Matson | Amy y Roger | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 400 Seiten

Matson Amy y Roger


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16096-58-9
Verlag: Plataforma Neo
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 400 Seiten

ISBN: 978-84-16096-58-9
Verlag: Plataforma Neo
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Amy no quiere que llegue el verano. Su madre ha decidido mudarse al otro extremo de los Estados Unidos, y ahora Amy tiene que llevar el coche de California a Connecticut. El problema es que, desde la muerte de su padre en un accidente de tráfico, no se siente capaz de ponerse al volante. Y aquí entra Roger, un amigo de la infancia que también debe viajar al otro lado del país, y que carga con sus propios problemas. A medida que avanza, ambos descubrira´n que las personas que menos esperas pueden convertirse en las más importantes y que a veces es necesario dar algunos rodeos para llegar a casa.

Morgan Matson (1981) creció en Nueva York y Connecticut y actualmente vive en Los Ángeles. Después de graduarse en Teatro, cursó un máster en Escritura para niños. Viajar es su gran pasión; de hecho, escribió Amy y Roger tras recorrer los Estados Unidos en coche tres veces. Sus libros se han traducido a doce idiomas.
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MISS CALIFORNIA


Eureka [Lo encontré]

Lema del estado de California

Me senté en los escalones de entrada de mi casa y observé cómo la ranchera de color beige pasaba demasiado rápido por la calle circular sin salida. Era un error de novatos que cometían innumerables repartidores de FedEx. Solo había tres viviendas en Raven Crescent y la mayoría de la gente llegaba al final antes de darse cuenta. Los amigos drogatas de Charlie nunca se acordaban y tenían que dar la vuelta otra vez antes de parar en nuestra casa. En lugar de seguir esta técnica, la ranchera se detuvo, las luces rojas de freno se encendieron y luego se pusieron blancas mientras retrocedía y se paraba delante de la casa. Nuestra entrada era lo bastante corta para alcanzar a leer las pegatinas del parachoques del vehículo: «MI HIJO FUE ALUMNO DEL MES EN EL RANDOLPH HALL» Y «MI HIJO Y MI PASTA VAN AL COLORADO COLLEGE». En el interior había dos personas hablando, en medio de esa situación incómoda cuando aún llevas puesto el cinturón y no puedes volverte del todo hacia la otra persona.

En mitad del césped (que ahora estaba algo descuidado) se alzaba el cartel que llevaba allí los últimos tres meses. El objeto inanimado que había llegado a odiar con tal intensidad que a veces me preocupaba. Se trataba del cartel de una inmobiliaria con la foto de una sonriente mujer rubia con un kilo de laca en el pelo. El cartel decía «EN VENTA» y debajo, en letras más grandes, «BIENVENIDOS A CASA».

Desde que habían colocado el cartel, había estado preguntándome el motivo de poner las letras en mayúscula y todavía no había encontrado una explicación. Lo único que se me había ocurrido era que sería agradable verlo si te estabas planteando mudarte a esa casa, pero no tanto si te estabas viendo obligado a marcharte de allí. De pronto, fue como si oyera la voz del señor Collins, que me dio Lengua en quinto y seguía siendo el profe más intimidante que he tenido nunca, gritándome. «Amy Curry –aún podía oírle repetir con voz monótona–, ¡no uses tanto el gerundio!» Cabreada porque después de seis años siguiera corrigiéndome mentalmente, le dije a la versión del señor Collins de mi mente que podía ir cerrando el pico.

Nunca pensé que llegaría a ver el cartel de una inmobiliaria en nuestro jardín. Tres meses atrás, mi vida parecía tranquila y aburrida. Vivíamos en Raven Rock, un barrio a las afueras de Los Ángeles, donde mis padres eran profesores en el College of the West, una pequeña universidad a diez minutos en coche de nuestra casa. Estaba lo bastante cerca para llegar con facilidad, pero lo bastante lejos para no oír el alboroto de las fiestas de fraternidades los sábados por la noche. Mi padre enseñaba Historia (la Guerra de Secesión y la Reconstrucción) y mi madre, Literatura inglesa (el modernismo).

Mi hermano gemelo, Charlie (que había nacido tres minutos después que yo), había conseguido la máxima puntuación en la sección de lectura y escritura de la prueba de preparación para el examen de acceso a la universidad. Además, se había librado por los pelos de ser acusado de posesión de drogas al arreglárselas para convencer al poli que lo había trincado de que la bolsita de maría que llevaba en la mochila era una rara mezcla de hierbas californianas conocida como Humboldt y que, de hecho, era aprendiz en el Instituto Culinario de Pasadena.

Yo había empezado a conseguir papeles protagonistas en las obras que representábamos en nuestro instituto y me había enrollado tres veces con Michael Young, que estaba en el primer año de universidad aunque todavía no había decidido qué carrera estudiar. Las cosas no eran perfectas (mi mejor amiga, Julia Andersen, se había mudado a Florida en enero); pero, al volver la vista atrás, ahora veía que en realidad todo era maravilloso. Solo que en ese momento no me daba cuenta. Siempre había supuesto que todo seguiría igual.

