E-Book, Spanisch, 712 Seiten
Álvarez La voz de Amunet
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17834-73-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 712 Seiten
ISBN: 978-84-17834-73-9
Verlag: NOCTURNA
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Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Tras la publicación de sus primeras novelas -Hojas de dedalera (Versátil, 2011) y Las Eternas (Versátil, 2012)-, en 2014 inició la trilogía Dreaming Spires con Tu nombre después de la lluvia (Lumen), que continuó en Contra la fuerza del viento (Lumen, 2015) y El sabor de tus heridas (Lumen, 2016). En 2017 publicó La ciudad de las sombras (Nocturna), el comienzo de la trilogía Helena Lennox, cuya historia continúa en El príncipe de los prodigios (Nocturna, 2018). En 2018 publicó otras dos novelas independientes: Silverville (Nocturna) y La Costa de Alabastro (Alianza: Runas), y en 2019 ha salido La voz de Amunet (Nocturna), una historia ambientada en el Antiguo Egipto.
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1
Shaheen
El Cairo, 1799
quella noche tenía el color del lapislázuli y el resplandor de unas estrellas que recordaban a diamantes derramados de un joyero. El firmamento parecía contemplarse a sí mismo en el inabarcable océano de casas, del que sobresalían como islas las cúpulas cinceladas de los palacios y los alminares de las madrasas y las mezquitas; y mientras la ciudad permanecía sumida en un aparente sopor, una sombra más oscura que la noche y silenciosa como un gato saltaba de un tejado a otro en el barrio residencial de Esbekiya.
Si alguien se hubiera atrevido a asomarse a la calle, sin duda habría presenciado una curiosa estampa: un muchacho de dieciocho años pequeño y delgado como un niño, con una cabellera ensortijada por debajo de las orejas y una mancha blanca en la mejilla izquierda que recordaba vagamente a un halcón. Habría que tener, no obstante, una vista prodigiosa para fijarse en él, ya que su blusón y sus bombachos oscuros, tan remendados que costaba saber de qué color habían sido, casi le hacían parecer invisible.
En circunstancias normales, el palacio que Shaheen se disponía a asaltar estaría custodiado por una docena de guardias armados, pero esa noche poseía la quietud de un mausoleo. Lo único que se oía en las estancias situadas bajo sus pies era el lamento de las mujeres que el dueño de la casa, en su afán por huir de El Cairo, había dejado atrás.
—Casi todas las residencias de esta zona están desiertas, así que no creo que haya problemas —había susurrado su amigo Ahmed antes de separarse en el callejón. Era un par de años mayor que Shaheen y tan musculoso que siempre se sentía insignificante a su lado—. Prueba por el ala oeste; me han dicho que era la destinada al harén.
—Pero las esposas del jeque aún siguen ahí dentro —dijo Shaheen, ajustándose el fajín deshilachado alrededor del blusón—. Si alguna se da cuenta de lo que intento hacer…
—También seguirán ahí las joyas que no haya podido cargar en sus camellos. Sólo son mujeres, pequeño halcón. —Ahmed le dedicó una de esas sonrisas que hacían que se le secara la garganta—. Ninguna se atrevería a plantarle cara a un saqueador armado.
Mientras empezaba a descolgarse de una arquería a otra, agarrándose a molduras con arabescos y posando los pies en repisas de alabastro, Shaheen pensó una vez más que aquello debía de ser lo único bueno que había traído la ocupación extranjera. Desde que las tropas de un tal Napoleón Bonaparte habían entrado en la ciudad el año anterior, los dirigentes mamelucos que habían estado gobernando un Egipto convertido en provincia del imperio otomano habían puesto pies en polvorosa, dejando sus palacios en manos de los farengi, como llamaban a los invasores de piel blanca y ojos de agua, y ladronzuelos locales como ellos dos, dispuestos a arriesgar una mano a cambio de un puñado de oro.
Desde el oscuro patio, los sollozos de las mujeres eran aún más audibles y Shaheen se las imaginó tendidas sobre las alfombras del harén, con sus velos de gasa adornados con cuentas y sus vestidos de brocados. Detrás de una de las ventanas más alejadas no brillaba ninguna lámpara, de modo que se deslizó sigilosamente hacia allí para forzar, con su fiel daga de acero de Damasco, una celosía tan delicada que parecía hecha de encaje.
Ahí no encontrarás nada de valor —sonó de repente dentro de su cabeza—, a menos que pretendas vender a mis nueras como esclavas. No merece la pena ni que lo intentes.
Shaheen se detuvo en el acto. La voz que acababa de oír era femenina, algo quebradiza…, como la de una anciana que llevara demasiado tiempo sin hablar con nadie.
—¿Quién eres tú? —preguntó en un susurro.
Alguien que te observa desde que te subiste a nuestro tejado —respondió ella con la mayor naturalidad—. Supongo que es lo que mejor se me daba cuando aún estaba viva: espiar a través de los agujeros de las celosías.
Shaheen se mordió el labio, tratando de disimular su impaciencia. Habían pasado once años desde la primera vez que le habló un espíritu, en circunstancias que preferiría no tener que recordar, pero la aprensión que le hacían sentir esos encuentros seguía sin remitir del todo. Que captase las voces de aquellos que ya habían partido era peligroso, algo sobrenatural de lo que no hablaba el Corán y que por tanto, en opinión de Shaheen, tenía que ser cosa de los yinns, los genios invisibles que poblaban las leyendas.
