E-Book, Spanisch, 280 Seiten
Reihe: Ensayo
O'Connell Cómo ser una máquina
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-120993-1-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte
E-Book, Spanisch, 280 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-120993-1-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Mark O'Connell. Escritor. Es columnista sobre libros para Slate. También escribe en The Millions y es colaborador habitual del blog 'Page-Turner' de The New Yorker. Tiene un doctorado en literatura inglesa del Trinity College de Dublín, y en 2013 su monografía académica sobre el trabajo del novelista John Banville fue publicada por Palgrave Macmillan. Fue becario postdoctoral del Irish Research Council desde 2011 hasta 2012 en el Trinity College, donde enseñó literatura contemporánea.
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02
Un encuentro
Mientras me instalaba en la última fila de una abarrotada sala de conferencias en el Birkbeck y echaba una rápida ojeada a la multitud allí reunida, se me ocurrió pensar que el futuro, tal como se concebía, se parecía mucho al pasado. La conferencia del doctor Anders Sandberg había sido organizada por un grupo llamado Futuristas de Londres, una especie de tertulia transhumanista que se reunía de manera regular desde 2009 a fin de discutir temas de interés para los aspirantes a poshumanos: la prolongación radical de la vida, la transferencia mental, el incremento de la capacidad mental por medios farmacológicos y tecnológicos, la inteligencia artificial, la potenciación del cuerpo humano mediante prótesis y modificación genética… Nos habíamos reunido allí para reflexionar sobre un profundo cambio social, una inminente transfiguración de la condición humana, y, sin embargo, no podía ignorarse el hecho de que éramos un grupo abrumadoramente masculino. Dejando aparte el hecho de que casi todos aquellos rostros estaban iluminados por la pálida luminiscencia de las pantallas de sus teléfonos inteligentes, aquella reunión podía haber tenido lugar perfectamente en casi cualquier momento de los dos últimos siglos: un grupo compuesto principalmente de hombres, dispuestos en asientos escalonados en una sala de Bloomsbury, en el centro de Londres, congregados para oír hablar a otro hombre sobre el futuro.
Un caballero de mediana edad con pobladas cejas pelirrojas se acercó al atril y tomó el mando de la sala. Era David Wood, presidente de los Futuristas de Londres, destacado transhumanista y empresario tecnológico. Wood había sido uno de los fundadores de Symbian, el primer sistema operativo para teléfonos inteligentes comercializado de forma masiva, y su empresa Psion había sido una de las pioneras en el mercado de los ordenadores de bolsillo. Con un meticuloso acento escocés, habló de cómo los próximos diez años presenciarían más «cambios fundamentales y profundos en la experiencia humana que en ningún decenio anterior de la historia». Habló de la modificación tecnológica de los cerebros, del perfeccionamiento y la potenciación de la propia cognición.
—¿Podemos deshacernos —preguntó— de algunos de los sesgos y errores de razonamiento que todos hemos heredado de nuestra biología?, ¿de esos instintos que tan útiles nos fueron cuando deambulábamos por la sabana africana, pero que ahora no nos favorecen demasiado?
La pregunta parecía resumir la cosmovisión transhumanista, su concepción de nuestra mente y nuestro cuerpo como tecnologías obsoletas, formatos anticuados que necesitan una remodelación completa.
Luego Wood presentó a Anders, que para entonces se había convertido en un futurista de renombre, además de en miembro investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad de Oxford, una organización fundada en 2005 gracias a una donación del empresario tecnológico James Martin, donde una serie de filósofos y otros académicos se encargaban de conjurar y reflexionar sobre diversos escenarios posibles para el futuro de la especie humana. Anders todavía seguía siendo reconocible como el joven de aspecto sacerdotal cuyo extraño y solitario rito había tenido ocasión de ver en el vídeo de YouTube; pero ahora tenía unos cuarenta y pocos años y un aspecto más rollizo y contundente, que se asemejaba más o menos al característico aspecto desaliñado de los eruditos profesionales: traje arrugado y cierto aire de abstracta sociabilidad.
Habló durante casi dos horas sobre el tema de la inteligencia, sobre cómo esta podía aumentarse tanto en el individuo como en el conjunto de la especie. Habló de diversos métodos de potenciación cognitiva, existentes y futuros: educación, fármacos inteligentes, selección genética, tecnologías de implantes cerebrales… Habló de cómo a medida que los humanos envejecen, pierden su capacidad de asimilar y retener información. Las tecnologías de prolongación de la vida, concedió, contribuirían en cierta medida a hacer frente a esa situación, pero también tendríamos que mejorar el funcionamiento de nuestro cerebro a lo largo de la vida. Habló de los costes económicos y sociales que implicaba tener un rendimiento mental deficiente; de cómo el solo hecho de no recordar dónde ha dejado uno las llaves de casa —es decir, el tiempo y la energía invertidos en tratar de encontrarlas— generaba cada año un déficit de 250 millones de libras en el PIB del Reino Unido.
