E-Book, Spanisch, Band 10, 240 Seiten
Reihe: Ficciones
Lladosa Un amor de Redon
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-61-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 10, 240 Seiten
Reihe: Ficciones
ISBN: 978-84-17425-61-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972). Licenciado en Ciencias Económicas, abogado y posgraduado en Lenguaje y Técnicas de Vídeo y Televisión, estudió en las universidades de Zaragoza y Maastricht (Holanda). Es crítico literario de Heraldo de Aragón y colaborador habitual de XL Semanal Zenda Libros y de Andalán. En 2015 fue finalista del premio de relatos de la Fundación Iluminafrica. En 2017 publicó su primera novela: Madagascar (Anorak), que figuró entre las más vendidas en Aragón.
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1
Seguí al señor Legrand a través de los corredores del castillo hasta llegar a lo que más tarde pude comprobar que era el torreón norte –¿debo confesar al comienzo de este relato mi escaso sentido de la orientación?–. Legrand dejó sobre la cama mi equipaje de mano y me dijo: «Estamos a su entera disposición para lo que desee, señor Redon», pero presentí que ni su tono ni su rictus eran sinceros. Hablaba como si repitiera una fórmula aprendida y sus sentimientos fueran opuestos a dicha fórmula, fruto de la más exquisita hipocresía aristocrática.
De cualquier modo, quedarme al fin solo fue un alivio. Necesitaba poner mis ideas en orden tras los acontecimientos de esa mañana, que ahora se agolpaban en mi mente. Sin embargo, mi primera decisión fue evadirme por completo de la realidad, observar el mobiliario de la alcoba que me habían asignado.
Al estrecharme la mano para despedirse, el señor Lévy me dijo que se había tomado la libertad de prepararme un aposento, por si el trabajo me obligaba a pernoctar en el castillo. «Aunque, por supuesto, esto último lo dejo a su elección. Si lo desea, pongo a su servicio mis carruajes, que lo llevarán a Peyrelabade tras el almuerzo.» En este sentido, Lévy se mostró cortés, ¿a quién le apetece recorrer quince kilómetros cada mañana y cada tarde? El traqueteo, la canícula, el polvo del camino resultan difícilmente soportables en verano. En cuanto se cerró la puerta, me aflojé la corbata y abrí de par en par los ventanucos de la alcoba para que la estancia se aireara y perdiera el olor a cerrado: ese olor rancio, centenario, casi bíblico que embargaba aquel lugar perdido en medio del campo.
¿Cómo y por dónde empezar la narración? Durante una época de mi vida fantaseé con ser escritor. Fueron los años de mi juventud en Burdeos, cuando mi querido amigo Armand Clavaud me descubrió a Baudelaire, a Poe y a Flaubert. Él era botánico, pero con sus escasos ingresos adquiría soberbios volúmenes que se convertían en los grandes tesoros de su biblioteca, como esas magníficas ediciones de epopeyas hindúes: el Ramayana, el Mahabarata… Pobre Clavaud, cómo lo echo de menos. Hace ya cuatro años de su muerte y cada vez que voy a Burdeos me acuerdo de nuestras veladas. Yo por entonces era un joven apasionado y quizá algo grandilocuente; idealista, debería decir. Él me escuchaba sin desmayo, con los labios descansando en la punta de sus dedos índices. Tan sólo en alguna ocasión se le escapaba una sonrisa imperceptible. Por aquel entonces, pensaba que le divertían mis ocurrencias. Ahora comprendo que aquellas sonrisas no estaban exentas de ironía. ¿Seguiría siendo yo tan apasionado como lo era entonces?, me pregunté mientras sacaba del equipaje de mano los libros que siempre me acompañan: Las flores del mal, La tentación de san Antonio, las Narraciones extraordinarias de Edgar Poe traducidas por Baudelaire, la Herodías de mi querido Mallarmé…
«Si metes más libros, no te van a caber los pantalones», me dijo Camille al alba. Justo después me anunciaron que el carruaje de los Lévy esperaba ya en la puerta de Peyrelabade.
Los quince kilómetros –o las tres leguas, como dijo el cochero– se me habían hecho interminables. El Médoc era una región infinita. El océano, que antaño ocupaba los espacios desiertos, dejó en la aridez de los suelos arenosos un soplo de abandono, de abstracción. De tramo en tramo, un conjunto de pinos emitía un continuo y triste susurro rodeando y dibujando una aldea, o algún redil de ovejas. En lontananza se divisaban bellos álamos solitarios, el hierro pesado de las vías del tren. Ese susurro de los pinos bajo el viento que venía de alta mar deshaciendo el silencio extremo de los brezales que bordeaban el gran río Garona, a cuyos lados se extendían viñedos infinitos. El vino en esta región era como un licor de vida, dominaba las esperanzas de los campesinos. Era uno de los fermentos del espíritu francés; era también el licor del sueño, que exaltaba hasta la mansedumbre. Y cuando se llegaba hasta el mar, frente a alfombras de arena anchas y movedizas que formaban dunas desmoronadas, se divisaban algunos bañistas: seres que parecían irreales en la lejanía, en medio de un país sin vida y sin cultura, medio muerto y salvaje, confinado todo él al océano. El Atlántico, con su pertinaz estruendo, sostenía propuestas extrañas. Las voces del infinito estaban frente a todos nosotros. Apenas se divisaba vida humana. Sobre el horizonte marino, ni un solo buque. Tan sólo alguna vela medio oculta, como los escasos bañistas. Y yo me decía: pintor, ve a ver el mar; verás las maravillas del color y de la luz, el cielo fulgurante. Sentirás la poesía de la arena, el encanto del aire: regresarás a casa más fuerte y repleto de grandes acentos…
Más allá del mar, entre los viñedos infinitos, a la sombra de álamos o robles solitarios había también angostos caminos por los que debían pasar los carruajes. Conducían hasta pulcras mansiones, como el castillo de Pantenac… Pero ya es hora de que explique, desde el principio, por qué había ido a parar allí.
