E-Book, Spanisch, Band 2, 544 Seiten
Reihe: Helena Lennox
Álvarez El príncipe de los prodigios
4. Auflage 2022
ISBN: 978-84-17834-75-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Continuación de la ciudad de las sombras
E-Book, Spanisch, Band 2, 544 Seiten
Reihe: Helena Lennox
ISBN: 978-84-17834-75-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Victoria Álvarez (Salamanca, 1985) es historiadora del arte, trabaja como profesora en la Universidad de Salamanca y está especializada en literatura artística del siglo XIX. Ha publicado más de una docena de novelas de diversos géneros y recientemente se adentró por primera vez en la literatura fantástica con La Conjura de Aramat (Nocturna, 2020) y Penelope Quills: La sirena perdida (Nocturna, 2021), este último primera parte de una serie sobre sirenas ambientada en el siglo XIX e ilustrada por Judit Mallol.
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PRÓLOGO
Hay una habitación en Egipto en la que la muerte reina como soberana absoluta.
No está en el corazón de una pirámide ni enterrada bajo la arena del Valle de los Reyes. Tampoco tiene una maldición escrita sobre el dintel ni la puerta ha sido sellada con los cartuchos de los faraones que descansan en su interior. Aun así, estoy segura de que infunde más respeto en los corazones de sus visitantes que cualquier tumba egipcia.
He visto sus expresiones cuando entran aquí. Sus pasos inseguros, el modo en que tragan saliva antes de inclinarse sobre los cuerpos. La incredulidad que les produce pensar que de todos ellos, venerados en su día como auténticas divinidades, no quede ahora más que un puñado de huesos. Ninguno lo reconocerá en voz alta, pero sé que muchos se encuentran en tensión durante toda la visita, como si temieran que un miembro vendado se moviera de repente para seguir dando órdenes a los que los rodean.
Supongo que eso es lo más aterrador: darte cuenta de que a la muerte no puede importarle menos lo grande que hayas sido en vida, las batallas que hayas podido ganar o lo mucho que te hayan temido. Es condenadamente democrática, nos guste o no.
—Me pregunto qué haría Ramsés II si se despertara de golpe en esta habitación en lugar de en su sepultura —dijo en voz baja Laila, mi asistente en el Museo Egipcio de El Cairo, mientras supervisábamos el traslado de los veintisiete cuerpos reales a las nuevas vitrinas que el director había mandado instalar en la Sala de las Momias aquella semana.
—Probablemente buscaría un hacha para decapitarnos, como en los relieves de Abu Simbel —contesté cruzándome de brazos—. No creo que le gustaran demasiado los ochenta.
Daba igual lo familiarizada que estuviera con aquella momia: su aspecto volvió a maravillarme cuando el personal del museo apartó cuidadosamente la sábana en la que la habían envuelto. Ahí estaba el Elegido de Ra, soberano del Alto y el Bajo Egipto, rico en años y grande en victorias…, convertido en un amasijo de huesos resecos más dignos de lástima que de admiración. No era muy distinto de los ancianos esqueléticos con los que uno podía cruzarse en cualquier calle de El Cairo, salvo por el cabello, por supuesto.
—Reconozco que aún me cuesta imaginarme a un faraón pelirrojo —susurró Laila mientras cuatro de los operarios, tras agarrar por las esquinas revestidas de aluminio la cubierta de cristal, procedían a colocarla poco a poco sobre la momia—. Han pasado tres mil doscientos años desde su muerte y sigue pareciendo recién salido de la peluquería…
—Dios, Laila, eres aún peor que yo a tu edad —resoplé mientras ella se echaba a reír detrás de su mascarilla protectora—. Con esto sí que te habrías ganado un buen hachazo.
«Aunque no somos las únicas irreverentes que hay por aquí», pensé cuando el eco de unos pasos me hizo girarme hacia la puerta. Ruth, la joven contratada por Brown & Wilkes para escribir mi biografía, acababa de detenerse en el umbral, con su cuaderno de notas apretado contra el pecho y una expresión recelosa en sus ojos circundados de rímel.
—Mira quién está ahí: mi escriba particular —murmuré, lo que provocó que Laila apartara la vista de Ramsés—. ¿Para qué diantres ha venido si le dan tanta aprensión las momias?
—Probablemente quiera consultarle alguna duda sobre la biografía —contestó Laila.
—Pues ya puedo despedirme de los faraones hasta mañana. Con esta mujer nunca funciona eso de «sólo tengo media hora». —Le di unas palmaditas en el hombro antes de dirigirme hacia la puerta—. Cuida de nuestros chicos por mí, especialmente del pelirrojo.
Habían colocado una barrera en la entrada para impedir el paso a los visitantes y la aparté a un lado para salir al corredor. Ruth me esperaba sentada en un banco, una visión anacrónica en su vestido vaquero sin mangas con el que aun así seguía sudando a mares.
—Siento haberla interrumpido, Helena —se disculpó cuando me reuní con ella—. No sé qué es lo que están haciendo ahí dentro, pero parecen unas cirujanas a punto de operar.
