E-Book, Spanisch, Band 73, 442 Seiten
Reihe: 100xUNO
Newman Los arrianos del siglo IV
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-369-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 73, 442 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-369-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en la actualidad, especialmente en el mundo anglosajón. Ordenado sacerdote anglicano en 1825, durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford, cuya aspiración principal era que la Iglesia de Inglaterra volviera a sus raíces católicas. Tras un largo proceso, sus estudios sobre los Padres de la Iglesia le acaban llevando a convertirse al catolicismo en 1845, siendo ordenado sacerdote católico en 1847. En 1879 fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por san Juan Pablo II. En 2010 beatificado por Benedicto XVI y el 13 de octubre de 2019 canonizado por el papa Francisco en Roma. Encuentro ha publicado en español buena parte de su extensa obra, de la que destacan Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento, Apologia pro vita sua, Suyo con afecto y los Sermones parroquiales (ocho volúmenes).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Escuelas y facciones en la Iglesia y en su entorno antes de Nicea, en relación con la herejía arriana
La Iglesia de Antioquía27
En las páginas que siguen me propongo presentar un esbozo de la historia del arrianismo entre el primer y el segundo Concilio General. Estos son los límites cronológicos naturales, ya sea que consideremos el arrianismo como una herejía o como una facción dentro de la Iglesia. El concilio celebrado en Nicea de Bitinia el año 325 fue el que formalmente detectó y condenó el arrianismo. En los años siguientes siguió su curso con diversos cambios de opinión y diversa fortuna hasta la fecha del segundo Concilio General (Constantinopla 381). Fue entonces cuando, agotadas ya las posibilidades de la sutileza herética, la facción arriana fue expulsada del cuerpo católico y se constituyó como secta distinta externa al mismo. Es precisamente durante este período en el que todavía mantiene su influencia en los credos y en el gobierno de la Iglesia, cuando el arrianismo solicita particularmente la atención del estudioso de la historia de la Iglesia. Tras este período, el arrianismo no presentará nada nuevo en cuanto a doctrina y solo merece atención como principio animador de una segunda serie de persecuciones, cuando los bárbaros del norte, que se habían infectado de él, ocuparon las provincias del Imperio Romano.
El trazo de la historia delimitado así por los dos primeros Concilios Ecuménicos pasa a través de otra variedad concilios, provinciales y patriarcales, que interfieren de forma natural y comprensible presentando las enseñanzas heréticas en estadios diversos de su impiedad. Por tanto, serán tomados como puntos de apoyo cardinales en nuestra narración. Por lo que se refiere al resultado, será indiferente llamarlo historia de los concilios o del arrianismo dentro del período que hemos señalado.
Con todo, para que se pueda tener una visión adecuada de la historia de la controversia, es necesario dirigir la atención del lector en primer lugar a la situación de las facciones y escuelas en la Iglesia y en su entorno en la época en que surgió, así como a la sagrada doctrina que era objeto de ataque. Es lo que voy a hacer sin demora; y en este capítulo propongo primero examinar las conexiones del arrianismo con la Iglesia de Antioquía y la situación y carácter propio de esta Iglesia en los primeros siglos. Tal será el objeto de esta sección. En las siguientes, consideraré la relación del arrianismo con las filosofías paganas y las herejías que entonces prevalecían; también con la Iglesia de Alejandría con la cual, aunque con escasas razones, es a menudo vinculada. La consideración de la doctrina de la Trinidad será objeto del capítulo II.
