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E-Book

E-Book, Spanisch, 310 Seiten

Madison Tentar al jefe


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-43-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 310 Seiten

ISBN: 978-84-19301-43-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



LAUREN Se suponía que volver al trabajo después de mi ruptura iba a ser una transición poco dolorosa, pero cuando mi nuevo jefe resultó ser un idiota arrogante y engreído, toda mi vida profesional se convirtió en una tortura. Vale, lo admito: llamarlo «caraculo» antes de saber que era el director de la empresa no fue lo más acertado. Hubiera debido ser fácil odiarlo. Solo que no contaba con que fuese tan guapo ni encantador cuando le da la gana y no se dedica a sacarme de quicio, claro. AUSTIN Esperaba que mi asistente fuese profesional y puntual, pero lo único que recibo son miradas fulminantes y comentarios fuera de tono. Debería despedirla, y, sin embargo, lo único en lo que puedo pensar es en recostarla sobre mi escritorio y romper todas las reglas que yo mismo me he impuesto con mis subordinadas. Una mirada. Una caricia. Una noche. Si rompemos las reglas, nuestras vidas nunca volverán a ser iguales. Lo bueno es que las reglas se hicieron para romperlas. Y además, no está tan mal tentar al jefe...

Cuando no tiene la nariz dentro de un libro ni los dedos volando sobre el teclado de un ordenador, se mete en la cocina para crear platos gourmet. Te la puedes encontrar, con unos tacones de al menos diez centímetros, llevando a los niños en el coche o puede que con su marido, programando sus viajes de negocios. Es una suerte que sus personajes hagan lo que ella dice, porque ni su labrador la escucha...
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1


Lauren

—Bip, bip, bip.

Saco la mano de debajo del calorcito de mi manta. Cojo el teléfono de la mesita, lo apago y lo meto debajo de las sábanas, conmigo. Siete minutos más tarde lo noto vibrar contra la almohada, entre mis manos.

Me levanto, saco las piernas de la cama y bajo a la planta inferior, directa hacia la cafetera. Le doy gracias a Dios por tener esa máquina programable, que ya tiene el café listo para tomar.

Parpadeo varias veces mientras enciendo la luz que hay sobre la encimera. Bajo la iluminación a un tono tenue, me apoyo y miro el reloj. Las cinco y media en punto. Huelo el café y le doy un sorbo pequeño para no quemarme. El cerebro se me despierta de golpe cuando el líquido, fuerte y caliente, se desliza por mi lengua.

Es la calma antes de la tormenta. En treinta minutos tendré que despertar a los niños y prepararlos para subir al autobús, que llegará justo a las siete y diez.

Miro el salón y contemplo el huracán que han dejado mis hijos. Hay mochilas abiertas por el suelo, junto a las sillas, papeles tirados sobre la mesa, deberes que han acabado pero que no han guardado… Da igual cuántas veces les repita que recojan la mesa antes de irse a dormir, porque Gabriel, de diez años, y Rachel, de seis y medio pero que se cree muy mayor, siempre lo dejan todo para el último minuto. Es algo que han heredado de su padre.

Le doy un repaso a la casa —su estructura, de espacio abierto, hace más fácil echar un vistazo a todas las habitaciones que hay a mi alrededor— y observo los cambios que ha sufrido a lo largo de los seis últimos meses. Ya no hay zapatillas de hombre junto a la puerta. No hay chaquetas de traje colgadas sobre el respaldo de la silla que hay junto a la mesa, al lado de las mochilas.

No. Nothing. Niente.

Le doy otro sorbo al café y dejo que mi mente divague hasta el momento en que todo cambió…

Voy corriendo al colegio de los niños para la entrevista con su tutora, y llego tarde, como siempre. He tenido que recoger a Gabriel del entrenamiento de fútbol de camino mientras llevaba a Rachel a gimnasia rítmica, y después he pasado por el McDonald’s con el coche antes de ir a casa. Me he manchado de mostaza la camisa por haberme comido la hamburguesa dentro del coche. Cojo un pañuelo que encuentro en el asiento trasero y me lo coloco en el cuello, esperando que tape la mancha.

Cuando llego al colegio, entro en la clase donde está la profesora de Gabriel. Repaso una lista de cosas que tengo que hacer al llegar a casa. Pienso en las fiestas de cumpleaños a las que han invitado a los niños este fin de semana. Los regalos ya están en el maletero, a falta de envolverlos. Espero que Jake esté libre al menos el domingo.

Soy mamá y ama de casa. Ese es mi trabajo, y me encanta. A veces. La mayor parte del tiempo. Los más de los días. Mi marido, Jake, tiene un puesto ejecutivo en la empresa de marketing más grande de la ciudad. Se ha pasado los ocho últimos años escalando puestos. Sus largas horas de trabajo son nuestro sacrificio hasta que consiga ese despacho con vistas, y entonces podrá tomárselo con más calma. Al menos, eso es lo que me repite siempre. Yo sigo pensando que es adicto al trabajo.

Nos conocimos recién acabada la universidad; yo acababa de empezar a trabajar en la misma agencia que él. No en la que está ahora, sino en la que empezó a trabajar después de la carrera. A mí me contrataron de forma temporal como asistente. Al tratarse de un despacho pequeño de solo cinco personas, era normal que pasásemos todo el día juntos. Todas esas horas en compañía tuvieron como resultado que nos convirtiésemos en buenos amigos. Después, fue natural que nos hiciésemos novios. No creo que nadie se sorprendiera al vernos entrar un lunes por la mañana cogidos de la mano y mirándonos con corazoncitos en los ojos.

