Álvarez | Penélope Quills: La sirena perdida | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 1, 216 Seiten

Reihe: Las sirenas

Álvarez Penélope Quills: La sirena perdida

Comienzo de una mágica serie de sirenas ambientada en el siglo XIX
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-68-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Comienzo de una mágica serie de sirenas ambientada en el siglo XIX

E-Book, Spanisch, Band 1, 216 Seiten

Reihe: Las sirenas

ISBN: 978-84-18440-68-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Comienzo de una mágica serie de sirenas ambientada en el siglo XIX Mientras la ciudad de Oxford se prepara para la Navidad, Penelope Quills sólo desea una cosa: estudiar la fauna submarina. A sus catorce años, su vida transcurre entre los animales disecados y los fósiles del Museo de Curiosidades que posee su familia, pero el invierno de 1874 acaba trayéndoles algo más que nieve. Cerca de la costa de Cornualles, unos pescadores han capturado algo sorprendente: una sirena. Exhibir una criatura así promete un éxito garantizado, aunque los dueños del museo no son los únicos interesados en ella. Pronto Penelope descubre que su nuevo amigo, Glauco, no está en la superficie por casualidad. Y entretanto, en lo más profundo del océano, el ejército de Nueva Atlántida se dispone a enfrentarse a su peor enemigo... Cita de reseña crítica: «No hay receta para un libro perfecto, pero si unes a Victoria Álvarez y Judit Mallol con sirenas, la época victoriana, un reino submarino fantástico, una joven indomable y un tritón encantador, te acercas bastante». Alena Pons y Laia López, autoras de ROYALTY WITCHES

Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Ha publicado más de una docena de novelas de diversos géneros y recientemente se adentró por primera vez en la literatura fantástica con La Conjura de Aramat (Nocturna, 2020) y Penelope Quills: La sirena perdida (Nocturna, 2021), este último primera parte de una serie sobre sirenas ambientada en el siglo XIX e ilustrada por Judit Mallol.
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Dos

Podría haber nacido en una familia normal, recordó Penelope Quills mientras se desabrochaba los botines, pero su vida no sería ni la mitad de interesante. Ni tampoco, como solía repetirse en tardes como esa, la cuarta parte de divertida.

—Alex, es la última vez que te lo digo: deja de hacer el tonto y vuelve aquí —llamó en un tono que arrancó ecos a la superficie del lago—. Todavía no has aprendido a nadar.

La cabeza de su hermano pequeño no era más que una mancha oscura, apareciendo y desapareciendo sin parar entre unas olas del color del plomo. Resignada, la muchacha se quitó también las medias, las introdujo dentro de los botines y se acercó a la orilla.

—¡Alexander Arthur Quills! —Ahora el eco fue aún mayor, al igual que sus quejidos al meterse en el agua. Estaba aún más fría de lo que había imaginado—. ¡No has podido ver nada porque no hay nada en absoluto! ¡Haz el favor de regresar ahora mismo!

—¡He oído cómo nos llamaba! —contestó alegremente el niño—. ¡Estaba tratando de atraer nuestra atención! ¡En cuanto se entere de que hemos…! —Pero, para entonces, ya había dejado de hacer pie y su cabeza desapareció de nuevo entre unas burbujas.

Penelope se apresuró hacia él, con su vestido morado hinchándose como un globo a su alrededor. Los dientes le castañeaban tanto que apenas podía respirar, pero consiguió llegar donde estaba Alex y, agarrándolo por los brazos, lo sacó a la superficie.

—Por si lo has olvidado, estamos en el lago Ness —dijo casi sin aliento—. En el lago Ness en diciembre, concretamente. Has tenido ideas mucho más brillantes.

—De verdad que lo he oído —insistió el pequeño mientras Penelope lo llevaba en brazos a la orilla; su vestido pesaba tanto que cada paso era un suplicio—. Sabe que hemos viajado hasta aquí para estudiarlo y ha empezado a decir: «Veniiiid, venid a mí…».

—Tú no vas a ir a ninguna parte hasta que te hayas secado. —Cuando alcanzaron la orilla y soltó a Alex, Penelope se quedó mirándolo—. ¿Dónde están tus gafas?

Por toda respuesta, el niño señaló el agua con un dedo, sonriendo como si no hubiera roto un plato, y Penelope suspiró de nuevo. «Voy a pasarme la Navidad estornudando».

—Más te vale preparar una buena excusa para cuando vuelva papá. —Tras regresar sobre sus pasos, se agachó para tantear con las manos en el agua, conteniendo un escalofrío—. Se suponía que teníamos que comportarnos como adultos…

—Pero eso es aburridísimo —dijo Alex, sonriendo aún—, y papá nunca se enfada.

—Pues no quiero darle motivos para que piense que Hector es el único en quien se puede confiar. Si quieres que siga llevándonos de viaje, ya sabes lo que tenemos que hacer.

El profesor Quills era un naturalista especializado en la flora y la fauna exóticas, de ahí que pasara tanto tiempo fuera de casa. Penelope lo recordaba cargando con su maleta durante toda su infancia, en ocasiones para estudiar un arrecife de coral del Atlántico, en otras para cazar mariposas en las selvas tropicales, a veces para recolectar fósiles recién descubiertos en el norte de Europa. De esas expediciones procedía la mayor parte de lo expuesto en el Museo de Curiosidades que tío Charles, el hermano de la madre de Penelope, había inaugurado diez años antes en Oxford, aunque aún no habían logrado que atrajese la atención esperada.

Aquella era, precisamente, la razón por la que habían viajado al norte. Un amigo del profesor Quills aseguraba haber visto algo extraño en el lago Ness, a medio camino entre una serpiente acuática y «uno de esos dinosaurios de los que ahora habla todo el mundo». En realidad, Penelope no albergaba la menor esperanza sobre su historia (ni sobre nada que tuviera que ver con monstruos), pero le apetecía demasiado cambiar de aires como para quedarse en casa.

