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E-Book, Spanisch, Band 118, 228 Seiten

Reihe: 100xUNO

Molteni El pensamiento de Cristo

La lógica de la encarnación redentora según Charles Péguy
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-1339-482-4
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La lógica de la encarnación redentora según Charles Péguy

E-Book, Spanisch, Band 118, 228 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-482-4
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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«El pensamiento de Péguy sobre Jesús representa un unicum; no sólo es original, sino actual. Por eso escribe que 'es en nuestro reloj donde se deberá leer la hora'. Puede decir todavía muchísimo e interesar tanto a los cristianos como al que no tiene fe. Hasta ahora los apreciables estudios sobre la 'teología' del escritor se han centrado solamente en algunos aspectos específicos de la reflexión cristiana, pero no han indagado sobre cómo Péguy supo reconocer el pensamiento de Jesús, o sea, la lógica con la que Cristo vivió la encarnación y realizó la redención. En este ensayo deseamos manifestar este pensamiento, esta especie de Evangelio según Péguy». -Agostino Molteni

Agostino Molteni (1958) es originario del norte de Italia. Fue profesor en Petrópolis (Brasil, 1989-1993) y ahora, en Concepción (Chile) es, desde 1993, investigador en la Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía de la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Es Doctor en Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca, de cuya tesis doctoral deriva el presente libro. Es autor de varios libros y artículos en revistas internacionales. Ha desarrollado una línea de investigación preferente sobre el pensamiento de Cristo y sobre el pensamiento cristiano de Charles Péguy.
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I. EL PENSAMIENTO LAICO DE PÉGUY

Péguy, nacido en 1873, había abandonado el cristianismo a los dieciocho años de edad, habiendo tomado sus distancias de aquellos cristianos a los que llamaba «modernos». Le habían hecho perder el gusto de la fe. La fe no se pierde, se pierden las ganas, el gusto, como se pierde el gusto del pan, de ese pan nuestro cotidiano del que había hablado Jesús21. En el mundo moderno, así como se había perdido el gusto por «el inmortal affaire Dreyfus»22 y por los asuntos cívicos de la res-pública a causa de los politicantes, se había perdido el gusto por la fe a causa de los cristianos modernos23.

Si bien los historiadores positivistas de la Sorbona, los socialistas y todos los politicantes, habían catalogado y archivado el affaire Dreyfus como si se tratase de un hecho ya prescrito, para Péguy había un affaire que era imposible fichar, catalogar y tratar arqueológicamente para alcanzar finalmente una amnistía sobre él: era el affaire Jesús24. Una vez abandonados los ambientes clericales, no había archivado el affaire Jesús. Lo que había aprendido en el catecismo y en las simples oraciones cristianas cuando era niño y frecuentaba la parroquia de Saint Aignan, en su querida Orléans, estaba ya todo en su socialismo. Más aún, propiamente para mantener el gusto por Jesús, se había vuelto socialista y anárquico: «Yo tenía veinte años, y era claramente socialista. Me gustaría presentarme delante de Dios como un ser lleno de pureza, como lo era en aquel tiempo»25. Reconocía que en su socialismo anárquico había más fe cristiana que en las ricas parroquias de París26. Por esta razón, cuando en 1908 había confiado a su amigo Lotte: «He encontrado de nuevo mi fe, soy católico»27, estaba claro que se trataba de su fe, la del catecismo y las oraciones cristianas. Por esto rechazaba que le consideraran un «converso», como uno de los muchos (Paul Claudel, León Bloy, Joris-Karl Huysmans) que en aquel tiempo habían entrado de nuevo, arrepentidos y con sentido de culpa, en el infalible redil eclesiástico.

En efecto, el nuevo encuentro con su fe no había sido una vuelta atrás, sino un continuar en el mismo camino, el de su pensamiento: había seguido constantemente siempre «el mismo camino derecho», el que le había conducido adonde estaba ahora, a la fe, no a través de una evolución o un regreso al mito nostálgico de una infancia cristiana. Había llegado a encontrar su fe en la meta, como cumplimiento de su pensamiento laico. Por esto no debía arrepentirse de nada: «No renegaremos ni siquiera un átomo de nuestro pasado»28, el socialista, dreyfusardo, anárquico, republicano. Todos, anticlericales y devotos cristianos debían saberlo: «Ni los asiduos a las sacristías clericales ni los asiduos a las sacristías anticlericales piensen que hemos renegado un solo átomo de nuestra juventud»29.

Péguy había reconocido quién era Jesús desarrollando un pensamiento laico, ciertamente no en los libros de teología. Su Jesús era cívico y republicano, tal como había aprendido en la escuela elemental de los hussard noir30. Pero, al mismo tiempo, su Jesús era el del catecismo y las oraciones cristianas aprendidas en la parroquia. Eran las únicas dos enseñanzas que reconocía como fundantes31. A través de ellas había aprendido sobre todo que el hombre era un «alma carnal», que tenía una autoridad de competencia legislativa universal y que el pensamiento era un acontecimiento del que ser testigo y cronista32.

