E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Lively Moon Tiger
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8764118-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
ISBN: 979-13-8764118-4
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
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Penelope Lively nace en El Cairo, Egipto, en 1933. Crece allí, pero se traslada a Inglaterra en 1945. Su formación en Historia Moderna en el St. Ann's de Oxford marca profundamente su producción literaria. Es autora de numerosos libros para niños como Astercote (1970), The Whispering Knights (1971), El fantasma de Thomas Kempe (1973), obra que le valdría la medalla Carnegie, y A Stitch in Time (1976), libro con el que gana el Whitbread Children's Book Award. Su versión de La Eneida, titulada En busca de una patria, vio la luz en 2001. Su primera incursión en la novela para adultos fue The Road to Lichfield (1977), seleccionada para el Booker Prize en su categoría de ficción. Le siguieron títulos como Treasures of Time (1979), ganadora del Arts Council National Book Award o Judgement Day (1980). El mundo según Mark (Impedimenta, 2020) fue incluido en la lista del Booker Prize, galardón con el que no se haría hasta 1987, con Moon Tiger que ahora publica Impedimenta. Otros títulos posteriores como La fotografía (2003), Making it Up (2005), Family Album (2009), nominado al Costa Novel Award, o Vida en el jardín(Impedimenta, 2019), son tan solo muestras de una vida entregada a la literatura. También da buena cuenta de este ánimo la colección de relatos Nothing Missing but the Samovar (1978), que ganó el Southern Arts Literature Prize. Lively se ha embarcado igualmente en la escritura autobiográfica, concretada en tres volúmenes: Oleander, Jacaranda: A Childhood Perceived (1994), A House Unlocked (2001) y Ammonites and Leaping Fish (2013). El poder de la memoria como arma individual, la relación del pasado con el presente y las diferencias entre los testimonios oficiales y los relatos personales son las claves de su proyecto literario. Su trabajo se caracteriza por su capacidad de llegar a distintos públicos y por rozar el ámbito académico a través de la «metaficción historiográfica». El guion radiofónico y televisivo, así como el artículo periodístico en medios como Sunday Times o The Observer también forman parte de su trayectoria. Es miembro de la Real Sociedad de Literatura, en 1989 fue nombrada Oficial de la Orden del Imperio Británico y en 2012, dama comendadora de la Orden del Imperio Británico. Actualmente, vive al norte de Londres y es una de las autoras más prolíficas y reconocidas de la narrativa británica actual.
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1
—Estoy escribiendo una historia universal —dice Claudia.
Las manos de la enfermera se detienen un instante mientras mira a esta mujer, esta mujer anciana y enferma.
—Madre mía —responde—. No parece moco de pavo, ¿eh?
Y vuelve a sus tareas: estira, alisa y coloca.
—Levante un poquito, querida. Eso es, muy bien. Ahora le traigo una taza de té.
Una historia del mundo. Para rematar las cosas. Y por qué no. Se acabó lo de escribir banalidades sobre Napoleón, Tito, la batalla de Edgehill, Hernán Cortés… Esta vez, voy con todo. La caída imparable triunfal y homicida, desde las cloacas hasta las estrellas, universal y particular, tu historia y la mía. Yo creo que estoy capacitada: el eclecticismo siempre ha sido mi fuerte. Eso me decían, aunque lo llamaban de otra manera: mis enemigos, «el ambicioso o incluso imprudente registro de Claudia Hampton»; mis amigos, «el intrépido alcance conceptual de la señorita Hampton».
Una historia del mundo, sí. Y de paso, la mía propia. La vida y la época de Claudia H. El trocito del siglo xx al que he estado encadenada caprichosamente, me guste o no. Quiero contemplarme a mí misma en mi contexto: todo y nada. La historia del mundo vista por los ojos de Claudia: realidad y ficción, mito y evidencia, imágenes y documentos.
