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E-Book, Spanisch, Band 106, 174 Seiten

Reihe: 100xUNO

Newman Carta a Pusey

La devoción a la Virgen María en la tradición de la Iglesia
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-449-7
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La devoción a la Virgen María en la tradición de la Iglesia

E-Book, Spanisch, Band 106, 174 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-449-7
Verlag: Ediciones Encuentro
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John Henry Newman escribe este apasionado tratado breve a modo de respuesta a Eirenicon, un largo volumen escrito por su amigo Edward Pusey. Aquí el santo insiste en la legitimidad del puesto de María en la teología católica recurriendo a la fuente que sabía que su amigo no podría sino aceptar: la Patrística. «Cuando Mary, su hermana menor, le preguntó por qué le parecían tan importantes los Padres de la Iglesia, Newman respondió que porque poseían y expresaban un conocimiento de primera mano de los objetos de la Palabra de Dios. Y por eso, para él como para los Padres, la teología y la espiritualidad no son cosas diferentes que transcurren por caminos o vías diversas, sino que son dos caras distintas pero complementarias de una misma realidad. Y ambos aspectos, su conocimiento de los Padres y su espiritualidad, quedan de manifiesto en la Carta a Pusey y se orientan a demostrar la legitimidad del culto a la Virgen María y su devoción por parte de los católicos» (de la Introducción de Rubén Peretó).

John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en la actualidad, especialmente en el mundo anglosajón. Ordenado sacerdote anglicano en 1825, durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford, cuya aspiración principal era que la Iglesia de Inglaterra volviera a sus raíces católicas. Tras un largo proceso, sus estudios sobre los Padres de la Iglesia le acaban llevando a convertirse al catolicismo en 1845, siendo ordenado sacerdote católico en 1847. En 1879 fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por san Juan Pablo II, en 2010 beatificado por Benedicto XVI y el 13 de octubre de 2019 canonizado por el papa Francisco en Roma. Encuentro ha publicado en español buena parte de su extensa obra, de la que destacan Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento, Apologia pro vita sua, Suyo con afecto y los Sermones parroquiales (ocho volúmenes).
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Introducción

En las últimas décadas, la figura de John Henry Newman ha comenzado a tener su justa apreciación en el mundo de lengua española, a través de excelentes traducciones de la mayor parte de su obra y de estudios sobre su pensamiento aparecidos en diversos medios bibliográficos. Es visto ya no solamente como un teólogo que aportó a la Iglesia nuevas ideas a partir de la sistematización de contenidos perennes que forman parte de la Tradición, tales como el concepto del desarrollo orgánico de la doctrina o el rol de los laicos en la vida eclesial, sino también como maestro de la vida espiritual. Para muchos de quienes se acercan a sus escritos, particularmente aquellos de carácter pastoral y humano, como sus Sermones o incluso sus Cartas y Diarios, Newman se delinea como un referente en el modo no solamente de entender, sino de vivir la fe católica. Una de sus particularidades justamente, es la de amalgamar la profundidad teológica con el aspecto más humano y existencial de la fe que esa misma teología expresa. Como escribía Louis Bouyer, Newman «desarrolla siempre su enseñanza dogmática no como abstracciones sino en correspondencia con la vida misma, como inspiraciones de esa vida»1.

Cuando Mary, su hermana menor, le preguntó por qué le parecían tan importantes los Padres de la Iglesia, Newman respondió que porque poseían y expresaban un conocimiento de primera mano de los objetos de la Palabra de Dios. Y por eso, para él como para los Padres, la teología y la espiritualidad no son cosas diferentes que transcurren por caminos o vías diversas, sino que son dos caras distintas pero complementarias de una misma realidad. Y ambos aspectos, su conocimiento de los Padres y su espiritualidad, quedan de manifiesto en la Carta a Pusey y se orientan a demostrar la legitimidad del culto a la Virgen María y su devoción por parte de los católicos.

Quién fue John Henry Newman

Sin duda alguna, Newman fue uno de los intelectuales más importantes y reconocidos del siglo XIX, no solamente de Inglaterra sino de todo el mundo occidental. Un hombre de genio y, además, un hombre noble que estuvo dispuesto a sufrir por sus convicciones. Intensamente seguido y amado por algunos, fue igualmente odiado y perseguido por otros. Porque nadie podía permanecer indiferente ante él.

Nació en Londres el 21 de febrero de 1801, y murió en Birmingham el 11 de agosto de 1890, cubriendo su vida casi la totalidad del siglo XIX. El mayor de seis hermanos, su familia era anglicana, pero de un anglicanismo de tendencia protestante cuyas prácticas religiosas consistían fundamentalmente en la lectura de la Biblia. Y si bien estas lecturas y conocimiento hicieron de él un niño religioso, a los quince años sufrió una crisis de fe que lo llevó a querer ser un caballero educado y gentil, pero no una persona religiosa y devota. Y aparecieron incluso dudas de la existencia de Dios, motivadas por las lecturas de ciertos libros, que años más tarde lo llevarían a exclamar: «¡Qué tremendo, pero es lo más probable»2.