El hombre, un alma carnal

A diferencia de los cristianos de su tiempo, que querían disminuir al individuo para exaltar a Dios, Péguy no consideraba al hombre como definido por una carencia y un vacío que requerían ser colmados por una respuesta proveniente de lo alto. Para él, disminuir al hombre significaba disminuir a Dios, blasfemar33. De hecho, Jesús y su gracia solo tenían la finalidad de perfeccionar y coronar la naturaleza humana, no de envilecerla con una misericordia concedida a «mentecatos». Era uno de sus «dogmas» preferidos: «Jesús no había venido para envilecer el orden de la naturaleza humana»34.

El hombre no era ni una bestia (un animal racional) ni, tanto menos, un ángel, como le juzgaban los espiritualistas platónico-cristianos de su tiempo. El hombre era un «ALMA CARNAL»35, ni sólo alma, ni sólo cuerpo. Más aún, era un cuerpo movido por un pensamiento, una norma, un alma cívica de la que el escritor había hecho experiencia desde niño. Ante todo viendo a su madre que trabajaba, tejía sillas de enea:

He visto en mi infancia entretejer sillas exactamente con el mismo espíritu, el mismo corazón y la misma mano con los que aquel pueblo había construido sus catedrales. (…) Había un honor increíble en el trabajo, el más bello de todos los honores y el más cristiano36.

De niño había reconocido esta alma carnal también en su vecino, el herrero republicano Louis Boitier, que le había enseñado todo Víctor Hugo.

El alma carnal construía la res pública y se alegraba de la obra bien hecha. Era el alma carnal de los conciudadanos37 que trabajaban no contra los otros, sino con los demás38, sin envidias, sin rivalidad, sin ningún parasitismo39. Era el alma personal de cada uno y al mismo tiempo era el alma familiar, de una amistad (âme amical), un alma nacional40 (sin necesidad de ser nacionalistas ni chovinistas). Era el alma que trabajaba carnalmente todos los días, que «cansaba el trabajo»41, que experimentaba el gusto por el pan y por el vino, que conocía el perfume de la madera apenas cortada, un alma que tenía callos en las manos.

Era el alma del événement même de l’homme42, del acontecimiento mismo del hombre. Hombre no se nace, y ocurre que hay que llegar a serlo en una amistad de pensamiento y de trabajo bien hecho. Ciertamente no era el alma sin cuerpo de los curés, de los curas y de los filósofos neoescolásticos para los cuales el hombre está tout fait con atributos ontológicos pre-definidos, pre-establecidos, ya impresos en él por un dios escritor43. Para Péguy, al contrario, «un alma ya hecha es un alma muerta, momificada, no es libre, está llena de costumbre, ya que no posee un átomo de materia espiritual para hacerse (pour du se faisant44, esto es, para acaecer. No había ninguna sociedad «líquida»; había simplemente una «licuefacción» (liquéfaction) de masa, un «endurecimiento» (raidissement)45, una licuefacción semejante a la del rigor mortis de los cadáveres, a la que sigue la descomposición.

Péguy había recapitulado todo esto cuando había escrito que el hombre había sido generado a imagen y semejanza46 de la primera ciudad, la de Dios, una sociedad fundada sobre el trabajo bien hecho entre los Tres, todos para uno y uno para todos, en una colaboración que no conocía rivalidades, envidias ni parasitismos. En resumen, el hombre era el alma carnal de un hijo, de un heredero de la raza de pensamiento de sus antecesores analfabetos y, a través de ellos, se remontaba hasta «el silencio eterno de la primera creación»47.

El pensamiento a-teológico que juzga como un papa

Afirmar que el hombre es un alma carnal significa decir que es un sujeto cívico, capax civitatis, capaz de ser ciudadano y conciudadano, de ser juzgado por su trabajo de producción cívica. A Péguy solo le gustaba una «filosofía de productores»48, de empresarios de una obra bien hecha. Todos y cada uno de los hombres debía ser producido como «próximo», sin ningún exiliado o excluido de la «ciudad armoniosa»49, de la ciudad sana50.

Nadie debía ser inhibido en su autorité de compétence, en la «autoridad de competencia» de su pensamiento, porque para Péguy, el individuo era primum ius, la primera fuente de un derecho que se contraponía a cualquier autorité de commandement, a cualquier mando, imposición o inhibición que proviniera de fuera de él51. En su «ciudad armoniosa», el «alma personal», el individuo singular era «capaz de» una autoridad de competencia universal, superiorem non recognoscens, que no reconocía ninguna autoridad de mando superior52. Por tanto, no existía ningún ámbito «sagrado» laico o cristiano del que pudiera ser excluida la autoridad de competencia del individuo. En esto consistía el original anarquismo...



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