Álvarez | Silverville | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 541 Seiten

Álvarez Silverville


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-17834-77-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 541 Seiten

ISBN: 978-84-17834-77-7
Verlag: NOCTURNA
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Dicen que a la hora de vengarse el más débil puede ser el más feroz. Y en Silverville, Colorado, una venganza está a punto de fulminar todos sus sueños de plata. Cuando en 1872 Grace Mallory se instala en la antigua mansión de su familia política, los rumores no tardan en circular por el pueblo. ¿Una dama viviendo sola en un caserón deshabitado? ¿Por qué no la ha acompañado John, el heredero de la compañía minera con el que contrajo matrimonio lejos de allí? ¿Y qué pretende ahora al mudarse a la zona? A sus veintidós años, Ruby Lawrence ha experimentado de sobra la sensación de ser subestimada por su condición de mujer. Por eso no le sorprende que nadie tome en serio su desconfianza por la recién llegada. No obstante, sus familiares deberían hacerlo... Al fin y al cabo, fueron ellos quienes asesinaron al padre de John. Mientras la paz de Silverville se resquebraja, Grace y Ruby se sumen en un intrincado juego donde el sacrificio de cualquier peón merecerá la pena con tal de ganar la partida y donde sólo quedará una certeza: el mundo es un escenario y los hombres y mujeres, meros actores. Cita de reseña crítica: «Intriga, personajes arrolladores y una ambientación exquisita: Silverville es una telaraña de la que no querrás escapar». Laia Soler, autora de Tú y yo después del invierno. «El pueblo de Silverville está vivo, los habitantes también lo están. Lo malo es que no sabes por cuánto tiempo». Fer Alcalá, autor de La Segunda Revolución. «Victoria Álvarez consigue hacernos viajar en el tiempo con historias apasionantes». Iria G. Parente, autora de Antihéroes

Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Tras la publicación de sus primeras novelas -Hojas de dedalera (Versátil, 2011) y Las Eternas (Versátil, 2012)-, en 2014 inició la trilogía Dreaming Spires con Tu nombre después de la lluvia (Lumen), que continuó en Contra la fuerza del viento (Lumen, 2015) y El sabor de tus heridas (Lumen, 2016). En 2017 publicó La ciudad de las sombras (Nocturna, 2017), el comienzo de la trilogía Helena Lennox, cuya primera entrega se sitúa en la India de los años veinte. Su más reciente publicación, Silverville (Nocturna, 2018), es una novela independiente ambientada en el Lejano Oeste.
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CAPÍTULO I

Otho Mitchell habría apostado la pierna derecha, y eso que era la que no le dolía cuando se avecinaba tormenta, a que no existía en todos los condados de Colorado una casa con más papeletas para estar encantada que la antigua mansión de los Mallory. En realidad, casi le parecía un chiste continuar refiriéndose así a ella; hacía trece años que la familia no la habitaba y la estructura parecía inclinarse cada día más sobre sí misma, exactamente como le sucedía a él. La pintura encarnada de las paredes había empezado a desprenderse el verano pasado como si la casa estuviera mudando la piel, aunque Otho sabía que no había nada más debajo, que esa decrepitud era todo lo que podía ofrecerles a su nieto Tom y a él. Aun así, se había acostumbrado a su ruina y su suciedad, y había dejado de preocuparse cada vez que se tropezaba con una rata en las sombrías estancias en las que ambos casi se sentían emperadores. La mansión de los Mallory era su hogar y los Mitchell no estaban dispuestos a que nada les hiciera renunciar a ella a esas alturas.

El sol había comenzado a elevarse poco antes enfrente de las Montañas Rocosas que se extendían por el horizonte, manchándolas de oro y de rosa. Estaban a finales de septiembre; no faltaba mucho para que se cubrieran de nieve. Un repentino escalofrío recorrió la espalda de Otho, que se encogió más sobre sí mismo en el banco adosado al muro norte de la casa sin dejar de observar, con los ojos entornados por la deslumbrante claridad, los tejados polvorientos del pueblo que se adivinaba en la lejanía. Silverville se desperezaba poco a poco, con la cabeza tan inundada de sueños de plata como siempre.