Llego a la puerta de la señorita Alvarez, llamo y después entro. Recorro la sala con la mirada y me sorprendo al ver a Jake sentado en una de las sillas que hay ante el escritorio, y a la señorita Alvarez en su silla.

Me acerco a él, me inclino y le doy un beso en los labios.

—Hola… No sabía que estarías aquí —le digo, sentándome junto a él.

Me saluda con la cabeza y después se mira los pies. No sé cómo describir lo que ocurre a continuación si no es que todo mi mundo se viene abajo. Es como si mi corazón ya lo supiera. Como si mi cuerpo supiera que debía entrar en modo protección.

—Lauren —comienza él, mirándose todavía los zapatos. Yo se los observo también, y me pregunto qué es lo que está viendo exactamente. No los olvidaré nunca. Marrones, con cordones de color más claro. Sin manchas, sin rasguños. Limpios.

En ese momento empiezo a entrar en pánico y a pensar que algo anda mal.

—¿Qué pasa? —le pregunto, y después miro a la señorita Alvarez. Es guapa, con un pelo moreno rizado precioso, que siempre lleva muy bien peinado. Tanto si lo lleva recogido en una coleta como si lo lleva suelto, es imposible no envidiar su fantástica melena. Siempre parece muy serena, pero hoy mira muy nerviosa a mi marido y parpadea varias veces para reprimir unas lágrimas, y las manos, que tiene recogidas en el regazo, le tiemblan.

—He conocido a alguien. —El aire que estaba conteniendo se me escapa de los pulmones. Las piernas me fallan, y siento como si me fuese a caer, incluso estando sentada. El corazón me late fuerte y a toda prisa, y escucho cómo me retumba en los oídos. Se me seca la boca, me empiezan a temblar las manos y el corazón se me desgarra.

—¿Qué? —Lo miro, y después miro a la señorita Alvarez—. Jake, ahora no es un buen momento. Aquí no. —Es como si le estuviese rogando que no me lo cuente. Como si le estuviese rogando que lo retire.

—La quiero —dice, en un susurro, y entonces todas las piezas del puzle comienzan a encajar. Las clases de refuerzo de Gabe, de las que siempre lo recoge él, esas de las que siempre llegan tarde. Miro a la profesora de mi hijo y veo que se le cae una lágrima por el rabillo el ojo, mientras sonríe a mi marido. Mi puñetero marido, ese que me dedicó unos votos. El que me prometió amarme, honrarme y cuidarme durante el resto de su vida.

—¿Tú…? —le digo a él, y luego la miro a ella—: ¿Te has acostado con mi marido? —le pregunto a ella, y siento la mano de Jake sobre la mía. La aparto, porque ahora mismo no quiero sentir su tacto. No quiero que intente calmarme.

—Fui yo. Lo empecé yo. Lo hice yo, no Camilla. —Alarga la mano para tocarme otra vez. Me levanto de la silla y empiezo a caminar de un lado a otro. Todo tipo de pensamientos me pasan por la cabeza. ¿Cómo es que no me he enterado? ¿Cómo no lo he sospechado? ¿Ha sido porque yo estaba demasiado cansada para acostarme con él? ¿Ha sido porque todavía tenía que perder esos cinco kilos de más? ¿Porque estaba demasiado cansada al acabar el día como para hablar siquiera con él?

Me detengo de repente y los miro. Él se ha levantado y ella también. Todavía los separa el escritorio.

—Anoche nos acostamos —le digo, y él ya no me mira; en lugar de eso, la mira a ella.

—Fue la última vez. Algo así como una despedida —dice, mirando de nuevo al suelo.

—Una despedida. —Alzo la voz—. ¿Una despedida? —Niego con la cabeza—. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo lleváis así? ¿Cuánto tiempo llevas acostándote con el padre casado de tu alumno? —Mi voz es firme. Noto que la rabia empieza a correrme por la sangre.

—Lauren, no hagamos… —intenta decir, pero no le doy la oportunidad.

Grito, y esta vez muy alto.

—¡¿Cuánto tiempo?! ¿Cuánto tiempo llevas acostándote con ella y viniendo a casa conmigo? ¿Cuánto tiempo llevas diciéndome que me quieres y mintiéndome? ¿Cuánto puto tiempo, Jake? ¿Hasta qué punto ha sido una mentira toda mi vida?

Se miran el uno al otro.

—Siete meses —responde él justo antes de que alguien llame a la puerta. El director asoma la cabeza—. Ah. Señor y señora Watson, ¿va todo bien? —El pobre hombre no ha visto nada venir.

—Ah, estamos perfectamente. —Empiezo a alzar la voz, y las manos me tiemblan—. He venido a la reunión con la tutora de mi hijo solo para enterarme de que su profesora se está follando a mi marido. ¡Parece que, como servicio añadido a las clases de refuerzo que les da de matemáticas, ofrece clases de educación sexual a los padres! Se merece un aumento. —Me río sin humor. Puede que me esté dando un ataque. Quizá, solo quizá, todo esto solo sea un sueño—. Pero, aparte de todo eso, diría que todo va perfectamente.

Me acerco a la silla en donde estaba sentada y cojo el bolso, que se me había caído del hombro al mismo tiempo que se derrumbaba mi vida. Después me doy la vuelta para marcharme, y Jake me agarra de la muñeca.

—Lauren, espera.

Me suelto con tanta fuerza que le sorprendo a él y me sorprendo a mí misma.

—Ni te atrevas a tocarme —siseo, antes de pasar junto al director y salir al pasillo, donde me tropiezo con la presidenta de la asociación de padres y profesores, Colleen.

Ahora...



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