Lowe | Las furias | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 436, 320 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Lowe Las furias


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17996-31-4
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 436, 320 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-17996-31-4
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



MATARÍAS POR SER UNA DE ELLAS En 1998, una chica de dieciséis años -vestida de blanco y meciéndose en un columpio- aparece muerta en el elitista colegio femenino Elm Hollow, emplazado en una pequeña localidad costera con un tenebroso pasado vinculado a los procesos por brujería del siglo XVII. Un año antes, tras la muerte de su padre y su hermana en un trágico accidente, Violet comienza sus estudios en la prestigiosa institución, donde enseguida se siente fascinada por tres de sus compañeras y por su carismática y misteriosa profesora de arte, quien la invita a formar parte de un selecto y secreto grupo de clases sobre mitología. Muy pronto, la figura de las furias, divinidades romanas de la venganza, empieza a ejercer tal magnetismo sobre las adolescentes que estas se ven arrastradas sin control hacia su lado más oscuro. ¿Hasta dónde llegarán para protegerse mutuamente... o para destruirse? Con su impecable dosificación del suspense, el estremecedor debut de Katie Lowe desarrolla una adictiva historia en la que la novela de iniciación y sus ritos de paso conjugan con el mejor thriller. «Asesinatos, pasión y brujería. Una lectura inquietante y llena de intriga». Irish Sunday Mirror «Inquietante y adictiva: una novela brillante sobre el poder y la vulnerabilidad de las mujeres que no puede llegar en mejor momento. La prosa es escalofriantemente oscura y Violet es la clase de protagonista a la que estarías dispuesto a seguir a cualquier parte». The Times

Katie Lowe se graduó en la Universidad de Birmingham. Es licenciada en Lengua y Literatura Inglesa y tiene un máster en Literatura y Vanguardia. Las furias, traducida a varios idiomas, es su primera y aclamada novela.
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Capítulo 1

Entre los de fuera corría la broma de que aquel era uno de esos lugares a los que se va a morir. Una ciudad perdida en los confines del mundo y del tiempo, el final de todo.

Los habitantes ancianos, enfermos y cansados, los restos de la vieja fábrica de ladrillos horadada por el viento; algo hacia el sur, un lugar popular entre los suicidas, unos riscos blancos que los desesperados subían y luego sobrevolaban en su caída a un mar gris y helado; unas vías que se cortaban de golpe y caminos que no llevaban a ninguna otra parte... Seguramente, eso era lo más evidente, de donde nacía la broma. Aunque no eran las únicas señales.

También estaban los escaparates manchados por la lluvia y los quioscos cubiertos de excrementos de pájaro y de pintadas. Las playas grises, hechas de arena, esquirlas de cristal, latas de cerveza aplastadas y bolsas de plástico a partes iguales. Los salones de juego del paseo marítimo, el Caesar’s Palace, el Golden Ticket y el Lucky Strike, con las moquetas empapadas de cerveza y lejía, el repiqueteo de las monedas de cobre sobre el estaño y unos hombres fumando frente al estridente brillo de las tragaperras y bajo el efecto hipnótico de los rodillos y del retintín. Los campos blanquecinos de hierba seca, alambradas y ladrillo. Los terminales de carga, con sus enormes sarcófagos de metal ordenados por bestias mecánicas; el hedor perseverante y lascivo de la lonja de pescado. Los refugios antiaéreos de chapa y la sirena de piedra con la cara erosionada por el viento.

Allí pasé mis primeros años de vida, con la sensación de no poder moverme, de estar convertida en la figura de un óleo; el deterioro ha seguido avanzando inexorable y el mar, arrasando la costa. Un día todo habrá desaparecido y el mundo será un lugar mejor.

