E-Book, Spanisch, Band 39, 224 Seiten
Reihe: Señales
Navarra Ordoño Ortega y Gasset y los catalanes
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-74-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 39, 224 Seiten
Reihe: Señales
ISBN: 978-84-17425-74-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Andreu Navarra, historiador e investigador versado en el regeneracionismo español de finales del siglo XIX y principios del XX y -como excepcional biógrafo de Eugeni d'Ors- gran conocedor de las figuras señeras de la literatura y el ensayismo catalán de los últimos cien años, aborda en este ensayo las relaciones de José Ortega y Gasset con el entorno catalán de su época, y de cómo accedió a colaborar políticamente con el catalanismo conservador durante los últimos compases de la dictadura de Primo de Rivera.
Navarra trata de explicar de qué forma Ortega utilizó las publicaciones que inspiraba -Faro, España, El Sol y Revista de Occidente- para obtener, a partir de informantes catalanes o que conocían Cataluña en profundidad, la materia que necesitaba para elaborar ensayos capitales como España invertebrada y La redención de las provincias o su discurso sobre el Estatuto de Autonomía en las Cortes de 1932. Analiza las razones por las que Ortega se distanció de Cambó y la Liga Regionalista, y aquellas por las que nunca aceptó posiciones federalistas ni simpatizó jamás con la generación catalanista republicana. Partiendo de un costismo liberal y centralista, Ortega se volvió autonomista, pero se opuso al estatuto catalán de 1932 como al frustrado de 1919.
Ortega se carteó con decenas de intelectuales catalanes; a partir de esa correspondencia, Navarra se plantea cómo el filósofo sintió la cultura en lengua catalana, hasta qué punto la conocía, o qué pensaban del propio Ortega personajes de importancia como Joan Maragall, Josep Pla, Eugenio d'Ors, Josep Carner, Alexandre Plana, Antoni Rovira i Virgili, Rafael Campalans, Joan Estelrich, Amadeu Hurtado, Humbert Torres, Carrasco i Formiguera o Josep Ferrater Mora. Volver a pensar las relaciones del filósofo español más importante del siglo XX con los catalanes no es tarea baladí, en un momento histórico en que tanto se invoca la necesidad del diálogo para superar una situación enquistada. Con abundante material inédito de archivo, Navarra detalla cómo se desarrolló uno de los diálogos políticos más importantes de la España contemporánea. Ajustar nuestra mirada sobre la figura de Ortega significa situar la lente sobre lo mejor que pudo dar la cultura española anterior a la Guerra Civil. Significa, por lo tanto, explorar los límites del reformismo estatal en nuestro país.
'Lleno de equilibrio e información, este volumen nos lleva sin remedio a establecer una estrecha analogía entre la Cataluña y la España del siglo presente. El ajustado prólogo de Ignacio Peyró completa un fluido volumen lleno de equilibrio e información.'
Bernabé Sarabia, El Cultural
Andreu Navarra (1981) es escritor e historiador. Doctor en Filología Hispánica (2010), ha sido investigador contratado en la Universidad de Barcelona y la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (Cátedra, 2016); El regeneracionismo. La continuidad reformista (Cátedra, 2015); 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española (Cátedra, 2014); El anticlericalismo. ¿Una singularidad de la cultura española? (Cátedra, 2013); La región sospechosa. La dialéctica hispanocatalana entre 1875 y 1939 (UAB, 2012); El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS (Fórcola, 2016); y La escritura y el poder. Vida y ambiciones de Eugenio d'Ors (Tusquets, 2018).
