E-Book, Spanisch, Band 112, 424 Seiten
Reihe: Impedimenta
Lem Máscara
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-15979-84-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 112, 424 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-15979-84-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Stanis?aw Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Siguiendo los pasos de su padre, se matriculó en la Facultad de Medicina de Lvov hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad.
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La rata en el laberinto
Coloqué en los estantes las carpetas que contenían los informes de los experimentos y cerré el pequeño armario. Colgué la llave en una escarpia y me acerqué a la puerta: mis pasos resonaban con fuerza en aquella bochornosa quietud. Cuando extendí la mano hacia el picaporte, escuché un ligero susurro, alcé la cabeza y me detuve.
«La rata», se me pasó por la cabeza, «la rata se ha escabullido de la jaula. Es imposible…»
De un solo vistazo, podía abarcar el laberinto desplegado sobre las mesas, pero los sinuosos pasillitos que se entrecruzaban bajo la cubierta de cristal estaban vacíos. Pensé que debía de tratarse de una ilusión, pero no me moví de mi sitio. De nuevo, escuché un rumor procedente de la ventana. Era evidente que unas uñas arañaban el cristal. Me di la vuelta y me agaché de golpe para mirar debajo de las mesas; nada, seguía sin haber nada. Sin embargo, volví a escuchar aquel murmullo, vago e insistente, pero esta vez supe que venía del otro lado, de detrás de la estufa. Eché a correr y, cuando llegué junto a ella, me quedé quieto. Entonces fui girando despacio la cabeza hacia un lado, mirando de soslayo. Silencio. Por segunda y por tercera vez, aquel ruido se dejó escuchar, pero en esta ocasión venía desde el lado opuesto. Aparté con brusquedad las mesas, pero allí tampoco había nada. A pocos centímetros de mi cabeza, un sonido como de madera roída. Inmóvil como una estatua, observé la habitación. De pronto, tres o cuatro ruidos fuertes restallaron en el silencio, sobre aquel constante murmullo que continuaba reverberando bajo las mesas. Un escalofrío de repugnancia me recorrió la espalda.
«Bueno, no tendrás miedo de las ratas ahora, ¿verdad?», me reprendí.
De pronto, dentro del armario que acababa de cerrar, distinguí el enérgico rechinar de unos pequeños dientecillos, así que me abalancé contra la puerta, frenético: tras ella algo blando se agitaba inquieto. Tiré del cierre y una maraña de pelo gris chocó directamente contra mi pecho. Ahogado por un miedo espantoso, sin aliento, presa de un asqueroso calambre en la laringe, me desperté a duras penas, como si para hacerlo tuviese que levantar una pesada lápida con las manos desnudas.
El coche estaba a oscuras. Apenas conseguía distinguir el perfil de Robert bajo la verde luz del cuadro de mandos. Este se echó hacia atrás relajado y cruzó los brazos sobre el volante: un gesto, supuse, que le debió de copiar a algún conductor profesional.
—¿Qué pasa contigo? Parece que te cuesta aguantar sentado, ¡eh! Tranquilo, ya estamos llegando.
—El calor que hace dentro de esta lata es sofocante —murmuré mientras bajaba la ventanilla y exponía la cara al fresco viento del exterior. La oscuridad se fue quedando atrás, y tan solo el tramo de carretera que teníamos delante vibraba a la luz de los faros. Íbamos a toda pastilla.
Una curva, luego otra: haces de luz abrían calles alargadas entre los troncos de los altos pinos. Las señales que indicaban los kilómetros brotaban de la oscuridad y se perdían en ella como si fueran pequeños y blancos fantasmas. De pronto, se terminó el asfalto. El Chevrolet comenzó a saltar sobre los baches y se embaló, danzando a través del estrecho camino forestal. Se me puso la piel de gallina al pensar que podríamos toparnos con algún tocón aún sin arrancar, pero no dije nada. Poco a poco, el bosque se fue haciendo menos espeso a ambos lados de la calzada: habíamos llegado a nuestro destino. Como era de esperar, Robert no desaceleró al borde del claro y frenó en seco justo delante de la pálida tela de nuestra tienda de campaña. Del frenazo, casi se lleva por delante las estacas que tensaban las cuerdas. Quise regañarlo por aquella insensatez, pero recordé que era nuestra última noche juntos y me contuve.
En el apartado de correos de Albana, a Robert le esperaba la noticia de que debía volver a la redacción en dos días, el tiempo necesario para recorrer los casi mil kilómetros de distancia que separaban Ottawa del lugar donde estábamos acampados: había que ir en coche hasta Albana, más tarde había que coger un barco y luego volver a la autopista. Robert me propuso que me quedara solo allí hasta finales de septiembre, tal como teníamos planeado, y yo, por supuesto, me negué.
