E-Book, Spanisch, 568 Seiten
Reihe: Ensayo
Mann Consideraciones de un apolítico
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123241-4-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 568 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123241-4-3
Verlag: Capitán Swing Libros
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Premio Nobel de Literatura en 1929, Mann es considerado uno de los más grandes escritores del s. XX, espejo de la turbulenta sociedad de su época. Creció en Múnich, donde empezó a escribir cuentos y ensayos. Participó en varias revistas, como la Simplizissimus, y escribió varias antologías de relatos hasta que se hizo un nombre con su primera novela: Los Buddenbrock (1901), historia de una familia burguesa venida a menos. Posteriormente publicó Muerte en Venecia (1911) -en la que se dejaba entrever su potencial homosexualidad-. La novela logró una gran difusión gracias a la posterior adptación que realizó Visconti para la pantalla grande. Las clases medias burguesas y la psicología del artista son temas fundamentales en la obra de Mann y también se ven reflejados en la que sería su obra más conocida y traducida, La montaña mágica (1924) en la que el escritor alemán es capaz de diseccionar la sociedad europea del momento.
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El final de la música
Fernando Bayón
El que mi reloj de mesa esté parado
tiene un efecto devastador sobre el cuarto.
Desde hace catorce años estaba
acostumbrado a su marcha.
Thomas Mann, Diarios, 6 de enero de 1919
Consideraciones biográficas
El lector tiene entre sus manos un gran libro enfermo. Los más cinéfilos entre Vds. sabrán que ésta es una expresión —grand film malade— robada a Françoise Truffaut, que la empleó para calificar a una película de Alfred Hitchcock que, con todo, él admiraba: Marnie. Sirve, por extensión, para caracterizar obras muy especiales, cuya imperfección y falta de redondez, cuyo carácter difícil, contradictorio y no del todo logrado, acaba por hacerlas misteriosamente apasionantes, llegando a convertir sus síntomas en ocasiones para el disfrute y sus errores en acontecimiento estético. Obras artísticas cuyos padecimientos internos adquieren el rango de revelación.
No es malicia por mi parte si escojo este giro francés para calificar un libro —un grand livre malade— en el que precisamente Francia desempeña el papel del antagonista, quizás al modo de lo que suponía el impostor alazôn para el desmitificador eirôn en la antigua comedia griega. La idea de que Thomas Mann concibió este volumen durante la etapa más irregular y peliaguda de su vida, en circunstancias de abatimiento e irritabilidad íntimos que ni siquiera el posterior exilio pudo igualar, está sostenida por abrumadoras pruebas biográficas, que son las más extendidas cada vez que se trata la génesis de Consideraciones de un apolítico.
Comenzada en octubre de 1915, su redacción se extendió con una lentitud dolorosa hasta marzo de 1918 —el punto y final coincidió con la última ofensiva de Ludendorff en el río Somme—, en medio de condiciones materiales de una dificultad inédita para la boyante familia, que convirtieron a la esposa del autor, Katia Mann, nacida Pringsheim (y qué belleza el salón de música del palacio de la Arcisstrasse en que nació), en toda una especialista en el mercado negro muniqués. Es un libro de guerra. Mann comienza la redacción de sus Consideraciones como súbdito de un Imperio de impronta prusiana que quiere vencer militar e industrialmente sobre las potencias occidentales, organizándose como una dictadura in tempore belli, y las ve publicadas por su fiel editor Fischer como ciudadano de una nación humillada tras el desastre de la Segunda Batalla del Marne, definitivamente expuesta, después del armisticio del 11 de noviembre, a un giro republicano así como al impositivo Diktat de los Clemenceau y el cuáquero Wilson. Expuesta, por lo que respecta más particularmente a la Baviera en que residía el autor, a un expediente revolucionario y comunista, cuyos documentos inolvidables fueron el fin de la monarquía en la persona del último Wittelsbach, Luis III, la proclamación de la República por vez primera en los dominios del Reich por el malogrado Kurt Eisner —adelantándose algunas horas a los hechos que precipitaron en Berlín la abdicación del káiser Guillermo II—, y el gobierno bolchevique de los Consejos de trabajadores y soldados à la russe. Claro que Thomas Mann —que despreciaba a Liebnecht, a Rosa Luxemburg y a Eisner, los tres a las puertas de la muerte, porque su socialismo salvaje los convirtió en nada más que «políticos», esto es, furibundos que querían imponer la felicidad a la humanidad (sic)—, en anotación de 24 de marzo de 1919 entiende la sublevación espartaquista como un levantamiento ¡contra el imperialismo de los Aliados! Pero después de haber sido triturados hasta la médula de los huesos por las frases hipócritas de esa «gentuza» aliada, «estoy a punto de salir corriendo a la calle y gritar: «¡Muera la falaz democracia occidental! ¡Hurra por Alemania y Rusia! ¡Viva el comunismo!».[1]
¿Qué fue lo que movilizó inicialmente a Thomas Mann a hacer a un lado su novela en curso —se trataba de La montaña mágica, una novela cuya profundidad y equilibrio habrían de quedar muy agradecidos a la interrupción que supuso las Consideraciones—, para dedicarse de una manera tan implacable a este volumen, del que se cuidaba muchísimo de aclararles a sus hijos, especialmente a los dos mayores, Erika y Klaus, que «esta vez no era una historia», sino sencillamente un libro, que él mismo veía como algo «monstruoso» y, sin embargo, no podía dejar de atender con extravagante fiebre? Katia incluyó un escorado resumen de los hechos en Meine ungeschriebenen Memoiren (Mis memorias no escritas), el volumen de recuerdos que Elisabeth Plessen y su propio hijo Michael, mediante una serie de entrevistas y abusando de su paciencia, consiguieron extraerle a la viuda de Mann, quien siempre se había dicho a sí misma: «en esta familia debe haber alguien que no escriba».
