E-Book, Spanisch, 544 Seiten
Reihe: TBR
Munda Fireborne
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-58-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 544 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-58-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Annie y Lee eran solo unos niños cuando una brutal revolución cambió su mundo, dando a todos -incluso a los de baja cuna- la oportunidad de acceder a la casta de los Jinetes de dragones. Ahora ambos son estrellas en ascenso en el nuevo régimen, a pesar de que sus orígenes no podrían ser más diferentes: la familia de Annie fue ejecutada por fuego de dragón, mientras que la familia aristocrática de Lee fue asesinada por los revolucionarios. Haber crecido en el mismo orfanato forjó su amistad, y sus años de entrenamiento los han convertido en rivales por el puesto más alto en la flota de dragones: el de Suprajinete. Pero todo cambia cuando aparece un ejército de supervivientes del antiguo régimen, empeñado en recuperar la ciudad que fue suya... Con la guerra en el horizonte, Lee debe elegir entre exterminar a la única familia que le queda o traicionar todo aquello en lo que ha llegado a creer. Y Annie debe decidir si proteger a su amigo más querido... o convertirse en la campeona que su ciudad necesita.
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dos
LA CUARTA ORDEN
Antes de conocer a la niña, el chiquillo se movía por el orfanato como un sonámbulo. La comida no le sabía a nada, pasaba las frías noches acostado en un duro catre y convivía con las palizas y el acoso, pero nada de ello parecía afectarle. Daba igual que lo maltrataran, que le pegaran, porque sus atacantes eran insignificantes. Le gritaban en el mismo idioma que había oído mientras veía cómo asesinaban a los suyos.
En vez de escucharlos, se centraba en recordar el cariño de su familia, las risas de sus hermanas, las bromas de sus hermanos, la voz de su madre. En sus recuerdos veía un mundo lleno de luz y calidez, de enormes chimeneas con criados que se encargaban de mantenerlas encendidas, de lámparas de araña que colgaban sobre mesas repletas de comida. También recordaba la resplandeciente figura de su padre en la corte, mientras atendía a sus súbditos, y la sensación de despegar y alejarse del suelo junto a él. Su padre lo sujetaba bien mientras su rompetormentas batía el aire con las alas. La dragona se llamaba Aletheia y, en ocasiones, su padre permitía que le diera las sobras de la cena.
–Si un dragón te elige, todo esto te pertenecerá –le explicó su padre un día, mientras sobrevolaban los extensos páramos de Calípolis a lomos de Aletheia–. Y entonces aprenderás a gobernar, igual que yo.
–¿A ti te enseñó tu padre?
–Hizo lo que pudo, pero muchas cosas las descubrí por instinto. A ti te pasará lo mismo, Leo. Nosotros nacemos para gobernar, y los siervos para obedecernos.
El pequeño descubrió que podía refugiarse en estos recuerdos durante horas. Y, cuando se le acababan, pensaba en futuros imaginarios: el dragón que lo elegiría, el fuego que podría esgrimir gracias a él, los castigos que les impondría a aquellos traidores por habérselo arrebatado todo, porque merecían pagar por ello.
Aquello lo ayudaba a ignorar el mundo real y los malos recuerdos. No obstante, nada dolía tanto como verse obligado a regresar al presente.
Y eso fue justo lo que le sucedió cuando conoció a la niña.
Al otro lado de una puerta, dos chicos estaban pegando a una chiquilla de menor tamaño que intentaba defenderse. El niño sabía bien lo que se sentía en esa situación.
Pero en esta ocasión, por primera vez desde que había llegado al orfanato, decidió caminar hacia el origen de la violencia en lugar de huir de ella.
Mientras se acercaba, se sacó un cuchillo de cocina del bolsillo. Le costaba hablar en aquel otro idioma, pero consiguió pronunciar las palabras:
–Marchaos de aquí.
Al ver el arma, los dos chicos escaparon a la carrera.
Cuando se arrodilló junto a la chiquilla, se dio cuenta de que la conocía: eran compañeros de clase, aunque ella era como mínimo un año menor que los otros alumnos del curso. Tenía un cuerpo escuálido y una maraña de pelo castaño rojizo, y su ropa estaba aún más desgastada que la de los otros huérfanos del lugar. Al observarla bien, al chico le pareció tan pequeña que se quedó anonadado.
Nunca había pensado nada así sobre otra persona, puesto que él era el más pequeño de su familia.
–Tendrías que haberte rendido –le dijo–. Si te defiendes, te pegan más fuerte. Te hacen más daño y...
No terminó la frase.
La niña se encogió de hombros y lo miró, con la cara bañada en lágrimas. Su expresión le transmitió una ferocidad amarga y una determinación que él conocía bien.
–A veces no soy capaz de rendirme –replicó.
ANNIE
Por mucho que hayamos ensayado, nada me ha preparado para la sensación de divisar las gradas atestadas de gente y las banderas que ondean alrededor del anfiteatro, o para oír las trompetas que entonan el Himno de la Revolución al compás de los tambores. Aela y yo sentimos auténtico gozo al notar el resplandor azul del horizonte, la fresca brisa que trae el final de la primavera y los vítores de los ciudadanos, que resuenan mientras escenificamos la ceremonia de apertura. En momentos como este, una certeza me golpea con tanta fuerza como la primera vez que la sentí: mi vida actual, que para mí se ha ido convirtiendo en una rutina, es verdaderamente extraordinaria. Hoy, en las gradas que tenemos debajo, los plebeyos están viendo a gente como ellos a lomos de un dragón. Cuando se dan situaciones como esta, no puedo evitar sentirme orgullosa de mi país.