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Un desembarco
El sábado 22 de marzo de 1930, a las 12:55, llegaban procedentes de París dos eminentes escritores madrileños a la barcelonesa estación de Francia: José Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna. Habían viajado juntos, y juntos habían cambiado de tren en Portbou. Los esperaban, para recibirlos como merecían, tres grandes de la cultura catalana: el librero y editor Antoni López Llausàs, Joan Estelrich, hombre de Cambó para cuestiones culturales, y el periodista y escritor Carles Soldevila. La invitación enviada desde Barcelona se conserva en el archivo personal de Ortega y Gasset. Ésta fue cursada el 13 de marzo de 19301. Fue una suerte que Ortega pudiera ir, porque los periódicos insistían en que seguía enfermo y en que no iba a poder viajar. Últimamente, Estelrich estaba muy ocupado organizando el banquete de homenaje a los intelectuales castellanos que iba a tener lugar en el hotel Ritz el 23 de marzo. Un acto al que iban a acudir más de doscientos asistentes, entre personalidades invitadas y del país. El domingo 23, muy de mañana, llegaron Gregorio Marañón y Ángel Ossorio y Gallardo. Los esperaba una multitud agolpada en torno al apeadero del Paseo de Gracia. Esta vez, la delegación de notables catalanes era mucho más nutrida. Esperaban al médico y al político el incansable Joan Estelrich, director de la Fundació Bernat Metge; el historiador y jurista Ferran Valls i Taberner; López Llausàs y Carles Soldevila; Antoni Maria Sbert, que había destacado mucho en la oposición a Primo; Pompeu Fabra, el normativizador del idioma; el genial periodista Gaziel; el abogado y político Amadeu Hurtado; el socialista Campalans; el alma cultural del Ateneo Barcelonés, Joaquim Borralleras; el periodista republicano Màrius Aguilar; el publicista Antoni Rovira i Virgili; el político y filósofo Lluís Nicolau d’Olwer; el liguero Pere Rahola; el pensador Pere Corominas; el poeta Josep Maria López-Picó y el prehistoriador Pere Bosch Gimpera, entre muchos otros. El recibimiento fue sorprendente y ensordecedor. Los viajeros agasajados no salían de su asombro. La multitud acompañó a Ossorio y a Marañón hasta el hotel Ritz, y una vez allí exigió comparecencias y parlamentos en alguno de los balcones. La multitud gritó, enfervorecida: «¡Vivan los representantes de la democracia española!», «¡Viva la ciencia española!». Marañón ya era conocido en la ciudad de Barcelona, puesto que había asistido a Enric Prat de la Riba en 1917. En torno a Marañón se había formado una auténtica manifestación. De todas partes va llegando más y más gente. Al balcón salen, primero, Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos, Azaña, Pittaluga, Marañón y Ossorio. Éste deja claro, en su parlamento, que los manifestantes están homenajeando «a la cultura, a la justicia y a la libertad». Se suceden los aplausos. Luego aparecen Menéndez Pidal y Américo Castro, que también son ovacionados (Pericay, 2013: 233-238). Los intelectuales castellanos se están dando un baño de masas en su llegada a la capital catalana, y ésta sería la tónica dominante durante los dos días siguientes. La revista Mirador del 27 de marzo reproduce, en la portada, dos imágenes de las masas entusiasmadas que agasajaron a los intelectuales castellanos recién llegados a Barcelona. Son tomas realmente impresionantes, del Paseo de Gracia y de la Plaça de Sant Jaume. En la segunda página, el acostumbrado artículo de Josep Maria de Sagarra, de la sección «L’aperitiu». La columna se centra en el arte de la oratoria, arte que, según Sagarra, que parece admirar sinceramente al filósofo madrileño, pero que nunca puede resistirse a soltar su ironía mordaz, Ortega domina como ningún otro español. Escribe Sagarra que Ortega «llega con su sistema a los efectos más mágicos a que puede llegar un orador español. Su oratoria tiene una fascinación sólo comparable a los mejores momentos de los mejores toreros del país». El 8 de marzo de 1930, La Vanguardia ya había anunciado que se estaba preparando en Barcelona un banquete de homenaje a los intelectuales castellanos que respondía al acto de defensa del espíritu catalán que se había celebrado en Madrid hacía seis años. Había anunciado ya algunos de los nombres de los que iban a llegar: Ortega mismo, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Al final fueron muchos más, y acudieron a la cita Ramón Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Ángel Ossorio y Gallardo, Pedro Sáinz Rodríguez, Américo Castro, Enrique Díez-Canedo, Nicolás María de Urgoiti, Luis Bello, Fernando de los Ríos, Ernesto Giménez Caballero, José Castillejo, Álvaro de Albornoz, Julio Álvarez del Vayo, Joaquín Jiménez de Asúa, Luis Bagaría, José Antonio Sangróniz y Gustavo Pittaluga. Ramón Menéndez Pidal, como