Murdoch | Bajo la red | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 184, 352 Seiten

Reihe: Impedimenta

Murdoch Bajo la red


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17115-95-1
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 184, 352 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-17115-95-1
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Considerada una de las cumbres de la narrativa inglesa del XX, 'Bajo la red' supuso el debut novelístico de Iris Murdoch. Jake Donaghue, su protagonista, es un escritor y traductor que deambula por un Londres inabarcable intentando compensar de algún modo los errores del pasado. Tras regresar de un viaje a Francia, su vida da un vuelco: su novia, que se ha enamorado de un corredor de apuestas, le pide que se vaya de casa. Desesperado, Jake se ve obligado a recurrir a su exnovia, Anna Quentin, y a un antiguo amigo, Hugo Belfounder, quien en el pasado le inspiró un libro sobre la inutilidad del lenguaje. Así emprenderá su particular descenso a los infiernos, vagabundeando por el Londres más bohemio entre filósofos, sindicalistas borrachos y perros prodigio, en busca de un lugar en el que asentarse. Iluminado, pero víctima de una persistente desazón vital, Jake no abandona su idea de llegar a ser un verdadero escritor mientras el mundo parece derrumbarse a su paso. Un debut deslumbrante. Una magistral mezcla de reflexión filosófica y novela picaresca que trata sobre el trabajo, el amor y la fama; una historia brillante hecha para reír y pensar a partes iguales.

Iris Murdoch nació en Dublín en 1919. Cuando apenas tenía unas semanas de vida, su familia se mudó a Londres. Estudió Literatura Clásica, Historia Antigua y Filosofía, y fue alumna de Wittgenstein en Cambridge. Su primera novela, Bajo la red, publicada en 1954, está considerada una de las cien mejores novelas del siglo XX en lengua inglesa por la revista Time. Publicó veinticinco más, entre las que cabe destacar, además de El libro y la hermandad (1987), La campana (1958), El unicornio (1963), El príncipe negro (1973, Premio James Tait Black Memorial), Henry y Cato (1976) y El mar, el mar (1978, Premio Booker). En 1995 empezó a padecer los efectos del Alzheimer. En 1997 ganó el Golden Pen Award. Murió en 1999.
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UNO


Cuando vi a Finn esperándome en la esquina de la calle, supe enseguida que ocurría algo. Lo habitual es que me espere en la cama o apoyado en la puerta con los ojos cerrados. Además, yo llegaba tarde debido a la huelga. Detesto los viajes de vuelta a Inglaterra; hasta que no entierro mi cabeza bien al fondo de mi querido Londres para olvidar que he estado fuera, no tengo consuelo. Así que ya se pueden imaginar lo desdichado que me sentía por tener que esperar con impaciencia, en Newhaven, a que los trenes volvieran a ponerse en marcha, con el aroma de Francia todavía fresco en mi nariz. Además, en esta ocasión me habían quitado en la aduana las botellas de coñac que traía de contrabando, de modo que cuando llegó la hora de cerrar estaba totalmente entregado a los tormentos de una morbosa introspección. La estimulante objetividad de una verdadera contemplación es algo que un hombre de mi temperamento no puede lograr en ciudades poco conocidas de Inglaterra, y menos todavía cuando tiene que preocuparse por los trenes. Aun en el mejor de los casos, los trenes son malos para los nervios. ¿Con qué tendría pesadillas la gente antes de que hubiera trenes? Teniendo todo esto en cuenta, resultaba raro que Finn me esperase en la calle.

