Marshall | Rojo de sangre y ataduras | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 544 Seiten

Reihe: TBR

Marshall Rojo de sangre y ataduras


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-88-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 544 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-88-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Le llaman la Muerte Silenciosa, porque mata sin hacer ruido y no deja a nadie capaz de hablar a su paso... Cuando el Fae asesino más mortífero del imperio la sorprende usando magia prohibida, Emelin cree que ha llegado su hora. Su inhumanamente bello captor le perdona la vida, pero se la lleva al único lugar del que ningún mortal regresa jamás: la traicionera Corte Carmesí, donde la Madre de los Fae ha gobernado sin oposición durante décadas. Se supone que la Muerte Silenciosa es el leal servidor de la Madre, su guerrero invencible, su despiadado asesino. Pero está jugando su propio juego en la sombra, y necesita la magia de Emelin para ganarlo. Si ella acepta trabajar con él, podría liberar a toda la humanidad. ¿Pero puede confiar en un Fae con las manos manchadas de sangre? Y, cuando sus ojos oscuros revelan destellos del corazón que se esconde tras su máscara de asesino..., ¿podrá confiar en sí misma?

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Capítulo 2


Me despertó un olor a humo.

No era el aroma de una chimenea o una hoguera festiva, con sus matices de madera de pino recién cortada y carne chisporroteante. Este era un olor penetrante y nauseabundo: el hedor de algo que no estaba hecho para arder, pero que se estaba quemando de todas formas.

Gemí, con la cara pegada a la almohada, e intenté comprender lo que pasaba. ¿Un incendio? Esa tarde había habido hogueras en la plaza por la fiesta... Para celebrar que habíamos instalado una barrera de hierro que protegía nuestra isla. Pero aquel Fae, el hombre alado del jardín... No, tenía que haberlo soñado.

Soltando otro gemido, me di la vuelta y abrí los ojos. La luz que se colaba entre mis cortinas raídas danzaba por las paredes con un extraño resplandor anaranjado.

«Fuego», pensé, despierta de repente.

Me incorporé y salí de un salto de la cama, arrastrando el revoltijo de sábanas. La tela se me enredó en los tobillos mientras avanzaba hasta la ventana, y estuve a punto de estamparme contra la pared antes de alcanzar las cortinas. Aparté la pesada tela, con el corazón en un puño, y me quedé helada.

El mundo ardía ante mis ojos.

Hasta donde podía ver, las llamas consumían todas las casas: lenguas de fuego que lamían las cortinas y los tejados, abriéndose paso a través de las vigas de madera y las paredes enlucidas. Una nube de humo denso se arremolinaba en el cielo nocturno, y por el aire flotaban pavesas y chispas que prendían la hierba y los árboles secos allí donde caían. El fino cristal de la ventana dejaba entreoír el rugido de las llamas y el estruendo ocasional de los tejados y las paredes al derrumbarse.

Ningún otro sonido perturbaba aquella escalofriante visión, y nada se movía salvo el fuego.

Me aparté de la ventana dando tumbos y miré mis manos temblorosas. No. Aquello no podía ser real. Mi mente paralizada se aferró a aquella idea: aquello era una pesadilla, tenía que serlo. Muy pronto, me despertaría y volvería a ver el cielo despejado y el pueblo sumido en la calma de la noche. Muy pronto...

Pellizqué con rabia mi antebrazo, y el dolor me hizo dar un respingo. Aquel dolor era real. Lo había sentido de verdad.

No.

Aquello no era real, me negaba a creerlo. No podía ser real. Estaba perdiendo la cabeza; sí, tenía que ser eso. Seguro que también me había imaginado al Fae, y todo aquello no era más que una espantosa alucinación...

¿Pero y si no me lo había imaginado?

Me quedé inmóvil y aturdida, plantada en el suelo de madera como si los pies se me hubieran pegado a las tablas. Mi cerebro daba vueltas, rebelándose ante la verdad que empezaba a abrirse paso.

No estaba perdiendo la cabeza. Aquel Fae no había sido una alucinación producto del calor. Su grácil figura había sido igual de real que el sol, la hierba y aquella maldita maceta rota: él había estado allí, había visto lo que yo había hecho y me había perdonado la vida por alguna razón que no lograba comprender.

Y ahora había vuelto, sumiendo a mi pueblo en la muerte y la destrucción.

Un miedo cerval me sacudió, rompiendo el estupor que me paralizaba. Tenía que salir de allí. Sí, eso era lo que debía hacer. ¿Habrían llegado ya las llamas a aquella casa?

El pequeño vestíbulo estaba oscuro como boca de lobo cuando abrí de un tirón la puerta y salí corriendo de mi dormitorio; por algún motivo, las paredes habían resistido el calor calcinante. De dos zancadas, llegué a la puerta que llevaba a la habitación de mis padres. El olor a humo era tan penetrante que me empezaron a llorar los ojos, pero el fuego aún era un destello lejano en las paredes.

No había nadie en el dormitorio.

Me detuve en el umbral, con la respiración entrecortada.

-¿Madre?

No hubo respuesta. Lo intenté de nuevo, más alto:

-¿Padre?

Nada.

Di unos pasos tambaleantes, luchando contra el mareo. La cama estaba deshecha, y el armario, abierto. Había camisas y vestidos tirados por el suelo, como si alguien hubiera registrado el armario de mis padres y hubiera montado en cólera al no encontrar lo que buscaba. Sentí una rabia ridícula y fuera de lugar: el día anterior me había pasado media hora ordenando aquel mismo armario, doblando las camisas preferidas de mi padre y los vestidos de verano de mi madre, y ahora...