—Constantemente se producen un montón de pequeñas pérdidas de este tipo en la sociedad —añadió— por culpa de errores estúpidos, olvidos, etc.
Aquello me pareció una manifestación extrema de positivismo. Anders hablaba de la inteligencia básicamente como una herramienta de resolución de problemas, una función de productividad y rendimiento; algo más cercano a la mensurable capacidad de procesamiento de un ordenador que a cualquier cualidad irreductiblemente humana. En un sentido general, yo me oponía frontalmente a esa concepción de la mente. Pero en un ámbito más personal no pude por menos que reflexionar sobre el hecho de que yo mismo, por culpa de mi propio despiste, solo aquella misma mañana había malgastado ya unas ciento cincuenta libras después de habérmelas arreglado de algún modo para reservar una habitación de hotel para la noche antes de mi llegada y, en consecuencia, haber tenido que pagar luego otra noche más. Siempre había sido algo despistado y olvidadizo, pero desde que era padre —y debido, al menos en parte, a fenómenos tan característicos de la paternidad temprana como el sueño interrumpido, la distracción general y el exceso de tiempo dedicado a ver películas de animación en YouTube— mi capacidad de procesamiento, mi capacidad de memorización, había empezado a disminuir de manera notable. Por ello, y pese a ser temperamentalmente renuente a la visión profundamente instrumentalista de la inteligencia humana que Anders presentaba en su conferencia, no pude evitar pensar que probablemente un poco de potenciación mental no me haría ningún daño.
La idea clave de su conferencia era que las mejoras cognitivas biomédicas facilitarían una mejor adquisición y retención de la capacidad mental, de lo que él denominaba «capital humano», posibilitando así un mejor razonamiento y un mejor funcionamiento en el mundo. Abordó asimismo los temas de justicia social que todo ello planteaba —cuestiones relativas a lo que él denominaba «la distribución equitativa de cerebros»—, dado que quienes estuvieran en posición de permitirse su propia potenciación cerebral probablemente serían las mismas personas que ya ocupaban puestos de élite en la sociedad. Sin embargo, su tesis era que las personas menos inteligentes acabarían beneficiándose de las tecnologías de potenciación en mayor medida que las que ya tenían previamente una inteligencia superior, y que los efectos globales del incremento de la inteligencia general beneficiarían inevitablemente a todo el conjunto de la sociedad, como en una especie de «efecto derrame» de la inteligencia.
Todo aquello —el montaje, la situación— me resultaba completamente familiar y, a la vez, absolutamente extraño. Recientemente había abandonado el barco de la carrera académica —que en mi caso se iba a pique— por el barco —apenas menos precario— de la escritura independiente. Había dedicado varios años de mi vida —todavía no prolongada artificialmente— a obtener un doctorado en Literatura Inglesa, solo para confirmar mis sospechas de que un doctorado en Literatura Inglesa nunca me llevaría a la tierra prometida de un empleo real. Había pasado gran parte de la veintena y la treintena tratando de prestar atención a gente que se colocaba frente a atriles y decía cosas. Sin embargo, el tipo de cosas que decía Anders Sandberg era muy distinto del tipo de cosas que yo estaba acostumbrado a oír de la gente que se colocaba frente a los atriles. Es cierto que, una vez más, me encontraba sentado al fondo de una sala de conferencias tratando de centrarme en el asunto que allí se trataba, una actividad en la que tenía una profunda e intrincada experiencia. Pero de ningún modo me hallaba entre mi gente; aquel no era mi mundo en absoluto.
Cuando terminó la conferencia, a primera hora de la tarde, un nutrido grupo de variopintos futuristas emigraron a un pub de Bloomsbury con las paredes revestidas de roble para tomar algo. Para cuando me senté a la mesa con mi pinta de cerveza amarga se había corrido la voz en el grupo de que estaba escribiendo un libro sobre transhumanismo y otros temas relacionados.
—¡Así que está escribiendo un libro! —exclamó Anders, aparentemente encantado con la idea. Señaló un volumen de tapa dura que yo había dejado en la mesa justo delante de mí, una historia cultural sobre la decapitación que había estado acarreando desde que la comprara aquella misma mañana—. ¿Es ese el libro que está escribiendo?
—¿Cuál, este? —respondí, con la duda de si me estaba perdiendo alguna clase de chiste transhumanista sobre el almacenamiento criónico de cabezas, o posiblemente sobre los viajes en el tiempo—. No, este ya está escrito —añadí de forma absolutamente innecesaria—. Yo estoy escribiendo un libro sobre el transhumanismo y otros temas relacionados.
—¡Ah, excelente! —exclamó Anders.
Yo no sabía muy bien qué decir. Estuve a punto de decirle que el libro que yo planeaba escribir podría no ser el tipo de libro que él o los transhumanistas en general considerarían excelente. De repente tuve la clara sensación de ser un...