director de la Real Academia de la Lengua, presidió el banquete. A su derecha se sentó August Pi i Sunyer, presidente de la Academia de Medicina de Cataluña. A su lado, Ossorio y Gallardo, presidente de la Academia de Jurisprudencia de Madrid; luego, Gregorio Marañón, presidente del Ateneo de Madrid; y los demás miembros de la mesa principal: Pere Corominas, presidente del Ateneu Barcelonès; Américo Castro y, finalmente, Ramon d’Abadal, decano del Colegio de Abogados de Barcelona. Por la izquierda, el orden de los notables fue el siguiente: Pompeu Fabra, Ortega y Gasset, el filósofo Jaume Serra Húnter, Fernando de los Ríos, Pedro Sáinz Rodríguez, Lluís Nicolau d’Olwer, Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Martínez Sierra. De la Lliga Regionalista se había designado a Lluís Duran i Ventosa y Joan Ventosa i Calvell; este último había sido ministro de Hacienda en un gabinete de concentración bajo García Prieto (1917). Cambó lo había pagado todo. Ortega no habló durante ese banquete de manera improvisada. Sí improvisaron Giménez Caballero, Ossorio y Sáinz Rodríguez. En cambio, nuestro filósofo llevaba un guión en un papel. Habló de qué era un intelectual, y de la importancia de que intelectuales que pensaban diferente se reunieran en un ambiente de cordialidad. Ortega, a diferencia de otros, que fueron interrumpidos por vítores y aplausos, fue escuchado en absoluto silencio. Seguramente, fuera el mejor de los oradores presentes. Sagarra, que comentaría el episodio en su Aperitiu, lo sabía perfectamente porque lo había visto disertar sobre Costa en el Ateneo de Madrid (Pericay, 2013: 285). Ortega dijo que ya iba siendo hora de incorporar el problema catalán a la arquitectura de la España del futuro. Esto no quiere decir que aceptara las reivindicaciones del problema catalán. Ortega viajó a Barcelona para mostrar un desacuerdo, de forma cordial. Y, a la vez, para reclamar que se escuchara a los catalanes. Ortega llevaba muchos años imaginando un programa de fortalecimiento peninsular. En esa reforma deseaba integrar a los regionalistas catalanes. Si bien Ortega no había disertado directamente en Barcelona, sí habían llegado sus textos, y sí había pedido informes sobre la vida cultural catalana, tal y como veremos. El encuentro de 1930 marcó la cumbre de la voluntad de diálogo entre Ortega y sus interlocutores catalanes. Llevaba algunos años gestándose –lo veremos–, pero fue en 1930 cuando tomó forma el proyecto conspirativo que se propuso integrar el regionalismo catalán en la gran empresa de la reforma hispánica. ¿Cómo se había llegado a ese momento feliz, a esa cumbre esperanzadora? ¿Tuvo continuidad? Lo que tenía, indudablemente, eran antecedentes. La dictadura de Primo de Rivera había tenido dos efectos: en primer lugar, el desarrollo, por oposición, del independentismo del Estat Català y, en segundo lugar, el acercamiento entre las cúpulas de pensadores y políticos liberales de una y otra capital. Acercamiento que iba a prefigurar algunas de las plataformas políticas, consensos o confianzas mutuas de la Segunda República. A propósito de los significados de los actos de aquella ocasión, Jordi Gracia ha escrito que «hubo más banquetes con vocación conciliadora –Ortega estuvo en pocos–, pero en alguno de ellos nacen unas declaraciones a La Vanguardia del 29 de marzo de 1930 que establecen una continuidad lógica de la doctrina fundamental de Ortega en los últimos treinta años. Lo único que queda por ensayar en España es ‘ver lo que pasa haciendo un poco de caso a los intelectuales’». Lo que acabó pasando es que un golpe de Estado sangriento se cruzó en el camino de aquella empresa soñada. «El cambio de tono en las relaciones de catalanes y castellanos empuja a su vez a ‘una profunda y total reforma del cuerpo nacional del Estado y lo que no es Estado’. Ése es el runrún que delata un movimiento conspirativo que se ha puesto en marcha en aquellos encuentros multitudinarios y del que nace el borrador de ‘Llamamiento a la nación’, que Ortega redacta a su regreso a Madrid. Está pensando en reunir cien o ciento cincuenta personas bajo el título de ‘Conversación sobre España’. El plan tiene mucho de resurrección de la Liga de 1914 y es el primer embrión de la Agrupación al Servicio de la República» (Gracia, 2014: 443-444). Éste es, en parte, el tema de este libro. La construcción, entre los años de la Primera Guerra Mundial y 1931, de un espacio liberal de entendimiento y escucha mutua entre Ortega y sus colaboradores y los nacionalistas catalanes. Un libro que se propone reconstruir no tanto (o no sólo) la relación epistolar o profesional de Ortega con coetáneos catalanes, sino la evolución que siguió el pensamiento político orteguiano en su roce cotidiano con el de figuras representativas del mundo cultural y político catalán como...