E-Book, Spanisch, 255 Seiten
Reihe: Ensayo
Nembrini El arte de educar
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-9055-414-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: PDF
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
de padres a hijos
E-Book, Spanisch, 255 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-9055-414-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: PDF
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Franco Nembrini nació en Trescore Balneario (Bérgamo, Italia) en 1955, cuarto de una familia de diez hijos. Ha sido profesor de enseñanza secundaria de Lengua y Literatura italiana y de Historia. Tras licenciarse en Pedagogía en la Universidad Católica de Milán en 1982, fue uno de los promotores de la escuela La Traccia de Calcinate, a pocos kilómetros de Bérgamo, de la que ha sido director hasta 2015. Presidente de la Federazione Opere Educative (FOE) desde 1999 hasta 2006, ha formado parte del Consejo nacional de enseñanza católica, de la Consulta nacional de pastoral escolar de la Conferencia Episcopal Italiana y de la Comisión para la paridad escolar del Ministerio de educación italiano. Ha publicado con Encuentro, en el año 2013, El arte de educar. De padres a hijos y en 2014 Dante, poeta del deseo. Infierno. Actualmente realiza para el Canal de televisión italiano Tv2000, coincidiendo con el Año de la Misericordia, un programa semanal titulado Nel mezzo del cammin sobre la Divina Comedia.
Weitere Infos & Material
HIJO DE GRANDES MAESTROS1
Actualmente se está debatiendo en Italia la llamada «reforma Moratti»2. Pero si realmente queremos entrar en un debate sobre el sistema escolar es necesario que antes tengamos claro de qué estamos hablando, porque el verdadero problema de la escuela es la educación. La tragedia de nuestro tiempo es que ya no se educa. Es necesario que al menos los adultos, que en esta cuestión tenemos toda la responsabilidad, partamos de este dato: posiblemente somos la primera generación de adultos que vive de manera tan dramática el problema de la tradición, es decir, de la transmisión de una generación a otra del patrimonio de conocimientos, de valores y certezas, de la transmisión de una percepción positiva y buena de la vida. Ya no se puede dar por descontado, ya no es obvio que se dé esa clase de milagro que ha sido siempre la educación y que ha garantizado, para bien y para mal, incluso en momentos históricos terribles, que el mundo siga adelante.
Hay razones que lo explican. Por ejemplo, una cierta cultura ha llevado a cabo la destrucción sistemática del concepto de padre. Y precisamente la educación se juega en este punto: hay educación, si hay un adulto. Primero se destruyó la idea de Dios, de una Paternidad grande a la que el hombre pertenece o desea pertenecer, y como consecuencia, se ha derrumbado todo lo demás. Se sustituyó a Dios por algunas grandes ideologías que parecían capaces de sostener la esperanza o el impulso ideal del hombre, como sucedió con el comunismo; pero esto sólo consiguió que se viera mermada la certeza que tiene el hombre a la hora de decirles algo bueno e inteligente a sus hijos en su propia casa. Como dice el gran Woody Allen: «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no gozo de buena salud». En tres frases sintetiza cómo la cultura de nuestro tiempo ha destruido de forma sistemática la idea de paternidad. Hemos crecido, nuestros hijos especialmente, leyendo Mickey Mouse, que es un cómic repleto de tíos y tías, generalmente solteros, pero en el que no encuentras ni un solo padre: es una cultura que ha favorecido la desaparición de la idea de paternidad. Hay que volver a empezar por aquí, por la educación. Don Giussani3 ha dicho recientemente: «Si se diera una educación del pueblo, todos vivirían mejor»4. Es necesario que cada uno lo intente, teniendo siempre en el rabillo del ojo a las personas, los episodios, los momentos en los que nos ha parecido ver la educación en acto, en personas reales.
Quiero empezar haciendo referencia a mis padres porque, evidentemente, mi vida floreció, en primer lugar, con ellos, en una situación muy difícil, porque mi padre enfermó con cuarenta años de esclerosis múltiple, enfermedad que le acompañó toda la vida. Llegó un momento en el que no podía ni caminar y, por tanto, perdió su trabajo. Después empezó a trabajar de bedel y se convirtió en una figura de referencia para todo el colegio. En este sentido, como veis, yo soy hijo de alguien que me enseñó el arte de educar. Si tuviese que escoger algún recuerdo de mi pobre padre, que no sean todas las partidas a cartas que echábamos juntos y lo mucho que disfrutaba hablando de su amistad con don Giussani, al que conoció personalmente y quiso muchísimo, sería uno de cuando yo era pequeño. Cuando nos íbamos a la cama a dormir —teníamos una habitación para los chicos y otra para las chicas, en un apartamento de sesenta metros cuadrados, y en la habitación de los chicos había dos literas de tres pisos— mi padre venía a rezar con nosotros. Pues bien, el recuerdo más vivo que tengo de él es que cuando entraba se arrodillaba en medio de la habitación y empezaba: «Padre nuestro, que estás en el cielo…». Esto siempre me sorprendió mucho porque mi padre no era de dar sermones, hablaba muy poco (cuando intentaba hablar italiano era graciosísimo porque crecimos en Bérgamo y, para nosotros, el italiano era una lengua extranjera, no todos lo estudiaron o lo aprendieron suficientemente como para hablarlo correctamente. Mi padre no lo hablaba muy bien y, durante algunas conversaciones con don Giussani, este último se partía de risa al escucharle hablar italiano); el hecho de que mi padre se pusiese a rezar el Padre Nuestro, sin echarnos sermones, sin hacer ningún comentario, era para nosotros de lo más natural. Mi padre nos educó invitándonos simplemente —y siempre implícitamente— a mirar aquello a lo que él miraba. Era como si dijese: «Queridos hijos, estamos todos en el mismo navío, embarcados en la misma empresa; el único problema que tenéis es tomar la dirección adecuada. Yo lo estoy intentando y así se vive bien. Seguidme pues y os irá bien también a vosotros, os haréis mayores también vosotros».
