Martí Y Pérez | Crónicas sociales | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 73, 312 Seiten

Reihe: Pensamiento

Martí Y Pérez Crónicas sociales


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-030-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 73, 312 Seiten

Reihe: Pensamiento

ISBN: 978-84-9897-030-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Las Crónicas sociales recogen artículos de José Martí sobre la vida social y política de diferentes países de Latinoamérica. Son un texto de referencia en la literatura cubana del siglo XIX. Las crónicas martianas son una muestra del mejor periodismo escrito por el escritor cubano. Sus rasgos son: - el conocimiento y dominio del tema, - la documentación rigurosa, - la atención al detalle, - y a todo ello se suma su inconfundible estilo,su lenguaje, su ética y el vigor de su palabra que se proyecta a través de los siglos. Las ideas y reflexiones de José Martí, manifiesta a través de sus crónicas, conservan una asombrosa vigencia y la claridad imprescindible para entender, tanto la historia como la realidad social, política y económica actual de las naciones que conforman el continente americano.

José Martí (La Habana, 1853-Dos Ríos, 1898), Cuba. Era hijo de Mariano Martí Navarro, valenciano, y Leonor Pérez Cabrera, de Santa Cruz de Tenerife. Martí empezó su formación en El Colegio de San Anacleto, y luego estudió en la Escuela Municipal de Varones. En 1868 empezó a colaborar en un periódico independentista, lo que provocó su ingreso en prisión y más tarde su destierro a España. Vivió en Madrid y en 1871 publicó El presidio político en Cuba, su primer libro en prosa. En 1873 se fue a Zaragoza y se licenció en derecho, y en filosofía y letras. Al año siguiente viajó a París, donde conoció a personajes como Víctor Hugo y Augusto Bacquerie. Tras su estancia en Europa vivió dos años en México. Por esa época se casó con Carmen Zayas Bazán, aunque estaba enamorado de María García Granados, fuente de inspiración en sus poemas. En 1878 regresó a La Habana y tuvo un hijo con Carmen. Un año después fue deportado otra vez a España (1879). Hacia 1880 vivió en Nueva York y organizó la Guerra de Independencia de su país. Fue cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay en esa ciudad norteamericana; dio discursos, escribió artículos y versos, conspiró, fundó el Partido Revolucionario Cubano y redactó sus Bases. En 1895, al iniciarse la Guerra de Independencia, se fue a Cuba y murió en combate.
Martí Y Pérez Crónicas sociales jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Nueva York, 2 de agosto 1886


Señor director de El Partido Liberal:

Con ansiedad de hijo he venido siguiendo los sucesos que han abierto al fin vía a las pasiones acumuladas en los pueblos de las orillas del Río Grande: lo perentorio e inminente de ellos me impone su narración desnuda y exacta: ¡quién pudiera con sangre de sus venas comprar la paz del pueblo que ama!

En este mismo instante están presentándose al Congreso en Washington todos los documentos referentes a la prisión y proceso del periodista Cutting en El Paso; y la que no era hasta ayer más que una cuestión diplomática, en la que la prudencia innegable de dos gobiernos amigos parecía ir disipando la furia de una región brutal y ambiciosa, es ya en estos momentos un caso nacional, coloreado vivamente por los que quieren forzar al país a una guerra de conquista, y puesto a la merced de un cuerpo de Representantes que ni por la naturaleza de sus miembros ni por su dependencia de las masas electoras obrará probablemente con el tacto y la cautela con que tal vez lo reprima el Senado.

