la tierra y drena la sangre.
El fulcro de Norteamérica son las llanuras, a mitad de camino entre la tierra y el mar, un sol en todo lo alto, metálico y obstinado como el ferruginoso horizonte, y el trabajo del ser humano, para hacer la cuadratura del círculo.
Los hay que cruzan a caballo semejante espacio, otros han de clavarse a la tierra como la estaca de una tienda de campaña para poder sobrevivir. Según lo veo yo, Poe cavó, y Melville cabalgó. Ellos son las dos alternativas.
Los estadounidenses se siguen creyendo unos demócratas. Pero sus triunfos son los de la máquina. Es el único dominio del espacio que conoce la mayoría de ellos: de la llanta al pistón, del músculo al chorro. Y les da una trayectoria.
Para Melville, lo que yace en el fondo de nosotros como individuos y como pueblo no es la voluntad de ser libres, sino la voluntad de aplastar la naturaleza. Ahab no tiene nada de demócrata. Moby Dick, en tanto antagonista, reina solo como fuerza natural, como recurso.
Me interesa un Melville que decidió, a la altura de 1850, escribir un libro sobre la industria ballenera y lo que le pasó a un hombre al mando de una de las máquinas más atinadas en su funcionamiento hasta la fecha, llevada a la perfección por los estadounidenses en la época: el ballenero.
Este capitán, de nombre Ahab, conocía el espacio. Lo cabalgó por los siete mares. Era un avezado patrón de barco, alguien que los pescadores entre los que me crie llamarían «de sedal fino». Grandes capturas: volvió con las bodegas llenas de barriles, a rebosar de grasa de ballena, la luz de los hogares europeos y norteamericanos hasta mediados del siglo XIX.
Este Ahab se había vuelto loco. El objeto de su atención era algo desmesuradamente grande y blanco. Se había convertido en un especialista: tenía todo el espacio concentrado en la forma de una ballena llamada Moby Dick. Y la asedió, tal y como hizo Colón con un océano; La Salle, con un continente; la expedición Donner, con el invierno que pasaron atrapados en las montañas4.
Me interesa un Melville que dejó vagar la mirada lo suficiente como para comprender que el Pacífico es parte de nuestra geografía, otro lejano Oeste, y que lo prefiguran las llanuras, antitético.
El principio del ser humano fue la mar salada, y la perpetua reverberación de este dato incontestable desde antiguo, renovado constantemente en el despliegue de la vida que constituye cada ser humano individual, es el dato más importante que hay que retener cuando se trata de Melville. Pelágico.
Tenía la tradición dentro de sí, muy dentro, en el cerebro, en las palabras; la sal le latía en la sangre. Tenía el mar de sí mismo, que era a la vez en él vigor y herida, como lo era la calle para Poe. Le permitió beber en Shakespeare. Hizo de Noé y de Moisés sus contemporáneos. La historia era ritual y repetición cuando la imaginación de Melville latía a su propio y acordado ritmo.
En un sentido más antiguo que el de los europeos, tenía más que ver con la magia que con la cultura. Una magia que es toda negra, a diferencia de la adoración. Porque la magia tiene un propósito: obligar a los seres humanos y a las fuerzas no humanas a someterse a la voluntad de uno. Como Ahab, estadounidense, con un único objetivo: enseñorearse de la naturaleza.
Estoy dispuesto a montar cual caballo la imagen que Melville tiene del ser humano, de la ballena y del océano, para hallar en él las profecías, las lecciones que no nos explicó con detalle. Cien años nos dan una ventaja. Porque Melville iba más allá de sí mismo en estatura, tal y como más allá de sí mismo iba el odio de Ahab. Melville se tiraba de cabeza; sabía cómo arriesgarse.
El pobre lo estropeó todo. Se hizo un lío con Jesucristo. Contrajo matrimonio y no lo consumó. Se le murió un hijo de tuberculosis, el otro se pegó un tiro. Solo cabalgó en su propio espacio una vez: con Moby Dick. Tenía que pasarse de rosca si quería ser alguien. Tenía que ir a todo galope, como buen estadounidense, si no quería ser puro torpor. Mitad caballo y mitad caimán.
