E-Book, Spanisch, 516 Seiten
Reihe: Poesía
Lezama Lima Poesía completa
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1126-815-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Tomo II
E-Book, Spanisch, 516 Seiten
Reihe: Poesía
ISBN: 978-84-1126-815-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
José María Andrés Fernando Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910-9 de agosto de 1976). Cuba. Nació el 19 de diciembre de 1910 en el campamento militar de Columbia, en La Habana, hijo de José María Lezama, coronel de artillería, y de Rosa Lima. En 1920, Lezama entró en el colegio Mimó, donde terminó sus estudios primarios en 1921. Hizo sus estudios de segunda enseñanza en el Instituto de La Habana, y se graduó como bachiller en ciencias y letras en 1928. Un año más tarde estudió Derecho en la Universidad de La Habana. Lezama participó el 30 de septiembre de 1930 en los movimientos estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado. Y publicó por entonces el ensayo Tiempo negado, en la revista Grafos, en la que al año siguiente se publica su primer poema titulado Poesía. Hacia 1937 fundó la revista Verbum y publicó su libro Muerte de Narciso. En los años siguientes fundó otras tres revistas: Nadie parecía, Espuela de Plata y Orígenes, junto a José Rodríguez Feo. En 1964 Lezama se casó con su secretaria María Luisa Bautista. En 1965 ocupó el cargo de investigador y asesor del Instituto de literatura y lingüística de la Academia de Ciencias. En esa época fue publicada su Antología de la poesía cubana. Su novela Paradiso apareció en 1966, fue considerada una de las obras maestras de la narrativa del siglo XX y calificada por las autoridades cubanas de 'pornográfica'. Profundo conocedor de Platón, los poetas órficos, los gnósticos, Luis de Góngora y las literaturas culteranas y herméticas, Lezama vivió entregado a la escritura. Murió el 9 de agosto de 1976 a consecuencia de las complicaciones del asma que padecía desde niño.
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I
Dador
Aparecen tres mesas ocupadas por tres adolescentes con máscaras doradas. En la primera mesa, mitad morado y mitad amarillo muy apagados, cada una de las tres figuras están fuertemente adormecidas. A los pasos de danza, cada uno de los enmascarados sucesivamente baila alrededor de su mesa, y después, describiendo semicírculos y rápidas líneas, va desfilando por las otras dos mesas. Los de la segunda mesa pueden vestir un azul fosforescente con un rojo de fruta tropical roja. Los de la tercera mesa, blanco y un color intermedio, verde de hoja lloviznada, tal vez. Detrás de las tres mesas, cuatro figuras mayores en armaduras. La primera figura, todas han de ser de hermosa estatura, como las mesas se presuponen ocupadas por gentilidad y adolescencia, muestra una armadura pesada y lentísima, comenzando a danzar entre las tres restantes figuras del segundo término. Los enmascarados que ocupaban las primeras mesas se han vuelto a adormecer. La otra figura de armadura, igualmente pesada y brusca, tiene sus hierros cubiertos de fragmentos vegetativos. Agita sus ramajes y hojas, y baila describiendo también espirales y semicírculos, entre las tres restantes figuras de armadura. La otra armadura muestra una gran mancha, y se presupone que es la figura que va a morir, muévese con servicial geometría, sin acabar de terminar sus gestos y como con dolorosos y arrastrados movimientos. La cuarta figura de armadura es el grotesco, salta y desconcierta, y se mueve con indescriptibles, toscos y falsos gestos airados. La armadura puede tener un brazo de cartón o un pie fuera de los hierros, buscando anclarse en gestos graves pero bufonescos. Cada uno de los enmascarados de las primeras mesas,y cada una de las figuras en armadura, van también danzando entre la animación del primer plano. El pleno se conseguirá con las figuras en armadura bailando entre sí y entre las mesas con los enmascarados en danza, causando una impresión mantenida de rejuego y algazara, pero sin perder el diseño de espirales y semicírculos. En el telón de fondo, dos cariátides. Una, de gran tamaño, alrededor de veinte veces el tamaño natural de un rostro. Otra, es como un rostro retorcido, como una máscara de antiguo combatiente japonés. La pequeña cariátide lanza con indetenible reiteración la fija cantidad de luz que los danzantes necesitan. La de gran tamaño, en tiempo cíclico, dispara la nieve de luz, aumentando la visibilidad de las destrezas, arcos y movimientos de las figuras. Al aumentar tan poderosamente la cariátide mayor la proyección de la luz, hará aparecer por momentos a los movimientos como spintrias y peces ciegos rapidísimos.
El esturión con flaca tinta borrosa
preparando los tapetes rajados de las consagraciones,
comienza a balbucir en el culto maternal de las aguas.
El sentarse, ya se interpone la mitad del otro cuerpo
sobre las dos manos cruzadas, desconocido intermediario
que trae el terror de la pintada tiara.
La hybris destila su hinchazón,
donde es imposible la incrustación del cordaje caricioso.
El rabo de un lejano animalejo,
el trabalenguas zampallo proclama y enamora en la zampoña,
aunque vuelva sobre su cuello con el disimulo de los cisnes
no es el cordón umbilical que vuelve sobre la torre
de Damasco y que preludia las lisonjeras danaides en cuclillas.
¿Lo híbrido sigue el rastro del mijo o de la centifolia?
¿Su costumbre, perro estacionado en propio aro,
requiere las dinastías dormidas o los desafíos
de las cenizas sobre la caparazón de la tortuga?