—Yo diría que nuestra labor se parece más a la de los forenses. —Me desabroché la bata blanca y me quité la mascarilla, pasándome una mano por el pelo canoso—. Desde hace unos días, el museo está sustituyendo las antiguas vitrinas de las momias por otras más modernas. Aparte de protegerlas mejor de los microorganismos, la humedad y demás, cuentan con unas válvulas que permiten la introducción de nitrógeno para… —Me detuve cuando ella enarcó una ceja—. Es igual; ya te enterarás por los periódicos. Vamos a tomarnos algo en mi despacho; a las cinco y media la cafetería suele estar abarrotada.
Me alegré de que Laila no se encontrara con nosotras para no tener que aguantar su sonrisita de suficiencia. «Se está encariñando con ella», me había advertido la tarde anterior cuando estuvimos hablando de Ruth, y el problema era que tenía razón: pese a los esfuerzos que hacía cada día para mantenerme en mis trece, la condenada muchacha estaba empezando a caerme bien. O por lo menos lo estaba haciendo hasta aquella tarde.
—Me extrañó que no vinieras a cenar anoche —dije mientras la conducía al vestíbulo de la planta baja, en el que las majestuosas estatuas de los faraones parecían sonreír al sol con sus labios de piedra—. ¿Te pasaste el día entero pegada a la máquina de escribir?
—En realidad no pude avanzar demasiado. Pensaba acabar con las correcciones del último capítulo, pero me entretuvieron tanto en la embajada que me resultó imposible…
—¿En la embajada? —pregunté sorprendida—. ¿Es que ha ocurrido algún imprevisto?
—No me refería a la inglesa, sino a la india situada en Abu Al Feda. Necesitaba que me aclararan algunas cosas sobre la familia real de Jaipur. Concretamente, sobre Arshad Singh.
Aquello me hizo detenerme tan bruscamente que uno de los operarios, que bajaba detrás de nosotras con una enorme caja de cartón, estuvo a punto de tropezar conmigo.
—Entiendo. —Fui consciente de lo distinta que sonaba mi voz ahora—. Y en vez de preguntarme a mí, decidiste buscar respuestas en un lugar en el que no me conocen de nada. ¿Por qué no le pides al embajador que te ayude con tu maldito libro?
—Sabía que esto le sentaría como un tiro —suspiró Ruth. Eché a caminar de nuevo, hecha una furia, y la muchacha se apresuró a seguirme—. ¿Tanto le cuesta entender que quiera consultar otras fuentes cuando se trata de un asunto que atañe a terceras personas?
—Por el amor de Dios, ¡no me hagas reír! —Le lancé una mirada fulminante—. Te has metido en mi casa, te he dejado cotillear todo cuanto has querido, has humeado entre los recuerdos de personas que llevan décadas muertas, ¿y tienes la poca vergüenza de decir…?
No obstante, me callé cuando Ruth, tras rebuscar dentro de su cuaderno, sacó de entre las páginas un sobre de plástico con un papel en su interior. Sólo cuando lo desplegó ante mis ojos reparé en que se trataba de un recorte de prensa.
—Es una página arrancada del Corriere di Napoli del 27 de febrero de 1924 —me dijo después—. Según tengo entendido, usted se encontraba por aquel entonces en la ciudad.
—Efectivamente, pero ya estuvimos hablando de eso la semana pasada. El Museo Británico planeaba organizar una exposición conmemorativa de los descubrimientos de Pompeya y mis padres actuaron como intermediarios con el director de las excavaciones…
—Ya sé que esa fue la versión oficial; he hablado del asunto en el capítulo dedicado a su adolescencia. Pero ¿qué tiene que ver esto con lo que fueron a hacer allí? —Volvió a sacudir el papel amarillento—. Lo he encontrado en la caja de lata en la que guarda los recortes de periódico. Según dice aquí, una persona fue asesinada en Nápoles durante esos días, muy cerca de donde se alojaban sus padres y usted. Y al cabo de dos semanas, ocurrió lo mismo. —Ruth sacó un segundo papel del sobre de plástico—. «13 de marzo de 1924: detenido el asesino de Spaccanapoli». ¿Qué se supone que significa esto, Helena?
—Estarás de acuerdo conmigo en que los titulares son espectaculares —me limité a responder, pero como ella no se inmutó, añadí—: ¿Tan extraño te resulta que quisiera conservar esos recuerdos? Sólo tenía diecisiete años, no era más que una cría morbosa…
—Si se tratara simplemente de eso, no le habría dado mayor importancia. Pero, si el supuesto asesino era alguien de quien usted me habló hace unos días, a quien conoció en la India y por quien sentía tanto afecto…, entenderá que no me parezca una casualidad.
De nuevo nos quedamos en silencio, sosteniéndonos la mirada mientras la riada de turistas que subía a las salas de Tutankamón amenazaba con arrastrarnos escaleras arriba.
—¿Para eso te presentaste en la embajada, para averiguar si tuve algo que ver con aquellas muertes? —pregunté por fin—. ¿Sólo por conocer a la persona a la que detuvieron?
—Sinceramente, no me creo que sea una coincidencia. Algo así no existe con usted.
—Entonces estamos de enhorabuena: la biografía va a ser un bestseller. Convence a Brown y Wilkes para que pongan en la cubierta algo así como «la arqueóloga...




