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E-Book

E-Book, Spanisch, 331 Seiten

Neill Summerhill

Un punto de vista radical sobre la educación de los niños
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7939-0
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Un punto de vista radical sobre la educación de los niños

E-Book, Spanisch, 331 Seiten

ISBN: 978-607-16-7939-0
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Durante 50 años, A.S. Neill dirigió en las cercanías de Londres la famosa escuela de Summerhill, que ha tratado de dar un paso hacia la verdadera educación progresista: la autorregulación de los niños. A tal propósito, el sistema radical y las exposiciones que hace en este extraordinario libro son el resultado de sus experiencias.

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PRÓLOGO


por ERICH FROMM

I

Mientras que los pensadores progresistas proclamaron las ideas de libertad, democracia y autodeterminación en el siglo XVIII, sólo hasta la primera mitad del siglo XX comenzaron a fructificar en el campo de la educación. El principio fundamental de esa autodeterminación fue la sustitución de la autoridad por la libertad, con el fin de enseñar al niño sin emplear la fuerza, sino apelando a su curiosidad y a sus necesidades espontáneas, haciendo que se interesara por el mundo que lo rodea. Esta actitud señaló los comienzos de la educación progresista y constituyó un paso importante en el desarrollo humano.

Pero los resultados de este nuevo método fueron muchas veces decepcionantes. En los últimos años se ha producido una creciente reacción contra la educación progresista. Muchas personas creen ahora que la teoría es errónea en sí misma y que deberá ser lanzada por la borda. Está en marcha un movimiento que exige más y más disciplina, y hasta una campaña para que se permita a los maestros de las escuelas públicas imponer castigos físicos a los niños.

Quizá el factor más importante de esa reacción es el éxito notable que la Unión Soviética ha obtenido en la enseñanza. Allí se aplican en todo su rigor los anticuados métodos del autoritarismo; y los resultados, en lo que concierne a conocimientos, parecen indicar que lo mejor que podríamos hacer es volver a la antigua disciplina y olvidar por completo la libertad del niño.

¿Es un error la idea de una educación que no emplee la fuerza?

Si la idea en sí misma no es errónea, ¿cómo podemos explicarnos su relativo fracaso?

Yo creo que la idea de libertad para los niños no es errónea, pero sí que ha sido pervertida casi siempre. Para examinar con claridad este asunto, debemos empezar por comprender la naturaleza de la libertad, y para ello debemos distinguir entre autoridad evidente y autoridad anónima.1

La autoridad evidente se ejerce directa y explícitamente. La persona investida de autoridad le dice con franqueza a quien está sometido a ella: “Debemos hacer esto. Si no, se te aplicarán tales y tales sanciones”. La autoridad anónima tiende a ocultar que se emplea la fuerza. La autoridad anónima finge que no hay autoridad, que todo se hace con el consentimiento del individuo. Mientras que el maestro del pasado le decía a Juanito: “Debes hacer esto. Si no, te castigaré”, el maestro de hoy dice: “Estoy seguro de que te gustará hacer esto”. Aquí, la sanción para la desobediencia no es el castigo corporal, sino el gesto ceñudo del padre o, lo que es peor, la sensación de no estar “ajustado”, de no obrar como obra la mayoría. La autoridad evidente empleaba la fuerza física; la autoridad anónima emplea el manejo psíquico.

El paso de la autoridad evidente del siglo XIX a la autoridad anónima del siglo XX fue determinado por las necesidades organizativas de nuestra sociedad industrial moderna. La concentración del capital condujo a la formación de empresas gigantescas administradas por burocracias jerárquicamente organizadas. Grandes aglomeraciones de obreros y de oficinistas trabajan juntos, y cada individuo es una pieza de una enorme máquina de producción organizada que ha de funcionar con suavidad y sin interrupción. El trabajador individual se convierte simplemente en un engrane de esa máquina. En esta organización de la producción, el individuo es dirigido y manipulado.

Y en la esfera del consumo (en la cual se supone que el individuo expresa libremente sus preferencias) es igualmente dirigido y manipulado. Sea que se trate del consumo de alimentos, de ropas, de licores, de cigarrillos o de programas de cine o televisión, un poderoso aparato de sugestión funciona con dos propósitos: en primer lugar, aumentar constantemente el apetito del individuo hacia nuevas mercancías, y, en segundo lugar, dirigir esos apetitos por los conductos más provechosos para la industria. El hombre se convierte en el consumidor, en el eterno lactante, cuyo único deseo es consumir más y “mejores” cosas.