—¿Era alguien importante? —pregunta la enfermera, cuyos zapatos rechinan sobre la superficie brillante del suelo. Los zapatos del médico crujen—. Es que me viene con cada cuento…
El médico mira sus notas y dice que sí, que al parecer ha debido de tener cierta reputación. Desde luego, ha escrito libros y artículos para la prensa y… estuvo en Oriente Próximo una vez. Pasó el tifus, la malaria… Nunca ha estado casada (el médico lee que sufrió un aborto y tuvo una hija, aunque no le dice nada de esto a la enfermera). Sí, el historial sugiere que probablemente ha sido alguien en la vida.
Muchos señalarían esta fusión de mi propia vida con la historia del mundo como una presunción muy típica de mí. Que digan lo que quieran. Tampoco me han faltado los seguidores. Mis lectores conocen la historia, por supuesto. La conocen en líneas generales. Saben cómo transcurre. Así que me ahorraré la trama. Lo único que tengo que hacer es darle cuerpo, vida y color, añadir los gritos y la retórica. No voy a escatimarles ningún detalle. La cuestión es la siguiente: ¿debería ser una narración lineal? Siempre he pensado que una perspectiva caleidoscópica podría ser una herejía interesante. Agita el bote y a ver qué sale. La cronología me irrita. No hay cronología en mi cabeza. Estoy hecha de una miríada de Claudias que dan vueltas, se mezclan y se separan como los rayos del sol sobre el agua. Las cartas que llevo siempre conmigo se barajan y vuelven a barajarse sin parar; no hay secuencia, todo pasa a la vez. Tengo entendido que las máquinas de última generación funcionan así: todo el conocimiento está almacenado, listo para extraerse al apretar un botón. En teoría, son más eficientes. Algunos de mis botones no funcionan, otros requieren de contraseñas, códigos, secuencias aleatorias de desbloqueo. El pasado colectivo, curiosamente, proporciona todas estas cosas. Es propiedad pública y, al mismo tiempo, privada. Mi época victoriana no es tu época victoriana. Mi siglo xvii no es el tuyo. La voz de John Aubrey o de Darwin, o de quien sea, me habla con un tono distinto al que tú oyes. Las señales de mi propio pasado provienen de un pasado heredado. Las vidas de los otros se cuelan en la mía: yo, yo misma, Claudia H.
¿Egocéntrica? Probablemente. ¿Acaso no lo somos todos un poco? ¿Por qué tiene que ser algo peyorativo? Cuando yo era pequeña, desde luego fue así. Me consideraban difícil. Muchas veces me definían como una niña «imposible». No creo que eso fuera cierto en absoluto. Mi madre y mi niñera sí que eran imposibles, con sus órdenes y sus advertencias, su obsesión con el pudin de leche y los tirabuzones y su terror a todos los atractivos del mundo natural, como los árboles altos o las aguas profundas, o la textura de la hierba húmeda bajo los pies descalzos, o los encantos del barro, de la nieve o del fuego. Yo anhelaba…, me moría de ganas por llegar más alto, más rápido, más lejos. Ellas me sermoneaban y yo desobedecía.
Gordon también. Mi hermano Gordon. Estábamos hechos de la misma pasta.
Mis orígenes. Los orígenes del universo. Desde las cloacas hasta las estrellas, decía. La sopa primordial. Dado que nunca he sido una historiadora convencional ni una cronista al uso, ni me he parecido nunca a aquella mujer huesuda que, en mis tiempos de Oxford, hace una eternidad, me daba lecciones sobre el papado; puesto que se me conoce por mi inconformismo y he conseguido enfadar a más colegas de los que puedo recordar, busquemos el escándalo. ¿Por qué no contar la historia desde el punto de vista de la sopa? Quizás el narrador podría ser uno de esos crustáceos con pelitos que flotaban a la deriva. O un amonites. Sí, un amonites podría ser. Un amonites con conciencia de su propio destino. Un portavoz de los fluctuantes mares del Jurásico que nos cuente lo que sucedió.
Pero en este punto la perspectiva caleidoscópica se tambalea. Para mí, los hombres del Paleolítico están a un paso de los del siglo xix, que fueron los primeros que los conocieron y supieron qué suelo pisaban. Es imposible no sentirse atraída por esas figuras majestuosas, paseando por las playas y colinas, con sus largas patillas y sus trajes elegantes, reflexionando sobre la inmensidad del universo. Pobres desencaminados como Philip Gosse, Hugh Miller y Lyell y hasta el mismísimo Darwin. Parece que hay una afinidad natural entre sus barbas y sus levitas y la resonancia de la piedra: el Mesozoico y el Triásico, los oolitos y las lías, Cornbrash y Greensand.
