E-Book, Spanisch, Band 19, 238 Seiten
Reihe: Caja Baja
Mourenza Sínora
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17496-33-3
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Historias de la frontera de Europa y de las personas que la habitan
E-Book, Spanisch, Band 19, 238 Seiten
Reihe: Caja Baja
ISBN: 978-84-17496-33-3
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Andrés Mourenza (A Coruña, 1984) es periodista. En los últimos quince años ha vivido en Turquía y en Grecia y ha informado para medios como El País, Agencia EFE, El Periódico de Catalunya, Onda Cero y Revista 5W, entre otros. Ha escrito el libro de viajes Transcaucasia Exprés, el ensayo La génesis del alevismo y, junto a Ilya U. Topper, La democracia es un tranvía, que relata la evolución de Turquía en las últimas décadas y el ascenso de Erdo?an. También ha coordinado, con el profesor Francisco Veiga, el volumen El retorno de Eurasia. En 2017 recibió el Premio La Buena Prensa por su cobertura del intento de golpe de Estado en Turquía del año anterior.
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2. Guerra, exilios y una historia de amor
Yannis Chryssoverghis no tenía madera ni ganas para lo militar. Así que el día de 1916 que los gendarmes otomanos aparecieron en su clase del liceo para alistar a todos los jóvenes en edad de combatir, él escapó por una ventana lateral.2
¿Qué empuja a un hombre a convertirse en desertor? La cobardía, el miedo, las ganas de vivir, el asco por matar, el descreimiento de una palabra –patria– que para unos significa tanto y para otros nada. Yannis tenía sobradas razones.
Su hermano mayor, Lambís, había sido llamado a filas al inicio de la Primera Guerra Mundial y su familia jamás volvió a saber de él. Hacía décadas que los griegos del Imperio otomano habían dejado de ser ciudadanos de segunda, cuya palabra en un juicio valía la mitad que la de un musulmán y que debían pagar impuestos especiales de inspiración coránica. Pero eso significaba también que, como sus vecinos musulmanes, debían contribuir a la defensa del país y servir en el Ejército. Los súbditos otomanos eran ya todos iguales ante la ley. En teoría.
Porque a los cristianos y a los judíos se los solía emplazar en los temibles batallones de trabajo. Tenían prohibido portar armas y se encargaban de las labores logísticas más duras: construcción de carreteras y minas, tendido de raíles, tala de bosques, reparación de fortalezas, cavado de trincheras… Se les alimentaba poco y mal, trabajaban de sol a sol, las epidemias eran comunes y la mortalidad, altísima. El escritor Elias Venezis, por ejemplo, fue enviado a un batallón del que solo regresaron veintitrés de sus tres mil integrantes. El resto, perecieron. Ese fue, probablemente, el destino de Lambís.
El segundo hermano, Nikos, también fue alistado, pero logró escabullirse del campamento gracias a un plan de fuga ideado por su hermana Elizavet. El tercero, Andonis, no dudó. Huyó del país y se unió al Ejército de Grecia: solo regresaría a su país al término de la contienda, como cabo primero de las tropas de ocupación.
Yannis tampoco vaciló cuando los gendarmes aparecieron en su instituto. Dejando tras de sí solo su chaqueta, se descolgó por la ventana y apresuró el paso hasta perderse entre las multitudes de Estambul. Días después, regresó y le dejó dicho al director: «Si vuelven los gendarmes, dígales que me escapé y que aquí sigue mi chaqueta como prueba de que no he vuelto».
La chaqueta continuó colgada durante meses en el mismo sitio. Y Yannis continúo asistiendo a las clases, de incógnito, hasta terminar su último curso. Los gendarmes no regresaron.
Yannis era el quinto de seis hermanos. Su padre, Anastasis, había llegado a contar con cinco embarcaciones que faenaban en el mar de Mármara y pescaban caballas, bonitos y sardinas. A veces se aventuraban a través del estrecho del Bósforo hasta las aguas del mar Negro en busca de los bancales de sus sabrosas anchoas. Pero, un mal día, una tormenta las envió a pique. Se cuenta en la familia que después de esta desgracia, cuando el cielo se oscurecía y las nubes se amontaban amenazantes sobre las montañas entre Bandirma y Bursa y empezaban a descargar truenos y relámpagos sobre las aguas plomizas del Mármara, Anastasis tomaba un bote, el único que había quedado intacto, y se echaba a la mar a maldecir a los astros.
La familia procedía de Péramos (hoy Karsiyaka), un pueblo costero frente a Bandirma, en la península de Kízikos, que se interna en el Mármara a través de un estrecho istmo. En toda la península había diecisiete asentamientos, y de los treinta mil habitantes con que contaba en 1896, cuando nació Yannis, la inmensa mayoría eran griegos, solo tres mil turcos, menos de un millar armenios y unos quinientos circasianos. Había también un puñado de familias judías y albanesas. Péramos, sin embargo, disponía de un curioso privilegio: no podía instalarse allí ningún ciudadano otomano de religión musulmana o judía ni otros cristianos que no fueran greco-ortodoxos. La razón –atento el lector, porque más adelante se encontrará con justificaciones similares a las exenciones de las que gozaban otras poblaciones cristianas del Imperio otomano y que les permitieron prosperar como zonas francas– era una leyenda según la cual, en el siglo xvi, la Virgen María, por intercesión de un milagroso icono custodiado en el cercano monasterio de Faneromeni, salvó la vida al sultán, postrado por una enfermedad mortal. En premio, el sultán permitió a los habitantes de Péramos elegir un privilegio, y ellos optaron por cerrar sus puertas a otras comunidades del país. Por ello, ni las mujeres ni los niños hablaban turco, solo los hombres que comerciaban con otras ciudades.
