E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Entrelíneas
Lincoln / Marx Guerra y emancipación
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123903-4-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Entrelíneas
ISBN: 978-84-123903-4-6
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Abraham Lincoln. Hodgenville, 1809 - Washington, 1865 Fuerte oponente de la expansión de la esclavitud en los Estados Unidos, fue elegido presidente a finales de 1860. Gracias a la derrota de los secesionistas en la Guerra Civil, introdujo medidas que dieron como resultado la abolición de la esclavitud, con la emisión de su Proclama de Emancipación en 1863. Lincoln supervisó estrechamente el resultado de la guerra hasta su fin, y con su brillante retórica movilizó con éxito a la opinión pública. El discurso de Gettysburg es sólo un ejemplo de ello. Tras la guerra, estableció una rápida reconstrucción, a través de una generosa política de reconciliación. Su asesinato en 1865 fue el primer magnicidio en los EE.UU.
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Prólogo
Andrés de Francisco
El gran teatro de la política tiene una peculiar propiedad. Ella es que a menudo sus actores cambian de papel, de libreto y de escenario, y al final tanto las retóricas como las ideologías y las estrategias políticas resultan extraordinariamente fluidas y mudables. Abraham Lincoln recuerda uno de esos cambios de escena. Ya antes de la guerra civil americana, el Partido Demócrata fundado por Jefferson se ha olvidado de Jefferson y de aquel principio constitucional según el cual «todos los hombres somos creados iguales».[1] Bien al contrario, en menos de 50 años se ha convertido en el partido de la esclavitud, el partido que prioritariamente defiende los intereses de una exigua oligarquía de propietarios de esclavos y, por lo tanto, promueve su política imperialista de anexión de tierras. Mutatis mutandis, es el Partido Republicano —el heredero de los whigs, de los federalistas liderados por Hamilton y poco amigos de la igualdad democrática— el que retoma aquel principio jeffersoniano y ondea la bandera abolicionista. Los actores han intercambiado sus papeles en el teatro de la política estadounidense de mediados del siglo XIX. A su vez, Marx, el revolucionario del 48, el crítico radical del liberalismo y hasta de los derechos humanos como derechos burgueses, no tiene dudas y está con Lincoln, con el ejército nordista, pese a su industria capitalista, sus bancos y sus sociedades mercantiles. Toma partido desde el comienzo, cuando Europa, también la izquierda europea, tiene dudas sobre si debe apoyar al sur, con su democracia de pequeños granjeros y asambleas participativas, y su principio de soberanía popular.
Marx no se deja engañar. Sabe que el principio de autodeterminación de los pueblos es bueno en abstracto, pero que hay que evaluarlo en concreto. Y esta vez, muy concretamente, ese principio no sirve a los intereses de la libertad y la democracia, sino a los de una minoría de 300.000 propietarios de esclavos, que anhelan servirse del poder estatal para saciar su hambre de nuevas tierras en las que extender sus plantaciones y el sistema esclavista. Bueno, sirve mientras sirve, porque también es socavado cuando socavarlo conviene a los intereses de esos mismos propietarios de esclavos. Así ocurre, en efecto, con la sentencia Dred Scott (1857), que antepone el derecho de propiedad a las leyes estatales, expresiones del autogobierno popular, cuando estas son antiesclavistas. Pero cuando el principio de autogobierno —como en el decreto de Kansas–Nebraska de 1854— abre la puerta a la esclavitud, entonces es un principio incuestionable. El principio de autodeterminación de los pueblos —siempre incuestionable en abstracto— se ha concretado muchas veces en versiones execrables. A él apeló Carl Schmitt para justificar las leyes raciales de Nüremberg, en él se basó el militarismo nacionalista alemán de las dos guerras mundiales del siglo XX. Y, salvando las distancias, desde luego, subyace a lo que hoy en día se ha llamado con acierto el «separatismo de los prósperos».[2] En todos estos casos, la dirección a que apuntan estas concreciones es una dirección particularista, que separa y no une, que excluye y no integra, y que aspira a perpetuar privilegios, étnicos, raciales o simplemente económicos. Es una dirección que rompe con el gran proyecto ilustrado de razón y justicia universal. Stalin no era muy entusiasta de ese proyecto ilustrado y a los que, como Trotsky, defendían causas universales los llamaba despreciativamente «cosmopolitas sin raíces».[3]
