Moser | Pequeña filosofía para no filósofos | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 272 Seiten

Moser Pequeña filosofía para no filósofos


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-254-3903-2
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 272 Seiten

ISBN: 978-84-254-3903-2
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Como la vida, también el pensamiento está hecho a partir de encuentros, que Friedhelm Moser narra aquí con energíay con pasión. ¿Qué es el yo? ¿Qué son la verdad, la libertad, el tiempo, el lenguaje? ¿Y el amor, la muerte, el trabajo, el juego, la risa o la guerra? El autor nos habla de amigos que se consumen de amor, de su tía Waltraud y su prima Gaby, de las películas de James Bond y de los videojuegos, pero también de Schopenhauer, Rousseau o Aristóteles para comunicarnos su visión particular y bienhumorada de la filosofía. La suya es una pasión por una manera de pensar que no le teme a la sencillez y que conjuga las grandes cuestiones de la filosofía con las pequeñas aventuras de la existencia.

Friedhelm Moser (1954-1999) estudió filología antigua y filosofía. Tras ejercer como profesor durante trece años, se dedicó de lleno a la escritura. Escribió varios libros que son muy populares en Alemania, como Der philosophische Flohmarkt (El mercadillo filosófico) y Alles am Weibe ist ein Ratsel (Todo en la mujer es un misterio).
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2 La paradoja o
¿Es posible vivir en castillos de naipes?


«Es probable que suceda lo improbable.»

(Aristóteles)

¿Qué es paradójico? Eso está más claro que el agua: paradójica es una cancioncilla infantil llena de incongruencias:

«Había luna clara en una noche oscura, la nieve cubría los verdes campos, cuando un coche dobló la esquina lentísimo como un rayo».

También es paradójico que la mujer de la limpieza sea sucia, que un papagayo diga «cucú» o que un lobo tenga piel de cordero; y alguien que jamás ingresaría en un club que admita socios como él; alguien que sólo está contento cuando tiene algo de qué quejarse; alguien que odia a todos los que le quieren. Paradójicos son el secreto a voces y el silencio elocuente. ¿Y qué es un sádico que le niega el favor al masoquista que le pide que le pegue?

Ahora que hablo de sadismo, me viene a la memoria una historia paradójica, la historia de mi compañero de clase Edgar Fuchs. Edgar era un poco reprimido y no creía que nadie pudiera amarle . Pues bien, tuvo la suerte de que una chica se enamorase de él. Se llamaba Teodora y adoraba a Edgar. Sin embargo, Edgar dudaba de ella. Para ponerla a prueba, empezó a tratarla como a un perro. «Si me quieres, lo soportarás», le decía. Y Teodora lo soportaba todo. Después empezó a pegarle. Y ella también lo soportó. Pero nada convencía a Edgar de que ella le amaría . En algún momento tenía que acabar su amor. Un día Edgar la llevó a un mirador y le dijo: «Si me quieres, salta». Teodora saltó al vacío, y Edgar, nada satisfecho, se alejó despacio hacia el ascensor.

*

«Paradoja» es una de mis palabras favoritas. En primer lugar, me permite presumir de mis conocimientos etimológicos: el antiguo vocablo griego dóxa es de la misma estirpe que dógma y significa algo así como «opinión, prejuicio, creencia»; pará quiere decir «contra»; así que todo junto es algo «contrario a la opinión preconcebida, increíble». En segundo lugar, tengo debilidad por lo extraño y lo macabro, lo grotesco y lo oculto. Muchas palabras inquietantes y sospechosas comienzan con «para»: no sólo paradoja, sino también paranoia, parálisis, parásito, parapsicología, paradigma y paralactopanoramagrama. Hasta el paraíso tiene sus defectos. Como es sabido, en el centro del paraíso había un árbol con frutos prohibidos y un sistema de alarma acústico: «Si coméis los frutos de este árbol o los probáis, moriréis».

Al ombligo del Jardín del Edén se lo conoce como «árbol de la ciencia». Aunque mejor hubiese sido llamarlo «árbol del paradojismo». Pues ¿qué hace una planta de frutos mortíferos en medio del paraíso? Parece tan fuera de lugar como un dispositivo de disparo automático en el cuarto de los niños. ¿O será que el árbol tiene un sentido más profundo? Parece que sí. El llamado paraíso es en realidad una trampa, la trampa del pecado original. Jehová les gastó una broma pesada a Adán y Eva. El oráculo también le tomó el pelo a Edipo. La advertencia sólo provoca la ruina. Todas las prohibiciones incitan a la desobediencia. La mujer de Barba Azul abrió la séptima puerta. Semele se empeñó en ver el verdadero rostro de Zeus y murió abrasada. Por el contrario, no hay nada menos atractivo que lo permitido, lo evidente, lo que existe en abundancia. No hay nadie más desgraciado que un voyeur en una playa nudista.

Los seres humanos reaccionan de forma paradójica. Por eso, si uno quiere manipular a alguien, una estrategia paradójica suele conducir al éxito. Como en el siguiente caso que registró Mark Twain:

Tom tenía que pintar una cerca. Era una tarea aburrida que le habían impuesto como castigo. Además, le atormentaba la idea de que los demás niños tuviesen el día libre. Tarde o temprano, pasarían por allí y se burlarían de él. Era una situación desesperada. Al cabo de un rato, apareció el primer chico, Ben Rodgers. Ben se puso detrás de Tom y se mofó:

–¿Qué? Te han pillado, ¿eh?

