E-Book, Spanisch, 640 Seiten
Reihe: TBR
Munda Flamefall
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-87-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 640 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-87-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Tras huir de la revolución e instalarse en los escarpados acantilados de Nueva Pythos, los Drakolords están ansiosos por castigar a sus usurpadores y recuperar sus dominios. Lo primero que hicieron fue destruir el suministro de alimentos de los calipolanos. Ahora vienen a por sus Jinetes. Annie es la nueva Suprajinete de Calípolis y, aunque su objetivo siempre ha sido proteger a la gente, ser la mano ejecutora del gobierno la ha convertido en el enemigo público número uno. Lee lucha por encontrar su lugar, después de matar a su prima Julia para demostrar su valía ante un líder que le traicionó. Puede apoyar a Annie y a los demás Guardianes... o unirse a los radicales que buscan derrocar al régimen. Griff, un jinete de baja cuna que sirve a Nueva Pythos, sabe que no tiene futuro. Y ahora que ha muerto Julia, la aristócrata que lo había protegido, debe sacrificarlo todo por los señores que oprimen a su pueblo... o forjar un nuevo camino junto a la Suprajinete calipolana. Con el hambre desgarrando Calípolis y los Pythianos decididos a recuperar lo que perdieron, dependerá de Annie, Lee y Griff decidir por qué luchar... y a quién amar.
Weitere Infos & Material
uno
NUEVA PYTHOS
GRIFF
Julia ha desaparecido y yo estoy de un humor de perros. No ayuda que haga un día frío y húmedo, pero la verdad es que en Nueva Pythos siempre hace este tiempo. Me centro en limpiar pescado en una habitación adyacente a las guaridas de los dragones, al menos hasta que aparece Scully.
–Ha venido a verte un drakolord –me dice el encargado de las guaridas.
Esa es la única cosa que podría fastidiarme el día aún más. Bran y Fiona, los otros dos escuderos a los que les ha tocado limpiar pescado, cruzan una mirada. Estamos cubiertos de raspas y escamas, y sé que el hedor se aferrará a nosotros cuando salgamos de las guaridas. Encima, me voy a perder el único beneficio de preparar la comida de los dragones: no podré llevarme las sobras a casa. Me levanto y me seco las manos con un trapo.
Scully detesta oír mi pronunciación perfecta del drakoniano, y por eso mismo siempre trato de hablarle en ese idioma.
–¿Cuál de los drakolords... –hago una pausa lo bastante larga para que se pregunte si añadiré una marca de respeto–, señor?
El hombre hace una mueca. Mi impertinencia suele darle razones de sobra para ponerme a cargo de la limpieza de pescado. Y, por si eso fuera poco, nuestros clanes se odian.
–Tu maestro –responde en nórico.
Cualquier otro día eso sería una buena noticia, pero hoy preferiría que se tratara de Julia.
Salgo a la balaustrada de fuera, donde me espera Delo Pescavuela.
Cuando era pequeño, los exiliados calipolanos me dejaron atónito a su llegada: todavía recuerdo la palidez fantasmal de los Rompetormentas supervivientes, por no mencionar las facciones atezadas y los densos rizos de los lords Pescavuela. Delo ya no se parece a aquel muchacho andrajoso que arribó a nuestras costas hace diez años, pero sigue teniendo un aspecto impresionante. Al ver su capa de piel y su cabello recién peinado, reparo aún más en lo mal que huelo.
–Vuestra presencia es un honor inesperado, milord –digo con una reverencia deferente.
–Descansa –contesta Delo entre dientes, frunciendo el ceño como si supiera que estoy haciendo lo posible por incomodarlo. Delo tiene mi edad y es más alto que yo, aunque también más delgado–. El Triarcado Exiliado quiere hablar contigo.
Me rodeo el torso con los brazos mientras los dos echamos a andar, estremecido a causa de las gotas de agua marina que nos salpican. Los acantilados de arriba y la ciudadela que los corona nos hacen parecer enanos, algo a lo que ayudan los pilares kársticos de piedra caliza que emergen del océano y perforan el cielo.
–¿Os han comentado para qué desean verme?
Aunque yo le hablo empleando el «vos», Delo me tutea al responderme. Cuando éramos pequeños y yo no había dominado aún el drakoniano, solía instarme a tutearlo o a usar el nórico, ya que él estaba aprendiendo nuestro idioma, pero yo me negaba. Delo y yo nos batimos en muchos duelos de voluntad, de los que siempre salgo victorioso.
–Les gustaría preguntarte por Julia –me explica–. Ha desaparecido.
Soy más que consciente de ello.
–¿Por qué iba a saber yo dónde está Julia?
–Ixión... se lo ha contado –responde Delo con vacilación.
Por cómo lo dice, entiendo sin problema a qué se refiere.
La última vez que la vi, nuestros labios se fundieron en un beso. La oscuridad me impedía contemplarla, pero pude sentir su sonrisa mientras ella me quitaba la camisa de un tirón. Julia siempre sonríe cuando hacemos esas cosas, como si le parecieran un juego y disfrutara ganando la partida.
Y ahora, Ixión nos ha delatado.
Me freno en seco. Delo también se detiene y se vuelve hacia mí. Su cara me revela todo cuanto necesito saber sobre lo que pasará en el Salón de Cristal. No me dice que lo siente, y yo tampoco le digo que Ixión no tenía derecho a hacerme algo así. A estas alturas, las maquinaciones humillantes de Ixión nunca me pillan por sorpresa.
