E-Book, Spanisch, Band 859, 306 Seiten
Reihe: Colección Popular
Musacchio La Universidad de México, 1521-2001
1. Auflage 2022
ISBN: 978-607-16-7525-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 859, 306 Seiten
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ISBN: 978-607-16-7525-5
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Humberto Musacchio (Ciudad Obregón, Sonora, 1943) estudió economía en la UNAM y desde 1969 ejerce el periodismo. Editor cultural de El Universal y Unomásuno, fue subdirector de La Jornada. Es autor de Ciudad quebrada (1985), Hojas del tiempo (1993) y Urbe fugitiva (2002), así como de diversos diccionarios y obras enciclopédicas. Actualmente escribe en el diario Excélsior y en el semanario Siempre!
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I. LA FUNDACIÓN
FUE EL obispo Juan de Zumárraga quien hizo la primera solicitud, en 1536, para que la capital novohispana contara con “una universidad en la que se lean todas las facultades que se suelen leer en las otras universidades y enseñar sobre todo arte y teología”, lo que le fue negado por la reina Juana I de Castilla, más conocida como Juana la Loca, quien creyó que la petición pretendía convertir en universidad el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, que era para indios. Otra petición partió del Ayuntamiento de la ciudad de México, que en 1539 solicitó una universidad para que los españoles “no tuviesen que mandar a sus hijos a España con gran riesgo de sus vidas en la Veracruz y en el mar”, informa Sergio Méndez Arceo. Al año siguiente, Zumárraga volvió a la carga sin resultados.
Nuevamente, en 1546, el Ayuntamiento se dirigió a la Corona para solicitar la creación de la universidad y arguyó que ya existía el Colegio de Tlatelolco para los indios, por lo cual, “con mayor e justa es justo se haga la dicha merced para los españoles”. Esta solicitud corrió con mejor suerte, pues, de acuerdo con Alberto María Carreño, el 17 de marzo de 1546 el príncipe regente y futuro monarca Felipe II expidió una cédula que ordenaba crear un estudio de “todas ciencias” para que los estudiantes “salieran doctos en todas facultades”.1 Con ese fin, el 30 de abril de 1547 el príncipe regente encargó al virrey que reservara algunos fondos para el centro de estudios que pedía el gobierno de la ciudad. Una carta fechada el 4 de marzo de 1550, enviada al rey por los dominicos, informa que “el Visorrey de esta Nueva España ha comenzado, para el bien universal de esta tierra, un estudio general porque cada día se le va despoblando la tierra por no haber asiento en ella especial de estudio de donde se provea la república de letrados y las órdenes de religiosos, porque habiendo siempre de venir todo de España, es violento y no durable”,2 ante lo cual piden al monarca “mande favorecer esta santa obra, así con rentas como con lectores de todas facultades”.
Nicolás Rangel, en el prohemio a la , afirma que antes de que se expidiera la cédula fundadora de la institución, el virrey Antonio de Mendoza “abrió escuela de estudios superiores, nombró profesores idóneos y donó para su sostenimiento varias estancias de ganado que eran de su propiedad”.3 Por su parte, Enrique González y González señala que antes de partir ese virrey a Perú, donde murió en 1552, “donó las estancias al Colegio de indios caciques de Tlatelolco, que él había protegido desde su fundación”,4 legado que se explica porque hasta entonces no había llegado la cédula de fundación de la universidad, que sería muy diferente a la supuesta “escuela de estudios superiores”. Carreño aventura la hipótesis de que “ese intento de Mendoza se verificaría en el convento mismo de Santo Domingo”,5 lo que no resulta descabellado si se tiene presente que otras universidades, como la de Lima o la de Santo Domingo, nacieron de esa manera.
La petición definitiva correspondió al mismo Mendoza, quien hizo gestiones ante la Corona para que tanto la aristocracia indígena como los hijos de españoles recibieran instrucción superior. Fue así como se expidió la cédula real, firmada por “el Príncipe” (el futuro Felipe II), que ordenó la creación de la universidad, solicitada “por parte de la ciudad de Tenuxtitlan de la Nueva España, como de los prelados y religiosos de ella e de Don Antonio de Mendoza, nuestro visorrey que ha sido de la Nueva España”. La cédula se expidió el 21 de septiembre de 1551 en Toro, población zamorana que entonces era sede de las Cortes españolas (Madrid lo sería a partir de 1561). El futuro monarca dispuso también que la fundación de tal “Estudio e Universidad” contara con una dotación inicial de mil pesos oro y los privilegios, franquicias y libertades de que gozaba la Universidad de Salamanca, España.
