Álvarez | Las eternas | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Álvarez Las eternas


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19680-30-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

ISBN: 978-84-19680-30-3
Verlag: NOCTURNA
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Venecia a principios del siglo XX, dos jugueterías rivales, unas muñecas tan perfectas que parecen de carne y hueso... Nueva edición de la novela de Victoria Álvarez con el texto revisado, nueva cubierta e ilustraciones. Venecia, 1908. Gian Carlo Montalbano y su hija Silvana instalan su juguetería, La Grotta della Fenice, frente a la antigua y emblemática juguetería de los Corsini. Los juguetes de los Montalbano son la última generación de autómatas que se pueden encontrar en el mercado y sus muñecas son tan perfectas que parecen de carne y hueso. Mario Corsini, decidido a averiguar los secretos del arte de los Montalbano, se adentra en la juguetería y entabla amistad con la fría e inteligente Silvana. Sin embargo, lo que descubrirá en La Grotta della Fenice sacudirá los cimientos de la sociedad veneciana y la sumirá en una espiral de horror.

Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Ha publicado más de una docena de novelas de diversos géneros y recientemente se adentró por primera vez en la literatura fantástica con La Conjura de Aramat (Nocturna, 2020) y Penelope Quills: La sirena perdida (Nocturna, 2021), este último primera parte de una serie sobre sirenas ambientada en el siglo XIX e ilustrada por Judit Mallol.
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Prólogo

La niña había sido una de las últimas víctimas de la epidemia.

La habían dejado en un camastro al fondo de la enfermería, junto a una ventana que daba sobre los descuidados jardines. Era una habitación pequeña y mal ventilada, sin más muebles que las estructuras de hierro que sostenían el agonizante peso de los enfermos, unos armarios con instrumental quirúrgico, frascos de medicinas y rollos de vendas y una silla de tres patas en la que permanecía sentada una enfermera. El techo estaba saturado de manchas de humedad, como si llorara cada muerte que se había producido entre sus paredes, y habían sido demasiadas en las últimas semanas.

Lo único que se oía era el canto de las cigarras a través de los cristales. No había nadie más en la habitación; los empleados de la morgue se habían llevado a los últimos cadáveres y solo quedaba hacerse cargo de la niña. Desde su cochambrosa silla, Carla Federici, la enfermera, no podía dejar de mirar la pequeña silueta cubierta por una sábana. Los pliegues se amoldaban a las formas de su cuerpecillo delineando la curvatura de su nariz y los pies desnudos que sobresalían bajo la tela. «Si no vienen a llevársela ya, me volveré loca —pensó mientras daba vueltas nerviosamente al rosario que sostenía sobre su uniforme—. ¡Necesito salir de este infierno!».

Nadie comprendía por qué la epidemia de cólera más devastadora de la centuria se había dado en una ciudad costera tan tranquila como Civitavecchia. No se sabía de dónde habían venido los primeros afectados ni por qué la peste se había propagado con semejante rapidez. En aquel verano de 1891 habían muerto más personas en la localidad que en un año entero y las cifras no hacían más que aumentar. Las casas de curación no conseguían contener a más enfermos y lo mismo sucedía con los dos hospitales e incluso con el orfanato, que se había quedado, en unos días, sin las tres cuartas partes de su alumnado.

Casi todos los supervivientes habían preferido marcharse de Civitavecchia antes que seguir los pasos de sus familiares muertos. La misma enfermera había tenido que despedirse de Laura y Cristina, sus hijas de seis y ocho años, y enviarlas a la casa de campo que tenía su tía a las afueras de Cerveteri, pero al menos le quedaba el consuelo de que no hubieran acabado como la niña que descansaba bajo la sábana. La mala suerte no podía ensañarse más con ella, pensó mientras pasaba una a una las cuentas de su rosario. La muerte de su marido aún pesaba como una losa sobre su espíritu. Si su Domenico siguiera con vida, Carla no tendría que haber aceptado un empleo que la colocaba cada día al borde del sepulcro. Si hubiera…

Algo rompió el hilo de sus pensamientos. Al levantar la cabeza, vio una sombra que acababa de recortarse contra la puerta de la enfermería y no pudo reprimir un suspiro mientras se ponía en pie. Debía de ser el empleado de la morgue que venía a llevarse a la niña: era un hombre no demasiado alto, con un pecho robusto y una cara amable que a duras penas se distinguía bajo su poblada barba, veteada por unas canas prematuras.

—¡Ya era hora! —dijo la señora Federici en el susurro que se había acostumbrado a usar durante la cuarentena. Casi parecía un sacrilegio hablar con normalidad en un sitio tan desolador—. Pensaba que no vendría nunca. ¿Qué ha ocurrido?

—Discúlpeme —dijo cortésmente el hombre, desprendiéndose de su boina—. No se hace una idea del trasiego que hay. Casi no se puede avanzar en medio de tantos coches.

—La gente está desesperada por abandonar la ciudad. Pronto se quedará despoblada.

«Y no me dará ninguna pena que sea así —pensó la enfermera con amargura—. No pienso volver a pisar este antro por mucho que me paguen».

—Tenía entendido que el doctor Tosso era el encargado de esta sección —comentó su compañero después de unos segundos de silencio—. Confiaba en poder cruzar unas palabras con él.

—Tosso ha tenido que marcharse con los demás médicos. Hay una enorme cantidad de papeles por firmar. Le asombraría saber cuántos problemas burocráticos causa la muerte.