Esta ocasión es un buen ejemplo: me va a obligar a presentarme en el Salón de Cristal para revelar a todos que soy el amante campesino de Julia, mientras estoy sucio y apesto a pescado.
–Te he traído una camisa limpia –comenta Delo metiendo una mano en su bolsa, como si me hubiera leído la mente.
Casi todas las prendas de Delo son azules, el color de su Casa, pero esta es sencilla y no está teñida, como es apropiado para un campesino. Aun así, yo nunca he tenido acceso a una camisa tan delicada como esta, y es probable que acabe llenándola de porquería. Me la pongo y, cuando levanto la mirada, me percato de que Delo me observa. Aparta la vista de mí y la fija en el suelo. La camisa huele a él.
Le sigo por la sinuosa escalera exterior, excavada en el lateral del acantilado. Estos escalones, que dan al mar del Norte, conectan las guaridas donde trabajo con la ciudadela de la cima. Ambas construcciones son obra de los med’Aurelianos; las erigieron tras su conquista inicial, cuando invadieron Norcia con sus dragones, subyugaron a mi pueblo y le cambiaron el nombre a nuestra isla, bautizándola como Nueva Pythos. El frío acabó con el linaje de sus dragones poco después, pero los lords no se marcharon.
Y ahora, por primera vez en muchas generaciones, vuelven a tener dragones. Veinticinco, para ser exactos. Los calipolanos exiliados trajeron los huevos hace diez años.
Porque eran necesarios para la venganza.
Los dragones fueron a parar a manos de los hijos supervivientes de los exiliados, pero también de los hijos de los lords locales, que se habían visto obligados a recibir a los calipolanos. Los recién llegados prometieron que en el futuro les otorgarían títulos nobiliarios a sus descendientes, cuando le devolvieran la grandeza a Calípolis.
Sin embargo, no había suficientes varones. Al Triarcado Exiliado no le quedó otra que ofrecer los dragones a una serie de candidatos diferentes. Por ejemplo, a las mujeres drakonatas, como Julia. O a los bastardos que fueron llegando de las islas vasallas de Calípolis; en el pasado se les había considerado detestables por ser hijos ilegítimos, pero ahora eran imprescindibles.
Aun así, muchos dragones siguieron sin jinete.
Como necesitaban completar la flota, los drakonatos recurrieron a una medida más extrema, aunque muchos de ellos pensaban que no funcionaría.
Reunieron a los dragones restantes con la prole de sus siervos norcianos.
Y los dragones eligieron.
Ahora nos llaman «jinetes humildes».
Delo y yo entramos en el Salón de Cristal. Dedico un instante a tomar aliento y observar la estancia. A un lado hay una serie de ventanas enormes y esmeriladas que dan a los imponentes karst del mar del Norte, y a nuestro alrededor se encuentran los consejeros de mis señores med’Aurelianos y los exiliados calipolanos, sentados en círculo en sillas de aspecto rígido e incómodo. El asiento central lo ocupa Radamantis med’Aureliano, el gran lord de Nueva Pythos, que también asumió el título vacante de triarca Aureliano después de la Revolución. Nadie se lo disputó, porque no había sobrevivido ni un solo Aureliano de Calípolis.
Las tres últimas sillas del círculo pertenecen a los jinetes de mayor rango de las Tres Familias: Ixión Rompetormentas, Rode med’Aureliano y Delo, aunque él todavía no ha ocupado su asiento. Ellos son los futuros Triarcas: cuando retomen Calípolis y la reunifiquen con Nueva Pythos, los tres compartirán el trono triple.
Me arrodillo, apoyo las manos en el suelo y fijo la mirada en las baldosas de piedra.
–Traigo al Salón de Cristal a mi escudero, Griff Gareson del clan Rocín, jinete humilde de la flota pythiana –anuncia Delo sin moverse de mi lado, lo que deja vacío el asiento situado junto a Ixión.
–Bienvenido, Griff. Ixión nos ha comunicado que tú podrías disponer de... información privilegiada sobre Julia.
Puedo imaginar al dueño de la voz sin necesidad de verlo: Radamantis es grande como un oso, con un cabello cobrizo salpicado de canas y una piel dorada surcada de arrugas. Los clanes lo consideran un hombre duro, y es cierto que actúa con severidad. No obstante, a mí me parece que su actitud es justa, sobre todo si la comparo con los caprichos de los exiliados calipolanos y sus dragones. Mantengo la mirada fija en la superficie de piedra que hay bajo mis manos.
–Me temo que lord Ixión se equivoca, Excelencia. Lady Julia nunca me ha considerado su confidente.
Ixión resopla. El hijo de Radamantis, Rode, hace lo mismo; solo sabe imitar a Ixión.
–Siempre me causa inquietud que un jinete humilde hable el drakoniano así de bien –comenta lady Electra con desdén evidente. Es la tía abuela de Ixión y Julia, una Rompetormentas que ya había enviudado antes de la Revolución, y la decisión de incluir a jinetes norcianos en la flota le sentó mal desde el principio.
A mi lado, Delo cambia el peso de un pie a otro.
–Milady, ¿preferiríais que hable en nórico? –pregunto sin apartar la vista de mis manos.
–No, gracias. Esto no es más que una pérdida de tiempo, Radamantis.
–El escudero miente –afirma Ixión, interrumpiendo a los adultos. Su tono suena gélido y crispado, como si las palabras que pronuncia le parecieran mortalmente aburridas.
Después de entrenar con él durante tantos años, el mero hecho de oír su voz es suficiente para provocarme sudores fríos. He aprendido a asociar ese...