A medida que íbamos creciendo, la idea que nos hacíamos de nuestro padre, la idea que yo siempre he tenido de él era la de una persona grande. Cuando le veía montar en bicicleta por el pueblo —porque, gracias a Dios, tuvo la esclerosis de forma progresiva y durante mucho tiempo gozó de una cierta autonomía, de manera que podía moverse en bici—, aunque le costase muchísimo pedalear, a mí me parecía un rey. Para mí era dueño y señor del universo. Le miraba y, en comparación con todos los demás, mi padre era el rey del mundo, porque en él la vida era una sabiduría. Tenía una mirada sobre las cosas que ninguno de mis profesores de la universidad, que intentaron enseñarme qué es la educación, llegaban siquiera a soñar. Miraba las cosas y las conocía: lo veías por cómo se movía, por cómo estaba, por cómo cantaba, por cómo jugaba a las cartas, por cómo nos servía la comida a nosotros y a todos los amigos que vinieron después. Podías apostar a que sabía las cosas, las conocía, que te podía explicar qué es el bien y qué es el mal, qué es la alegría, qué es el dolor, por qué morimos, por qué vivir nos cuesta, por qué hay que vivir y qué nos espera al final. Y, con su vida, daba ejemplo de lo que significa estar en paz con uno mismo y con el mundo, sin decir que no a ninguna de sus responsabilidades ni a las provocaciones que le venían de la realidad. Cuando de pequeño le miraba, me decía a mí mismo: «Señor, quiero ser así: no sé si seré pobre o rico, si seré profesor o no, no sé qué haré cuando sea mayor, sólo sé que quiero ser un hombre así, verdadero señor de las cosas por ser capaz de arrodillarse para reconocerte». Por eso, era un hombre que poseía verdaderamente las cosas.
¡Y si a eso le añades la figura de mi madre! Hija de campesinos, encerrada en casa –imaginaos, con diez hijos en quince años— porque estaba siempre embarazada, en la cama o en el hospital; pero cuando murió, en el año 1985 (muy joven), nos encontramos una caja en su armario, donde había escrito: «Si alguien encuentra estas cosas, que no las tire porque son la Historia (escrito con H mayúscula) dentro de la historia del mundo (con h minúscula)». ¿Sabéis qué había dentro? Recortes de periódicos que se referían a la historia de la Iglesia: el Papa Juan XXIII, la beatificación de este o aquel… Los había guardado y con ellos seguía la historia de la Iglesia, contemplaba una historia que había llegado a conocer y entender a través de la lectura del semanario Famiglia cristiana y publicaciones por el estilo. Me acuerdo especialmente de una primera página del diario L’Eco di Bergamo: «Elegido Papa Juan XXIII, bergamasco». Esta es la narración de la Historia dentro de la historia del mundo. Era campesina y había estudiado hasta 3º de Primaria, pero tenía una conciencia así de la realidad.
Crecí así, gracias a Dios, con esta clase de padres. Por eso siempre me ha sido fácil entender qué es la educación. No tiene nada que ver con una serie de sermones; no es una preocupación que hay que tener. Es un hombre viviendo. La educación no es nunca un problema de los jóvenes, de los hijos, de los alumnos, de los chicos, de los estudiantes. Es siempre un problema tuyo, del adulto: la educación es la capacidad que tienes o no de dar testimonio. Seas quien seas, estés donde estés, educas testimoniando una certeza y una positividad que tus hijos observan. Con esto basta. Os pongo algún ejemplo concreto. Creo que entendí esto cuando empecé a tener hijos. He tenido cuatro, pero he tenido muchos alumnos: me dedico a la enseñanza para tratar de comunicar lo que he visto vivir a mis padres. Me ocurrió un episodio en el que creo que se pone de relieve lo que os acabo de decir. Mi primer hijo tendría 4 o 5 años, era así de alto (¿sabéis esa altura en la que de pie al lado de la mesa sólo le ves los ojos?). Pues eso, imagináoslo así. Yo estaba corrigiendo redacciones, el gran calvario de los profesores de italiano, y me acuerdo que al cabo de un rato me di cuenta de que mi hijo estaba ahí. No le había oído llegar, no sabía cuánto tiempo llevaba allí; había llegado y ahí estaba tranquilamente observando a su padre mientras trabajaba. A través de esa mirada, ese día, me pareció entender de golpe qué era la educación. Porque ese día mi hijo se había acercado a mí sin manifestar una necesidad concreta; no quería pedirme agua, algo de comer, que le llevase a la cama, que le vistiese: estaba ahí mirándome. Al mirarle, me transmitía una pregunta; leí en su mirada una pregunta absolutamente radical; era como si mi hijo me estuviese diciendo: «Papá, asegúrame que merece la pena haber venido al mundo. Dime que merecía la pena traerme al mundo. Dime cuál es la esperanza que tienes, por qué te levantas por la mañana y te vas a la cama por la noche. ¿Por qué el esfuerzo de...




