López | El enigma de Tiresias | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 3, 368 Seiten

Reihe: La Leyenda del Cíclope

López El enigma de Tiresias


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1120-321-0
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 368 Seiten

Reihe: La Leyenda del Cíclope

ISBN: 978-84-1120-321-0
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El miedo y la violencia se precipitan en Ypsilon, y la aparición de los Polimorfos es un duro revés que allana el triunfo de Némesis. La esperanza Rebelde se centra en localizar a Tiresias, aunque ello suponga forjar alianzas inesperadas y desafiar a la Esfinge. Némesis confía en las criaturas de Moira, cada vez más atroces e inteligentes, para ganarle la batalla al destino. Pero Dite impone sus propias reglas y la partida no ha hecho más que empezar.Descubre el vertiginoso desenlace de La Leyenda del Cíclope.

Nando López (Barcelona, 1977) es doctor cum laude en Filología Hispánica, novelista y dramaturgo y ha sido durante años profesor de Lengua y Literatura de Secundaria y Bachillerato. Desde joven se sintió atraído por el teatro, y en sus años universitarios participó en montajes como autor y como director, llegando a crear su propia compañía teatral con la que estrenó sus primeros textos. Con el tiempo, ha sabido conjugar su pasión por la literatura, el teatro y la enseñanza. Autor de relatos y de varias novelas, le llegó el éxito con La edad de la ira, finalista del Premio Nadal 2010, texto que adaptó más tarde a lenguaje teatral y que recorrió los escenarios españoles. Como autor de literatura infantil, ha sabido acercar el teatro a los más pequeños con títulos como La foto de los 10000 me gusta en la colección El Barco de Vapor. En los textos de sus novelas juveniles le gusta tratar temas como la inclusión, la homosexualidad, el acoso escolar y el impacto de las nuevas tecnologías, como muestra En las redes del miedo. Como autor para adultos ha publicado, entre otros títulos, Hasta nunca, Peter Pan o El sonido de los cuerpos. Una faceta que combina con el teatro y la no ficción con libros humorísticos sobre la realidad educativa muy populares entre la comunidad docente, como En casa me lo sabía o Dilo en voz alta y nos reímos todos. En la actualidad, combina la creación literaria con numerosos encuentros con lectores en colegios e institutos de toda España.
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1

DENUNCIAR, VIRALIZAR, HUIR


El miedo y la represión se habían adueñado de Ypsilon.

Tras la Revuelta de los Espejos, Némesis había endurecido aún más las represalias contra cualquiera que se atreviera a desafiar su poder, lo que obligó a los Rebeldes a extremar las precauciones. Ser prudentes era el único modo de llegar con vida hasta el final de la campaña electoral más sangrienta que se recordaba en el país.

–Estamos demasiado lejos de Geonia... –se quejó Penélope cuando llegaron a la Anticiudad donde se iba a celebrar su mitin–. Y no nos conviene dar la impresión de que tememos al Senado.

–No se trata de dar ninguna impresión –repuso Leda, que no soportaba las quejas de la candidata–, sino de sobrevivir. Lo sabes tan bien como yo.

Bajo las órdenes de Aracne, el equipo que las acompañaba comenzó a desplegar los Espejos que emplearían en aquella ocasión. A pesar de que su potencia era inferior a la de los que habían usado en el Taigeto, Calipso y Aracne habían conseguido desarrollar unos dispositivos lo bastante sofisticados como para servir de altavoz de sus palabras en cada uno de los mítines de Penélope. Además, gracias a los vídeos ilegales que circulaban sobre lo ocurrido en la Revuelta, se podía palpar gran expectación en los diferentes sitios de Ypsilon que visitaban.

Sin embargo, el acecho constante de los Cíclopes, que habían sido movilizados por todas las calles de Geonia, motivó pronto que los Rebeldes comenzaran a convocar a sus simpatizantes en las Anticiudades o, si había suerte, en alguno de los distritos más periféricos de la capital. Era Paris quien se encargaba de encriptar las coordenadas de cada convocatoria y de difundirlas a través de una red social de acceso restringido que no dejaba de crecer.

–Cada vez somos más –se alegró Penélope al comprobar las cifras de ypsilianos suscritos antes de salir a pronunciar su discurso–, nuestro mensaje sigue calando.

–También es peligroso –Calipso odiaba ser una aguafiestas, pero sentía la responsabilidad de enfriar los ánimos para que nadie olvidase la precariedad de su situación–. Cuanta más gente asiste, más visibles somos. Y ni siquiera estamos seguras de que no haya algún infiltrado del Senado entre ellos...

–Por eso redujimos la duración de los mítines –se defendió la candidata Rebelde–. En los quince minutos que dura uno de nuestros actos, es difícil que los Cíclopes puedan atacarnos.

–Sigue siendo un riesgo...

–¿Quieres que lo dejemos? –preguntó Penélope, desconcertada.

–No. –Calipso deseaba zanjar de una vez aquella discusión–. Lo que quiero es que no perdamos la perspectiva. Si nos confiamos, acabaremos siendo vulnerables.

–O algo peor –sentenció Leda.

Aracne estuvo a punto de intervenir, pero prefirió no hacerlo. Desde que Calipso había asumido el poder, se había establecido entre ellas una dinámica en la que no acababa de encontrar su lugar. Ya no sabía si era su compañera o su subordinada, ni tampoco estaba segura de que la intimidad entre ellas dos no se hubiese visto dañada por ese cambio de papeles.