Sólo hay una esperanza permanente de salvación en las resbaladizas relaciones entre los gobiernos de México y los Estados Unidos. No son las relaciones entre estos países como las que, con más o menos cordialidad, sujetan en respetos mutuos a dos gobiernos capaces de desatar o reprimir la guerra; sino que las relaciones de México tienen que ser dirigidas de manera que a la vez respondan a la actitud del gobierno de los Estados Unidos, y a la de sus habitantes, que los empuja y precipita. Las relaciones con el gobierno son relativamente fáciles, porque aquél tiene a la fuerza, aun cuando no fuese sincero, que obrar como a la faz del mundo atento se lo imponen su decoro de República y su moderación de pueblo mayor; y así, se le tiene siempre por las bridas, por su propia necesidad de parecer justo y honrado. Pero en la opinión cruda del país hay respecto a la posesión final de México una especie de seguridad vaga, una como conciencia de natural dominio, una visión oscura de definitivo imperio, que espera para convertirse en certidumbre a que se ponga en pie el deseo.

Repugna y alarma la constante exhibición de desconocimiento e injusticia que acá se hace de las cosas de México. Por imprevisión fatal no se ha salido al paso de este concepto erróneo, no se ha puesto acumulado y terco empeño en sustituir ese recio desdén con la admiración sincera que en un pueblo, compuesto al fin de trabajadores y gente hecha de sí, tiene que inspirar un país que ha ido agrupando en nación sólida, con las manos ensangrentadas por las mordidas de sus propios hijos, los elementos más hostiles y desgranados que entraran en la composición de pueblo alguno. Ese es aquí el gobierno verdadero, ante el cual sólo sirve de asesor y ejecutor el gobierno nominal: de manera que, en las relaciones con éste, que poco puede en los casos de conflicto, hay que tener constantemente la mira en aquél, que es el que los produce o los evita. A ese gobierno invisible y enorme es al que hay que tomar las avenidas. Esa es la originalidad temible y distinta de este pueblo respecto a los países de constitución monárquica. En esos países de constitución monárquica —lleven o no título de República— puede descansarse, por lo que hace a guerra, en las promesas, intrigas o influjo del gobierno, que realmente dirige. En los Estados Unidos el gobierno no dirige. El país se abandona a los políticos de oficio en las cosas de importancia menor pero manda, por si, y arrolla a los políticos de oficio, en todos los casos mayores. De manera que aquí no se ha de cortejar a un rey ni a un presidente; sino a la masa nacional, que con toda realidad rige y preside. Ha de haber dos corrientes de diplomacia, con un solo espíritu; la una, para con el gobierno, a fin de tener siempre los ánimos obligados a entrar por la salida decorosa que se ha de tener pronta a todo caso probable de conflicto; la otra, para con la masa del país, a fin de ir destruyendo en ella la falta de respeto y conocimiento que hace el conflicto demasiado fácil. Y como por desdicha las pasiones acumuladas en la frontera, que están siempre a punto de estallar con ira, van más aprisa que esta propaganda directa de respeto todavía no emprendida, e irían más aprisa que la que se emprendiese; como la ambición descarada de los Estados fronterizos del lado americano prende sin trabajo en ésa idea vaga de una posesión segura que acá está en la masa respecto de México, y encuentra apoyo, y apenas resistencia; como esa voluntad de invasión, que hay tiempo todavía de reprimir, no llega aún a tal viveza que sea inminente, porque el gobierno no ve razón para ella, ni el país distraído todavía la necesita; resulta indispensable el tener calculada en todo extremo una salida visible de derecho por donde hubiera de escurrirse, ante el mundo que ve, el gobierno, en que caben las malas como las buenas intenciones, —o le diera pretexto decoroso para negarse a atender a los interesados en la guerra. De eso parece que viene la presente angustia: de que este gobierno, que ni en palabra ni en acto ha apoyado a los turbulentos de Texas o puesto en mal al gobierno mexicano, ha hallado la salida de derecho que indudablemente ansía para salvarse de un conflicto venido en mal hora.