«En general, aquellos de las áreas vecinas los temen [a los habitantes de Péramos] y subrayan su hombría, su espíritu orgulloso y su independencia. Las autoridades turcas, aunque oprimen en otras zonas, no tienen autoridad en Péramos», narraba en 1879 el viajero y arqueólogo italiano Titus Carabella.3
Repartidos por Kízikos había canteras de granito, olivos, viñedos y frutales con los que se producía vino blanco, raki y brandy. Péramos era el más rico de estos pueblos gracias a la cría de gusanos de seda. Prácticamente en todo hogar los había, y cada año se despachaban los capullos de seda a Bursa, sede de la industria textil. Como en otros lugares del imperio, los griegos revertían parte de esos beneficios en la construcción de iglesias y escuelas para su comunidad, independientes de las que el Estado otomano edificaba para los musulmanes. En Péramos, con unos cinco mil habitantes, había tres iglesias y once capillas, una guardería, un colegio para niños con cuatro profesores y ciento setenta alumnos y una escuela femenina con doscientas veinticinco estudiantes y dos profesores.
Los habitantes elegían a un alcalde, que servía bajo la vigilancia de un prefecto turco, si bien sus labores se circunscribían a la limpieza de las calles y al mantenimiento de las carreteras. Los asuntos importantes, la verdadera dirección del pueblo, recaía en el Consejo de los Ancianos, compuesto por doce notables –entre los que había un representante de la familia Chryssoverghis–4 y al que asistían en sus funciones la dirección de las escuelas y la junta eclesiástica. Todas las disputas trataban de resolverse en este ámbito para evitar que se inmiscuyesen los tribunales otomanos, controlados por jueces musulmanes.5
Yannis cursó sus estudios básicos en Péramos, pero, a la edad de quince años, decidió probar fortuna en la capital, donde ya se habían instalado sus hermanos mayores. El Imperio otomano no pasaba por sus mejores momentos. En 1908, Austria se anexionó Bosnia, Creta se unió a Grecia y Bulgaria declaró la independencia. Tres años más tarde, Italia declaró la guerra a los otomanos y conquistó Libia. Entre 1912 y 1913, una coalición de estados balcánicos –Grecia, Serbia, Montenegro y Bulgaria– arrebató sus restantes territorios en Europa. Cientos de miles de civiles –musulmanes aterrorizados por la persecución de los nuevos estados cristianos– huyeron hacia el este convirtiéndose en refugiados, y la frontera se situó prácticamente a las puertas de la capital imperial.
Con todo, Estambul, o Constantinopla (como todavía se conocía internacionalmente), era una ciudad vibrante que atraía a inmigrantes y mercaderes de todo el Imperio, de otras partes de Europa y del Próximo Oriente dispuestos a hacer dinero. De hecho, en Estambul había una creciente comunidad de emigrantes de Péramos que ejercían como médicos, artesanos, taberneros, comerciantes de vinos y pescado. Incluso el jefe de cocineros del famoso hotel Pera Palace era un paisano.
«No sería exagerado decir que Péramos comienza en la ribera de Gálata [barrio de Estambul]. Aquí, en la taberna de Zaharias Kiriakidis, los carteros de la ciudad recogen los paquetes que han enviado los de Péramos a sus parientes en Constantinopla», escribía un antiguo peramiota, Georgios Avgerinos Sgouridis. «Aquí llegan también los viajeros y los que les acompañan. Otros vienen a encontrarse con sus paisanos e intercambiar noticias».6
Ya instalado en la gran ciudad, Yannis se inscribió en el instituto Zografeion, aquel por cuya ventana escaparía algunos cursos más tarde. Es, todavía, un imponente edificio de mármol blanco que fue levantado gracias a una colecta entre la comunidad griega en una de las calles que bordean el Liceo Imperial de Galatasaray. Durante la guerra, fue usado como hospital para los soldados alemanes, y sus estudiantes hubieron de dar clase en diversos edificios de la comunidad griega y la Iglesia. Yannis completó sus estudios mientras trabajaba –no sabemos si como redactor o como chico de los recados– en Proia, uno de los cincuenta y tres diarios que entonces se publicaban en Estambul. Poco más de una docena se imprimían en turco; el resto, en griego, en ladino, en armenio, en francés, en búlgaro…
En 1914 gobernaba el oscuro triunvirato de los «tres pachás»: Enver, Talât y Cemal. Pertenecían al Comité de Unión y Progreso (CUP), un partido regeneracionista integrado por militares, funcionarios e intelectuales que seis años antes había depuesto al sultán absolutista Abdülhamid II en un golpe revolucionario acogido con fervor por buena parte de la población –en especial las minorías religiosas–, dado que restauró la Constitución de 1876 y las elecciones democráticas. Pero en 1913, tras la sonora...




