Mankell | La ira del fuego | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 166, 168 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Mankell La ira del fuego


1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9841-655-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 166, 168 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 978-84-9841-655-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«Éste es un relato con una parte de verdad y otra de fantasía. Todo lo que explico ha ocurrido, pero no exactamente de la manera en que lo escribo. [...] Este relato se lo he leído en voz alta a Sofia. Nos hemos sentado unas cuantas veces al lado del fuego en las cálidas noches africanas. Ella escuchaba y ahora te lo cuento también a ti que tienes el libro entre las manos...»Henning MankellAlgo va mal, muy mal. De pronto, Armando vuelve cada vez más tarde por las noches y, a pesar de que los ingresos del taller de coches son escasos, lleva ropa nueva. Sin embargo, Sofia y los tres niños no reciben nada. Cuando las peores sospechas de Sofia se confirman, el engaño es un hecho. En lugar de tragarse la ira, Sofia decide irse por su propio camino. Pero el precio será elevado... para todos.La historia de la lucha de una joven contra la pobreza y la injusticia, sus sentimientos, sus dudas, en uno de los países del mundo más pobres y devastados por la guerra: Mozambique.

Henning Mankell (Estocolmo, 1948-Gotemburgo, Suecia, 2015), dramaturgo y autor de novelas policiacas famosas en todo el mundo y también escritor de libros juveniles. Por su tetralogía El perro que corría hacia una estrella recibió numerosos premios.
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2


Sofia era la única de la familia que tenía un reloj de pulsera. Le había hecho una falda a una de las hermanas de Armando, que se llamaba Angela. Ésta trabajaba en una cafetería de la ciudad y ganaba dinero. Cuando fue a buscar la falda azul vio que Sofia miraba a hurtadillas el reloj que ella llevaba.

–Puedo pagarte con 1 o darte el reloj, tú eliges –dijo.

Sofia sintió de inmediato que se ponía colorada. No lo soportaba. Sólo los niños se sonrojaban y ella se había comportado como una niña que no sabe reaccionar cuando le ocurre algo imprevisto. Como ahora. Pero cuando se era adulto no se debía una sonrojar.

Angela lo notó y se echó a reír sin que pareciera que se burlaba. Aquello le facilitó las cosas a Sofia.

–El reloj –dijo.

–¿Sabes cómo funcionan las agujas?

Sofia casi se enfadó. Claro que sabía cómo funcionaban las agujas. Lo había aprendido cuando estuvo en el hospital después del terrible accidente. Una de las enfermeras le había enseñado.

–La falda es muy bonita –dijo Angela–. Aquí tienes el reloj. La batería es pequeña pero dura un año entero.

Desde aquel día Sofia tenía reloj. La correa era de plástico rojo y tenía la esfera negra y las agujas amarillas. Sofia solía entretenerse adivinando la hora. ¿Cuándo eran las doce? Miraba el sol y lo notaba dentro de sí. Cuando creía que había llegado la hora, miraba el reloj. A veces era más tarde y a veces más temprano. Pero casi siempre lo adivinaba. Notaba cuándo eran las siete o las diez, cuándo las ocho o las nueve. Si se despertaba a medianoche porque alguno de los niños, Leonardo o Maria, se despertaba, siempre adivinaba la hora que era.

Consultó el reloj de pulsera. Eran las siete y diez. El gallo de la señora Mukulela continuaba cantando a pesar de que ya se había despertado todo el poblado. Su madre Lydia había calentado lo que quedaba de sopa de la noche anterior y les dio de comer a los hermanos pequeños de Sofia y a los hijos de esta.

Sofia aprovechó para marcharse mientras los niños estaban entretenidos comiendo. Si la veían irse por el camino del pueblo, alguno de los dos se podía echar a llorar. No les gustaba que se fuera. Una vez Sofia le preguntó a su madre Lydia si ella también hacía lo mismo de pequeña. ¿Lloraba cuando Lydia se marchaba?

–Siempre –contestó Lydia–. Eras la que más chillaba de todos tus hermanos.

A pesar de que sólo eran las siete el sol ya estaba muy alto en el cielo. Sofia no tardó mucho en ponerse a sudar. Siempre empezaba por la frente, justo en la línea del pelo. Después se le humedecía la parte de entre los pechos. Al final empezaba a sudar por la espalda. Pero siguió andando. No se podía hacer nada contra el sol. Sin él no habría vida. Así que una tenía que aguantarse y sudar.

Utilizaba las dos muletas. Cuando no tenía que ir muy lejos le bastaba con una, pero el ambulatorio estaba a seis kilómetros así que tenía que utilizar las dos.

Para que el camino no se le hiciera tan largo escogió en qué quería pensar. Hoy pensaría en Armando, el padre de sus hijos y su primer y único amor. Una vez apareció en el camino a la luz de la luna y parecía completamente azul. Hacía siete años. Después de la muerte de Rosa, Sofia estuvo durante bastante tiempo tan desesperada por la pena que no tenía ganas de estar con nadie más que con los más cercanos, tanto vivos como muertos. Pensaba en Rosa y en Maria y soñaba con ellas por la noche.

De vez en cuando venía Armando a preguntar por ella. Se sentaban en la sombra detrás de la casa y hablaban. Pero sólo lo aguantaba un rato cada vez. En su interior siempre tuvo miedo de que se cansara de ella, ya que podía pensar que estaba más interesada en sus dos hermanas muertas que en él. Pero no podía hacer otra cosa. Estaba tan llena de tristeza que no tenía sitio para la alegría que el amor le podía dar. Tendría que ser después.

