Morris | Noches con mi jefe | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Morris Noches con mi jefe


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-33-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-18491-33-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



He aterrizado en Nueva York con mi currículum en la mano y mi virginidad intacta. El currículum se lo daría a cualquier hombre que pasara por la calle, pero lo otro..., vaya, no me voy a conformar hasta sentir antes una química explosiva, ya que nadie ha podido encender ese interruptor todavía. Pero eso ha sido hasta conocer a Barclay Hammond, CEO de la editorial más prestigiosa de Nueva York y el soltero más codiciado de la ciudad. Es dominante. Encantador. Guapísimo. Y mi nuevo jefe. La salvaje atracción entre los dos está fuera de toda duda. Las largas jornadas hasta altas horas de la noche que pasamos juntos y las miradas que me lanza en la sala de reuniones hacen que me sea imposible resistirme. Deseo que sea 'el primero', y él también me desea a mí... Solo hay un GRAN problema. Salir con el jefe está estrictamente prohibido en Hammond Press. ¿Quién iba a pensar que perder 'eso' iba a ser tan complicado? 'Noches con mi jefe ofrece todas las sensaciones del mundo'. USA Today.

Autora best seller del USA Today, creció en los montes Ozark, en Misuri. Actualmente vive en St. Croix, una de las Islas Vírgenes estadounidenses, con su primer y (eso espera) último marido. Después de trasladarse una docena de veces por el trabajo de su esposo, se define a sí misma como 'profesional de las mudanzas'. Ha aprendido a florecer allí donde se la planta, y toda esa experiencia de ir y venir la traslada a sus novelas. livmorris.com FB: LivMorrisAuthor IG: livmorrisnyc TW: LivMorrisAuthor
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2


Tessa

Cuando atravieso el vestíbulo, respiro hondo mientras me acerco al restaurante. La maître está vestida de negro, lo que me hace dudar de mi atuendo rosa.

—Buenas noches. Me gustaría una mesa para cenar, si hay alguna disponible —digo de una manera fluida, como si todo estuviera calculado. No hay necesidad alguna de mostrar mi ansiedad por estar sola en una ciudad donde no conozco a nadie.

—Claro, señorita —dice con un ligero siseo. Me molesta un poco, pero paso—. ¿Se reunirá su familia con usted?

«Ay…, eso ha dolido».

—No. Cenaré sola —respondo, derrotada por sus palabras y sintiéndome como una adolescente a la fuga.

Después de poner los ojos en blanco, aquella mala pécora coge un menú de debajo del atril y me guía hasta una pequeña mesa cuadrada.

—La atenderán enseguida —dice, mirándome por encima del hombro antes de darse la vuelta.

«Hasta nunca…».

Tras instalarme en la silla, miro a mi alrededor. El restaurante posee un evidente aire de encuentro con el viejo mundo, con las gastadas mesas brillantes y las paredes de ladrillo. Las luces están encendidas pero atenuadas, y dotan al espacio un ambiente tenue. He elegido el Hotel Hammond porque tiene muy buenas puntuaciones en todos lados, y definitivamente está a la altura.

Examino la carta de vinos, que consta de varias páginas, y me concentro en los tintos que se sirven por copa. No veo un pinot noir ni un merlot por ninguna parte, así que paso a los vinos espumosos, hasta que veo finalmente uno que me es familiar: mi querido prosecco. Es mi versión de champán de bajo presupuesto. Un hombre de treinta y tantos con camisa blanca de manga larga y pantalones negros se detiene en mi mesa.

—Buenas noches. Me llamo Jeffrey y seré su camarero esta noche. —Le brindo una sonrisa de bienvenida, que él me devuelve—. ¿Qué le gustaría beber esta noche?

—¿Podría servirme un prosecco, por favor? —respondo, cerrando la carta de vinos.

—Por supuesto —dice, acercándose a mí—. Pero antes necesito ver su carnet de identidad.

Al menos susurra la última parte. Aunque debería haberlo esperado después de los comentarios de la maître. En serio, es sorprendente que me haya dejado leer la lista de vinos.

Saco la cartera del bolso y le entrego a Jeffrey el carnet de conducir. Él lo examina, luego me estudia a mí y finalmente sonríe.

«Ufff…».

—Sabía que eras sureña, Contessa Holly —dice al tiempo que me devuelve la identificación. Tampoco se me pasa por alto la chispa traviesa y coqueta de sus ojos—. Y tienes un nombre precioso. Muy adecuado para una mujer joven y hermosa.

—Gracias. —Bajo la mirada al regazo, sintiendo que el rubor se extiende por mi cara. Me pregunto si todos los hombres de aquí son tan atrevidos.

—¿Te suelen llamar Contessa? —continúa, aunque me gustaría que me sirviera ya el vino.

—Solo Tessa —replico, mirándolo una vez más.

Tal vez cuando tenga treinta años probaré a usar mi nombre completo. Siempre he sentido que necesitaba ser más madura para que me pegara bien mi nombre de pila. Tal vez después de que llegue a ser una alta ejecutiva o me case y tenga un par de hijos. Aunque, al ritmo que llevo, tendré suerte si consigo tener antes una cita.

—Tessa te va bien. Enseguida traigo el prosecco para la linda dama de rosa. —Da un golpecito a la mesa y me lanza una sonrisa no demasiado sutil antes de andar hacia la barra.

Abro el menú de la cena y examino las opciones. Abro los ojos de par en par ante los precios. Todos los platos principales cuestan más de veinticinco dólares, incluso los de pasta y pollo, que suelen ser los más baratos.

Soy muy consciente en este momento de que ya no estoy en Alabama, y me doy cuenta de una verdad aleccionadora: necesito conseguir un trabajo donde gane un sueldo lo suficientemente elevado para sobrevivir aquí. Por fin, me decido por una de las cosas más baratas: la sopa de lentejas. Debería llenarme bastante, y, si tengo suerte, quizá incluya algo de pan.

