E-Book, Spanisch, 310 Seiten
Morris Noches secretas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-44-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 310 Seiten
ISBN: 978-84-18491-44-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Autora best seller del USA Today, creció en los montes Ozark, en Misuri. Actualmente vive en St. Croix, una de las Islas Vírgenes estadounidenses, con su primer y (eso espera) último marido. Después de trasladarse una docena de veces por el trabajo de su esposo, se define a sí misma como 'profesional de las mudanzas'. Ha aprendido a florecer allí donde se la planta, y toda esa experiencia de ir y venir la traslada a sus novelas. Noches secretas es la segunda novela de la autora en Phoebe después del éxito de Noches con mi jefe en 2021.
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2
Maggie
—Eh, Maggie, ¿te estás preparando para la entrevista?
Levanté la mirada y me encontré con mi mejor amiga y compañera de piso, Tessa, apoyada en la puerta del dormitorio. Llevaba puesto un vestido de color rosa pálido, su tono favorito. Era toda una patada en el culo al color negro de los trajes que se veían en Manhattan, pero a ella le sentaba bien.
Tessa y yo éramos las dos bajitas, pero polos opuestos en todo lo demás. Su pelo rubio contrastaba con mis rizos negros. Su piel todavía conservaba un bronceado dorado del sol del verano y los viajes a los Hamptons con su novio. Yo parecía un fantasma que rondaba las calles de Nueva York. Resumiendo: era la mejor amiga estilo Dita Von Teese de la Barbie de Malibú.
Ella admitía ser tranquila, callada y serena. Yo parecía un torbellino. Tan solo con echar un vistazo a nuestras habitaciones te dabas cuenta. En la de ella se veía el suelo, mientras que la mía se parecía a una escena de la película Tornado.
En pocas palabras, ella era la sensatez contra mi locura. La mejor amiga de verdad que nunca había tenido. En mis días buenos ya costaba mucho aguantarme, y desde que había llegado a Nueva York llevaba un par de meses malos, ese día incluido en ellos.
—Me he levantado una hora antes y todavía voy a llegar tarde si no me pongo un cohete en el culo. —Correteé por la habitación mientras metía mis tacones negros en mi bolso negro grande—. ¿Has visto mis bailarinas? Las negras.
Después de llegar a la ciudad con una caja llena de tacones de diez centímetros, me di cuenta de que Sexo en Nueva York mentía. Tan solo las ricas que tenían a un chófer a su disposición podían pasear tan frescas por Nueva York con tacones como esos.
Yo viajaba como la mayoría de los neoyorquinos, en el metro. Tenía que caminar durante manzanas por aceras desniveladas, atravesar rejillas de desagües a las que les encantaba tragarse los tacones de aguja y subir miles de escalones. Ya me pondría los tacones una vez llegara al edificio en donde iba a hacer la entrevista.
—¡Ya las veo! Debajo del rodapié de la cama. —Tessa señaló hacia un lugar cerca de mi mesita de noche, y yo divisé un trocito de piel brillante.
—¿Cómo se me ha podido pasar? —Aparté la tela del rodapié y cogí las bailarinas por las que había destruido toda mi habitación para encontrarlas. Inspiré y espiré, tratando de calmarme, mientras me las colocaba—. Menos mal que tengo la cabeza puesta.
—Sí, menos mal. —Tessa se rio de mí y me observó con cariño. Nadie tenía más paciencia que ella conmigo—. ¿Cuál es tu parada del metro para la entrevista?
—Wall Street. —Volví a comprobar mi monedero por enésima vez para asegurarme de que tenía la tarjeta del metro, y ahí estaba, el abono amarillo chillón de transportes de la ciudad de Nueva York. Ya había perdido dos, y estaban casi llenos.
—Es la entrevista para el puesto de ayudante que Barclay te ha organizado, ¿verdad?
—Sí. Por favor, dale las gracias de nuevo. Una vez ponga el pie en cualquier sitio, podré embrujarlos con mi encanto y astucia. —Pestañeé varias veces y me atusé el pelo como si estuviera en un concurso de belleza sureño, pero todavía tenía el estómago hecho un nudo de nervios.
No tenía nada más planeado para después de esa entrevista.
Barclay era el novio de Tessa y el director general de la editorial donde ella había conseguido el trabajo de sus sueños. Tardó menos de una semana desde que nos graduamos en la universidad para encontrarlos, el trabajo y a él, cuando llegó a la ciudad. Para ella todo había ido a la perfección.
En cambio, para mí…
Creía que Nueva York me recibiría con los brazos abiertos, que sería llegar y besar el santo. Encontraría un buen trabajo para principiantes y quizá también un chico guapo que me enseñara los lugares más guays de la ciudad, pero nunca imaginé ni de lejos que sucediera lo que me pasó. Sentía que estaba pasando por lo peor de mi vida con creces.
Durante mis noches solitarias, estuve casi a punto de llamar a mi madre y decirle que volvía a casa. No sabía cuánto tiempo podría sobrevivir allí si las cosas no cambiaban. Odiaba tener que rendirme, pero mis sueños se estaban esfumando a toda prisa.