Cabe aclarar que en aquel tiempo la palabra se refería al ámbito en que se enseña o se reciben enseñanzas. En , normatividad jurídica reunida por Alfonso el Sabio en el siglo XIII, se lee: “Estudio es ayuntamiento de Maestros, e de Escolares que es fecho en algún lugar, con voluntad e entendimiento de aprender los saberes”. Por otra parte, se entendía como gremio, corporación, asociación, comunidad, pues las universidades medievales, como la de México, eran gremios, ya fuera de estudiantes, , o bien de docentes: . También de origen medieval es la expresión , madre nutricia, que alude a la capacidad de la institución para engendrar hombres a los que alimenta de saberes científicos y humanísticos.
Pese a la disposición real, la legislación de la universidad mexicana tuvo notables diferencias con la de Salamanca, pues inicialmente careció de fuero judicial y obligó a los doctorandos a pagar impuestos, pese a que los salmantinos gozaban de una exención, la que, dice Jorge Madrazo, se consiguió en la Universidad de México por cédula real del 17 de octubre de 1572. Fue hasta 1597 cuando se expidió la real cédula que otorgaba a los universitarios novohispanos el fuero de que disfrutaban los miembros de las universidades españolas. Inicialmente, fue el maestrescuela el encargado de juzgar y sancionar a los miembros de la comunidad universitaria, pero la cédula citada depositó en el rector la jurisdicción civil y criminal sobre profesores y estudiantes, algo que existió en la práctica desde que la casa de estudios inició labores, pero que se notificó formalmente hasta el 6 de diciembre de 1612. Madrazo señala la tensión que existió entre el rector y el maestrescuela en asuntos disciplinarios, la que “muy posiblemente” fue causa de que “su original se hiciera perdedizo”.
El hecho es que a fin de cuentas quedó como atribución del rector juzgar a los universitarios por los delitos que cometieran dentro de la institución y aun fuera de ésta si se trataba de algún asunto “que toque a cosas de las escuelas”, así como por vagancia, deshonestidad y afición al juego por parte de los estudiantes. Las penas de prisión debían cumplirse en la cárcel de la propia universidad. Los universitarios que cometieran otro tipo de faltas fuera del quedaban en manos de la justicia ordinaria, al igual que por los delitos ocurridos en la sede universitaria y que ameritaran pena corporal, como destierro, azotes, mutilación o muerte, en cuyo caso el rector debía remitir al reo a la justicia ordinaria.
Sin embargo, apenas iniciada la vida de la Universidad de México, en la reunión de claustro del 12 de diciembre de 1553 se acordó pedir al rey que los maestros no pudieran “ser presos sino en las Escuelas por delitos pequeños”. Como está dicho, legalmente no existía el fuero para los universitarios, pero de hecho contaban con algunos privilegios y hasta cierta impunidad, pues en 1560 se produjeron quejas de que entre los inscritos que vivían en las escuelas, en lo que hoy llamaríamos internado, había individuos “viciosos y de mala vida que inquietaban [a] los demás estudiantes”, sin embargo, se resolvió que sólo con licencia del rector se permitiría a los alguaciles el paso a los aposentos. Cabe aclarar que no todos los estudiantes vivían dentro de la Universidad, pues algunos habitaban en los colegios de las órdenes y otros más en casas particulares, situación que los ponía lejos de la autoridad escolar. De ahí que para los externos se impusiera el requisito de “vivir en casas honestas”.
Pese a que la Universidad debía ser para hijos de españoles y de la nobleza indígena, el virrey Luis de Velasco escribió al rey que no convenía admitir indios, por lo que éstos sólo excepcionalmente lograron ser inscritos, aunque a fines del siglo XVII esta condición se relajó y pudieron ingresar algunos caciques indígenas. También fueron aceptados los mestizos, pero las puertas de la institución continuaron cerradas para macehuales, mujeres, negros y castas. Tampoco se aceptaba a hijos fuera de matrimonio ni a quien no probara “pureza de sangre”, esto es, ser hijos de “cristianos viejos” (descendientes de por lo menos cuatro generaciones de cristianos), lo que excluía, entre otros, a los judíos y sus descendientes, quienes por lo demás tenían prohibido residir en España y sus dominios.
La Universidad de México no es la más antigua de América, pues el 12 de mayo de 1551 fue expedida la real cédula que ordenaba crear la Universidad de San Marcos de Lima. Ambas fueron financiadas por la Corona española, en tanto que las universidades peninsulares no gozaron de ese beneficio. La casa de estudios limeña, a diferencia de la mexicana, fue fundada por los dominicos, tuvo su sede en uno de sus conventos y, por lo mismo, durante 11 años estuvo unida a la orden de predicadores, en tanto que en México tocó al cabildo municipal y al virrey encargarse de todo lo referente a la puesta en marcha de la institución educativa, lo que le permitió a ésta manejarse con relativa independencia de las diversas órdenes religiosas que actuaban en Nueva España, las que mediante sus miembros participaron siempre en la vida universitaria, pero sin que alguna de...




