E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Reihe: Enfoque Estratégico
Nardone La soledad
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-254-4691-7
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Comprenderla y gestionarla para no sentirse solo
E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Reihe: Enfoque Estratégico
ISBN: 978-84-254-4691-7
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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Giorgio Nardone es director del Centro di Terapia Strategica de Arezzo, que fundó junto con Paul Watzlawick. Dirige la Escuela de Especialización en Psicoterapia Breve Estratégica y la Escuela de Comunicación y Problem Solving Estratégico, con sedes en Arezzo, Milán, Madrid y Barcelona. Reconocido internacionalmente como el máximo exponente de los investigadores que impulsaron la evolución de la Escuela de Palo Alto, es autor de numerosos trabajos que se han convertido en una referencia teórica y práctica para estudiosos, psicoterapeutas y managers de todo el mundo.
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2. Psicología de la soledad: estar o sentirse solo
Aun basando la actuación en la observación de los hechos, la valoración empírica y el análisis estadístico, cuando las disciplinas psicológicas se disponen a tratar el tema de la soledad parece que adoptan un enfoque dicotómico del tipo «bien/mal», «positivo/negativo», más próximo al de la filosofía y al de la lógica. Existen estudios y trabajos de investigación que demuestran que la soledad es fruto de una búsqueda interior y de un desarrollo de las capacidades mentales y las conductas evolutivas; otros estudios, por el contrario, muestran su carga patogénica y su compatibilidad con cuadros clínicos importantes, como, por ejemplo, la depresión y las manías persecutorias. También la bibliografía psicológica confirma la ambivalencia del fenómeno en las relaciones que el ser humano vive con su realidad. Sin embargo, más allá de esta cuasievidencia, la psicología se muestra muy poco precisa a la hora de definir las características de la soledad, describiéndola a veces como un estado de ánimo y otras como un sentimiento, incluso como una emoción y hasta como una dinámica relacional. Ya hemos visto que es un tema difícil de tratar, pero cabría esperar que la disciplina que se ocupa específicamente del hombre y de sus características no estrictamente biológicas nos iluminara algo más sobre la soledad como fenómeno psicológico, en vez de ofrecernos tan solo una débil llamita que solo alumbra los contornos de las cosas y deja amplios espacios de oscuridad. Por desgracia, esto es lo que sucede la mayoría de las veces cuando la psicología moderna, cuyos métodos de investigación tienden más a la cuantificación y a la rígida experimentación de laboratorio, se encuentra con fenómenos subjetivos y cualitativos para los cuales esos métodos de investigación son muy poco adecuados. Además, como en su parte clínica la psicología está sometida a la influencia de muchas y diferentes perspectivas teórico-prácticas (Nardone y Salvini, 2013), expresa observaciones y valoraciones a menudo completamente discordantes. Para un psicoanalista, la soledad de la relación consigo mismo representa una virtud, mientras que para un psicoterapeuta relacional es la antecámara segura de una patología; si para un gestáltico el contacto físico interpersonal constituye la clave de la salud psíquica, y para un cognitivista la reflexión y el frío análisis crítico son una ayuda para resolver las contradicciones internas, de ello se deduce que para el primero el aislamiento es patogénico, mientras que para el segundo es un medio para solucionar el malestar personal. Los ejemplos de discordancia entre las distintas perspectivas de la disciplina son tantos que se les podría dedicar un libro entero. A esto suele añadirse que quien se dedica a la investigación no se ocupa de sus aplicaciones clínicas y, viceversa, quien practica la psicoterapia raramente realiza investigación pura. En definitiva, cuando se trata de la «realidad humana», parece encarnarse la metáfora india de los seis ciegos alrededor de un elefante que, tocando cada uno una parte distinta del animal, creen poder deducir sus características. Para uno es algo largo, suave y elástico; para otro, una masa de músculos, mientras que, para un tercero, es algo torcido y largo con un hueso en el interior. Teniendo en cuenta estas premisas, trataremos de esbozar a partir de la investigación pura y de las reflexiones teóricas, de la práctica clínica y de la observación naturalista-etológica los rasgos más destacados de una psicología de la soledad.