Sin embargo, su extraño don también tenía sus ventajas. Muchos espíritus se habían quedado anclados a esa dimensión por culpa de sus familiares, y echar una mano a quien quisiera robarles era su peculiar modo de vengarse…, como parecía suceder en aquel caso.
—Me imagino que serías una de las mujeres del harén —siguió diciendo mientras se guardaba la daga dentro del fajín—. ¿Una de las esposas del jeque, una de sus hijas…?
Una madre que debería haberle dado más zapatillazos para meterlo en vereda, de haber sabido la clase de cretino en la que se convertiría.
Esta vez no pudo contener una sonrisa; en ocasiones era imposible que le cayeran mal, por muy muertos que estuviesen.
—He oído decir que el dueño de la casa se marchó a Palestina con sus sirvientes la semana pasada —susurró.
Por eso estás tú aquí, ¿no?
Le pareció oír un bufido por encima del jamsin, el viento procedente del desierto que arrastraba remolinos de arena por el patio.
Huyó como un cobarde en cuanto el ejército extranjero puso un pie en la ciudad. Abandonó a sus esposas y concubinas, sin importarle lo que pudieran hacerles nuestros enemigos, y desapareció en plena noche sin despedirse de nadie. Por suerte para la familia, mi esposo confiaba aún menos que yo en el sentido común de nuestro hijo y se aseguró de dejar fuera de su alcance la mayor parte de mis joyas después de mi muerte.
Esto hizo que Shaheen enderezara las orejas como un zorro. Ahí tenía la oportunidad que estaba buscando: servirse del rencor de quien ya no tenía nada que perder.
Bien pensado, puede que tu aparición haya sido providencial —continuó la anciana tras unos segundos en los que no se oyó nada más que los gimoteos de las mujeres—. Tras el fallecimiento de mi marido, no quedó nadie que supiera la localización de todas esas alhajas. Si te comprometes a dejar la mitad donde mis nueras puedan dar con ellas, para que empiecen una nueva vida lejos de El Cairo, te revelaré dónde están escondidas.
—¿Y de dónde sacas que voy a aceptar ese trato? —protestó Shaheen, tratando de tomar las riendas del asunto—. ¿Qué te hace pensar que no me marcharé con tus cosas?
Un criminal no habría entrado a escondidas como has hecho tú a sabiendas de que sólo queda un puñado de mujeres en la casa. Lo siento, pero no engañas a nadie con ese ceño.
Con un gruñido malhumorado, Shaheen se apartó a regañadientes de la celosía y, siguiendo las instrucciones del espíritu, avanzó por el sombrío lateral del patio hasta dejar atrás las estancias del harén. Tampoco parecía haber guardias en esa parte del recinto ni en el diminuto jardín rebosante de palmeras y jazmines al que le condujeron sus pasos.
Una fuente de mármol se erguía en el centro, aunque daba la impresión de llevar bastante tiempo sin agua. El viento había depositado pequeñas montañas de arena en el interior. Ahí —indicó la voz cuando Shaheen se detuvo—. Dentro de la pila, bajo el suelo…
—¿Escondisteis un tesoro en la fuente? —se sorprendió Shaheen, observando los mosaicos de colores del fondo—. Pero ¿qué pasaba con él cuando la llenabais de agua?
Precisamente, que a nadie se le ocurría sospechar que hubiera algo dentro. Busca entre la arena, en la parte de la derecha cercana al brocal, donde hay un azulejo suelto.
Sin poder ocultar su extrañeza, Shaheen se metió en la fuente y empezó a escarbar en el desierto en miniatura. Fue revelando rosetones de teselas azules y plateadas hasta que, al apartar uno de los montículos con el pie, algo más se desplazó bajo su zapatilla.
Ahí está.
Uno de los azulejos se había hundido hacia un lado y debajo se distinguía un objeto revestido de cuero. Cuando apartó la loseta con cuidado, vio una arqueta tan infestada de moho que no pudo evitar arrugar la nariz al sacarla del agujero.
Pese a que el agua de la fuente se hubiera colado en el interior, su contenido seguía reluciendo de tal modo que se quedó sin habla.
No se te ocurra olvidarte de tu promesa.
—Descuida —murmuró Shaheen. Los dedos le temblaron al sumergirlos entre los adornos de oro; había brazaletes con esmeraldas incrustadas, sartas de perlas enredadas entre sí, anillos cuyos diamantes habían sido colocados formando una rosa…—. Nunca había visto nada igual. —Cogió con cuidado un pendiente, observando cómo la cascada de pedrería brillaba en la penumbra—. Cada una de estas piezas debe de valer una fortuna.
Pues espero que os sirvan de provecho a tu amigo y a ti. Al menos, así evitaremos que se oxiden dentro de una caja.
Con los ojos haciéndole chiribitas aún, Shaheen sacó unas bolsas de su blusón y las llenó con el contenido de la arqueta; luego devolvió esta a su escondite y lo cubrió con el...