Esta situación, sin embargo, desapareció por un hecho fortuito. En 1816 enfermó y debió permanecer varias semanas en cama. Para aliviar su aburrimiento, un clérigo piadoso le dejó un buen número de libros religiosos. Y fue esta la ocasión de un profundo cambio de opinión, una suerte de «primera conversión», porque a lo largo de su vida habrá varias más. Newman siempre consideró este hecho como de las gracias más importantes que recibió en su vida, y la describirá como una conciencia profunda de la presencia de Dios que lo hizo desconfiar de los fenómenos materiales y prestar una permanente atención al «mundo invisible». Esta conversión implicó su aceptación plena y de corazón de la religión cristiana. Y de ese modo, comenzó a ver con mayor profundidad la importancia de los dogmas centrales del cristianismo, tales como la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, la redención de Cristo, el don del Espíritu Santo y otros más. Como afirma Dassain, este fue el primer punto de inflexión de su vida: su mente juvenil fue capturada por la verdad de la revelación cristiana, y su corazón fue tocado por el ideal escriturario de la santidad3. Se dio cuenta de que la perfección cristiana no consiste solamente en una teoría intelectual, sino que se manifiesta en la práctica diaria.

Por eso se entiende que una de las frases que guio su vida fue: «La santidad antes que la paz»4. Y con el paso de los años descubrió que no era un principio fácil de sostener, sino que en ciertas circunstancias le causaba un profundo sufrimiento. Si hubiese preferido la paz, su vida habría sido más sencilla y se habría evitado muchos sinsabores y muchos enemigos. Pero no lo hizo. Prefirió mantenerse fiel a sus principios, a aquella santidad que había vislumbrado en su adolescencia y a la que perseguirá hasta su muerte.

Otros de los principios que mantuvo a lo largo de su vida es del desarrollo. Decía: «El crecimiento es la única evidencia de la vida»5. Todo lo que está vivo debe crecer y desarrollarse; cuando este proceso se detiene, la vida misma comienza a apagarse. Y lo mismo ocurre con las grandes ideas y con la verdad: ambas permanecen siendo lo que siempre fueron, pero están vivas cuando crecen y se desarrollan junto al hombre que las abraza. Lo que es verdadero hoy, no puede ser falso mañana. Este principio le ayudó algunas décadas más tarde a comprender la posición de la Iglesia católica romana.

A los dieciséis años ingresó al Trinity College de la Universidad de Oxford, uno de los más prestigiosos en esos momentos, donde se destacó por su sobresaliente inteligencia, y algunos años más tarde, cuando contaba con veintiuno, fue elegido fellow de Oriel College. Decidió ordenarse clérigo y optar por la vida célibe, y en 1825 recibió las órdenes en la iglesia de Inglaterra. A lo largo de su vida se caracterizó por el celo y empeño que mostró como pastor, primero en una parroquia de la periferia y luego, como párroco (vicar) de St. Mary the Virgin, la iglesia universitaria de Oxford. Y fue desde el púlpito de ella que, durante quince años, predicó sus sermones ejerciendo con ellos una enorme influencia en toda la iglesia anglicana. Como predicador, intentaba despertar a sus oyentes a una conciencia más profunda de su condición de cristianos y a una práctica más consistente de la fe del evangelio6. Uno de ellos, Charles W. Furse, escribía: «En cuanto al efecto inmediato de escucharlos [a los sermones], era como si Newman me practicara la vivisección. […] Te sentabas, y era todo el tiempo el Buen Samaritano derramando vino en tus heridas —siempre el vino primero, luego el aceite […]. En más de una ocasión, tras un sermón así fui incapaz de entrar en el Hall y me quedé sin cenar»7.

En esos años, en los que tenía una actividad docente muy reducida, comenzó una lectura sistemática de las obras de los Padres de la Iglesia y, a medida que avanzaba en este estudio, comenzó también a sentirse insatisfecho por el estado espiritual en que se encontraba la iglesia de Inglaterra. Fue en ese momento cuando viajó con unos amigos a Italia, y luego siguió solo su periplo por Sicilia. Allí cayó gravemente enfermo, y se temió por su vida. Sin embargo, en medio de la angustia, adquirió el firme convencimiento de que no moriría, y repetía su conocida sentencia: «No he pecado contra la luz». Recuperado, regresó a Inglaterra persuadido de que Dios tenía preparado para él un trabajo que realizar, el cual sería, claro, el Movimiento de Oxford, al que definió como un retorno «a la antigua religión, que se ha casi desvanecido de la tierra, y que debe ser restaurada»8.

Newman concibe, dentro del Movimiento de Oxford, la via media, entendiendo por tal el puesto de la iglesia anglicana como camino medio entre los errores del protestantismo y las exageraciones y corrupciones de Roma. Sin embargo, pronto cae en la cuenta de que lo suyo no es más que una ilusión. La lectura de los Padres, especialmente de san Agustín, lo convenció de que la Iglesia de Roma era la legítima sucesora de la Iglesia de los apóstoles y del cristianismo primitivo. Adoptando una postura sincera —«la santidad antes que la paz»—, renuncia a sus prestigiosos y relumbrantes cargos en Oxford, y se retira a Littlemore, un pequeño poblado de las cercanías, donde transcurrió tres años de estudio y oración en una vida cuasi monástica, junto a un grupo de amigos que lo habían seguido en su alejamiento de la iglesia oficial. Este retiro le permitió sortear la última de las dificultades que le impedía ingresar a la Iglesia romana, y que consistía en algunas doctrinas que eran sostenidas por ella y que, en principio, no veía él que estuvieran contenidas en las enseñanzas del cristianismo primitivo. Y formula entonces uno de los principios más importantes por el cuales será conocido dentro del ámbito teológico, y me refiero al principio del desarrollo genuino del dogma: las enseñanzas de la Iglesia de Roma de los últimos siglos eran el crecimiento legítimo y vital de las doctrinas que habían sido enseñadas por los apóstoles y aceptadas como parte de la fe en los primeros siglos. Los fundamentos teológicos de esta doctrina están desarrollados en su conocida obra: Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina...



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