En estos textos, como en otros muchos, tanto Lincoln como Marx convergen en un discurso y una estrategia cosmopolitas. Si la esclavitud es mala es porque los negros son seres humanos y comparten una misma humanidad con el resto de seres humanos, sean del color que sean, pertenezcan a un sexo o a otro. En cuanto que seres humanos, negros y blancos, tienen derechos. Y entre ellos, el derecho fundamental a no ser oprimidos. La libertad de la opresión hace humano al ser humano. Por lo tanto, la condición de esclavo es contradictoria con la de humanidad; la esclavitud —dicho de otra forma— animaliza al hombre. Marx, obviamente, va más lejos en esa dirección cosmopolita, pues considera que la abolición de la esclavitud es la antesala de la abolición del trabajo asalariado, el cual, en la tradición europea de la crítica de la economía política, Marx entiende como trabajo esclavo disfrazado de trabajo libre. Marx aspira a la emancipación del mundo del trabajo —digo «mundo» para recalcar su dimensión universal—; de hecho, rescata del baúl filosófico de su juventud el término Emanzipation, que había quedado apartado de su léxico revolucionario, y con esa bandera entiende que la causa del norte es la causa de la humanidad, porque es la causa de la libertad. Por eso para él la guerra de secesión americana no es una guerra cualquiera sino un punto de inflexión en la historia de la humanidad como tal. Y como los ejércitos de Lincoln vencen, Marx no reprime estas palabras: «La razón triunfa, pese a todo, en la historia universal».[4]
La convergencia cosmopolita con Lincoln se facilita por las comunes convicciones republicano–democráticas de ambos. Lincoln, en efecto, recuerda en su conmemoración de Jefferson, que el Partido Republicano antepone los derechos del hombre a los derechos de la propiedad. Ningún hombre puede ser propiedad de otro, ningún derecho de propiedad debe concluir en un derecho de opresión. Porque eso es despotismo. No solo la propiedad no da derecho a oprimir a otro hombre; tampoco la voluntad lo da, por más popular y democrática que sea dicha voluntad. En verdad, el meollo filosófico–moral de la guerra civil americana queda perfectamente encerrado en un triángulo cuyos vértices son el derecho humano y personal a la libertad de la opresión, el derecho de propiedad individual y el derecho al autogobierno democrático. Lincoln, claramente, ciñe los dos últimos a la primacía del primero, y hace de la abolición de la esclavitud una cuestión de derecho natural. Marx acompaña en ese tramo a Lincoln, y sigue por su cuenta en una dirección revolucionaria o democrático–radical. Es la vía que une la abolición de la esclavitud con la emancipación del trabajo asalariado, y hace del derecho a la libre existencia de todos un derecho fundamental que ningún otro derecho, individual o colectivo, puede comprometer.
En uno de esos clichés decantados por la inercia académica, tan exenta de fibra intelectual, se nos repite aquello de que Max Weber habría complementado a un Marx demasiado materialista, rescatando a las ideas, la cultura o la religión como factores explicativos del cambio social, como motores de la historia. Aquí vemos a un Marx —lo vemos en muchos otros lugares— que hace añicos ese cliché, el cual por lo demás simplifica y deforma tanto a Weber como a Marx. La guerra de secesión es una guerra moral, guiada por principios morales. Eso no quiere decir que las partes no tengan otros intereses. Que sea una guerra moral, no quiere decir que la libren ángeles y querubines. Lincoln quiere la Unión antes que la abolición de la esclavitud, y defiende la libertad del trabajo o la política arancelaria favorable a los industriales del norte; los secesionistas del sur quieren mantener su modus vivendi y sus privilegios. Hay intereses materiales y simbólicos implicados. Naturalmente. Pero la guerra de secesión es una guerra moral porque la cuestión de la esclavitud está en su núcleo. Esta —dice Marx— es una guerra «esencialmente de principios».[5] Por eso, tiene alma.[6]
Ahora bien, la revolución que inició de la mano de la abolición de la esclavitud —la emancipación del mundo del trabajo— es una revolución inacabada. Siglo y medio después de la guerra civil americana, la concentración oligárquica de la riqueza es mayor que nunca, y la plutocracia internacional gobierna un mundo en que los derechos humanos, civiles y sociales, lejos de anteponerse a los sacrosantos derechos de propiedad, son crecientemente vulnerados, cercenados o pisoteados por ellos. El proyecto emancipatorio de un mundo armonioso de ciudadanos libres e iguales parece hoy día en quiebra o muy alejado del presente. Pero es el proyecto que —con todas sus diferencias— compartieron Lincoln y Marx.
[1] Véase A. Lincoln (1859), «Carta a Henry L. Pierce y otros», en esta edición.
[2] Tony Judt (2005), Posguerra, Madrid: Taurus, p. 1008.
[3] Robert Service (2005), Stalin: a Biography, Londres: Macmillan, p. 576.
[4] Véase K. Marx (1862), «Comentarios sobre los acontecimientos norteamericanos», en esta edición.
[5] Véase Karl Marx (1862), «Asuntos americanos», en esta edición.
[6] Véase Karl Marx...




