E-Book, Spanisch, 243 Seiten
Reihe: Sauce
López Baeza Carlos de Foucauld
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-288-2963-2
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 243 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2963-2
Verlag: PPC Editorial
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No es fácil escribir algo nuevo sobre Carlos de Foucauld. ¿Qué tiene este hombre que, tras su conversión, se retiró durante casi treinta años al desierto para atraer tan poderosamente a muchos de los espíritus más perspicaces de nuestra época? ¿Cuál es el núcleo esencial del mensaje de este creyente, seguidor fiel de Jesús de Nazaret y en Nazaret, para que muchos contemporáneos intuyan en él un guion, una ayuda, para avanzar confiadamente en su vida cristiana, y hasta un profeta de los que marcan senderos nuevos al cristianismo? El vizconde de Foucauld, convertido en sirviente de las clarisas de Nazaret, primero, después en monje trapense y, finalmente, en ermitaño y misionero en el Sahara, resplandece en el cielo de los amantes del Evangelio de Jesús por haber conseguido hacer de la fidelidad a Dios y a su propia personalidad una misma e idéntica realidad. Imposible ser fiel al Absoluto de Dios sin serlo al mismo tiempo y por el mismo motivo a la imagen y semejanza de dicho Absoluto, que me llama desde dentro de mí de manera inconfundible e irrenunciable.
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1
«MI» CARLOS DE FOUCAULD
Conocí a Carlos de Foucauld a través de En el corazón de las masas, de René Voillaume?4. Estudiaba yo primero de Teología en el seminario de mi diócesis. Y esperaba con ansiedad la hora que la disciplina seminarística nos marcaba para la lectura espiritual. Era una hora antes de la cena, que resultaba para mí transformadora. Desde sus primeras páginas –todas ellas subrayadas y a veces anotadas al margen– se apoderó de mí la certeza de que estaba ante el horizonte más luminoso de mi existencia temporal en cuanto seguidor de Jesús de Nazaret. ¡Cómo me ayudó a entender el Evangelio y a enamorarme de Jesús este libro, desmenuzador del carisma del padre De Foucauld!
CONTEMPLACIÓN Y SERVICIO A LOS POBRES
No quiero exagerar. En cursos anteriores había leído a santa Teresa de Ávila y a san Juan de la Cruz; por tanto se daba en mí una predisposición a recibir esa fuerte llamada a la contemplación que contienen los escritos de Voillaume a los Hermanos de Jesús, con esa clara dimensión de hacer de la contemplación y el servicio a los pobres una misma y única realidad.
No tardé en comunicar, tanto al prefecto de teólogos como al director espiritual del centro, mi descubrimiento: yo quiero ser cura así. No, no es mi vocación la de hermanito de Jesús, sino de cura diocesano al estilo de la espiritualidad del Hno. Carlos. ¿Es esto posible? Afortunadamente, ambos conocían dicha espiritualidad, la valoraban y veían en ella muchas posibilidades para el ministerio pastoral. Dejé bien claro ante los responsables de mi formación: si este camino no me ayuda a ser un buen presbítero, cura encarnado en las realidades humanas donde haya de desarrollar mi tarea pastoral, yo no lo quiero.
Y Nazaret y el misterio de la encarnación –que es su sustancia– labraron en mi mente y en mi corazón, a lo largo de la sedienta y asidua lectura de En el corazón de las masas, surcos abiertos al Espíritu de esa gracia universal que, para los tiempos modernos, viene significando la intuición contemplativa y misionera de Carlos de Foucauld. El poema que sigue recoge mi rendida gratitud ante los contenidos esenciales que poco a poco fui bebiendo del espíritu foucauldiano:
Pura intuición la tuya:
Nazaret... el desierto...
y una Iglesia de pobres que predica
amor en el silencio...
Ser hermano de todos
–pura intuición tu empeño–,
compartiendo la vida de los últimos,
de ellos aprendiendo...
Necesitar de todos,
y beber el misterio
de Dios en cualquier cauce
por los siglos abierto...
¡Pura intuición de gracia...!
¡Puro milagro del amor despierto...!
¡La pura desnudez como el espacio!
¡Dios y hombre al encuentro!
«SAL DE TU TIERRA, DE TU CASA Y DE TU PARENTELA...»
Carlos de Foucauld, uno de esos hombres que Dios suscita para abrir caminos nuevos al Evangelio, fue ciertamente, como nuestro padre Abrahán, un viajero en la noche, un hombre de desierto, un rastreador de las huellas de Dios por los caminos de los hombres, conducido por la promesa, y como Moisés también, sin llegar a pisar la tierra prometida. Todo ello hace de su testimonio, despojado de todo afán de protagonismo, amante del poder comunicativo del silencio y encerrado en el fracaso temporal de no llegar a ver realizado su proyecto de comunidad monástico-misionera, una verdadera siembra evangélica cuyo fruto no le pertenece, salvo por el hecho de haber aceptado ser semilla, grano de trigo destinado a desaparecer en la tierra de su germinación, donde su individualidad se pierde irremisiblemente. Tal semejanza entre Abrahán y Foucauld, clara y firme para mí, me empujó a dejarla plasmada en esta composición:
Nuevo Abrahán, saliste de tu tierra a lo desconocido.