Recientemente, dos importantes autores se han interesado por el tema: el primero es John T. Cacioppo (2008), que, desde su perspectiva cognitiva, explora los mecanismos de la soledad partiendo de una distinción aparentemente banal, pero que cobra mucho sentido por los efectos que produce en el individuo: la diferencia entre estar realmente solo o sentirse solo. El autor especifica que, desde un punto de vista psicológico, la primera forma de soledad, que podríamos considerar objetiva, es bastante menos importante, en cuanto a sus efectos sobre la persona, que la subjetiva, en la que se vive la sensación de estar solo. Se puede experimentar ese estado de ánimo estando entre mucha gente, hiperconectado a las redes sociales o en una situación real de aislamiento. Eso significa que la percepción subjetiva de la persona en ese momento es la que establece la diferencia, para bien o para mal. Cacioppo analiza sobre todo los efectos devastadores del hecho de «sentirse solos» mostrando que las personas que viven en un estado de marginación social, al ser sometidas a una prueba de diagnóstico por la imagen, presentan una activación de las mismas zonas cerebrales que las personas que padecen un dolor físico. Si bien esto es una confirmación más de que el dolor psicológico produce auténticos efectos fisiológicos, no tiene suficientemente en cuenta el caso contrario, es decir, cuando el dolor provoca la sensación de soledad y de incomprensión. En los casos en que la soledad es el efecto y no la causa del sufrimiento, obviamente se añade a este último e incrementa su percepción. Además, la reconstrucción biopsicológica de la adaptación del hombre en su evolución del «gen egoísta» (Dawkins, 1976) a la «cooperación social» y «a la empatía en las relaciones», considerados factores decisivos de éxito reproductivo, parece una interpretación forzada de base skinneriana ambientalista estadounidense, que atribuye la estructuración de la percepción individual a las dinámicas sociales y a la influencia dominante de las condiciones ambientales, de los aprendizajes y condicionamientos que esta impone al individuo. En palabras de Cacioppo: «Privarse de la relación con los demás provoca un desgarro genético que se expande por nuestro ser hasta invadir las emociones», afirmación hecha ya por John Bowlby (1980) y René A. Spitz (1965) y, años antes, por Melanie Klein (1959). Si esto es indudablemente cierto en los casos en que el aislamiento provoca una sensación de trágica soledad, y este sufrimiento psicosocial activa a su vez la biopsicológica emoción primaria del dolor (Nardone, 2019), lo es en función de la percepción individual y no necesariamente de la marginación social objetiva, que puede ser buscada deliberadamente por el individuo como viaje místico o práctica de liberación personal, como en el caso del budismo. La postura teórico-práctica de Cacioppo también está confirmada por sus recomendaciones terapéuticas contra el mal de la soledad, como relacionarse con personas semejantes a nosotros, ser conscientes de nuestros propios errores relacionales, evitar el aislamiento, abrirse a los demás, expandirse o esperar lo mejor; recomendaciones clásicas de tipo psicológico-social de influencia estadounidense, basadas en una racionalidad que añade muy poco a las recomendaciones habituales. Ahora bien, aunque el trabajo del investigador presente esas limitaciones, no puede subestimarse su importante aportación cognoscitiva a los mecanismos patogénicos que conforman el hecho de «sentirse solos».
Defendiendo posturas aparentemente antagónicas, pero, como veremos, basadas en la misma orientación teórica —aunque más desviadas hacia el aspecto cognitivo que al conductual—, hay que citar a otros psicólogos estadounidenses como Daniel Goleman, Paul Ekman y el fundador de las llamadas «neurociencias afectivas», Richard J. Davidson. Partiendo justamente de sus estudios sobre el funcionamiento del cerebro y abrazando, como los otros dos, la «fe» budista tibetana, este último (Davidson y Begley, 2012) interpreta la soledad como un proceso iniciático obligatorio que, mediante la práctica de la meditación, lleva al individuo a desarrollar la capacidad de experimentar «compasión» por el otro y por el mundo tras haberla conquistado respecto de sí mismo. La empatía no puede prescindir de una plena conciencia de sí, que, según estos autores, puede desarrollarse practicando el budismo tibetano. Daniel Siegel (2018), otro ilustre representante de este enfoque, propone incluso una «ciencia de la empatía» como proceso estructurado de la práctica de mindfulness combinada con las técnicas tradicionales cognitivo-conductuales. En este caso, como en el de la inteligencia emocional propuesta por Goleman (1995), el desarrollo de la conciencia de sí es lo que nos ayuda a superar la soledad como mal, que se transforma en virtud que se cultiva mediante las «buenas prácticas» de la meditación, de la aceptación y de la compasión. La evidente y fuerte influencia ejercida sobre estos importantes autores por la relación directa con el Dalái Lama los ha llevado a considerar que sus enseñanzas son muy importantes para la psicología cognitiva y conductual. Lo que ha de hacer reflexionar de manera crítica al lector es por qué que estos autores exaltan las virtudes de la meditación tibetana y no las de las otras tradiciones de la meditación, así como el hecho de que parecen olvidarse de que la compasión es una antigua práctica cristiana, y de que la aceptación de la condición humana constituye uno de los fundamentos del enfoque existencialista. Al hilo de estas reflexiones sería bueno analizar las vías específicamente europeas para el estudio psicológico de la soledad y sus diferentes expresiones, que se diferencian de las norteamericanas sobre todo por tener una base más filosófica y, en especial, por ese «sentido de lo trágico» que, como diría Nietzsche (1872), flota desde la Antigüedad sobre la cultura europea y se opone al radical optimismo de la estadounidense. Solo en Norteamérica podía nacer la psicología positiva (Seligman, 2002), del mismo modo que solo en...