Después de apuntarme a varios trabajos para principiantes online, lo único que había conseguido era una carpeta llena de rechazos. Mi grado en Psicología, con una subespecialidad en Empresariales, de una universidad de Alabama no parecía ser de mucho interés en la ciudad de los fondos de riesgo, las empresas emergentes y los graduados en la Ivy League.
Nadie me quería, y la decepción dolía tremendamente, en especial cuando mis amigos veían cómo triunfaba Tessa. No pude evitar preguntarme cuál era mi problema. Quizá, al final, Manhattan y yo no estábamos hechos el uno para el otro y el universo estaba tratando de enviarme una señal para que me largara de allí cagando leches.
—¿Qué tienes pensado para esta noche? —me preguntó Tessa—. Barclay tiene una cena con unos clientes. He pensado que quizá podríamos pedir comida tailandesa y ver algo en Netflix.
—Ojalá pudiera, pero voy a hacer de niñera para el hijo de los Wilson mientras ellos asisten a una fiesta de recaudación de fondos del colegio. Es para la guardería, y la señora Wilson va a ir toda emperifollada con un vestido largo. Dice que este colegio prepara a los niños desde bebés para entrar en Harvard. Entre tú y yo, lo que tienen que hacer primero es conseguir que su hijo se quite el hábito de comerse los lápices de colorear.
—Parecen muy intensos.
—Ni te lo imaginas. La verdad es que el niño me gusta, y puede que esa sea la única diversión que Andrew tiene en su vida.
Había conocido a los Wilson de la manera más antigua en que se conocen las personas en una ciudad de ocho millones de personas.
Por el destino.
Estaba caminando por la acera cerca de nuestro apartamento mientras pensaba en mi ausencia de perspectivas laborales y me preguntaba cómo iba a pagar mi mitad del alquiler cuando me di cuenta de que una mujer corría detrás de su hijo presa del pánico. Agitaba los brazos, en alto, y gritaba «¡Andrew! ¡Andrew!». El chiquillo estaba más cerca de mí que de su madre y listo para estrellarse contra el tráfico de Manhattan.
Sin pensarlo dos veces, corrí hacia él y agarré al pequeño torbellino entre mis brazos antes de que pisara la calle. Me lo apreté contra el pecho, y sus piernas se movían en el aire como si todavía estuviera correteando por el suelo. El niño estaba encantado y lucía una sonrisa satisfecha. Su madre estaba mucho más afectada; lloraba a moco tendido cuando le devolví al pequeño delincuente.
La señora Wilson se presentó y me dio las gracias una y otra vez por haber evitado que su «testarudo» hijo se saliera a la carretera. Una cosa llevó a la otra y, hasta que encontrara un puesto estable, acordé trabajar para ellos como niñera provisional. La señora Wilson no trabajaba fuera de casa, con lo que podía tener tiempo libre para hacer entrevistas, que tristemente habían sido solo unas pocas y muy espaciadas en el tiempo.
Cuando al fin estuve lista para la entrevista, seguí a Tessa al comedor-cocina de nuestro pequeño apartamento —y con «pequeño» me refiero a que vivíamos en una habitación del tamaño de la de un hotel que había sido convertida en apartamento de dos dormitorios—.
Saqué dos botellas de agua del frigorífico y las metí también en mi bolso. El calor de agosto convertía en saunas los pasillos del metro, así que necesitaba mantenerme hidratada.
—Vale, me voy —me despedí de Tessa por encima del hombro, antes de abrir la puerta de la calle.
—¡Que tengas suerte! —me respondió ella.
—La tendré.
Pulsé el botón de llamada del ascensor y esperé a que llegara a nuestra planta. Me giré hacia el enorme espejo que había en la pared de al lado de los ascensores y evalué mi aspecto.
Había escogido mi traje negro de lino aburrido de la muerte con una camisa con encaje blanco debajo de la chaqueta, de la que no paraba de darme tirones con la esperanza de que, por arte de magia, se colocara bien en su sitio. Parecía profesional, pero me sentía como si llevara puesta una camisa de fuerza que asfixiaba toda la originalidad que había en mí. Decidí cumplir con las normas por una razón: necesitaba un maldito trabajo.
Me había recogido el pelo en un moño prieto. Llevaba un bolso de piel falsa colgado del brazo. Gracias a las falsificaciones de Canal Street, se parecía a uno de Prada de verdad. Por debajo de la clavícula me caía una tira de perlas perfectas que pertenecían a Tessa y que sustituían a mi collar habitual de piedras de cristal. Cuando toqué los fríos abalorios de color marfil, sentí un estremecimiento. Nervios.
Desesperada por rebelarme de una manera que fuera aceptable, saqué mi pintalabios favorito, el de color rojo profundo, y me pinté los labios. Era un grito mudo contra mi piel pálida. Entré en el ascensor rezando para no cargarme la entrevista.
Treinta minutos más tarde, y algo marchita tras el calor del metro, me encontré enfrente de un rascacielos de Wall Street sobre cuya marquesina de la majestuosa entrada de acero y cristal brillaban las letras «IG». Me sudaban las palmas de las manos, y no solo por el calor. Tenía el estómago encogido por todo lo que había en juego en esa entrevista. Esa oportunidad iba...