De cualquier modo, el ritmo frenético en el que los había sumido la persecución del Senado no dejaba tiempo para las pausas reflexivas, sino que las empujaba a una acción constante que siempre seguía el mismo patrón: denunciar, viralizar, huir. Tres pasos que debían repetir durante los días que aún faltaban hasta las elecciones: denunciar la censura y el despotismo de Némesis, viralizar los crímenes de su Ciclo del Terror y huir antes de que los Cíclopes pudiesen arrastrarlos hasta el Hades. El bucle se repetía de tal modo que habían llegado a tener la sensación de que cada día debían rehacer lo que, por culpa de la propaganda y las medidas represivas de Ypsilon, se deshacía por la noche.

–Hace días que propuse que las acciones fueran solo virtuales –apostilló Leda, a la que preocupaba que sus fuerzas se agotasen antes de tiempo–. Sabemos que es imposible ganar esas elecciones, así que deberíamos evitar exponernos tanto. Los Espejos cumplieron su objetivo, ¿no? Pues basta con seguir alimentando desde las redes esa llama que ya hemos prendido en todo el país.

–No es suficiente –la corrigió Penélope–. Las revoluciones en pantalla son muy cómodas, pero no cambian nada. Basta con unos cuantos clics para que la gente piense que ha cumplido, pero lo que necesitamos es que llenen las calles y que se sumen a nosotras. Si no, ¿cómo vamos a plantarle cara al Senado?

Si Leda no respondió no fue porque no supiese cómo, sino porque no quería decir lo que estaba pensando.

Aquello era algo que ya había discutido con Calipso. Incluso con el propio Dédalo, antes de su muerte. Pero ellos siempre apelaban a una situación utópica en la que lograrían que todo Ypsilon viera con claridad los engaños de Némesis y se alinease a favor de Ítaca. Eso, sin embargo, requería hechos y certezas mucho más contundentes que lo que habían logrado recopilar hasta ahora.

Los Espejos habían despertado recuerdos y memorias enterradas, sí, y hasta un aliento inconformista que provocaba que algunos ypsilianos reclamasen algo más que Pisos Blancos y vacaciones en los Retroespacios. Pero eso no bastaba: si no lograban dar con el modo de unir al país en torno a su causa, acabarían abocados a una guerra civil. Y, según hacían temer las detenciones en masa y las torturas del Ciclo del Terror, sería una batalla tan larga y dolorosa como cruel.

–¿Siempre viene tanta gente? –preguntó Ariadna, que había pedido permiso a Helena, con quien ya había empezado a organizar el Olimpo de la nueva Ítaca, para acudir junto con T al acto de Penélope.

–Casi siempre –le respondió él con parquedad.

Desde su regreso del Taigeto, Ariadna lo había notado más taciturno y sombrío, lejos de ese otro T. arrogante y burlón que lograba hacerla sonreír hasta en los momentos más complejos. A ratos, parecía que llevase a cuestas una sombra que ella no conseguía descifrar.

Él prefería no explicárselo: no quería contagiarla con sus propios demonios. Los dos eran conscientes de que estaban a punto de vivir la que iba a ser la batalla de su vida, y eso les exigía implicarse al máximo. Así que T. optó por callarse las dudas sobre su papel en la Operación Velo y hasta sus recelos por haber sido un mero instrumento en las manos de los Rebeldes. Ariadna parecía haberlos perdonado ya por haberle desvelado de manera tan brusca la verdad sobre su familia, pero el verdadero conflicto de T. no consistía en disculparlos a ellos, sino a sí mismo.

Se preguntaba si había hecho bien guardando sus secretos ante Nausícaa por el bien de la Operación. Si ese era el tipo de persona que quería ser. O incluso un «héroe», como lo habían llamado sus padres con el único afán de animarlo. No tenía respuestas, solo la impresión de haberle fallado a una joven que no se merecía sus mentiras y el interrogante de si no podría haber actuado de otro modo. Por si acaso, seguía negándose a que lo llamaran Telémaco, pues sentía que ese nombre, cuya auténtica raíz ignoraba, lo ataba a esas mentiras y le impedía descubrir el hombre que, en adelante, quería ser.

–Deberíamos empezar ya, Penélope –la avisó Céfiro tras comprobar que habían llegado a la plaza central de la Anticiudad el noventa por ciento de los inscritos.

–De acuerdo. Vamos allá... Conecta los Espejos y los bibliohologramas –le pidió.

En ese mismo momento, su imagen se reprodujo en todos los rincones de la Anticiudad y la candidata de los Rebeldes, escoltada por Leda, Calipso y Aracne, comenzó su discurso.

–Sabéis que nos jugamos mucho, por eso estáis aquí: porque queréis recuperar la historia que nos han robado y que han conseguido que olvidemos. Porque nos han querido convencer de que la esclavitud es una forma de felicidad y el silencio, un modo de vida. Pero ahora hemos despertado. Ahora hemos recordado que antes tuvimos voz. Ahora sabemos que...

De repente, los bibliohologramas se desvanecieron y el cielo se oscureció, lo que provocó la alarma inmediata entre los Rebeldes.

Al elevar la mirada, descubrieron un ejército de Pegasos sobre sus cabezas. Pilotados por Rastreadores y Ejecutores, descendían a toda velocidad descargando sus proyectiles y obligando a los asistentes al mitin a buscar refugio. Leda procedió inmediatamente a distribuir las órdenes necesarias entre los Rebeldes para contener su ataque.

–¡Proteged a los civiles! –gritaba Calipso, preocupada por quienes habían acudido al evento. La líder de Ítaca no soportaba la idea de seguir sumando muertes como consecuencia de sus decisiones, si es que el plan que ahora ejecutaban, y que respondía a los pasos diseñados previamente por Dédalo, podía llamarse suyo.

–¡Vienen también por tierra! –los avisó Céfiro, que advirtió la llegada de una tropa de Cíclopes que su sistema informático era incapaz de identificar con mayor precisión.

–¿Más Ejecutores? –se alarmó...



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