Cuando lo vi, me detuve y dejé las maletas. Estaban llenas de libros franceses y pesaban mucho. Le grité: «¡Hola!», y Finn se acercó lentamente. Nunca se da prisa. Me resulta difícil hablarle a la gente de Finn. No es exactamente mi criado. Se diría más bien que es mi agente. A veces lo mantengo yo y otras me mantiene él; eso depende. Pero está claro que no somos iguales. Se llama Peter O’Finney, pero eso no importa, porque todos lo llaman Finn y es una especie de primo lejano mío, o al menos eso decía él antes, y nunca me he preocupado por comprobarlo. Pero la gente tiene la impresión de que es mi criado y lo mismo me suele ocurrir a mí, aunque me sería difícil decir por qué. A veces creo que se debe simplemente a que Finn es una persona humilde y retraída, que automáticamente se sitúa en segundo plano. Cuando no tenemos camas suficientes, siempre es él quien duerme en el suelo y resulta perfectamente natural. Es cierto que estoy constantemente dándole órdenes, pero eso es porque Finn no tiene las ideas muy claras sobre cómo emplear su tiempo. Algunos de mis amigos creen que está chiflado, pero no es verdad; sabe muy bien lo que hace.

Cuando Finn se acercó, le indiqué una de las maletas que podía llevar, pero no la cogió. En lugar de eso, se sentó encima y me miró melancólicamente. Me senté encima de la otra maleta y estuvimos un rato en silencio. Yo estaba cansado y no tenía ganas de preguntarle nada, ya me lo contaría. Le encantan los problemas, los suyos y los de los demás, sin discriminación, y lo que le gusta aún más es dar malas noticias. De aspecto triste y larguirucho, Finn es bastante guapo, con cabellos lacios de color pardo y un huesudo rostro irlandés. Me saca una cabeza (yo soy un hombre bajo), pero es un poco cargado de hombros. Me miró con tanta tristeza que se me arrugó el corazón.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté por fin.

—Nos ha echado —dijo.

No me lo tomé en serio; era imposible.

—Venga —le dije amistosamente—. ¿Qué quieres decir con eso?

—Nos echa —repitió—. A los dos, ahora, hoy mismo.

Finn es un pájaro de mal agüero, pero nunca miente, ni siquiera exagera. Aun así, aquello era demasiado.

—¿Pero por qué? —pregunté— . ¿Qué hemos hecho?

—No se trata de lo que hayamos hecho nosotros, sino de lo que va a hacer ella —dijo Finn—. Se va a casar con un tipo.

Fue un golpe, pero al encajarlo me dije a mí mismo: ¿y por qué no? Soy un hombre tolerante e imparcial. Y enseguida me pregunté adónde podríamos ir.

—Pero nunca me ha comentado nada —observé.

—Nunca le has preguntado nada —me contestó.

Era verdad. A lo largo del último año no había mostrado el menor interés por la vida privada de Magdalen. Si se comprometía con otro hombre, ¿quién tenía la culpa más que yo?

—¿Quién es ese tipo? —pregunté.

—Un corredor de apuestas —dijo Finn.

—¿Es rico?

—Sí, tiene coche —dijo Finn. Esa era su manera de valorarlo, y me parece que por entonces también era la mía—. Las mujeres me ponen enfermo —añadió Finn. Estaba tan fastidiado como yo de que nos echaran.

Me quedé allí sentado un momento, sintiendo una especie de dolor físico en el que los celos y mi orgullo herido se combinaban con una profunda sensación de desamparo. Allí estábamos, sentados sobre dos maletas, en Earls Court Road en una soleada y polvorienta mañana de julio. ¿Adónde íbamos a ir ahora? Siempre pasaba igual. Me había esforzado por poner en orden mi universo y todo saltaba por los aires volviendo a la situación anterior. Finn y yo tendríamos que espabilar de nuevo. Digo mi universo, no el nuestro, porque a veces pienso que Finn tiene muy poca vida interior. No lo digo de forma despectiva; algunas personas la tienen y otras no. Para mí está relacionado con su franqueza. Las personas sutiles como yo tenemos en cuenta demasiadas cosas como para dar una respuesta directa. Siempre me preocupan los matices. Y también lo relaciono con su inclinación a hacer manifestaciones objetivas en el momento menos oportuno, como una luz muy fuerte cuando te duele la cabeza. Aunque puede ser que Finn eche de menos su vida interior y por eso me siga, ya que la mía es compleja y muy variada. Así que, para mí, Finn forma parte de mi universo y no puedo concebir que él tenga uno en el que yo figure. Además, ese acuerdo resulta muy tranquilizador para los dos.