En él se refiere al «desdichado» ensayo de Heinrich Mann, el hermano mayor de Thomas, publicado en noviembre de 1915 bajo el título de Zola, como detonante del polémico libro de su marido. Se trataba de un extenso ensayo, aparecido en la revista de inspiración expresionista Weissen Blätter (Hojas Blancas), editada en Zúrich durante los años de la guerra por el escritor alsaciano René Schickele, en el que Heinrich Mann homenajea a la figura de Émile Zola, ese «genio consciente de la democracia», empleándola como timbre del europeísmo, y a su «J´accuse» como documento imborrable de la prevalencia de la verdad y la justicia sobre las leyendas chauvinistas del militarismo. Cierto es que si a Heinrich le interesaba volver sobre aquel célebre artículo de L´Aurore que conmocionara en 1898 a la República francesa del presidente Faure, destapando el manto de falsificaciones racistas que cubría su gloria nacional, era porque veía hasta qué punto este Guillermo II, con todas las exaltaciones belicistas de su imperio en decadencia, necesitaba urgentemente su propio Zola alemán.
Aunque es más que probable que Thomas Mann conociera previamente el ensayo de su hermano, el ejemplar de Hojas Blancas con el Zola de Heinrich no llegó a su poder hasta enero de 1916. Es decir, cuando ya llevaba semanas trabajando en sus Consideraciones. No cabe duda de que la lectura exacerbó la distancia ideológica entre los hermanos, que a nadie se le escapaba que venía siendo muy notable desde mucho tiempo atrás. El propio Thomas Mann, en una carta a su hermano con fecha de 8 de noviembre de 1913, acaso la más angustiosa de las miles que escribió, había expuesto hasta qué punto sentía posarse sobre sus hombros toda la miseria de su hora y de su patria, y cómo veía en Heinrich a alguien mucho más rematado moralmente de lo que él mismo estaba, confesándole su impericia para orientarse políticamente «como tú sí has hecho». Declaraba que todo su interés lo ocupaba la decadencia, algo que le impedía preocuparse como Heinrich por el progreso: y, sin necesitar enemigos, tachaba a Los Buddenbrook de libro bourgeois y sin significación para el siglo veinte, a Tonio Kröger de lacrimoso, a Alteza real de pieza de vanidad, a Muerte en Venecia de consentido y perversamente equivocado…
Después de todo, ¿cuáles habían sido sus últimas obras? Heinrich acababa de finalizar una novela titulada El súbdito, cuyos primeros apuntes databan de 1906, que terminó en vísperas de la guerra y fue un éxito después de ella. Relato premonitorio, editado por entregas en una revista ilustrada a lo largo de 1914, parodiaba por medio de su protagonista, Diederich Hessling, la tipología masculina del ciudadano del imperio, ese que había aprendido antes a cuadrarse que a dejar de llamar bárbaro a todo lo espiritual que no comprendía, mientras compensaba de paso su complejo de inferioridad mediante arrebatos de despotismo. Una parodia de la vacuidad del orgullo nacionalista alemán, incapaz de creer en nada que no pudiera ser derribado por un cañón y que, en cambio, se allanaba religiosamente ante las máscaras con que el poder se extendía amenazadoramente sobre la política y los negocios.
¿Y Thomas? Tras ese personalísimo remake del Fedro que es la Muerte en Venecia, se comprometió con proyectos de gran aliento y recorrido en los que quedaría retratada una madurez genial, tales como Confesiones del estafador Félix Krull, cuya primera —y única— parte no habría de aparecer hasta 1954, y muy especialmente La montaña mágica, cuyas palabras iniciales fueron redactadas el 9 de septiembre de 1913, suponemos que a las nueve de la mañana, como era habitual, y no vería la luz hasta el...