—Deberíamos arrancar todos esos hierbajos un día de estos —dijo el anciano pasado un buen rato—. Las matas de salvia siguen creciendo demasiado cerca de las de dedalera.

—Como si fuéramos a usarlas —rezongó su nieto, sin dejar de escardar el pequeño huerto que con muchos esfuerzos habían sacado adelante en uno de los laterales de los jardines—. Patatas, lechugas y medio filete a la semana; eso es todo lo que comemos. El día que usted y yo probemos la salvia, abuelo, será porque caigamos rodando sobre ella.

—No me extrañaría que te pasara el día menos pensado. La última vez que fuiste al saloon con esos inútiles de la pañería, debiste de beberte hasta el agua de los abrevaderos.

El chico no pareció avergonzado, pero optó por seguir blandiendo la azada con un ceño fruncido que Otho sabía perfectamente a qué se debía. Tom odiaba trabajar en el huerto; «está justo al lado de las tumbas —le comentó un par de años antes— y esto tiene que ser sacrílego a la fuerza». De nada había servido que su abuelo le asegurara que de los Mallory no debía de quedar más que un montoncito de huesos y que sus lápidas eran tan inofensivas como la enseña de una tienda. Él nunca había sido demasiado bueno con las letras, pero se había aprendido de memoria los nombres esculpidos en las piedras cuando el viejo Mallory aún vivía y le mandaba limpiarlas cada fin de semana. «ANGUS MALLORY», se leía en un monumento medio enterrado entre los zarzales, seguido por «1810-1859». Y a ambos lados, dos tumbas más pequeñas que parecían a punto de desmayarse: «CATHERINE MALLORY, 1820-1843», y «MARY MALLORY, 1826-1844». Aquellas letras casi no se distinguían, pero a Otho le parecía absurdo ponerse a acicalar al harén de piedra de su antiguo patrón si el propio Angus Mallory se había marchado. Los tres estaban muertos, tanto como la casa.

Como si le hubiera leído la mente, su nieto empujó con la azada las ortigas recién cortadas hacia la cerca, tan descolorida como los muros del edificio, mientras preguntaba:

—¿Cómo era todo en esa época, abuelo? ¿Mallory se portaba bien con los criados?

—Bastante bien, aunque no nos dejaba mucho tiempo libre —replicó Otho—. Era uno de esos tipos que se pasan el día con visitas en casa, siempre alardeando de que cuando se instaló en el pueblo no tenía más que cuatro dólares en el bolsillo. Cuando no eran los Sullivan quienes se quedaban a cenar era el cura o el banquero, y sus mujeres no hacían más que invitar a parientes… No nos dejaba descansar ni siquiera en Acción de Gracias.

—Si alguien le hubiera dicho entonces que esta casa nos pertenecería, apuesto a que también le acusaría de haberse bebido el agua de los abrevaderos —se burló el chico.

—Supongo que sí, pero no te olvides de que no es nuestra. Si continuamos aquí es para asegurarnos de que no se cae a pedazos. Es lo que decidieron los abogados.

—Bueno, pero en teoría lo estamos haciendo hasta que regresen los Mallory —Tom se apartó un rizo alborotado que le caía por la frente sin soltar la azada— y, como no queda ningún familiar con vida, nadie nos echará. ¿Qué le pasó exactamente al pequeño John?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Todo Silverville lleva trece años haciéndose esa misma pregunta. Lo buscaron por todas partes cuando desapareció, no sólo en Colorado, sino también en Kansas, en Utah… Fue como si se lo hubiera tragado la tierra y, cuando alguien se esfuma de ese modo, las autoridades acaban dándolo por muerto al cabo de unos años.

—Hasta hace poco pensaba que se escapó de casa, pero Sam y los demás aseguran que fue el propio viejo el que lo largó. Lo envió a Denver con una maleta para que pasara una temporada con su familia materna y nadie volvió a verlo después de salir de aquí.