Y así fue. Sofia continuó penando, pero después de medio año notó que la alegría que sentía cuando Armando aparecía andando por el camino ocupaba cada vez más espacio en su interior.

Un año más tarde empezaron a vivir juntos. Armando y Sofia dormían en la habitación más interior, mientras que Lydia y los niños pequeños ocupaban la otra. A Lydia le gustaba Armando, aunque al principio tenía sus dudas. Pero como trabajaba y no bebía demasiada cerveza, al final pensó que Sofia había encontrado un buen hombre.

Naturalmente, lo más importante era que tuviera un trabajo. Era mecánico y al principio trabajaba en un pequeño taller a las afueras del poblado. Dedicaban casi todo el tiempo a mantener vivos los dos viejos tractores. Un día, un año después de haberse ido a vivir con Sofia, Armando llegó preocupado a casa y contó que iban a cerrar el taller. Tendría que ir a la ciudad a buscar trabajo. Sofia estaba entonces embarazada del primer niño, el que se llamaría Leonardo. Tuvo miedo de que Armando se quedara sin trabajo o de que pudiese desaparecer en la ciudad. Pero varias semanas después Armando encontró trabajo. Volvía a casa cada fin de semana y no regresaba a la ciudad hasta el domingo, a última hora de la tarde.

Una vez Sofia fue a verlo a su trabajo. Era un pequeño taller con una parte al aire libre. El propietario del taller se llamaba Samuel y era un hombre mayor que siempre sonreía con una boca a la que le faltaban casi todos los dientes. A Armando le caía bien, aunque no le pagara un buen sueldo y tampoco se atrevía a dejar a Samuel sin tener antes otro trabajo donde pudiera ganar más.

Sofia tuvo a Leonardo en el ambulatorio hacia donde se dirigía ahora. Fue un miércoles. Se había despertado pronto por la mañana porque había roto aguas. Estaban preparados porque se acercaba la hora, y ya habían acordado con el sobrino de la señora Mukulela, que tenía un viejo camión, que llevaría a Sofia al ambulatorio si de pronto había que darse prisa.

Y hubo que dársela. Lydia envió a uno de sus hijos pequeños que corrió como un gamo sobre el polvoriento camino. Sofia sentía movimientos y latidos dentro del vientre. Su madre Lydia, que había tenido tantos hijos, parecía más nerviosa que si hubiera sido ella la que estuviera a punto de tener otro. Gritó y riñó al sobrino de la señora Mukulela cuando este apareció por fin con el viejo camión. Subieron a Sofia a la cabina mientras Lydia se encaramaba a la plataforma, en la que había unas cuantas cabras amarradas. Llegaron al ambulatorio a tiempo. El doctor Nkeka, que fue el que le había dicho a Rosa que tenía una enfermedad mortal, ya estaba en su sitio. Sonrió cuando vio que era Sofia. Durante el embarazo había visitado a Sofia dos veces y le había dicho que todo parecía estar bien.

–Buena chica –dijo cuando vio a Sofia–. No vienes ni muy pronto ni muy tarde.

Dos horas más tarde nació Leonardo. Su madre Lydia estuvo allí todo el tiempo, sujetándole la mano cuando las contracciones eran más fuertes. Aun cuando sentía mucho dolor, Sofia no quería chillar. Ya había chillado bastante mientras estuvo en el hospital después del tremendo accidente con la mina. Entonces sintió tanto dolor que a veces se desmayaba entre grito y grito. Ahora que iba a tener un hijo no quería gritar.

Lydia fue la primera que vio que era un niño. Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.

–Ha sido niño –dijo.

Sofia cogió a su hijo de manos del doctor Nkeka y pensó que era igual a otros recién nacidos que había visto. Estaba arrugado y era feo, y lo más maravilloso que podía llegar a imaginarse.

–Maria –susurró–. Maria y Rosa, ¡miradlo!

–Un niño guapo –dijo el doctor Nkeka–. No tienes piernas, Sofia. Y también tienes graves quemaduras. Pero, de todas formas, eres completamente normal. ¿Cómo se va a llamar el niño?

Sofia miró a Lydia, que estaba sentada en un banco al lado de la cama meciéndose de alegría. No había pensado en que el niño necesitaba un nombre. Tampoco Armando había dicho nada.

–No sé –respondió Sofia.

–Un niño guapo tiene que tener un nombre bonito –dijo el doctor Nkeka.

Al día siguiente, cuando Sofia ya estaba en casa con el niño, llegó Armando. El doctor Nkeka, que vivía en la ciudad, había pasado por el taller mecánico y le había contado que había tenido un hijo. Samuel le dio un día de permiso. Ahora estaba sentado mirando a su hijo y Sofia, de pronto, pensó que volvía a parecer el .

–Cógelo –dijo Sofia.

Armando sacudió la cabeza.

–No me atrevo.

–Es tu hijo.

–Tengo miedo de que se me caiga.

Su madre Lydia estaba en la puerta de la casa oyendo la conversación a través de la ventana abierta. Entró de inmediato y miró duramente a Armando.

–Naturalmente que tienes que coger a tu hijo. No se te va a caer.

Cuando Sofia vio cómo Lydia le ponía al niño entre los brazos, pensó de nuevo en Maria y en Rosa. ¿Podía ser que la estuvieran viendo, a pesar de que Sofia no las pudiera ver a ellas?

Sofia pensó que si el niño hubiera sido una niña no habría sido difícil. En ese caso se llamaría Maria. Y si tuviera después otra niña se llamaría Rosa. Pero ahora...



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