No hay mucho que contar antes de que cumpliera los quince, más allá de una infancia tranquila e insulsa, en la que días y años se esfumaban sin que sucediera nada. Mi madre se quedaba en casa, para enseñarme a leer y verme crecer, papá llevaba una pequeña tienda en la que vendía de todo, o esa impresión me daba, y yo me escondía en un almacén frío y oscuro para sacar fosforescentes y sacapuntas de colorines de bandejas de plástico desgastadas y cajas de cartón reblandecidas por la humedad, probar juegos de mesa contra mi sombra y leer libros con cuidado de no doblar los lomos y sujetando las páginas como si fueran antiguos pergaminos. Quizá suene a soledad, pero era acogedor.

A los ocho años, mi madre me dijo que aquella Navidad habíamos sido bendecidos con un regalo muy especial y se frotó la barriga hinchada. Lo busqué en la enciclopedia. Imaginaba las entrañas cediendo, unos puños agarrados a los tendones, el saco amniótico reventando y diminutos dedos escarbando para salir. Es una de las pocas Navidades que recuerdo de adulta.

Fue una niña. Una niña gritona, rabiosa y llorona, con una mata de pelo negro y los ojos grises y fríos. Ella, su vida entera, estuvo marcada por un aspecto que llevaba a pensar que sabía más de lo que decía y que la convertía en una pequeña guardiana de secretos. Cuando tenía siete años, íbamos de camino a la playa y el coche de mi padre se coló bajo las ruedas de un camión. Él murió en el acto, pero la cría pasó cuatro días agonizando, aunque ya apenas parecía ella. En realidad, apenas parecía un ser humano, con la piel llena de manchas azules y unas hendiduras húmedas en el cráneo.

Por mi parte, salí a rastras del coche, con el brazo manchado de sangre (que no era mía) y un pedazo de hueso mojado (tampoco mío) en el pelo; me sacudí las esquirlas que llevaba pegadas a la piel y me alejé andando, como si acabara de despertar de un sueño largo y plomizo.

Ese fue el final, supongo; aunque también podría ser el principio.

Sus vidas terminaron y la de mi madre quedó parada. Aun décadas más tarde, cuando murió y regresé para vaciar la casa, todo seguía exactamente igual que aquel día. El papel pintado, descolorido y la moqueta, raída; los mismos libros en las estanterías y las mismas cintas VHS sin funda bajo la tele, que continuaba emitiendo el mismo zumbido ronco; la misma corbata colgada de un nudo suelto de la puerta del dormitorio, los mismos papeles hechos una pelota en la papelera y la misma frase de últimas palabras a medio escribir en una hoja amarilleada.

«Igual podemos hacerlo de otra forma» fue la última idea de mi padre en quedar grabada en tinta negra y emborronada. Todo estaba allí con recuerdos incrustados, las huellas de mi padre y la risa de mi hermana cubriéndolo todo, como una piel que nunca ha de mudar.

Yo, sin embargo, no sentí nada. Nada al salir del hospital. Nada al arrojar un puñado de tierra húmeda en aquel agujero y nada al escuchar el ruido sordo sobre la madera de pino barnizada. Tampoco nada con mi madre llorando en el sofá, tirándome del pelo y apretándome la cara entre las manos mojadas y calientes, como si tratara de aferrarse a mi vida...

Semanas más tarde, me quedé dormida con ella en el salón, y al despertar, la encontré mirándome como si tuviera delante un espectro inesperado y con el labio tan mordisqueado que asomaba debajo la carne gelatinosa. «He pensado que ella... Creía que tú también me habías dejado», me dijo con los ojos anegados en lágrimas mientras señalaba una cara igual a la mía, salvo por ciertos detalles. Mi pelo rubio, lacio, áspero y quebradizo como una vieja cuerda; el suyo, brillante. Los ojos lo más parecido al negro que una pueda imaginar; los suyos, con un hilo ambarino en el iris izquierdo. Los labios tan redondos que el carmín me hacía parecer un payaso de circo, siempre resecos y embadurnados de bálsamo hasta volverse blancos, un reflejo del que no conseguía librarme; los suyos, de un rubor rosáceo, suaves y con una sonrisa de dientes blancos y perfectamente rectos. Al ver aquella cara que parpadeaba en el televisor, tuve la sensación de estar ante una versión mejorada de mí misma... la que deseaba ser. El ideal artístico en el que un pincel hubiera suavizado mis defectos, con un toque delicado entre las líneas.