Dirigí la mirada hacia la ranchera desconocida y los desconocidos que seguían hablando en el interior y pensé, una vez más, que había sido una completa idiota. Había una parte de mí (una parte a la que aparentemente solo le daba por aparecer cuando era tarde y estaba a punto de quedarme dormida al fin) que se preguntaba si yo habría tenido la culpa de algún modo, por el simple hecho de dar por sentado que nada cambiaría. Además, por supuesto, de las otras formas en las que había sido culpa mía.

Mi madre decidió poner la casa en venta casi inmediatamente después del accidente. No nos consultó a Charlie ni a mí, simplemente nos informó. Aunque tampoco hubiera servido de mucho pedir la opinión de Charlie en aquel momento. Desde que había ocurrido, mi hermano estaba casi siempre colocado. En el funeral, la gente había murmurado con compasión al verlo, asumiendo que tenía los ojos rojos de llorar. Al parecer, aquellas personas carecían del sentido del olfato, ya que cualquiera que se le hubiera acercado lo suficiente habría olido el verdadero motivo. Charlie había estado saliendo de fiesta con bastante frecuencia desde séptimo, pero lo había hecho aún más este último año. Y, después del accidente, la cosa empeoró muchísimo, hasta tal punto que no verlo colocado se convirtió en un vago recuerdo, una especie de criatura mítica, como el yeti.

Mi madre había decidido que la solución a nuestros problemas era mudarnos. «Un nuevo comienzo», nos había dicho una noche mientras cenábamos. «Un lugar sin tantos recuerdos.» El cartel de la inmobiliaria había aparecido al día siguiente.

Nos trasladábamos a Connecticut, un estado que yo nunca había visitado y al que no estaba deseando mudarme precisamente. O, como sin duda preferiría el señor Collins, un estado al que no deseaba mudarme. Mi abuela vivía allí, pero siempre era ella la que venía a vernos porque, a fin de cuentas, nosotros vivíamos en el sur de California y ella, en Connecticut. Pero a mi madre le habían ofrecido un puesto en el departamento de Inglés de la Universidad de Stanwich. Y, al parecer, allí cerca había un instituto maravilloso que nos encantaría. La universidad la había ayudado a encontrar una casa en alquiler y, en cuanto Charlie y yo terminásemos el curso, nos mudaríamos todos allí mientras la inmobiliaria con el cartel de «BIENVENIDOS A CASA» vendía nuestra casa aquí.

Ese era el plan, al menos. No obstante, un mes después de que colocaran el cartel en el jardín, ni siquiera mi madre pudo seguir fingiendo que no veía lo que le pasaba a Charlie. Antes de darme cuenta, lo había sacado del instituto y lo había ingresado en un centro de rehabilitación para adolescentes en Carolina del Norte. Y, acto seguido, se había largado a Connecticut para impartir unos cursos de verano en la universidad y «prepararlo todo». Por lo menos, ese era el motivo que dio para irse. Pero yo sospechaba que quería alejarse de mí. Después de todo, daba la impresión de que apenas soportaba mirarme. No es que la culpara: la mayoría de los días, yo apenas soportaba mirarme a mí misma.

Así que me había pasado el último mes sola en casa. Salvo por las visitas de Hildy, la agente inmobiliaria, con posibles compradores (casi siempre cuando yo acababa de salir de la ducha), y de mi tía, que bajaba de vez en cuando de Santa Bárbara para asegurarse de que estaba comiendo y no me había puesto a fabricar meta en el patio trasero. El plan era simple: acabaría el curso y luego me iría a Connecticut. El único problema era el coche.

Las personas de la ranchera seguían hablando, pero parecía que se habían desabrochado los cinturones y estaban frente a frente. Dirigí la mirada hacia nuestro garaje de dos plazas en el que ahora solo había aparcado un coche, el único que nos quedaba. Era el de mamá, un todoterreno Liberty rojo. Ella lo necesitaba en Connecticut, ya que cada vez era más difícil seguir pidiéndole prestado a mi abuela su viejísimo Cadillac. Al parecer, la abuela se estaba perdiendo un montón de partidas de bridge y le daba igual que mamá todavía tuviera que comprar muchas cosas para la nueva casa. Mi madre me había contado la solución que se le había ocurrido para el problema del coche hacía una semana, el pasado jueves por la noche.

Era la noche del estreno del musical de primavera, Cándido, y por primera vez no había nadie esperándome en el vestíbulo después de la función. Antes, siempre les daba un breve abrazo a mis padres y a Charlie y aceptaba sus ramos de flores y halagos con la mente puesta ya en la fiesta del reparto. Hasta que entré en el vestíbulo con los demás, no había comprendido cómo sería que no hubiera nadie esperándome para decirme: «Gran función». Me había ido a casa en taxi casi de inmediato, ni siquiera estaba segura de dónde iba a ser la fiesta. El resto de los actores (las personas que hace tan solo tres meses eran mis mejores amigos) se reían y hablaban entre ellos mientras yo guardaba mis cosas en el bolso y luego esperaba fuera del instituto a que llegara el taxi. Les había repetido una y otra vez que quería que me dejaran en paz, y estaba claro que me habían hecho caso. No debería haberme sorprendido. Había descubierto que, si apartabas a la gente con la suficiente insistencia, acababa alejándose.

Estaba de pie en medio de la cocina, con el peso del maquillaje de Cunegunda todavía sobre la piel, las pestañas postizas que estaban empezando a irritarme los ojos y la canción Best of all possible worlds dándome vueltas en la cabeza, cuando sonó el teléfono.

–Hola,...



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