Murdoch | Monjas y soldados | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 204, 600 Seiten

Reihe: Impedimenta

Murdoch Monjas y soldados


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17553-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 204, 600 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-17553-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Amor y amistad. Lealtad y conflictos morales. Tan magistral como siempre, Murdoch ahonda de forma brillante en las aspiraciones y los miedos que experimenta todo ser humano cuando ha de posicionarse ante las situaciones más extremas de la vida. Una obra deslumbrante que nos transporta a la elegancia estilística de otra época.   Guy, centro de un nutrido círculo de familiares y amigos, está en su lecho de muerte. Sus ojos releen por última vez la 'Odisea' mientras su esposa Gertrude recibe el apoyo de una cohorte de allegados (intelectuales, artistas, abogados y miembros del Parlamento) que se dejan caer por la casa cada semana. Es justo entonces cuando Anne, su mejor amiga de la universidad, llama a su puerta por sorpresa, tras haber pasado los últimos quince años en un convento de clausura. Aún en busca de su fe perdida, Anne se instala con Gertrude, que empieza a sentirse como una Penélope cercada por sus pretendientes: no solo por el melancólico Conde, hijo de exiliados polacos, que siempre ha estado enamorado de ella, sino también por el afable y exitoso Manfred o por el respetable y distinguido Moses... Sus días se complican tras la muerte de Guy, cuando Gertrude, abrumada por tantos requerimientos, decide refugiarse en su amiga Anne y viajar a Francia con la decisión de vender la casa que allí compartía con su marido.

Iris Murdoch Dublín, 1919 - Oxford, 1999   Dame Jean Iris Murdoch nació en Dublín, en Phibsborough, el 15 de julio de 1919. Cuando ella apenas tenía unas semanas de vida, los Murdoch se mudaron a Londres, donde el padre había obtenido un puesto en el ministerio de Sanidad. Iris Murdoch estudió en escuelas progresistas: primero en la Froebel Demonstration School, de Londres, y luego en la Badminton School, de Bristol. Con 19 años se matriculó en el Somerville College, de Oxford, donde estudió literatura clásica, historia antigua y filosofía. También estudió filosofía como posgraduada en el Newnham College de Cambridge, donde tuvo como maestro a Ludwig Wittgenstein. En 1948 empezó a trabajar como profesora en el St Anne's College, de Oxford. Escribió su primera novela, Bajo la red (considerada por la revista Time como una de las 100 mejores novelas de la literatura inglesa del XX), en 1954, aunque antes había publicado ensayos sobre filosofía, incluyendo el primer estudio escrito en inglés sobre Jean-Paul Sartre. Dos años más tarde, en 1956, conoció al hombre con el que compartiría su vida, John Bayley, profesor de literatura inglesa y escritor. Su matrimonio duraría cuarenta y tres años, y Bayley la cuidó hasta sus últimos días.  Iris Murdoch publicó veinticinco novelas más, entre las que cabe destacar El castillo de arena (1957), La campana (1958), La cabeza cortada (1961), El unicornio (1963; Impedimenta, 2014) El sueño de Bruno (1969), El príncipe negro (1973, Premio James Tait Black Memorial), Henry y Cato (1976; Impedimenta, 2013), El mar, el mar (1978, Premio Booker), El libro y la hermandad (1987; Impedimenta, 2016) y El caballero verde (1993).  En 1995 comenzó a padecer los devastadores efectos del mal de Alzheimer, que al principio atribuyó a un mero 'bloqueo de escritor'. En 1997 fue galardonada con el Golden Pen Award por toda su carrera. Falleció a los 79 años, en 1999, y sus cenizas fueron esparcidas por el jardín del crematorio de Oxford.
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II


