Lightwood | Al otro lado | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 384 Seiten

Reihe: TBR

Lightwood Al otro lado


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-27-6
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 384 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-27-6
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Nacho no tiene ninguna gana de mudarse a un pueblo pequeño. Y menos, cuando llega y se da cuenta de que los habitantes de ese lugar guardan muchos secretos. Aunque tal vez sea precisamente en el corazón de esos secretos donde Nacho pueda encontrarse al fin a sí mismo... y al amor.Al otro lado es una historia de amor con elementos paranormales, un romance que te pondrá la carne de gallina... y no solo de miedo.

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HABÍA TENIDO YA UNAS SEMANAS para hacerme a la idea, pero todavía no había asimilado lo que estaba pasando. Al fin había llegado ese viernes maldito que tanto había temido. Y ver el que sería mi nuevo hogar durante al menos un año tampoco ayudaba mucho, precisamente. Observé esa casa que parecía salida de una película de época y no pude evitar resoplar. Me quité los auriculares con los que llevaba todo el camino escuchando en bucle el último disco de Darío, mi cantante favorito.

-¿En serio? -pregunté con una mueca de desdén que no fui capaz de ocultar-. ¿No había una casa mejor?

-Nacho... -dijo mi madre, agobiada por toda aquella situación-. Ya lo hemos hablado mil veces. Es lo que hay.

Puse los ojos en blanco, pero me mordí la lengua para no contestar. Tenía razón: lo habíamos hablado. Y también habíamos discutido. Y habíamos gritado, nos habíamos peleado, habíamos llorado los tres hasta quedarnos sin voz. Una mañana, incluso me había ido dando un portazo para refugiarme en casa de mi amiga Leire y no había vuelto hasta por la noche. Sí, desde luego que lo habíamos hablado mil veces. Pero eso no significaba que hubiera dejado de ser una mierda.

Eché un vistazo a la casa, iluminada por un sol que me resultaba extrañamente poco caluroso para ser julio, aunque estábamos en el norte del país. Tal como me habían contado, era evidente que se trataba de una antigua granja reformada. Pero tal vez la palabra «reformada» se le quedara un poco grande, porque desde luego no se parecía en nada a lo que me imaginaba. Si era verdad que la habían reformado algún día, sin duda eso tuvo que ocurrir como mínimo antes de mi nacimiento. El corazón me dio un vuelco al darme cuenta de que aquello era real; de que aquella casa de mala muerte iba a ser mi nuevo hogar. Cerré los ojos y respiré hondo, tratando de recordarme una vez más que tan solo sería algo temporal.

Un año. Después, o bien volveríamos los tres a casa, o bien yo me iría a la universidad. Pero, si todo salía según lo previsto, tan solo estaríamos allí durante un año; al menos, ese era el tiempo que aparecía estipulado en el contrato de mi madre. Era médica de cabecera, y llevaba ya unos meses en la bolsa de empleo debido a los recortes hasta que la destinaron a aquel pueblo. Por su parte, mi padre era periodista y trabajaba desde casa. Yo había gritado, llorado y hasta les había insultado por no poder quedarme con él en mi casa de siempre, pero ellos habían sido tajantes. No podían pagar a la vez la hipoteca de nuestra casa y el alquiler de este sitio, así que habían puesto la casa en alquiler mientras estuviéramos fuera. Al menos, todas las cosas que no me había podido traer estaban a salvo en un trastero, pero se me revolvía el estómago al pensar que pronto habría alguien durmiendo en la que había sido mi habitación durante diecisiete años.

Unas lágrimas traicioneras ardían en mis ojos. De verdad me iba a pasar al menos un año allí, muerto del asco, a casi quinientos kilómetros de casa. A quinientos kilómetros de la única vida que había conocido durante mis casi diecisiete años de existencia. A quinientos kilómetros de todos mis amigos. A quinientos kilómetros de... de él.

Todavía no podía creer que de verdad fuera a pasar un año sin verle.

Solté un suspiro. En realidad, Luis y yo no éramos nada serio; él mismo se había encargado de dejármelo claro. Me gustaba, sí. ¿Estaba enamorado? No lo sabía, la verdad. Pero sí que llevaba por lo menos un año colado por él. Y, bueno, puede que pasara algo entre nosotros en la fiesta de fin de curso... Y también a la semana siguiente, cuando fuimos juntos al cine... Y esa otra noche que me quedé solo en casa, aunque la cosa no fuera tal como yo esperaba... Y, en fin, pasaron unas cuantas cosas entre nosotros durante esas últimas semanas de junio, hasta que llegó julio y se fue a la playa con sus padres. Para entonces, mis padres ya me habían soltado la bomba, así que sabía que aquello no tenía ninguna clase de futuro.

