E-Book, Spanisch, Band 2, 696 Seiten
Reihe: La guerra de Gaiatra
Álvarez La Rebelión de Cameroth
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-73-1
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Segunda parte de La Conjura de Aramat
E-Book, Spanisch, Band 2, 696 Seiten
Reihe: La guerra de Gaiatra
ISBN: 978-84-18440-73-1
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Tras la publicación de sus primeras novelas --Hojas de dedalera y Las Eternas--, escribió las trilogías Dreaming Spires (compuesta por Tu nombre después de la lluvia, Contra la fuerza del viento y El sabor de tus heridas) y Helena Lennox (La ciudad de las sombras, El príncipe de los prodigios y El incienso de los espíritus), así como las novelas independientes Silverville, La Costa de Alabastro y La voz de Amunet. Recientemente se ha embarcado en la publicación de sus primeras series fantásticas: La guerra de Gaiatra (compuesta por La Conjura de Aramat, La Rebelión de Cameroth y un último tomo de próxima publicación) y Penelope Quills (cuyas dos primeras entregas son La sirena perdida y Las hijas del hielo).
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CAPÍTULO 1
De todo cuanto el anciano conde de Alhazara había hecho por Cameroth, de todas las adulaciones a la Casa Real, las promesas de lealtad al Priorato de la Razón y la docilidad (y algún que otro soborno) con que había servido al Parlamento, nada le había dolido tanto como la humillación de que los primeros caídos a manos del sur fueran de los suyos.
Habían pasado tres meses desde que Marjannah al’Sairahr, la serenísima sultana de Aramat, había declarado la guerra a sus vecinos norteños después de que su única hija y heredera muriera por culpa del difunto rey Reginald Darlington. Nada más conocerse la noticia, el conde supo lo que se les venía encima, sobre todo porque no era la primera vez: al encontrarse tan cerca de la frontera, Alhazara había cambiado más veces de bando que una cortesana de corpiño, lo cual no parecía algo que los demás aristócratas estuviesen dispuestos a olvidar. «Quien una vez fue aramatí morirá aramatí», había oído decir a menudo en el Parlamento, donde el color de piel de su condado era una prueba más que suficiente de que no convenía confiar en un alhazarino así como así.
Probablemente fuera esa la razón por la que en Brigantia, la capital del reino, nadie se inmutó cuando las tropas de la sultana Marjannah comenzaron a asediarlos: debían de haber imaginado desde el principio que Alhazara era una causa perdida. Hacía casi un mes que los estandartes con el sol de Shamaya se extendían por el horizonte, detrás de la muralla natural del bosque de Salahamad, y ninguna de las negociaciones había surtido efecto, para desesperación del conde. Apenas unas horas antes, la capitana que se hallaba al mando, una tal Khadiya, había enviado un ultimátum a la antigua ciudadela: si durante el transcurso de esa noche Alhazara no se rendía, sus tropas caerían sin piedad sobre ella.
Y entonces, cuando empezaba a pensar que sus horas estaban contadas, alguien se presentó en el umbral del castillo. Alguien que había atravesado la ciudadela como si la conociera mejor que el conde, pero cuyo aspecto no podía ser menos camerotiense.
—Vengo a ofreceros una solución. —Aquel hombre era altísimo, aunque resultaba imposible adivinar su edad: tenía la cabeza envuelta en un pañuelo, como solían hacer al otro lado de los Eslabones del Sur, y ni siquiera se le distinguían los ojos—. Es demasiado tarde para que el ejército se retire, pero aún podéis salir de esta con algo de dignidad.
No dijo en ningún momento «mi ejército», pero el conde no albergaba dudas acerca de su procedencia: por si el pañuelo no fuera suficiente, iba envuelto en una capa igual de raída entre cuyos pliegues asomaba la empuñadura de una cimitarra.
—Si de verdad os importa el futuro de vuestro condado, batíos conmigo a las seis de la mañana en la trasera del castillo —continuó—. He dado instrucciones para que, si me vencéis, los aramatíes se retiren de inmediato. Por el contrario, si soy yo quien os vence, entregaréis Alhazara a la sultana Marjannah sin tener que librar batalla.
—¡No sé quién se ha creído que es, pero se necesita mucho más para asustarnos! —respondió el conde, pese a habérsele secado la garganta—. Estamos preparados para plantarles cara y tenemos refuerzos de so…
—Tenéis menos de ocho mil soldados alhazarinos y apenas un millar más procedente de las aldeas. La mayoría reclutados a la fuerza, sin haber tocado un arma en su vida y medio muertos de hambre tras el asedio. El ejército aramatí cuenta con más de cien mil efectivos y solo la quinta parte se encuentra al otro lado del bosque. —El desconocido se cruzó de brazos—. Si me gustara apostar, no lo haría precisamente por vos.
Al conde le temblaron las puntas del bigote, pero no se le ocurrió qué responder, ni tampoco a sus hijos. Durante casi un minuto, todos guardaron silencio.
—¿Qué diantres pretende conseguir con todo esto?
—Creía habéroslo dejado claro: evitar un choque entre nuestros ejércitos. Os estoy dando la posibilidad de resolver este conflicto de la manera menos sangrienta.
—Sí, eso ya nos lo ha dicho, pero ¿qué es lo que realmente pretende? ¿Por qué un soldado arriesgaría su vida por una tirana que no sabe lo que es la compasión?