Aunque el país no esté tan orgulloso de mí.
Cuando siento que ese pensamiento está a punto de abrumarme, percibo el calor del cuerpo de Aela bajo la silla de montar. Su presencia acaricia las profundidades de mi mente como si me pidiera que me tranquilice, que no me centre en esas cosas. Aela siempre ha sabido cómo aplacar mis emociones cuando se descontrolan. Lo consiguió desde el principio, cuando yo era una niña que tenía pesadillas sobre el fuego de los dragones. Tras conocerla, esos miedos se esfumaron; el consuelo de esta dragona expió los crímenes de su especie. ¿Qué pensaría la gente de mi aldea si les dijera eso? ¿Cómo reaccionarían mis padres y mis hermanos? Nunca he sabido cómo responder a esas preguntas. Pero da igual, porque pierden toda su importancia cuando estoy con Aela.
Las dos lideramos las maniobras del escuadrón aureliano junto a Lee sur Pálor, mientras los fulgurantes pescavuelas surcan el cielo a una altura superior. Cor respeta las instrucciones que le dimos en el ensayo de esta mañana y mantiene al escuadrón rompetormentas a una distancia segura de las gradas, para que la ceniza no caiga sobre el público.
Una vez aterrizamos y mandamos a los dragones a sus nidos, Atreo comienza su discurso. A pesar de que estamos lejos del palco palatino, es imposible pasar por alto su presencia: su pelo corto y plateado como el acero, su postura confiada que desmiente la austeridad de su atuendo... El único detalle que se pierde a causa de la distancia es su mirada, que siempre me ha hecho sentir poderosa, importante y necesaria. La primera vez que lo vimos, poco después de que los dragones recién nacidos bajo el nuevo régimen nos eligieran, se me puso la piel de gallina cuando dijo mi nombre y lo unió al de Aela para formar un drakónimo como el que usaban los drakolords: «Antígona sur Aela, recita tus votos».
Me pregunto qué habría sentido si esta mañana me hubiera llegado un mensaje suyo para desearme buena suerte, en lugar de la escurridiza misiva que me envió el Ministerio de Propaganda. ¿Qué pensaría Lee al leer la suya? Quizá esa sea la razón por la que es capaz de mostrarse tan seguro en estos instantes, mientras observa al público expectante junto a mí...
Pero lo dudo. Nunca le ha hecho falta ninguna carta de Atreo para sentirse seguro de sí mismo; su confianza siempre me ha parecido evidente.
En lo que respecta a Lee, hay muchas cosas que me parecen evidentes desde que lo conozco.
–Hombres y mujeres de Calípolis, os doy la bienvenida a los cuartos de final del Torneo del Suprajinete –anuncia Atreo–. Hace diez años, tomasteis una decisión que cambió el curso de la historia: optasteis por evaluar a todo el mundo en las mismas condiciones, elegir a los ciudadanos más capaces para que se convirtieran en jinetes, y prepararlos para que os lideraran. Sois vosotros quienes habéis traído una nueva era de grandeza a esta ciudad en la que el poder de los dragones se ha puesto al servicio del bien, ahora que gozamos de líderes honestos y gobernantes justos. Durante los años transcurridos entre el antiguo régimen de los dragones y el nuevo, habéis permitido que yo os lidere. Pero ahora os insto a poner la mirada en el futuro, en vuestros Guardianes. Hoy, cuatro de ellos pasarán a la semifinal del torneo y conformarán la Cuarta Orden.
»Dentro de unos años diré: «¡Que gobierne el Guardián más virtuoso!». Pero en esta ocasión, las palabras apropiadas son: «¡Que venzan los mejores jinetes!».
Los vítores de los espectadores retumban por todo el anfiteatro, incendiando mi sangre.
Me siento en las gradas de piedra junto a Duck para ver el primer duelo. Su hermano Cor va a enfrentarse a Roca, que vuela a lomos de un rompetormentas, como él, y proviene de una familia altaterreña de siervos, como yo. Roca tiene la piel pálida, y su pelo rubio platino no está tan rapado como el de otros jinetes. Se ganó su apodo hace muchos años, gracias a su constitución corpulenta. Cuando el presentador anuncia su nombre real, las burlas de los demás Guardianes resuenan por toda la Aguilera.
–¡Buena suerte, Richard! –le gritan.
Roca se toma las pullas con buen humor y palmea los hombros de Loto y de Darius. A continuación, recorre la rampa de piedra junto a Cor para bajar a la entrada de las cavernas.
La seguridad que me transmitieron antes las palabras de Lee, por más que yo ya supiera todo lo que me estaba diciendo, comienza a disiparse. Él tenía razón al decir que yo haría historia si me ganase un puesto en la Cuarta Orden, sí. Pero pasaría lo mismo si lo lograra Roca. ¿Y a quién no le cae bien Roca, tan afable, resuelto y audaz? Hasta los patricios adoran a los siervos, si son como él...
Y, para qué...