Solté un suspiro y cerré los ojos, tratando de evitar que se derramaran las lágrimas acumuladas. Lo echaba de menos, mucho más de lo que esperaba y, desde luego, mucho más de lo que habría podido admitir. Si yo siguiera en mi casa de siempre, nos veríamos en menos de una semana, cuando volviera de sus vacaciones. Al menos, eso era lo que quería pensar. Pero en realidad, y por mucho que me gustara, yo no era nada serio para Luis, y eso era lo único que importaba después de todo. Y, ahora que estaba a quinientos kilómetros de él, ya no tenía nada que hacer. Cuando volviera a casa, a mi verdadera casa, seguro que ya no recordaría ni mi nombre. Dolía demasiado pensarlo.

-¿Bajas o qué, campeón?

La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos. Contuve las ganas de poner los ojos en blanco por segunda vez en menos de cinco minutos. Nunca he entendido eso de llamar «campeón» a los niños, sobre todo cuando dejan de ser unos críos y los siguen llamando del mismo modo. Vale, sí, puede que de pequeño me gustara que me llamara así. Supongo que me hacía ilusión, incluso. ¿Pero ahora? Hacía mucho tiempo que no me sentía precisamente como un campeón; más bien todo lo contrario. Y, para ser sincero, el mote me daba un poco de vergüenza ajena cuando lo utilizaba en público. Pero no podía decirle eso a mi padre porque heriría sus sentimientos, así que siempre que me lo decía, yo trataba de sonreír y aguantaba... en fin, como un campeón. O algo así.

Me bajé del coche sin contestar, observando a mi madre mientras abría la puerta de la casa con las llaves que les habían dado al firmar el contrato. Pude oír el chirrido desde el coche, y eso confirmó mis peores sospechas. No quería ni imaginar lo que me encontraría cuando entrara en esa casa que probablemente estaría cayéndose a trozos.

Y, desde luego, no me imaginaba lo que me encontré. Cuando me atreví a cruzar al fin el umbral, me di cuenta de que en realidad la casa estaba... ¿bien? Vale, sí, tenía ese airecillo rural que cualquiera podría esperar de una antigua granja, pero por dentro tampoco se diferenciaba mucho de una casa corriente. Había luz eléctrica, las paredes blancas ni siquiera tenían gotelé, y unos cables cerca del techo delataban que había conexión a internet. Dudaba que hubiera fibra óptica en aquel pueblo en el culo del mundo, pero ya era mejor de lo que esperaba.

-Bueno -dijo mi madre con una enorme sonrisa, y me di cuenta de que me estaba mirando con expectación desde que había entrado en la casa-. ¿Qué te parece?

-Eh... Pues no está mal -respondí con sinceridad-. ¿Dónde está mi cuarto?

Su sonrisa se ensanchó, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.

-Tu habitación está arriba -contestó mientras señalaba las escaleras que había al fondo del recibidor-. ¿Quieres verla?

-¡Claro! -respondí, más entusiasmado de lo que esperaba. Eso la hizo sonreír todavía más, por imposible que pareciera.

-Yo voy desembalando, ¿vale, cielo? -se ofreció mi padre, que había entrado detrás de mí con una de las cajas que llevábamos en el remolque del coche.

Aunque habíamos contratado un camión de mudanzas para la mayoría de nuestras cosas, mis padres habían alquilado un remolque para trasladar nosotros mismos lo que íbamos a necesitar el primer día, hasta que llegara el camión. Yo tenía tres cajas, dos de ellas llenas de ropa, pero la más importante había viajado conmigo en la parte trasera del coche. No iba a permitir que mi preciada PlayStation 5 y mi portátil fueran en un remolque, ni mucho menos en un camión de mudanzas en manos de unos desconocidos.

Eché un vistazo hacia la puerta de entrada y me di cuenta de que el coche todavía estaba abierto.

-Mamá, espera -le dije cuando ella hizo ademán de salir por una de las puertas del recibidor-. Voy a por mi caja.

Volví hasta el coche y saqué la caja con cuidado para llevarla hasta la casa. Una vez dentro, seguí a mi madre por la puerta de antes y abrí mucho los ojos al ver el salón. Una parte de mi mente registró vagamente la presencia de una mesa de comedor, varias sillas y un sofá, todos de colores beis a juego, pero mi atención se centró en el televisor que había en una esquina. Debía de medir al menos cincuenta pulgadas; era más grande que el de casa. Dejé mi caja en el suelo, junto a él: parecía que la PlayStation había encontrado su nuevo hogar.

-¿Qué te parece? -dijo mi madre detrás de mí.

-Es una pasada -respondí con sinceridad, solo para darme cuenta un segundo más tarde de que no se refería a la tele, sino al salón en sí. Me apresuré a darme la vuelta y miré a mi alrededor-. Está... muy bien. Más que el que tenemos en casa.

-Sí, ¿verdad? Pues ya verás cuando llegues a tu habitación...

Algo más animado, seguí a mi madre mientras subía las escaleras. El dormitorio de mis padres era enorme y tenía su propio cuarto de baño, lo que significaba que el que había en el pasillo sería solo para mí. Aunque tenía un pequeño lavadero anexo para hacer la colada, era agradable saber que, por lo demás, yo sería el único que...



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