El tiempo había pasado y Guy Openshaw había muerto. Vivió más de lo que se había esperado, pero cumplió las predicciones del médico y falleció en Nochebuena. Esparcieron sus cenizas en un jardín anónimo. Ya estaban a principios de abril del año siguiente, y Gertrude Openshaw, de soltera McCluskie, contemplaba por una ventana una fría escena de sol y nubes. A su derecha, bastante cerca, se alzaba un pequeño promontorio de roca, donde la afelpada hierba esmeralda se extendía, a la guisa de un sombrero, sobre la elevación de un acantilado gris, atestado de pequeñas terrazas que bajaban hasta el mar. La marea estaba alta. Cuando la marea bajaba, las rocas continuaban su descenso hasta desembocar en una playa de piedras, con una pequeña franja de arena de color amarillo claro justo debajo. Las piedras eran grises, oblongas y achatadas, parejas en tamaño y forma, de manera que a cierta distancia parecían las escamas de un pez. El mar milenario las había golpeado y entrechocado hasta otorgarles una terrible densidad y una absoluta lisura. Por aquí y por allá, podía verse alguna picada, rayada o cubierta de lo que parecían ser pequeños arañazos rúnicos. Resultaba muy fácil subir al promontorio de las terrazas; Anne Cavidge había subido allí el día anterior. Ante Gertrude, se abría el mar, un mar frío y azul oscuro sobre el que se desplazaban voluminosas nubes blancas. Las olas rompían al alcanzar el semicírculo de piedras que conformaba la pequeña cala; y, justo en el centro, se alzaba la casa. Entre la casa y las piedras, había un jardín azotado por el viento, un césped rapado por las ovejas y dos muros de piedra muy bajitos y en ruinas, a punto de venirse abajo, delineados por varios majuelos retorcidos, a través de los cuales resbalaba y goteaba la frecuente lluvia. Al pie de esos árboles, en colmada y densa abundancia, las prímulas estaban en flor. A la izquierda de Gertrude, donde la tierra iba cayendo en suave pendiente hacia el mar, se extendía un trazado de minifundios rodeados por más muros de piedra, estos un poco mejor conservados, que proyectaban sombras duras cuando el sol, intermitente, brillaba sobre ellos. Gertrude estaba pasando unos días, a solas con Anne, en la casa de la playa de Stanley Openshaw, en Cumbria. Manfred las había llevado al norte, hacía tres semanas, en su cochazo.

Guy no volvió a preguntar si podía ver a Anne. Pareció haberse olvidado de ella. Al Conde lo vio solo una vez más, brevemente. Nunca volvió a hablar con Gertrude de la manera en que lo había hecho la tarde en que le pidió que fuera feliz cuando él hubiera muerto. La enfermera de día le contó después a Gertrude que Guy debía de haber experimentado mucho dolor durante aquella conversación, pues no había querido que le inyectara los analgésicos, para así poder tener la mente más clara. Después de aquella tarde, Gertrude interrumpió las «horas de las visitas» y les cousins et les tantes se retiraron hasta quedarse a cierta distancia; casi dejaron de preguntar, a la espera del acontecimiento. Guy se volvió distante y distraído, silencioso. Miraba, más allá de Gertrude, a lo que estaba por venir. Quiso ver a Moses Greenberg, pero no hablaron largo rato: ya se habían establecido mucho antes todas las disposiciones legales. Victor se volvió evasivo: no tenía nada que decir. Poco antes del desenlace, Guy adoptó de pronto una actitud confusa y habladora; divagaba sobre «el anillo», el «espacio lógico», la «cara superior del cubo» y el «cisne blanco». También hablaba de Heidegger y de Wittgenstein. Luego preguntaba con ansiedad por su padre y por el tío Rudi. Al final murió solo, de madrugada, probablemente mientras dormía, según dijo la enfermera de noche (pero ¿cómo podía saberlo?). Fue la enfermera, no Gertrude, la que se lo encontró muerto. Gertrude miró su cara muerta una sola vez y se dio la vuelta. En su interior se desató una convulsión semejante a un parto.

Gertrude asistió a la incineración. No se apoyó en el brazo de nadie. Y no salió de casa para nada más durante varias semanas. Se echó en la cama y, ahora sí, se tomó todas las pastillas y medicinas que Victor le había prescrito. Lloraba en silencio o bien sollozaba mientras una respiración entrecortada y un monótono gemido le sacudían el cuerpo. Solo se dormía con sedantes, y luego despertaba y se enfrentaba a un horror reavivado. Anne, que se había hecho cargo de la situación, cuidaba de ella. A veces, Gertrude oía vagamente voces apagadas, voces que reconocía (la señora Mount, Stanley, Manfred, Gerald, el Conde hablando con Anne en la sala), voces angustiadas, que preguntaban, que trataban de plantear soluciones e ideas. No veía a nadie salvo a Anne, aunque al principio ni siquiera se comunicaba con ella. Entonces, un día de enero, de repente, dejó de sollozar y de gemir y se levantó, aunque seguía teniendo los ojos húmedos y enrojecidos. Aceptó la conversación de Anne, su tacto y su amor, el alimento del consuelo, si bien al principio lo hacía más por Anne que por sí misma, la verdad.