Desde que los despachos de Texas empezaron a avivar esa idea de dominio que es característica temible del norteamericano genuino; desde que la prensa, que suele acá hacer gala de brutalidad, prohijó sin enmienda, antes bien con expresiones de aplauso, los informes enviados de la frontera llenos de detalles exagerados o fingidos con habilidad siniestra, debe decirse en verdad que ni una palabra sola del Gobierno ha venido a azuzar el conflicto, y muchas en cambio ha hecho decir para calmarlo. Ni las censuras agrias e irrespetuosas de la gente de Texas y de su gobernador Ireland han sacado de esta actitud al Gobierno, que en toda ocasión dice que el deseo del de México de resolver honradamente este caso es tan sincero y respetable como el suyo propio. Y aun es seguro que, con esa ciencia de esperar que hace al hombre de Estado, hubiera extendido las negociaciones diplomáticas hasta dejar pasar el primer vaho de la ira, si azuzado por la gente de Texas no hubiera un Representante pedido con anuencia del Congreso al presidente los documentos del caso, que el presidente tiene que presentar al Congreso, según una provisión de los Estatutos reformados. Y en la prensa misma, donde no faltan a México observadores justicieros, no se nota aún un empeño real de forzar el conflicto, que salta en su desnudez, a pesar de sus colores de apariencia legal, con su carácter de invasión disimulada que cree cierto el triunfo, y quiere darse por razón, ya el proceso del periodista Cutting, ya el fusilamiento del naturalizado Resures, ya la insignificante detención de un Mr. Fleming, viajero de una casa de comercio, preso en Dallas.

Pero el Congreso no ha querido conocer del caso de Resures, entregado a las autoridades de México por la autoridad misma de Texas, —ni del de Fleming—. El caso único y de gravedad verdadera es el de Cutting, que por desdicha va al Congreso basado en una argumentación que apenas permite a éste una evasiva juiciosa. Cutting ha sido preso y procesado en El Paso de México por un artículo publicado en inglés en El Paso de los Estados Unidos, que el juez de El Paso mexicano considera penable conforme al Código de la República. El secretario de Estado, Mr. Bayard, mantiene que la ley de México, como la de ninguna otra nación, no puede causar efecto fuera de su territorio, —ni los periodistas de los Estados Unidos pueden naturalmente quedar expuestos a ser castigados conforme a la ley mexicana por haber expresado en su propio país, y conforme a sus leyes, opiniones que pareciesen penables a la justicia de México; no pueden los Estados Unidos admitir sobre los actos de sus hijos en su territorio más jurisdicción, ni diferentes penas, que las suyas propias: no puede admitirse que México castigue como delito mayor un acto que acaso es sólo una falta en los Estados Unidos, o no es siquiera falta: ni puede, sobre todo eso, conformarse el gobierno norteamericano a ver efectuar el proceso de un súbdito suyo con formas y condiciones que en el derecho constitucional de los Estados Unidos se tienen por arbitrarias y opresoras.

En ese punto penoso descansa la controversia; y el Congreso de los Estados Unidos es llamado, como se ve, a declarar si puede su nación aceptar sobre los actos de sus ciudadanos en su territorio propio la jurisdicción extranjera. El secretario de Estado de los Estados Unidos lo niega. De la correspondencia aparece que el ministro de Relaciones de México, fundado en el artículo 188 del Código, lo afirma. Del tono de la controversia se desprende la sincera voluntad en uno y otro de salvar con decoro un peligro de guerra casual, que ninguno de los dos gobiernos desea. Del desdén que inspira Cutting, y del conocimiento que se tiene del espíritu agresivo de la gente de Texas, pudiera creerse que el Congreso, aun cuando decida exigir al presidente que intime la libertad de Cutting, como es casi inevitable que decidirá, no lo haga en una forma tan estrecha que impida el modo de evitar una guerra que no se ve con entusiasmo, ni se considera justa, aunque la verdad manda decir que, salvo en nobles espíritus, no se la vería con temor ni repugnancia. Pero de la Casa de Representantes, que ha entregado ya los documentos a la Comisión de Negocios Extranjeros no debe esperarse, a juzgar por lo que ya se ve, más que el acuerdo de intimar al presidente a que exija la libertad inmediata de Cutting. Los diputados tejanos ejercen todo su influjo sobre la Comisión. El juicio de aquella...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.