Mientras espero a que vuelva el camarero, un hombre mayor que yo con un traje oscuro hecho a medida entra solo en el restaurante, llamando mi atención. Un hombre con traje siempre me llama la atención; para mí es lo mismo que para los hombres lo es la lencería.

Sus hombros son anchos y su postura es dominante. Todo el mundo lo mira mientras atraviesa el restaurante como si fuera el dueño del lugar. Su cabello negro es espeso y ondulado, y posee un brillo que cualquier mujer moriría por tener para sí misma, yo incluida.

Olvidemos el simple acto de llevar ropa puesta. Su traje se mueve como si estuviera tapizado a su medida. Su paso se reduce al acercarse a la barra, que resulta estar cerca de mi mesa. ¡Qué suerte la mía!

Sus gruesos bíceps tensan la tela cuando separa un taburete para tomar asiento. ¡Maldición!, ahora solo puedo ver su espalda, y no es que me esté quejando. Tiene un culo de infarto.

—Disculpe la espera, señorita. Aquí tiene su bebida. —Jeffrey parece jadeante cuando deja una copa de champán llena de líquido burbujeante delante de mí.

—Gracias —digo antes de tomar un sorbo.

El líquido frío me golpea la lengua y desaparece rápidamente, mientras el apuesto ejecutivo se acomoda en su taburete. Escudriña la sala, pero se detiene cuando su mirada se posa en mí y se encuentra con la mía.

«Vaya…».

Sus penetrantes ojos oscuros me miran de forma inexpresiva. Me quedo paralizada en el sitio, con la copa todavía en los labios; me resulta difícil respirar. Dios, es el hombre más sexy que he visto nunca, salvo en las películas o en las revistas, e incluso en esos casos, no puedo pensar que exista un hombre más guapo que él.

Me giro en la silla y miro por encima del hombro, esperando que haya alguien más de pie a mi espalda, quizá una mujer hermosa que pueda emular su belleza. Pero no hay nadie. Vuelvo a mirar hacia delante. Mis ojos conectan de nuevo con los de este hermoso desconocido, y me siento abrumada de que me preste toda su atención.

Mueve la cabeza y noto que esboza levemente una sonrisa de lado. A continuación, me lanza una sonrisa deslumbrante, y noto que me envuelve una extraña ráfaga de sensaciones. Creo que he llegado a desmayarme por un leve instante y que he tenido un momento «Sí, es por ti», a lo Jake Ryan en Hannah Montana. Salvo que el macizo no es un estudiante de último curso del instituto apoyado en un coche deportivo, sino que es un dios del sexo de treinta y tantos sentado en la barra del restaurante de un hotel en Nueva York.

Me miro el vestido y hago una mueca. El top de volantes me recuerda al vestido de dama de honor de Molly Ringwald en Dieciséis velas. Tal vez ya sea hora de cambiar de look.

Le lanzo una débil sonrisa como respuesta, algo que considero una hazaña monumental, ya que no puedo recordar ni mi propio nombre. Se lleva un vaso de líquido ámbar a los labios. Sus ojos no se apartan los míos ni un segundo mientras bebe un sorbo, haciendo gala de unas habilidades de seducción muy practicadas.

Se lame los labios, y vuelve a aparecer esa sonrisa devastadora. Mis pezones reaccionan, pugnando contra la fina tela de algodón del vestido. Nunca he conocido a un hombre así —o, mejor dicho, a ningún hombre—, porque no se parece en nada a los chicos de la universidad. Es un hombre letal y demasiado mayor para mí.

«Tal vez…».

—Disculpe, señorita. ¿Ha decidido ya qué va a pedir?

Jeffrey se encuentra de pie frente a mí con un bolígrafo en la mano, bloqueando al sexy y atractivo desconocido que me estaba mirando, arrancándome así de mi ensoñación.

—Oh, sí, la cena —farfullo mientras Jeffrey espera una respuesta.

—Sí, ya imagino que estás aquí para cenar, o tal vez estás esperando a alguien. —Sus cejas se arquean en un gesto interrogativo.

—Lo siento —me las arreglo para decir mientras me muevo en la silla—. ¿Puedo tomar la sopa de lentejas, por favor?

—¿Y de plato principal? —pregunta Jeffrey.

—Solo tomaré la sopa.

«Aggg…».

Necesito encontrar un lugar donde pueda alimentarme por menos de cincuenta dólares.

—¿Otro prosecco? —pregunta, pero estoy segura de que no necesito beber más con el zumbido que inunda mi cabeza. Además, necesito patearme la ciudad mañana por la mañana en busca de trabajo, no curarme una resaca.

—No, gracias. Solo agua.

Con un rápido gesto de asentimiento, Jeffrey desliza el menú bajo su brazo y se va hacia la parte trasera del restaurante, que está llena de gente.

Incapaz de resistir el poder de atracción que poseen los hombres sexis, me vuelvo y me encuentro al macizo todavía sentado de lado en el taburete girado hacia mí. Está concentrado en el móvil, que parece pequeño entre sus dedos largos y capaces. Maggie tiene una teoría que siempre me ha parecido una locura. Ella piensa que el pene de un hombre es aproximadamente del doble de tamaño de su dedo pulgar, lo que significaría que este hombre ha sido extremadamente bendecido por debajo del cinturón.

Su mandíbula muestra una sombra incipiente, pero no se puede considerar que luzca barba. De hecho, sería un crimen contra la Madre Naturaleza y los humanos que lo vean que una mandíbula como la suya estuviera completamente cubierta.

Después de unos minutos, deja el móvil en la...



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