Nada más abandonar el pueblo aquella misma tarde, no bien salimos a la autopista, ya habíamos atropellado un conejo. Era el único animal salvaje, sin contar las truchas, que habíamos podido incluir en nuestro botín de cazadores. Lo metimos en el coche y cuando llegamos a la tienda nos dispusimos a preparar la cena. El conejo era viejo y duro, por lo que tardamos mucho en asarlo; a medianoche conseguimos hincarle el diente. La lucha con aquella carne correosa disipó un poco el ambiente fúnebre que reinaba entre nosotros, y, ayudados por la cerveza que guardábamos en el maletero para las ocasiones especiales, como aquella, acabamos relajándonos. De repente, Robert se acordó de los periódicos que habíamos traído del pueblo y fue a buscarlos al coche. La mortecina hoguera apenas iluminaba nada, así que encendió uno de los faros.
—¡Apaga eso! —grité.
—Un momento —dijo, y desplegó las enormes páginas de uno de los periódicos.
—No mereces permanecer en este lugar tan respetable —le dije, encendiendo la pipa—. Eres demasiado burgués. Punto.
—Será mejor que escuches.
Robert se inclinó sobre el periódico.
—¿Te acuerdas del meteoro sobre el que escribieron la semana pasada? Ha vuelto a aparecer.
—Mentira.
—En absoluto, escucha —dijo. Y se dispuso a leer en voz alta:
Hoy por la mañana [el periódico era del día anterior], el misterioso meteoro se acercó a la Tierra por tercera vez y, al entrar en las capas superiores de la atmósfera, se calentó en extremo para, posteriormente, apagarse a medida que se alejaba. Durante la conferencia de prensa ofrecida en Toronto, el profesor Merryweather, del observatorio astronómico local, desmintió la versión difundida por la prensa estadounidense, según la cual se trataba de una nave espacial que daba vueltas alrededor de nuestro planeta antes de realizar un hipotético aterrizaje. «Se trata de un simple meteoro», declaró el profesor, «un meteoro probablemente atraído por la gravedad terrestre, que se ha convertido en una especie de nueva luna y que gira alrededor de nuestro planeta describiendo una órbita elíptica.» Contestando a la pregunta de nuestro corresponsal —sobre si era razonable esperar que el meteoro cayese sobre la Tierra—, el profesor Merryweather respondió que no se podía descartar tal extremo, ya que al aproximarse a la Tierra, con cada vuelta que daba, el meteoro era sometido a una brusca desaceleración a causa de la fricción con la atmósfera terrestre. El asunto, en el que trabajan numerosos laboratorios, será aclarado en breve…
»Y aquí tengo los periódicos de los Estados Unidos de hace tres días. ¡Hay que ver la que se ha montado!: «Se acerca nave estelar»; «Cerebros electrónicos traducirán el idioma de los seres desconocidos»; «Huéspedes procedentes del Cosmos…». Bueno, bueno —añadió con un toque de remordimiento—, y yo, mientras tanto, perdido en el bosque.
—Pero si no es más que un cuento —dije—. Apaga las luces y tira eso a la bolsa para reciclar.
—Pues sí, se ha acabado eso de fantasear…
En la penumbra, Robert regresó a la hoguera, que se había convertido ya en un montón de ascuas rojas, y añadió unas cuantas ramas secas. Cuando comenzaron a prender, se sentó en la hierba y dijo en voz baja:
—Pero… imagina que fuera una nave de verdad… ¿Por qué te ríes?
—Porque sabía que no lo ibas a dejar estar así como así.
—¡Menudo psicólogo estás hecho! —murmuró Robert, removiendo con un palo la hoguera; esta, en apariencia molesta, liberó un montón de chispas y emitió unos horribles crujidos—. Dime, ¿por qué no puede ser una nave? Venga, dime.
—Te lo diré. Pero antes… ¿dónde está la manta? Del suelo sube mucho frío, parece que va a helar. Vamos a ver, querido amigo, durante los seis mil años de existencia de la civilización terrestre, jamás nos ha visitado vehículo espacial alguno, pues algo semejante habría dejado, sin duda, alguna huella en las crónicas de los pueblos que nos precedieron, y, sin embargo, no hemos encontrado nada. Resulta que la probabilidad de que se produzca un acontecimiento cualquiera puede calcularse en función de su frecuencia, ¿entiendes? Los grandes meteoros caen a la Tierra de tanto en tanto: una o dos veces cada siglo, de hecho. Pero jamás hemos tenido noticias de que hayan caído naves espaciales… En consecuencia, la probabilidad de que aquel cuerpo de fuego que ha sobrevolado la Tierra fuera en realidad un cohete procedente del espacio es prácticamente igual a cero.
—Ya, pero se sabe que… —dijo él, recuperando el ánimo—, que en el universo existen planetas habitados. Si no en nuestro Sistema Solar, será en algún otro. Por tanto, tarde o temprano, alguna nave tendrá que venir hasta nosotros.
—Oh, sí, es muy posible que eso ocurra. Digamos que… dentro de dos millones de años. O puede que antes, en unos cien mil años, por ejemplo. No quiero preocuparte, como puedes ver…
—Sería un acontecimiento increíble… —Robert soñaba en voz alta—. Verás, las opiniones en esta materia están divididas: unos consideran que semejante contacto con otro mundo...