Gordon y yo, que por aquel entonces teníamos once y diez años, nunca habíamos oído hablar de Darwin. Nuestro concepto del tiempo era personal y semántico (la hora del té, la hora de la cena, la hora de irse, las horas muertas…); nuestro interés en asteroceras y promicroceras era una cuestión de codicia y competencia. Allá por 1920, con tal de llegar antes que Gordon a un estrato de barro jurásico especialmente atractivo, estaba dispuesta a hacer añicos ciento cincuenta millones de años con mi flamante martillo nuevo, y, si era necesario, romperme el brazo o la pierna cayendo por una sección vertical del Blue Lias en la playa de Charmouth.
Claudia trepa un poco más alto, hasta el siguiente altiplano inclinado y resbaladizo del acantilado y, en cuclillas, busca con empeño fragmentos azulados de roca a su alrededor, acechando las tentadoras volutas y las espirales ribeteadas, y da un salto y un alarido de júbilo: un amonites casi entero. La playa está mucho más abajo ahora: los chillidos, los ladridos, las llamadas se oyen alto y claro, pero parece que provienen de otro mundo, de un mundo que carece de importancia.
No deja de mirar por el rabillo del ojo a Gordon, que ha llegado más alto que ella y está dándole golpes a un afloramiento rocoso. Deja de golpear: está examinando algo. ¿Qué habrá conseguido? La sospecha y la rivalidad la consumen. Claudia gatea entre los arbustos, y se arrastra hasta un saliente.
—Este es mi territorio —grita Gordon—. No puedes venir aquí. Me lo he pedido yo.
—Pues muy bien —chilla Claudia—. Me da lo mismo, porque yo voy a subir más alto. Arriba es mucho mejor.
Se lanza por encima de las raquíticas plantas y el suelo de arenisca se derrumba bajo sus pies mientras ella trepa hacia una extensión gris, maravillosamente prometedora y emocionante, donde, está segura, se encuentran centenares de asteroceras.
Abajo, en la playa, varias figuras inadvertidas corren de acá para allá; el aire trae unos débiles gritos de alarma que parecen chillidos de pájaro.
Tiene que sobrepasar a Gordon para llegar al montículo de arriba.
—Quita… —dice—. Mueve la pierna…
—No empujes —refunfuña él—. Además, no puedes estar aquí. Este sitio es mío, búscate otro.
—No empujes tú. No quiero tu sitio asqueroso.
La pierna de Gordon se interpone en su camino: él se retuerce, ella empuja y un trozo del acantilado, de ese mundo sólido que evidentemente no es tan sólido después de todo, se desprende de sus manos agarrotadas…, se desmorona…, y ella cae de espaldas, golpeándose los hombros, la cabeza, el brazo extendido, y se desliza rodando hasta abajo. Y queda tendida, jadeando, en un arbusto espinoso, machacada por el dolor, demasiado humillada incluso para gritar.
Gordon siente cómo ella se aproxima, invade su espacio, se acerca a su territorio. Se va a quedar con los mejores fósiles. Protesta. Extiende un pie para impedirlo. Las extremidades calientes y exasperantes de su hermana se confunden con las suyas.
—Me estás empujando —grita ella.
—No es verdad —gruñe él—. Eres tú la que me está empujando. Este es mi sitio, búscate otro.
—No es tu sitio, idiota —replica—. No es el sitio de nadie. Además, yo no…
Y de repente se oyen unos ruidos horribles, de golpes y de desgarros, y ella desaparece, resbalando y cayendo en picado, y él la mira con horror y satisfacción.
—Me ha empujado él.
—Mentira. De verdad, madre, no es verdad. Se ha resbalado.
—Me ha empujado.
A pesar del alboroto —las madres y las niñeras poniendo el grito en...