Raspar es el signo del pincho encandilado
y sus decisivas exigencias de bozal pedigüeño,
y de pronto la ceniza se hincha en la pechuga
gastada, y restriega el nacimiento de los párpados
de colores, y el misional, egipcio insecto.
La hilacha de la mujer persiste en la hidrópica ceniza,
y ahora la mujer reemplaza a la hinchazón de las patas
cruzadas del antílope con sucio lácteo matronal.
El cultivo del mijo y el cómputo por seis van entrando
en el nido de bambú que huye del río y las sumergidas
lunas reapareciendo en las escaleras de las chimeneas,
cuando el humillo de la ternera escribe en el semisueño
de los coperos dictando.
Los extensos lentiscos de la mano izquierda avizoran
el mijo que golpea en tamborcillos de seis timbres,
y las repeticiones de las seis voces rodeando el círculo
húmedo donde la vaca conversa con la espalda del obispo.
También romper la tierra tiene la escritura del sueño,
los acercamientos a las crecidas aclaradas por las rotaciones
del seis, y cuando la mano izquierda entresaca
del mijo las seis cápsulas del vino y del aceite,
se endurecen en el sortilegio del ojo salado del buey.
La anchurosa memoria alcanzadas por las tablas de la casa,
y las analogías del mijo culebreando la hililla de oro,
necesitan las espesuras memorialistas del seis,
las seis veces que la boquilla del timbre convoca
para saltar anudados en los animalejos sentados en la sangre.
La fidelidad del cultivo del mijo no impide el terror de las estaciones,
la rueda al multiplicarse se rompe en un punto encandilado,
lentamente se endurece como las piedras con las inscripciones
de los altos sombreros de prelados y de cautivos remadores.
Los sacerdotes inauguran sus metales como si las estaciones
siguieran la ley de su excepción y no sus murmuraciones sucesivas.
La mano derecha estruja la centifolia y fija el cómputo por cinco,
aquella mano repasa las flores del desierto regadas con arenas.
La caballería entrando en Damasco se deja penetrar por las mil hojas,
en ese gesto llegó el halcón y cayó el guante,
así se fueron endureciendo y comenzaron a martillarlos.
El cómputo por cinco amiga la distancia del jinete y la estrella fría,
siente la apagada distancia entre la testa y el brazo,
allí antes crecía el árbol de la conjugación del Eros,
el jinete pasaba por la sombra del árbol y se dividía;
del brazo a las caderas tenía la otra enigmática planicie,
pero allí vuelve la estrella fría de la distancia sin lenguaje,
y las caricias son de poro a poro, de poro a estrella, enloquecidas.
El frío tigre desliza en las esquinas de la pizarra
la oscura marcha hacia el arenoso río espesando,
o la reverencia de la hoguera transparentando los cuernos del antílope;
las tachuelas de diamante preguntando por el encerado,
errantes animalejos de artificio que respiran y separan.
El artificio natural se trueca en objeto y toca para despedirse,
gana allí el retroceso y gana también la presa.
Primero en el despertar marino del silogismo del cuerpo,
sus conclusiones se cierran con la médula arborescente,
y su nobleza se ofrece ante el fuego y su seco
o ante los torrenciales jugos ácueos que lo hinchan.
Pero ese ser que le acompaña ¿es su seco o su henchimiento?
Anota sus respuestas, no en la máscara, sino en el calendario del reverso,
y su sombra es la de la máscara, no el sueño en el cuerpo espesando.
Las decantaciones súbitas del cuerpo, las lentísimas
fugas del gozo ¿destilan el brazalete de serpientes?
Existir no es así una posesión sino algo que nos posee,
y mientras penetramos, es la invisible suspensión, nuestro ejercitado enemigo
nos penetra y nos mustia el anillo secularmente reclinado en el estanque.
Pues esa desventurada claridad reclama un existir que no sea penetrado
y así sentimos que sus podridas pestañas se astillen en reflejos venatorios.
Luego se comienza por el luego y la derivación, la criatura
se reconoce en la distancia cuando la distancia se nombra
en la suprema esencia y la suprema forma, pero a nosotros
solo se nos hace visible la caída y la originalidad por la sombra y la caída.
Los ojos no reconociendo las jarras separadas por el sueño,
sino flotando en la médula del tiempo, izan
al cazador tronchado; luego acompañado de un indomeñable
fósil carbonario; y la derivación, eco de una preñez
del agua hinchada, o criatura, aceptando en su visible
el ocaso retornado, cortantes pájaros batiendo la distancia
de las jarras, cuerpo que en la derivación se entrega al baile.
Ser primero en el uno indual y luego reconociendo el cuerpo deslizado
que se detiene frente a él, desaparece.
Las numéricas claves del perfume logran su relieve
hacia la otra esencia sin deseos de su forma,
forma detenida, como el caballo en el último recodo,
y hecha al Giorgione que detiene y ofrece su violín.
La esencia sustancial y la forma esencial abandonan
la sorpresa de su escala y tocan la suspensión del contrapunto.
En ese tejido el cuerpo es el volatinero de su esencia
y se adormece en cuchillas en el rajado tímpano, su piel.
La bendición del perfume consagra al poliedro en su bisagra
y la visible absurdidad se remansa cuando los pasos penetran
por la piel y se hinchan en los arrogantes paseos playeros,
o se ríen de nuevo cuando suenan...