—No creo que se enterara siquiera de que su padre murió poco después. —Otho se hurgó entre dos dientes con un dedo y contempló de nuevo los tejados de Silverville—. Lo más probable es que su diligencia fuera asaltada por indios o por bandidos. Me juego el cuello a que sigue en una zanja, puede que dentro de su propia maleta o metido en un…

La voz del anciano se apagó poco a poco. Tom alzó la mirada, extrañado, y se dio cuenta de que se había quedado observando el sendero ondulante que descendía desde la mansión hasta las primeras granjas del pueblo. Una mancha de un verde más oscuro que el de los arbustos se dirigía hacia ellos, apareciendo y desapareciendo entre la espesura.

—Vaya —murmuró Otho. Se puso en pie con esfuerzo para aproximarse a la cerca y su nieto dejó caer la azada antes de seguirle. No tardaron en comprobar que se trataba de una joven elegantemente ataviada con una bolsa de viaje—. Esto sí que es una novedad…

Observaron cómo se detenía al cabo de medio minuto ante la puerta, inspeccionando la casa con una mano enguantada sobre los ojos. Lo que descubrió no pareció ser de su agrado, pues apretó los labios en un mohín de desdén segundos antes de reparar en su presencia.

—Bueno, ya veo que no está del todo abandonada —comentó—. Empezaba a pensar que lo único que saldría a darme la bienvenida sería un regimiento de fantasmas apolillados.

Tenía una aterciopelada voz de contralto en la que no costaba distinguir el timbre de alguien acostumbrado a dar órdenes desde la cuna. Cuando se detuvo ante ellos, Otho se fijó en el extraño color de sus ojos: vistos desde lejos parecían azules, pero al prestar más atención uno se daba cuenta de que eran de un verde muy claro, o puede que de un gris que englobaba ambos colores a la vez. Eran unos ojos con un océano dentro, tan cambiantes que los Mitchell supieron de inmediato que no convenía embravecerlos.

—El señor Mitchell, me imagino. —La dama alargó una mano y Otho, tras unos segundos de vacilación, se aproximó más para estrechársela—. Mi esposo me comentó que era probable que lo encontrara aún en la casa. Siento haberme presentado sin avisar y a una hora tan temprana, pero al parecer —recorrió con la mirada la parte del huerto que se veía desde allí, enarcando una ceja— suelen madrugar para ocuparse de sus propios asuntos.

Lo dijo de un modo que hizo que abuelo y nieto se sintieran abochornados, pese a no saber a ciencia cierta por qué. Sin prestarles más atención, la mujer se arremangó el vestido para abrirse camino entre la maleza hacia el porche medio derruido.

—Santo Dios, de lo que sirve un jardinero… Creo que tendremos que hablar largo y tendido usted y yo cuando me haya instalado, Mitchell. Me imagino que los mejores dormitorios darán a la parte delantera, si es que no los han convertido aún en trasteros.

—Espere…, espere un momento —acertó a decir Otho. La joven había entrado en la casa y el anciano, renqueando con la pierna mala, trató de seguirla—. ¿Quién es usted?

—Me parece que las preguntas debería hacerlas yo. No empezaremos con buen pie si intenta someter a un interrogatorio a la persona encargada de mantenerlo en su puesto.

—¿En mi…? —Otho no podía creer nada de lo que oía—. ¿Ha comprado… esta casa?

—Cielos, como si me interesase. De haber sabido el cuchitril que es ahora su antiguo hogar, habría obligado a mi marido a venir él mismo a adecentarlo.

—Un momento… Lo que está diciendo no tiene sentido, señora. Su marido no pudo criarse en este lugar porque ya no hay Mallorys con vida. Debe de haberse confundido…

—Ojalá lo hubiera hecho. No sabe lo que daría a cambio de haber entrado en la casa equivocada. —La joven suspiró de nuevo, ahora más airadamente. Había clavado los ojos en las telarañas que colgaban del...



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