Pero el desconocido ya había girado sobre sus talones, seguido por su capa deshilachada, y lo último que le oyeron decir fue «mañana, a las seis» antes de sumergirse en la niebla.
Aquella noche nadie pegó ojo en el castillo, ni en las estancias de los criados ni en los antiguos salones, cuyas cristaleras, por culpa de los bramidos de la condesa, casi estallaron en pedazos. Finalmente, cuando su cabeza amenazaba con correr la misma suerte, el conde se encerró en la biblioteca para tomar una decisión, con cada repiqueteo de los relojes que tanto le gustaba coleccionar resonando como un espadazo en su mente.
—Lo haré yo —se ofreció su segundo hijo a eso de la medianoche, cuando resultó evidente que Brigantia no pensaba acudir en su ayuda—. Ese andrajoso está convencido de que somos demasiado cobardes para aceptar. Si me hubiera visto el invierno pasado en Preslea, durante el campeonato de tiro de su majestad, no se habría mostrado tan gallito.
—Esto no tiene nada que ver con nuestros torneos, Roland —le recordó su padre—. Un hombre como ese no sabrá lo que son las reglas ni el protocolo…
—Tampoco sabrá disparar siendo de Aramat —replicó el muchacho—. Allí no han oído hablar de los revólveres Oxcaster; me imagino que atacarán con palos, cerbatanas…, lo que consigan rapiñar del desierto. Además —Roland abrió la caja de las pistolas de su padre, colocada sobre la repisa de la chimenea—, a nosotros también nos vendrá de maravilla que no haya reglas. Creo que se llevará una sorpresa.
Para cuando los cuatro abandonaron el castillo, acompañados por el mayordomo y media docena de criados, el sol empezaba a vislumbrarse como una moneda de nácar entre la niebla que seguía lamiendo la ciudadela. El desconocido estaba esperándoles en el lugar convenido, arrebujado en la misma capa salpicada de remiendos.
—Habéis venido. —No había ni rastro del ejército invasor a sus espaldas, entre la espesura del bosque de Salahamad. «Esto cada vez tiene menos sentido», pensó el conde, empapado de sudor pese al frío que hacía. «Es como si no se plantease la posibilidad de morir»—. Doy por hecho que estos hombres serán vuestros testigos.
—Es un consuelo que al menos conozcáis esa costumbre —repuso Roland, y empezó a desabrocharse la levita. El aramatí, por su parte, se limitó a echar sobre sus hombros el borde de la capa—. James, acércate —ordenó a uno de los criados—. Al haber sido retado, tengo derecho a escoger el arma…
—Y supongo que la cimitarra no estará entre vuestras opciones.
El desconocido, no obstante, no puso impedimentos; solo sacó uno de los revólveres de la caja y, después de asentir a Roland, se colocaron espalda contra espalda. El ruido de sus botas sobre la hierba volvió a hacer pensar al conde en el de los relojes (¿de dónde salía todo ese eco, como si Cameroth entero contuviera el aliento?), hasta que los combatientes se encontraron a veinte pasos de distancia.
Cuando ambos se detuvieron, el viento también pareció hacerlo, y hasta la niebla dio la impresión de imitarles. El conde aguardó con el corazón en un puño mientras, todavía de espaldas, los dos hombres alzaban sus revólveres, aunque no les dio tiempo a volverse: a una señal de Roland, algo se movió entre la espesura.
Dos cañones asomaron entre las ramas de un roble, pero no tan rápido como para que el aramatí no lo notase: antes de que consiguieran apuntarle, había girado sobre sí mismo y abatido a los atacantes de sendos disparos. Cuando uno cayó al suelo, ahogando un grito de dolor, el conde reconoció a uno de los muchachos de los establos instantes antes de que su propio hijo fuera abatido.
«¡Roland!», dejó escapar mientras corría hacia él. Sus hermanos se apresuraron a seguirle, con las caras blancas como la cal, hasta que repararon en algo que les hizo detenerse.
Roland no estaba muerto, ni siquiera malherido. El disparo lo había alcanzado en el pecho, pero, cuando el anciano le desabrochó el chaleco, vio que no había rastro de sangre: solo una inconfundible quemadura de éter.
Definitivamente, aquel tipo sabía cómo funcionaban los revólveres Oxcaster, al menos en cuanto a la posibilidad de aturdir en vez de matar. Al girar la cabeza, el conde descubrió que los criados apostados por Roland también volvían en sí entre gimoteos.
—Puede que haya pecado de credulidad —oyó acercarse los pasos del aramatí—, pero supuse que los valientes hombres de Alhazara no se plantearían atacar por la espalda. No cuando se trata de un lance de honor.
Ahora el sol se hallaba más alto, asomando a través de un jirón abierto en la niebla y, cuando incidió en los ojos que asomaban entre el pañuelo, el conde descubrió que eran azules. «Por la Razón, ¿desde cuándo un aramatí tiene esos ojos?».
—Si aún recordáis lo que significa esa palabra, cumpliréis los términos acordados: regresaréis a la ciudadela y daréis orden de deponer las armas, y Alhazara pasará a manos de Marjannah al’Sairahr como os prometí: sin una gota de sangre.
—Obedeceremos…, obedeceremos ahora mismo —prometió el anciano, demasiado abrumado para hacer...