Nuestro sistema económico debe crear hombres adecuados a sus necesidades, hombres que quieran consumir cada vez más. Nuestro sistema ha de crear hombres de gustos uniformes, hombres que puedan ser influidos fácilmente, hombres cuyas necesidades puedan preverse. Nuestro sistema necesita hombres que se sientan libres e independientes, pero que, sin embargo, hagan lo que se espera de ellos; hombres que encajen en el mecanismo social sin fricciones, que puedan ser guiados sin recurrir a la fuerza, conducidos sin líderes y dirigidos sin otro objetivo que el de “hacerlo bien”.2 No es que la autoridad haya desaparecido, ni siquiera que sea más débil, sino que de autoridad evidente de fuerza se convirtió en autoridad anónima de persuasión y sugestión. En otras palabras, para ser adaptable, el hombre moderno se ve obligado a alimentar la ilusión de que todo se hace con su consentimiento, aun cuando ese consentimiento se le extraiga mediante una manipulación sutil. Su consentimiento es obtenido, por decirlo así, por la espalda, o a espaldas de su conciencia.

Los mismos artificios se emplean en la educación progresista. Se obliga al niño a tragarse la píldora, pero la píldora va envuelta en azúcar. Los padres y los maestros han confundido la verdadera educación no autoritaria con la educación por medio de la persuasión y de la coacción disimulada. Así se degradó la educación progresista. No llegó a ser lo que estaba destinada a ser y no se desarrolló nunca como debió hacerlo.

II

El sistema de A. S. Neill es un punto de vista radical sobre la crianza de los niños. En mi opinión, su libro es de gran importancia porque representa el verdadero principio de la educación sin miedo. En la Escuela de Summerhill la autoridad no disfraza un sistema de manipulaciones.

Summerhill no expone una teoría; relata la experiencia real de casi 40 años. El autor sostiene que “la libertad funciona”.

Los principios subyacentes en el sistema de Neill están expuestos en este libro simple e inequívocamente. En resumen, son los siguientes:

1. Neill tiene una fe sólida “en la bondad del niño”. Cree que el niño corriente no es un inválido nato, ni un cobarde, ni un autómata inconsciente, sino que tiene potencialidades plenas para amar la vida e interesarse por ella .

2. El fin de la educación —en realidad el fin de la vida— es trabajar con alegría y hallar la felicidad. Felicidad, según Neill, quiere decir interesarse en la vida; o, como él mismo dice, responder a la vida no sólo con el cerebro, sino con toda la personalidad.

3. En la educación, no basta el desarrollo intelectual. La educación debe ser a la vez intelectual y afectiva. En la sociedad contemporánea encontramos una separación cada vez mayor entre el intelecto y el sentimiento. Hoy, las experiencias del hombre son principalmente experiencias de ideas y no la captación inmediata de lo que siente su corazón, de lo que ven sus ojos y de lo que oyen sus oídos. En realidad, esa separación entre el intelecto y el sentimiento ha llevado al hombre contemporáneo a un estado mental casi esquizoide, en el que ha llegado a ser casi incapaz de experimentar algo, salvo intelectualmente.

4. La educación debe engranarse con las necesidades psíquicas y las capacidades del niño. El niño no es altruista. Todavía no ama en el sentido del amor maduro del adulto. Es un error esperar del niño algo que no puede mostrar sino de un modo hipócrita. El altruismo se desarrolla después de la infancia.

5. La disciplina, dogmáticamente impuesta, y los castigos producen temor, y el temor produce hostilidad. Esta hostilidad puede no ser consciente y franca, pero, no obstante, paraliza el esfuerzo y la autenticidad del sentimiento. La disciplina excesiva impuesta a los niños es dañina e impide un sano desarrollo psíquico.

6. Libertad no significa libertinaje. Este principio tan importante, que Neill subraya, significa que el respeto entre los individuos debe ser recíproco. El maestro no emplea la fuerza contra el niño, y el niño no tiene derecho a usarla contra el maestro. El niño no tiene por qué meterse en las cosas de un adulto por ser niño, ni ejercer presión en ninguna de las muchas maneras en que puede hacerlo un niño.

7. Íntimamente relacionada con ese principio está la necesidad de verdadera sinceridad por parte del maestro. El autor dice que en los 40 años de trabajo en Summerhill no engañó nunca a un niño. Todo el que lea este libro se convencerá de que esa afirmación, que puede sonar a jactancia, es la pura verdad.

8. El desarrollo humano sano hace necesario que un niño rompa al fin los lazos que lo unen con su padre y con su madre, o con quien después los sustituya en la sociedad, y que se haga verdaderamente independiente. Debe aprender a hacer frente al mundo como individuo. Debe aprender a encontrar su seguridad no en una asociación simbiótica, sino en su capacidad para captar el mundo intelectual, emocional y artísticamente. Debe emplear todas sus facultades para encontrar la unión con el mundo, no para hallar la seguridad a través de la sumisión o del dominio.

9. La función primordial de los sentimientos de culpabilidad es vincular al niño con la autoridad. Los...



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