Moses Greenberg llegó con un maletín lleno de papeles y los extendió sobre la mesa del comedor. Por supuesto, Guy lo había dejado todo en perfecto orden. Su testamento era sencillo: le dejaba todo lo que poseía al morir a su amada esposa Gertrude. No había más legado. Moses trató de explicarle a Gertrude algo sobre el mundo de las inversiones, pero ella, con el pañuelo en la boca, no lo entendía. Nunca había pensado en esos asuntos de los que Guy nunca le había hablado. Hizo venir a Anne, que sí los entendía. Anne y Moses Greenberg estuvieron hablando de los problemas de los impuestos, los seguros y las cuentas bancarias. Moses Greenberg no pudo haber sido más amable.

Sumida en una actividad febril, Gertrude empezó a cambiar el piso. Vendió la cama en la que había muerto Guy y la cama en la que habían dormido juntos todos aquellos años. Le habría gustado quemarlas en un barco en alta mar. Lo movió todo de sitio en el piso, preparó nuevos dormitorios para ella y para Anne, cambió de lugar cuadros, alfombras y adornos que no se habían tocado durante años. Después, siempre en compañía de Anne, salió a hacer una ronda de visitas a la familia, como cumpliendo un deber. Era como si quisiera «mostrarse» en su viudez ante la gente de Guy. Muchos, incluso los lejanos Schultz, la invitaron a quedarse un tiempo con ellos. Pasó unos días en la casa de Londres de Stanley Openshaw, con Anne. Luego, a sugerencia de Janet, ambas se fueron al norte, a la casa de Cumbria. Así, el abatimiento de Gertrude dio lugar a cierta calma, si bien se trataba de una calma negrísima; la terrible desesperación de antes aún volvía a ráfagas, y, mientras caminaba a solas junto al mar, Gertrude gemía en voz alta.

¿Había esperado que la muerte de Guy le trajera un poco de alivio? ¿El no tener que ver aquel «espectro», ni imaginar su dolor desgarrador, ni sufrir la pérdida diaria del hilo de su conciencia, ni ver sus ojos ausentes, enloquecidos, incluso hostiles? Pero no, la muerte, la ausencia, esa ausencia tan absoluta, era peor, algo que no había llegado ni a imaginar. El espacio vacío, la nada de lo que alguna vez había vivido y se había movido, la pérdida de la certeza de que él estaba en alguna parte (certeza que le proporcionaba polos al mundo). Guy se había ido y el corazón de Gertrude, que buscaba consuelo, solo encontraba vacío. Incluso enajenado y sufriendo, Guy había sido un espacio de alivio al que podía acudir para calmar el dolor. Ahora estaba sola. Pensaba: «Todos esos recuerdos de mí han desaparecido. Ya nadie me conoce del todo. Yo también he abandonado el mundo». Todas las cosas que él podría haberle dicho habían desaparecido; todo lo que habían conocido y amado juntos les había sido arrebatado. Ningún goce que hubiera compartido con Guy podría volver a ser nunca más un goce para ella. Sí, la ausencia, eso era lo peor. Llevaba dentro una nueva clase de criatura compuesta de lágrimas. Oía a los pájaros cantando en la brumosa primavera inglesa, pero ya no volvería a haber felicidad en el mundo.

Sin embargo, muy poco a poco, el terrible duelo fue amainando, y la época en que Gertrude sentía que iba a morirse literalmente con el corazón roto pasó. En ese momento, era incapaz de imaginar cómo habría podido sobrevivir sin Anne Cavidge: el regreso de Anne, que ahora estaba junto a ella, comportaba todo el sentido del mundo.

* * *

—Estaba poseída por un demonio y tú me salvaste.

—¿Por qué un demonio? —preguntó Anne.

Era mediodía y estaban dando un paseo junto al mar, caminando con zapatos brogue sobre las piedras grises y planas que el mar había moldeado confiriéndoles una hermosura carente de aristas.

—Ah, no lo sé. Me entregué a él; como si quisiera morir de mala manera; como si luchara contra el mundo y quisiera hacerle daño. —Gertrude estaba pensando en cómo Guy había deseado que fuera feliz. Nunca volvería a ser feliz, pero era su deber resistirse a la desesperación.

—Hay que resistirse a la desesperación —dijo Anne—. Esa es una de las pocas reglas que se repite siempre, en todas partes. Creo que es un deber que incluso en la cámara de tortura hay que cumplir, aunque allí nadie podría llegar a saber si ha sido así o no.

—Solo Dios lo vería.

—Solo Dios lo vería.

—¡Qué invención tan útil!

—¡Sí!

Gertrude sabía lo que era el deber. Pensó: «A Guy le habría gustado hablar sobre esto».

La luz había cambiado y, bajo un sol templado, el mar, reluciente, se mostraba cubierto de misteriosas...



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