Tom se hizo el sordo y siguió pintando con entusiasmo artístico.

–Yo me voy a nadar –dijo Ben–. Y tú tienes que trabajar.

Tom fingió sorpresa:

–¡Ah! Eres tú, Ben… ¿Trabajar? ¿A qué te refieres con eso de trabajar?

Y empezó a alabar la pintura como si fuera un gran arte, hasta que Ben acabó preguntando:

–¿Puedo pintar un poquito yo también?

Tom se dejó engatusar por una manzana. Poco a poco, fueron apareciendo los demás niños. Todos querían participar en la atracción de la pintura. Oferta y demanda. Por la tarde, la cerca resplandecía inmaculada. Alquilando el pincel, Tom había acumulado una fortuna en canicas, petardos, una rata muerta, etc. etc. Y había aprendido una importante lección: lo que parece un trabajo pesado cuando uno hacerlo, se convierte en un placer cuando uno hacerlo. Los seres humanos sólo consideran deseable lo que es difícil de conseguir. Si las patatas fuesen tan raras como las trufas, serían igualmente caras.

También puede ser cara una terapia. Pero si uno sólo padece bloqueos mentales, puede ahorrarse el dinero poniendo en práctica una sencilla receta. La receta se llama «intención paradójica» y funciona así:

Supongamos que sufre usted de insomnio. Todo el día se siente rendido de fatiga. Su cuerpo pide a gritos dormir. Pero cuando se acerca la noche, se apodera de usted el llamado temor a la cama, el temor a pasar otra noche en vela. Este temor le inquieta hasta tal punto que, cuando está en la cama, efectivamente no pega ojo. Usted quiere quedarse dormido de forma consciente y activa, pero dormirse es justamente un proceso inconsciente y pasivo. La ansiedad por dormir nos impide dormir.

¿Qué hacer? Trate usted al sueño como Tom Sawyer a Ben Rodgers. Dele la espalda a Morfeo. Propóngase pasar toda la noche reflexionando sobre lo divino y lo humano. Si esto le resulta muy arduo, rememore sus últimas vacaciones o planifique las próximas. Probablemente, el sueño le alcance antes de llegar al aeropuerto.

La «intención paradójica» también ha dado buenos resultados con problemas de alcoba de otra índole, así como con el miedo a sonrojarse y la sudoración. El temor a la pérdida no se combate aferrándose, sino soltándose. Todas las personas pueden nadar. Si alguien se ahoga, es porque el temor a ahogarse le lleva a agitar los brazos y las piernas con desesperación, en lugar de quedarse flotando en el agua relajado. Un «muerto» no se hunde. Pedro no se cayó en el lago Genesaret hasta que dudó. Su maestro era un experto en intención paradójica: «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian».

*

El Nuevo Testamento y la teología son una mina de paradojas maravillosas. La culpa la tiene el omnisciente, omnipotente y misericordioso Creador. «¿Puede Dios crear una roca tan pesada que ni él mismo sea capaz de levantarla?» Ante semejante koan1, hasta los padres de la Iglesia se rindieron con un hondo suspiro: «Creo, es absurdo». Para un mortal normal, resulta imposible comprender la verdadera esencia de Dios. Por eso, la teología se sirve de un truco: «Como el absoluto es demasiado grande para que podamos comprenderlo, sólo lo concebimos », escribió Nikolaus von Kues. Lo único que sabemos de Dios es que no sabemos nada sobre Él. ¿No sería gracioso que realmente fuese un viejo con barba?

También es posible que se parezca a aquel barbero legendario, del que Bertrand Russel escribió: «Afeitaba a todos los hombres del pueblo que no se afeitaban solos». Esta frase suena razonable. Sólo se vuelve problemática cuando uno pregunta: «¿Y qué pasaba con el barbero? ¿Se afeitaba solo, o no?» Si no se afeitaba solo, tenía que afeitarse a sí mismo. Y si se afeitaba solo, no podía afeitarse a sí mismo. El barbero se encontraba en un apuro, hasta que Russell visitó el pueblo y estableció que la prescripción arriba mencionada no podía aplicarse al propio barbero. Esa regla –«Un conjunto no puede contenerse a sí mismo como elemento»– rige incluso para el Papa: la doctrina de la infabilidad ex cathedra no puede aplicarse a sí misma. A no ser que ocurra un milagro.

*

En el lenguaje coloquial, se habla de paradojismo cuando una frase contradice el sentido común. Así que muchas afirmaciones correctas de la lógica y de las matemáticas parecen absurdas. Un ejemplo: salta a la vista que el conjunto de los números naturales (1, 2, 3, 4, 5, etc.) se puede dividir como una cremallera en el conjunto de los números pares (2, 4, 6, etc.) y el conjunto de los números impares (1, 3, 5, etc.). El conjunto de los números pares es tan grande como el conjunto de los números impares, y cada uno de ellos es la mitad de grande que el conjunto de todos los números naturales. Eso es lo que uno podría pensar. Pero entonces las Matemáticas agitan su varita mágica y –¡álgebracadabra!– todo se ve distinto. A cada número natural le corresponde un número par:

1 se corresponde con 2;

2 se corresponde con 4;

3 se corresponde con 6;

4 se corresponde con 8;

y así hasta el infinito.

No hay ningún numero natural que no se pueda duplicar sin problemas. En otras palabras: el conjunto de los números...



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