Ahora, casi todas aquellas camisas y vestidos se habían esfumado.

Me costó caer en la cuenta.

La mayor parte de su ropa se había esfumado. Y no solo la ropa: tampoco estaban las maletas que mis padres guardaban junto al armario, y que mi padre utilizaba en sus numerosos viajes a otras islas. Aquel rincón de la habitación estaba ahora vacío. Me giré, incapaz de respirar, y miré bajo la almohada de mi madre. El collar que se quitaba todas las noches... tampoco estaba.

Se había esfumado.

¿Habían huido? ¿Se habían marchado sin mí?

Aparté la mano y salí dando tumbos de la habitación, sintiendo que había perdido el control de mi propio cuerpo. Bajé las escaleras como en un trance; al parecer, mis pies entendían la necesidad de escapar de allí mucho mejor que mi mente. Apenas notaba ya el hedor penetrante del humo. Estaba tan aturdida que el miedo había dejado paso a una bruma confusa en mi interior. Por un momento, se me pasó por la cabeza que debería haber cogido algún arma antes de salir. También habría debido ponerme algo sobre el fino camisón blanco para evitar que se prendiera con las chispas que flotaban en el aire. Aun así, salí a la calle como una sonámbula; lo único que registré de forma consciente antes de abandonar mi casa fue que los abrigos de mis padres no estaban en el perchero del vestíbulo.

Avancé por las calles del pueblo, que seguía sumido en un silencio espeluznante.

El humo se arremolinaba a mi alrededor, y comencé a respirar con esfuerzo. Me escocían los ojos. Lo único que alcanzaba a ver a través de las lágrimas eran las voraces llamas que devoraban todo lo que yo había conocido en mi vida. Aunque la gente tenía que estarse quemando en sus camas, no se oían chillidos ni gritos de auxilio. ¿Se habrían marchado todos? ¿Se habrían olvidado de mí y me habrían abandonado a mi suerte?

Sin embargo, mi casa permanecía intacta mientras el incendio arrasaba las demás calles, cubriendo los edificios de llamas chisporroteantes. ¿Por qué mi casa continuaba envuelta en la oscuridad? ¿Acaso alguien la había salvado?

¿Acaso alguien me había salvado... a mí?

Por más que mis padres me hubieran olvidado, no todo el mundo había hecho lo mismo. Al contrario: parecía que alguien me tenía bien presente.

Pero, si se había esforzado por hacer que yo no sufriera ningún daño...

Por el rabillo del ojo, vi algo que se movía.

Pegué un brinco, con el corazón en la garganta. Un arma... Debería haber cogido un arma. Y, sin embargo, allí estaba, con las manos vacías y vestida con un absurdo camisón de color blanco que no me servía para nada. Y a veinte pasos de mí, en una inmovilidad perfecta que contrastaba con el fondo de llamas retorcidas e implacables, se encontraba él.

Esta vez, con las alas plegadas, el pelo largo sujeto detrás de la cabeza y las manos cubiertas por unos guantes negros. Era un dios oscuro, salido de las mismísimas profundidades del infierno, que había regresado para sumir en el caos y la destrucción a todos aquellos que habían osado desafiarlo. La victoria a sangre y fuego que había conseguido no se reflejaba en su rostro, que solo mostraba una expresión calculadora y despiadada. Letal.

Debería haber huido a la carrera.

Pero no habría servido de nada. Aquel ser tenía los ojos clavados en mí, y su mirada era la de un depredador. Si corría, él sería más rápido. Si nadaba, él volaría. No tenía adónde ir ni dónde esconderme; y, además, en aquella pesadilla abrasadora e irreal, ya no me quedaba nada por lo que huir.

Me llevé la mano izquierda a la cara, como si quisiera apartarme los mechones que se me habían escapado de la trenza. Acaricié con las yemas de los dedos los mechones de color castaño oscuro... Castaño oscuro. Tres partes de rojo, dos de azul y una de amarillo.

Rojo para la destrucción.

Lancé una ráfaga de magia hacia él.

El destello escarlata salió disparado de la punta de mis dedos con una fuerza diez veces mayor que la que había utilizado con la maceta del jardín. Mi ataque tendría que haberle hecho daño o, al menos, haberle dejado una herida en el punto donde lo golpeara. Pero la Muerte Silenciosa levantó la mano con gesto tranquilo y atrapó la chispa de energía en su mano enguantada como quien atrapa una mosca. El cuero de su guante permaneció intacto, y sus facciones no mostraron el menor indicio de dolor. De alguna manera, había absorbido mi ataque.

¿Era algo que aquella criatura podía hacer? ¿O se trataba más bien de algo que podía hacer cualquiera con magia?

Retrocedí dos pasos, tambaleante, escuchando el rugido de las llamas que me rodeaban por todas partes, y le lancé a la desesperada una segunda ráfaga de rojo. Él avanzó con un movimiento felino, volvió a atrapar la magia en el aire y continuó caminando hacia mí. Se acercaba con zancadas largas y pausadas mientras yo retrocedía a trompicones, sin atreverme a darle la espalda. ¿Me iba a atacar? ¿Al final iba a matarme? Él también tenía magia, y yo no sería capaz de...



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