—¿Y qué pensabas hacer cuando encontrases al bicho? —le preguntó a Alex después de devolverle las gafas. Los rizos del pequeño, del mismo castaño claro que los de Penelope, chorreaban sobre la manta de tela escocesa en que lo había envuelto—. ¿Te encargarías de la investigación para demostrarle a papá de qué eres capaz?

—Me haría su amigo —contestó su hermano— hasta conseguir que confiase en mí. Y, cuando eso sucediera, me montaría en él para recorrer el mundo entero.

—La parte del mundo que está cubierta de agua, querrás decir.

—Le pediría que me llevase muy lejos del lago, donde papá nos contó que su agua se mezcla con la del mar. Y, una vez allí, encontraríamos a mamá.

Al escuchar esto, la sonrisa de Penelope se apagó poco a poco. Los ojos azules que el niño levantó hacia ella también eran como los suyos, aunque estaban llenos de esperanza.

—Mamá está muerta, Alex. —Tras aclararse la garganta, trató de alisar la tela de su empapado vestido—. Por eso todos vestimos de este color.

Hacía un año y un mes exactos que el barco de Diana Quills se había hundido en el Canal de la Mancha, durante la primera travesía que realizaba en solitario para estudiar la fauna submarina. A sus catorce años, Penelope recordaba aquella etapa como un nubarrón oscuro que había cubierto su mundo por completo, pero parecía que a Alex, seis años menor que ella, le estaba costando más asumir la realidad. Desde el mes anterior, la familia Quills había abandonado la ropa de color negro para pasar a los morados del alivio de luto, aunque Penelope siguiera sin sentir alivio alguno al pensar en lo único que les quedaba de su madre: una tumba vacía en el cementerio, donde su padre dejaba flores cada domingo, y el camafeo de ónice que llevaba al cuello.

—¿Y tú, Penny? —preguntó el pequeño tras unos minutos de silencio—. ¿Qué piensas hacer con el monstruo cuando lo encontremos?

—Montarme en él no, desde luego. Esas cosas mejor te las dejo a ti.

—Pero habrá algo emocionante que te apetezca hacer. —Alex pisoteó el suelo para entrar en calor—. Incluso un roedor de biblioteca como tú tendrá ganas de vivir aventuras. ¿Para qué lees todas esas novelas gordas si no?

—Es «ratón» de biblioteca, no «roedor». Y ya te he dicho que no creo en los monstruos, pero… —Penelope se echó otra manta sobre los hombros mientras observaba el lago. Su superficie recordaba a una plancha metálica, erizada aquí y allá por la caricia del viento—. Lo estudiaría —dijo al fin—, y cuando hubiera acabado, lo dejaría en paz. Es lo que se debe hacer según mamá.

—Mamá decía que teníamos que ordenar nuestros cuartos y no meter el dedo en los postres. A mí nunca me dijo nada sobre dejar en paz a unos monstruos…

—No me refiero a eso, bobo, sino a cómo actuar con lo que investigamos. ¿Te acuerdas de esa vez que discutió tanto con tío Charles por culpa de los animales disecados del museo? Mamá decía que nada de lo que descubramos importa más que el bienestar de aquello que estamos estudiando. Que no debemos creernos tan importantes como…

Pero el ruido de unas pisadas les hizo darse la vuelta.

Al principio ninguno pudo distinguir nada, hasta que la silueta de su padre se hizo visible poco a poco en medio de la niebla que rodeaba el lago Ness. La muchacha enarcó las cejas al darse cuenta de que venía casi corriendo, con sus maltratados prismáticos, la cartera de cuero y el resto del instrumental rebotando contra su espalda.

—Has tardado menos de lo que esperábamos, papá —saludó Penelope, y dirigió a su hermano una mirada alarmada—. Estamos un poco, eh…, mojados por la niebla…

—¿Conseguiste encontrar al monstruo? —quiso saber Alex—. ¿Da mucho miedo?

—Ni siquiera he podido alcanzar la otra orilla… —jadeó el profesor Quills. Llevaba unas gafas parecidas a las de su hijo, tan plateadas como sus sienes; desde que su esposa murió, se le habían multiplicado las canas—. Acababa de echar a andar cuando el mozo de la posada…, ese llamado Brown…, apareció para entregarme un telegrama.

—No sabía que recibiesen telegramas en ese sitio —se extrañó Penelope, pensando en el descolorido papel de las paredes y las contraventanas que no había manera de cerrar.

—Ellos mismos parecían sorprendidos, pero se trataba de algo urgente… Vuestro hermano y tío Charles nos han escrito desde el museo; quieren que regresemos a Oxford.

—¡Pero si los tres estabais de acuerdo en lo importante que era este viaje! —protestó su hija—. Tío Charles no hacía más que hablar del reclamo que supondría lo de ese supuesto monstruo.

—Es exactamente lo que pensé antes de leer el resto del mensaje. Charles dice que hemos recibido un nuevo espécimen, uno que ningún museo de Inglaterra ha poseído hasta ahora… —Y mientras secaba sus empañadas gafas, el profesor Quills los observó a ambos—. Una sirena capturada cerca de la costa de Cornualles.

En el silencio que se hizo después de aquello, lo único que se oyó fue el sonido que dejó escapar Alex, un «iiiiiiii» parecido al de un globo relleno de emoción en vez de helio.

—Ningún museo de la tierra, querrás decir —contestó Penelope al cabo—, porque las sirenas no existen. El cuento de Andersen nos gusta mucho, pero solo es eso: un cuento.

—Sospecho que lo...



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