«Un mes después de su desaparición, Emily Frost continúa en paradero desconocido. La familia de la adolescente vuelve a hacer un llamamiento y solicita cualquier información que pueda estar relacionada con la búsqueda».

Miré las imágenes de archivo, el conocido acantilado y aquella orilla demasiado conocida. Por entonces, nadie se molestaba en llevar un recuento de los suicidios. A Emily la vieron por última vez caminando por allí, en el punto más alto.

—Mamá, estoy aquí. Esa chica no soy yo. Se habrá tirado al mar —dije, cogiendo el mando a distancia—. Todos hacen lo mismo.

«Solo queremos que vuelvas —dijo su padre, con la vista clavada en el objetivo—. Te echamos de menos, Emily. Vuelve a casa, por favor».

Cambié de canal y volví a dormir.

Si sobrevivir a un accidente mortal tiene alguna ventaja —además de lo más obvio—, es que nadie va a forzarte a que vuelvas a clase.

—No vayas mientras no te sientas con fuerza —dijo mi madre y el terapeuta asentía por detrás con conocimiento de causa, un copo de maíz atrapado en el bigote y marcas grasientas de dedos en las gafas—. No tienes que hacer nada que no te apetezca. Tómate tu tiempo.

Y así lo hice. Me tomé mi tiempo y no aparecí por clase hasta los exámenes finales, cuando me senté rodeada de viejos conocidos haciendo alarde de «educación en casa». Entré y salí entre los cuchicheos de mis antiguos compañeros y uno de ellos dijo: «Pensaba que se había matado», sin dejar de señalarme con una uña tan mordida que sangraba.

Para entonces, ya tenía planeado mi futuro o, al menos, un borrador con lo básico. Me iba a marchar —aunque no sabía muy bien adónde— y a buscar un trabajo. Me haría camarera en una cafetería tranquila donde los clientes me contarían apasionantes mentiras. O sería librera y les brindaría mundos nuevos a los niños aburridos; o puede que fuera asistente en una galería de arte. Podría aprender a cantar o a tocar la guitarra. Y también, por qué no, escribir un libro, mientras la vida pasaba tranquila a mi alrededor. No sería nada deslumbrante, estaba claro, pero a mí me bastaría. Lo cierto es que en cualquier parte iba a estar mejor que en esa ciudad en la que los tonos grises de las viejas casas, del cielo y del mar calaban en el corazón hasta volverlo irremediablemente negro.

Sin embargo cuando volví a casa el día de las notas, encontré a mi madre estrujando nerviosa unos papeles en la mesa de la cocina.

—A ellos les habría gustado —dijo, mientras me entregaba el formulario de admisión de Elm Hollow, un colegio femenino a las afueras de la ciudad—. Es un privilegio.

Era cierto, y podía permitírmelo gracias a la indecible indemnización que nos ofreció la compañía de transporte del tráiler que nos aplastó el coche.

Para mí, el instituto era ventanas sujetas con cinta adhesiva, paredes agrietadas y colores grises, incluso en los días de sol; pabellones prefabricados de un frío helador, baños con los espejos llenos de pintadas y el tufo terroso del sudor adolescente.

—No quiero —dije y me marché.

No discutió conmigo, pero los papeles siguieron durante semanas en la mesa de la cocina, y, cada vez que pasaba por delante, me veía tentada por las deslumbrantes fotografías del folleto: unos apabullantes edificios de ladrillo rojo sobre un cielo demasiado azul, con el sol perforando nubes nacaradas por detrás de un arco...



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