Todo comenzó en el salón de la casa de mi querido Mallarmé, en el número 87 de la parisina calle de Roma. Era un martes de comienzos de primavera, a medianoche. Lo recuerdo perfectamente. El humo denso del tabaco nublaba nuestras caras en el pequeño comedor atestado de obras de arte de todos los presentes, incluido yo mismo. Si no recuerdo mal, aquella noche estábamos allí el crítico Mauclair; los escritores Pierre Louÿs, Catulle Mendès, Joris-Karl Huysmans, Édouard Dujardin y André Gide; los pintores Auguste Renoir, James Whistler, Paul Gauguin y yo mismo; el músico Claude Debussy… Pero fue el poeta Paul Verlaine quien nos anunció la visita de un joven de Burdeos, un muchacho encantador que se había presentado en la pensión de mala muerte donde vivía para confesarle su íntimo deseo de conocernos a todos.
–Lo normal es que mande a paseo a este tipo de jóvenes –afirmó Verlaine–, pero Lucien Lévy es un tipo especial, un muchacho distinto… –Se hizo el silencio.
–Tenga usted cuidado, Verlaine, no vaya a pasarle como con aquel joven que se marchó a las colonias…
Mallarmé se había permitido el lujo de ironizar sobre el malogrado Rimbaud. Hubo alguna risita sorda, que se perdió entre los cuadros y las esculturas mientras Geneviève –la hija del anfitrión– servía absenta a los tertulianos con expresión de matizado disgusto.
–¿Qué le hace pensar tal cosa? –respondió Verlaine, y soltó una risotada antes de vaciar nuevamente el vaso de licor.
El caso es que Lucien se presentó a continuación, como si todo estuviera previsto de antemano. Portaba en su mano derecha una caja de botellas adornadas con lazos, que regaló a los presentes –fue el primero de sus muchos regalos–. En aquella ocasión, se trataba de su bebida preferida: el vino Mariani con extracto de cocaína, recomendado por su santidad el papa León XIII como bebida medicinal y reconstituyente. Verlaine estalló en una nueva carcajada mientras palmeaba la espalda del joven.
¿Qué puedo decir de Lucien? Era, en efecto, un muchacho encantador. ¿Sería su pelo rubio encrespado? ¿Serían los ojos azules? ¿O quizá ese fulgor que sólo confiere la juventud? Ese fulgor, sí, que nos hacía perdonar la mediocridad de sus versos.
Era el hijo único de David Lévy, un afamado banquero de Burdeos. Las jóvenes más bellas de Aquitania lo pretendían en matrimonio, le mandaban cartas. Pero él no respondía ninguna, o si lo hacía era para divertirse un rato con las pobres criaturas, para hacerles concebir esperanzas que más tarde se disolvían porque los padres de las doncellas interceptaban poemas de contenido lujurioso o escatológico que les enviaba el rico heredero.
El caso era que deseaba ser poeta, marcharse a París y vivir la bohemia; levantarse por la noche y acostarse por la mañana; beber vino, absenta, láudano. Aspiraba el pobre a convertirse en una celebridad de la poesía. Por eso ansiaba conocernos. Y lo reconocía sin ambages, ante la sorpresa de los presentes. Recuerdo perfectamente que Mallarmé no sabía qué decir, con su botella de vino entre las manos. Pero no hacía falta decir nada, porque era Lucien quien hablaba, quien nos preguntaba y adulaba. A mí, en concreto, me cogió en un aparte y me manifestó su devoción. Ardía en deseos de conocer a Odilon Redon –me dijo– desde que leyó A contrapelo, la novela de Huysmans donde se describían mis grabados. «Esa araña con cabeza de hombre de su carboncillo –me dijo– todavía aparece en mis pesadillas…». Y tuve la impresión de que sus palabras eran sibilinamente falsas, que la araña en cuestión nunca había aparecido en sus pesadillas y lo decía únicamente para caerme bien. Pero en el caso de Lucien esa impresión era siempre sutil, incierta. No es que yo desee ser halagado, no era ésa la cuestión, mi vanidad a día de hoy está más que cubierta. Lo que me interesaba de su tono era esa indefinición, esa imposibilidad de saber si era o no sincero… Porque, al fin y al cabo, ¿qué buscaba un rico como él de nosotros, que andábamos siempre justos de dinero? No parecía un mecenas, ni un coleccionista de arte, y su mediocridad literaria no le permitía en modo alguno codearse con el resto de literatos del salón. Entonces, ¿qué buscaba? ¿Tal vez sólo ser admirado? Si tal era su propósito, era un ingenuo y, sin embargo, no lo parecía. En fin, tuve la impresión de que el personaje iba a interesarme por ese motivo: porque no podía terminar de comprenderlo.
Y tampoco...