1
Durante el siglo III, la Iglesia de Antioquía era reconocida en cierto modo como la metrópoli de Siria, Cilicia, Fenicia, Comagene, Osroene y Mesopotamia, provincias sobre las cuales ejercería más tarde una autoridad patriarcal28. Había sido el centro originario de las misiones apostólicas entre los paganos29 y aducía que su primer obispo había sido el mismo san Pedro, al que habían sucedido Ignacio, Teófilo, Babilas y otros de piadosa memoria en la Iglesia universal como campeones y mártires de la fe30. La importancia que la ciudad tenía en lo secular acrecentaba la influencia que le otorgaban estas asociaciones religiosas unidas a su nombre, especialmente desde el momento en que los emperadores establecieron en Siria la sede de su gobierno. Sin embargo, esta Iglesia antigua y famosa destaca desgraciadamente desde mitad de siglo por estar abierta a la manifestación del espíritu del Anticristo, de manera que en ella se cumplía casi literalmente la profecía del Apóstol en la segunda carta a los de Tesalónica31. Pablo de Samosata, que había subido a la sede de Antioquía no muchos años después del martirio de Babilas, tras haber estado en el episcopado durante diez años, fue depuesto por un concilio de obispos orientales, que tuvo lugar en la misma cuidad el año 272, a causa de sus ideas heréticas sobre la naturaleza de Cristo32. Parece que su vocación originaria había sido la de sofista33. De qué manera fue admitido en el orden clerical es cosa desconocida. Su elevación, o al menos su permanencia, en la sede se debió a la famosa Zenobia3435 que hemos de suponer que valoró sus cualidades literarias y su capacidad política. Cualesquiera que fueran las dotes de la reina de Oriente —que, según se dice, era judía de nacimiento o de religión— no sorprenderá que mostrara poco interés por el prestigio o influencia de la Iglesia cristiana en sus dominios. Por lo que se refiere a Pablo, su carácter queda acreditado históricamente en la carta que los obispos escribieron en el momento de su condena36. Teniendo en cuenta que se difundió por la Iglesia, podemos darle suficiente crédito, aunque los importantes nombres de Gregorio de Neocesarea y de Firmiliano no se hallan en el número de los que le juzgaron. En la carta es acusado de tal rapacidad, arrogancia, vulgar ostentación y ansia de popularidad, de tan extraordinaria falta de sentido religioso y de tal depravación que uno no puede menos de tener una impresión muy negativa sobre la Iglesia y el clero que lo eligieron y lo toleraron durante tanto tiempo. Por lo que se refiere a la herejía que profesaba, es difícil determinar con precisión cuáles eran sus sentimientos acerca de la persona de Cristo, aunque ciertamente iban en detrimento de la doctrina de su absoluta divinidad y de su existencia eterna. Es probable que en realidad no tuviera una idea muy clara acerca de la seria cuestión sobre la que se atrevía a especular. Ni tenía tampoco ningún deseo de atraer prosélitos o de formar una facción en la Iglesia37. Escritores antiguos nos informan de que su herejía era doctrinalmente una especie de judaísmo que él había adoptado para complacer a su protectora38; y, si tenía este origen, no es probable que fuera muy sistemática o profunda. Siendo sofista, sus hábitos mentales le habrían dispuesto a atacar la doctrina católica y entregarse a la discusión asistemática más que al sincero esfuerzo para llegar a conclusiones precisas, satisfacer su propia mente o convencer a los demás. El espíritu arrogante que, como explica la Carta sinodal, le llevaba a expresarse despectivamente sobre los teólogos que le precedieron en Antioquía, le conduciría naturalmente a ser poco cauto en sus teorías y a no preocuparse demasiado por evitar inconsistencias aunque las percibiera. Realmente el primado de Siria había alcanzado ya el más alto puesto que la ambición podía anhelar y no tenía que esforzarse por otras metas; y, habiendo obtenido, por lo que sabemos, ocupaciones ulteriores como magistrado civil, sería todavía menos probable que ambicionara los honores estériles de un heresiarca. Ciertamente se formó una secta a partir de sus doctrinas que derivó de él su nombre y alcanzó un lugar en la historia eclesiástica de la mitad del siglo V. Pero nunca constituyó un cuerpo importante y en la temprana época del Concilio de Nicea ya se había dividido en facciones que se distinguían de la fe ortodoxa por varios matices heréticos39. Por tanto, tendremos una noción más correcta de la herejía de Pablo, si, más que como fundador de una secta, lo consideramos como el fundador de una escuela, la cual impulsaba en la Iglesia el uso de aquel género de disputas y de investigaciones escépticas que eran propias de la Academia y de otras filosofías paganas, a la vez que esparcía por todas partes las semillas de errores que surgieron y fructificaron en la generación que le siguió. En confirmación de esta apreciación, sugerida por su vocación originaria y por los intereses temporales que se decía que le habían influenciado, así como por sus incoherencias, se puede observar cómo su íntimo amigo y paisano Luciano, que era cismático o estaba excomulgado en el momento de su deposición, mantenía posiciones heréticas de naturaleza diametralmente opuesta, a saber, las que luego se llamarían semiarrianas. Pablo, en cambio, abogaba por una doctrina que se parecía mucho a lo que comúnmente se llama sabelianismo.
Seguiremos hablando de Pablo en breve; pero ahora pasemos a la historia de este Luciano, hombre de estudios40 que, aunque acabó mártir, puede ser considerado casi como el autor del arrianismo41. Sucede comúnmente —aunque obviamente fuera de toda lógica— que se atribuye el origen de una escuela de opinión a otra que tiene doctrinas real o supuestamente semejantes. Por ejemplo, se ha considerado que el platonismo o el origenismo fueron las fuentes de donde derivó el arrianismo. Ahora bien, se puede reconocer que la doctrina de Luciano era precisamente el mismo género de arrianismo que luego se llamó semiarrianismo42, aunque esta no es la razón por la que ahora atribuyo a Luciano el origen del arrianismo. Existe una conexión histórica, y no meramente doctrinal, entre él y la facción arriana. Es en su escuela donde de hecho encontramos los nombres de los que originariamente abogaban por el arrianismo, y de todos los que fueron más influyentes en este sentido en las diversas Iglesias por todo el Oriente: el mismo Arrio, Eusebio de...