Melville aguantó lo suyo, contra viento y marea. No le quedaba más remedio. Él era el origen, el aborigen. Un principiante. Sucede así con los soñadores que hacen falta para descubrir América: Colón y La Salle ganaron, y luego la perdieron a manos de los competentes. Daniel Boone amaba su tierra. Harrod cuenta que se encontró un día con Boone más al oeste de Kentucky de lo que ningún blanco había estado nunca. Oyó un ruido que no supo descifrar, se subió a una peña con sigilo y allí, en un claro en la alta hierba, halló a Boone, cantando solo. Boone murió al oeste del Misisipi, el delincuente más «buscado» en su propio país, sin dinero, sin espíritu, sin tierra.
Principiante, e interesado en los principios. A Melville se le daba bien echar la vista atrás en el tiempo, hasta llevar la historia a sus umbrales y transformar el tiempo en espacio. Era como un migrante que volviera a Asia sobre sus propios pasos, un inca que quisiera encontrar el hogar perdido.
Somos el último «primer» pueblo. Y se nos olvida. Vivimos a lo grande, abusamos de la tierra y de nosotros mismos. Perdemos lo primordial que tenemos.
Melville fue para atrás, logró así descubrirnos, venir para delante. Lo más lejos que llegó fue hasta Moby Dick.
Según Ortega y Gasset, el hombre de la Antigüedad, antes de hacer nada, dio un paso atrás, como el torero cuando va a asestar la estocada mortal5.
Whitman es más poeta, se ve en cómo esboza los grandes rasgos de la vida en los Estados Unidos y cómo se identifica de forma consciente con el pueblo. Pero Melville tenía la voluntad. Estaba sin hogar en su tierra, en su sociedad y en sí mismo.
La lógica y la clasificación habían llevado la civilización hasta el ser humano, la alejaron del espacio. Melville fue al espacio a sondear y encontrar al ser humano. Los primeros pobladores hicieron lo mismo: la poesía, el lenguaje y la preocupación por el mito, como dice Fenollosa6, crecieron a la par. Entre los egipcios, Horus era el dios de la escritura y el dios de la luna, una misma figura para ambos, un MONO BLANCO.
En el puesto de Zeus, Odiseo, el Olimpo, hemos tenido a César, Fausto, la Ciudad. El giro llevó del ser humano como grupo al ser humano individual. Ahora, a pesar de la corrupción del mito que ha supuesto el fascismo, el péndulo ha girado otra vez. Melville fue el que le dio el primer impulso.
Le tiraba el origen de las cosas, el primer día, el primer ser humano, el mar desconocido, Betelgeuse, el continente hundido. Su imaginación sacaba un arpón de los sitios pasivos.
Buscó lo primigenio. Tenía frío, igual que nosotros, pero se calentó al amor de los primeros fuegos que siguieron al Diluvio. Le dio el poder de encontrar el pasado perdido de Norteamérica, el presente no hallado, y construir un mito, Moby Dick, para un pueblo de Ismaeles.
Se le fue de las manos. Como se nos va a nosotros. Construimos a AHAB, la BALLENA BLANCA, y los perdimos. Dejamos que se nos fuera John Henry7, de raza negra, trabajador, martillo en mano:
Dejó el martillo en el suelo y se murió.
Hemos dicho de Whitman que es la voz más grande que tenemos porque nos dio esperanza. Melville es más verdadero. Vivió intensamente el mal que hizo su pueblo, su culpa. Pero recordó el primer sueño. La Ballena blanca es más precisa que Briznas de hierba. Porque es Norteamérica, todo el espacio que abarca, la malicia, la raíz.
2 Yacimiento en una cantera a las afueras de Folsom, estado de Nuevo México, EE. UU., donde se descubrieron, en 1927, restos de huesos de bisonte y primitivas flechas que permitieron datar la presencia del ser humano en el subcontinente norteamericano 10.000 años atrás en el tiempo.
3 Francis Parkman, historiador estadounidense del siglo XIX, cuyo libro El camino de Oregón, publicado en España por la editorial Siete noches en 2007, fue siempre obra de referencia para Olson.
4 René Robert Cavelier de La Salle (1643-1687), explorador francés que recorrió el subcontinente...