—¿Y no quedan más enfermeras? ¿Es usted la única que sigue aquí?

—Suena heroico, ¿verdad? En realidad, no me ha quedado más remedio. Soy la última a la que contrataron antes de la peste. Eso me convierte en la que menos derecho tiene a protestar, aunque no dejo de pensar en mis hijas. Sobre todo teniendo delante a esa criatura. —Señaló con la barbilla el pequeño montículo cubierto por la sábana—. Supongo que será mejor acabar cuanto antes. Sígame…

Lo condujo por entre las hileras de camastros hasta detenerse junto al único ocupado. Dudó antes de levantar la sábana, aunque, si alguien le hubiera preguntado por qué, no habría sabido contestar. No era por miedo a la muerte; había tenido que acostumbrarse a tener cadáveres cerca si era la única manera de dar de comer a Laura y Cristina. Sacudió la cabeza, repitiéndose que estaba comportándose como una tonta, y se obligó a apartar la sábana.

Pudo oír cómo el hombre contenía el aliento y no le costó adivinar el motivo. No parecía encontrarse muerta… Tenía la piel blanca como la nieve, en lugar de amarillenta como la mayoría de apestados. El cabello rubio le llegaba hasta más allá de la cintura y caía en desordenadas guedejas sobre su pecho, enmarcando un rostro que podría haber adornado una cantoría de Donatello, un rostro de una belleza demasiado dolorosa para ser humano. El hombre se acercó en silencio a la cama y, aunque no dijo ni una palabra, supo que compartían la misma fascinación.

—Era bonita, ¿verdad? —musitó la señora Federici—. Habría sido muy guapa si hubiera vivido unos años más. Me imagino a los hombres haciendo toda clase de locuras por ella. Una italiana tan rubia, tan pálida…

—Sin duda era el orgullo de sus padres —susurró su acompañante—. ¿Qué fue de ellos?

—Murieron la semana pasada, los dos. No pudieron despedirse de su hija. —La señora Federici sacudió la cabeza con tristeza—. Al menos no ha tardado demasiado en seguirlos. Ha sido lo mejor, ya que la pobre sufría muchísimo. A una se le parte el alma en estos casos. A las seis menos veinte dejé de oír su respiración y…

—Es injusto —dijo el hombre. A la señora Federici le sorprendió darse cuenta de que se le habían humedecido los ojos, que eran de un profundo azul.

—¿A qué se refiere? ¿A que tengamos que ver morir a niños tan pequeños?

—No —replicó él—, a que algunas madres puedan partir antes de presenciar cómo la muerte les arrebata lo que más quieren. Eso es un privilegio.

La enfermera parpadeó mientras el hombre se inclinaba más sobre la pequeña. Alargó una mano para acariciar su revuelta melena, deshecha en destellos de oro bajo el sol, y colocó las puntas de los dedos sobre sus párpados. Al levantarlos cuidadosamente, vio que sus ojos también eran azules, aunque habían perdido su brillo. Parecían los de una muñeca abandonada por su dueña en un trastero oscuro.

—Preciosa —oyó susurrar al hombre. Dejó que sus párpados volvieran a velar sus pupilas—. Perfecta —siguió diciendo—, y tan muerta como el clavo de una puerta.

Entonces la envolvió con delicadeza en la sábana, asegurándose de que la sucia tela la cubría por completo, y se incorporó con ella en brazos. No parecía acusar su peso más de lo que lo haría con un recién nacido. «Dentro de unos días no quedará nada de ti —pensó la enfermera mientras la pequeña cabeza se balanceaba inanimadamente—, nada más que unos huesos aplastados por un montón de tierra sobre el que nadie te dedicará un epitafio». Se sorprendió al sentir que una lágrima le resbalaba por la cara y se apresuró a secársela dando la espalda al hombre.

—Me imagino que la llevarán a la misma fosa que a sus padres. Pasará un tiempo antes de que la gente de Civitavecchia se atreva a acercarse, pero para entonces no habrá nada que les recuerde lo ocurrido en este hospital. Además… —Se quedó callada al darse cuenta de que estaba hablando sola: el hombre y la niña habían desaparecido como por arte de magia—. ¿Oiga? —llamó en voz alta—. ¿Se ha ido ya?

Nadie le contestó. La señora Federici dio unos pasos entre los camastros. Se agachó para mirar bajo las estructuras de hierro y se asomó a la puerta que comunicaba con el resto del hospital, pero no se encontró con nadie ni vivo ni muerto. Era como si la tierra acabara de tragárselos, como si lo hubiera imaginado todo.

«Qué tipo más extraño. —Se encogió de hombros—. Me pregunto por qué no nos lo habían enviado antes. Parecía muy comprensivo». Estaba a punto de regresar a su silla cuando oyó lo que había intentado captar antes: unos pasos en el corredor.

Se acercó de nuevo a la puerta. Esta vez no era un hombre el que se acercaba a la enfermería, sino dos; y saltaba a la vista que estaban extenuados por la ascensión desde la ciudad. Unas enormes manchas de sudor salpicaban sus camisas arremangadas.

—… y dile que por el momento no prepare más ataúdes. Esta gente no los necesita tanto como los demás. Unas cuerdas para atar la sábana antes de que les echen la cal y…

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó la enfermera—. ¿Qué hacen aquí?

Los desconocidos se detuvieron. El de edad más...



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