Quedaban todavía dos horas para abrir, y me costaba hacerme a la idea de que iba a tener que enfrentarme con Magdalen enseguida. Ella esperaría que yo le montara una escena, pero no me sentía con fuerzas suficientes y además no tenía ni idea de qué clase de escena tenía que montar. Habría que meditarlo mucho. No hay nada como que te echen para que te pongas a pensar en por qué te han echado. Necesitaba tiempo para reflexionar sobre mi situación.

—¿Quieres tomar una taza de café en Lyons? —pregunté a Finn esperando que me dijera que sí.

—No —contestó—. Ya lo he pasado bastante mal esperando a que volvieras, con ella deseando perderme de vista. Ve a verla. —Y echó a andar calle abajo. Finn siempre se refiere a la gente mediante pronombres y vocativos. Lo seguí lentamente, intentando aclararme quién era yo.

Magdalen vivía en una de esas repugnantes y pesadas casas de Earls Court Road. Le pertenecía la mitad superior de la casa; y allí llevaba yo viviendo más de ocho meses, igual que Finn. Los dos dormíamos en la cuarta planta, en un laberinto de buhardillas, y Magdalen en la tercera, aunque eso no quiere decir que no nos viéramos mucho, por lo menos al principio. Había empezado a considerar mía aquella casa. A veces Magdalen se echaba novio, pero no me molestaba y nunca le pregunté nada. Me sentía más a gusto cuando lo tenía, porque entonces yo disponía de más tiempo para trabajar, o más bien para dedicarme a esa especie de reflexión ensoñadoramente estéril que es lo que más me gusta en el mundo.

Estábamos allí tan a gusto como un par de nueces en sus cáscaras. Además, vivíamos prácticamente sin tener que pagar el alquiler, lo que también tenía su importancia. No hay nada que me resulte más irritante que tener que pagar un alquiler.

Debo explicarles que Magdalen es mecanógrafa en el centro de la ciudad, o por lo menos lo era cuando se produjeron los primeros acontecimientos de este relato. Sin embargo, no es esa una descripción completa. Su verdadera ocupación consiste en ser ella misma, y a ello dedica un celo y una habilidad artística tremendos. Sus esfuerzos siguen los preceptos de las revistas femeninas y del cine, y solo cierta veta de ingenuidad y la incorruptible vitalidad que hay en ella le han impedido convertirse en un ser anodino, a pesar de dedicarse al estudio constante de los trucos de seducción más en boga. No es hermosa: ese es un adjetivo que no suelo usar; pero es bonita y atractiva. Su gracia estriba en sus rasgos regulares y en la finura de su tez, que cubre con una máscara de maquillaje de color melocotón hasta dejarla tan lisa e inexpresiva como el alabastro. Sus cabellos los peina según los dictados de la moda del momento. Se los tiñe de rubio. Las mujeres piensan que la belleza consiste en aproximarse lo máximo posible a una norma de armonía. La única razón por la que no consiguen llegar a ser indistintamente parecidas unas a otras es por falta de tiempo, dinero y técnica. Las estrellas de cine, que disponen de todo ello, son indistintamente parecidas. El atractivo de Magdalen reside en sus ojos, y en la vitalidad de sus maneras y de su expresión. Los ojos son la única parte del rostro que nada puede disfrazar, o al menos nada se ha inventado todavía para conseguirlo. Los ojos son el espejo del alma y no se puede pintar sobre ellos ni rociarlos con polvos dorados. Los de Magdalen son grandes, grises y almendrados, y resplandecen como piedrecitas bajo la lluvia. De vez en cuando gana mucho dinero, pero no aporreando una máquina de escribir, sino como modelo de fotografía. Todo el mundo considera que es una chica guapa.

Magdalen estaba en el baño cuando llegamos. Fuimos a su sala de estar, en la que la estufa eléctrica y los montoncitos de medias de nailon y de ropa interior de seda y el olor de los polvos faciales formaban un escenario acogedor. Finn se dejó caer en el deslucido diván...



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