Recibiste en tu alma la promesa de multitud de hijos.
Mas caminaste siempre en soledad, por el amor tan solo conducido.
Fue el amor tu desierto, tu Nazaret, el último lugar por ti elegido.
Y en el amor supiste ser el grano, enterrado, de trigo;
hasta morir en soledad la muerte oscura, sin sentido.
Escuchaste al oído una Palabra que encarnaste en tu vida como un grito:
«Dios nos pide hoy el culto más sagrado en el servicio a los pequeños y últimos».
Te hiciste, sin saberlo, hermano universal, necesitando a todos, a todos ofrecido.
Y entregaste tu vida como hostia de abandono infinito.
¡Nuevo Abrahán, por ti el desierto hoy grana, frutos de amor fraterno y compartido!
Hoy, cuando esto escribo, con setenta y cinco años cumplidos y cuarenta y ocho después de haber leído En el corazón de las masas, confieso que creo no haberme equivocado en la opción evangelizadora que entonces tomé. Mis más de cuarenta años de cura, con trabajos en el mundo obrero, en parroquias de suburbio, en cultura popular y animación espiritual, y en formación de un laicado cristiano, han sido posibles solo gracias a aquel espíritu que, pese a mis muchas contradicciones –temores y traiciones concretos–, fue ganando terreno en mi psiquismo humano y en mi deseo de vivir en el seguimiento de Jesús de Nazaret, compartiendo su objetivo del Reino.
Desde el objetivo del Reino he aprendido a relativizar muchas cosas, para buscar siempre y en todo, lo más posible, la fidelidad a lo absoluto, lo irrenunciable. Vivir para Dios fuel el absoluto que orientó los caminos del Hno. Carlos. Todo cuanto me lleva a Dios es bueno, aunque se llame fracaso, soledad, muerte. Solo es realmente malo, dañino para mi vida, lo que me puede impedir vivir y gozar del amor de Dios. Y así fue la adoración la forma de vida que adquirió la personalidad entera de De Foucauld; fue en la adoración donde encontró de conjunto la confianza-abandono en el Padre, la amistad con su amado hermano y Señor Jesús, y la urgencia de servir a los pobres, de cualquier tipo, con entrega de lúcida gratuidad.
Dios no fue para ti solo la meta
que hay que alcanzar a golpes de esperanza:
fue de un amor creciente la promesa
que hacía arder tu corazón en llamas.
La adoración le dio a tu vida forma
de mano abierta y mente arrodillada;
y encontraste en Jesús la única norma
a que ajustar el brío de tus ansias.
Fuiste andariego de caminos vírgenes,
buscando al ser cristiano metas altas;
y cara a cara con un Dios te diste
que es de todos y por todos habla:
ese Dios que derriba muros, diques...
¡y por encarnación todo lo salva!
LA ADORACIÓN AL ETERNO, ESCUELA
DE SERVICIO DESINTERESADO
Sentirme ya salvado por ese Dios que es promesa de amor universal, infinito y eterno, significa que estoy aprendiendo a amar en este mundo al estilo divino, aprendizaje que se alcanza a ritmo de adoración. He de buscar en mí la encarnación del Verbo, y desde ahí tener capacidad para descubrirla en todas las realidades de este mundo. Porque el Verbo ilumina a todo ser humano que viene a este mundo, su luz está en mí, y la perseverante actitud adorativa me conducirá a percibir la misma luz en todos mis hermanos y hermanas. Esta conciencia de ser presencia encarnada de Dios en medio de los demás me permitirá –me ha permitido– ver el mismo hecho, la misma encarnación, en los otros, en cada uno a su manera, pero la misma encarnación. Y así la fraternidad es comunión en la encarnación que nos habita. El Dios que veo en mí es el mismo que veo en los demás. El amor con que soy amado es el mismo amor que ama y salva a todos. ¿No es esta evidencia de fe la raíz de toda acción evangelizadora? Intuiciones así me asaltaban, casi sin comprenderlas, como nube del no saber, cuando me dejaba llevar por el testimonio orante-misionero que fue Carlos de Foucauld.
Fui aprendiendo poco a poco a abandonar en Dios el resultado de mi tarea pastoral. Dios tiene más interés que yo, me decía. Cuando se intenta unir acción y contemplación de esa manera indisoluble en que orar es ponerse incondicionalmente en las manos de Dios, para que se cumpla su voluntad a través de mi vida, y pastorear es no rehusar el sacrificio necesario para el bien de las personas con quienes comparto las realidades temporales y el sentido de la fe en Cristo, una paz como talante se adueña de todos los pasos pastorales, y la...




