Lara | El relojero de la Puerta del Sol | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Narrativas Históricas

Lara El relojero de la Puerta del Sol


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-350-4660-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Narrativas Históricas

ISBN: 978-84-350-4660-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Londres, 1866 José Rodríguez Losada se ve obligado, una y otra vez, a huir de su pasado. Tras abandonar de niño el hogar familiar, se verá obligado por razones políticas a exiliarse de la España absolutista de Fernando VII. Ahora vive en Londres, una ciudad más avanzada y en la que vislumbra un futuro más esperanzador. Hábil como pocos y siempre entusiasta, debe acabar un encargo urgente: reparar el Big Ben, el reloj más famoso del mundo. Pero nadie puede escapar de su pasado y, entre la niebla londinense, una sombra lo observa para acabar con su vida. Y, mientras tanto, José sólo vive y trabaja para su sueño: la construcción de un reloj con un mecanismo revolucionario. ¿Conseguirá José sortear todos los peligros que lo rodean y conseguir su sueño? La historia dice que sí, ya que su sueño será conocido como el reloj de la Puerta del Sol. Pero ¿cómo conseguirá eludir todos los peligros y conseguir hacerlo realidad?.... Emilio Lara nos adentra en la historia de un hombre tan real y fascinante como desconocido para la mayoría de los lectores. Un hombre que no sólo creará los dos relojes más famosos del mundo, tal como los conocemos actualmente, sino que sorteará todo tipo de dificultades para lograr su sueño, conocerá el amor en su madurez y se relacionará con los personajes más ilustres de su época. En definitiva, la historia de un hombre contra su destino y dueño de sus horas.

Emilio Lara (Jaén, 1968) es doctor en Antropología, licenciado en Humanidades con Premio Extraordinario, Premio Nacional de Fin de Carrera y profesor de Geografía e Historia de Enseñanza Secundaria.Ha publicado varios libros de Historia y decenas de artículos en revistas universitarias y centros de investigación españoles, italianos y franceses. Ha participado en la elaboración del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. También ha obtenido diversos premios de literatura, historia y periodismo. Ésta es su primera novela publicada.
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4

Extremadura-la Mancha

Agosto de 1814

El arriero cambió en Trujillo su cargamento de salazones por embutidos, y en aquella localidad se quedó José para probar fortuna. Trabajó durante la primavera y buena parte del verano como aprendiz en una barbería.

Al caer la noche, el barbero recibía a mujeres de larga cabellera que, por promesa o necesidad, se la cortaban a cambio de unas monedas y se marchaban con un pañuelo liado en la cabeza. El hombre seleccionaba entonces el pelo más sedoso de color castaño o negro, y componía pelucas para las imágenes religiosas. Y como alguna noche también acudían a su barbería las prostitutas en cumplimiento de una promesa concedida, su cabello lo destinaba a confeccionar pelucas para las efigies de María Magdalena, pues como el barbero decía «de puta llegó a santa». Era una suerte que, entre los mandados de José, estuviera el de entregar las pelucas, porque los dirigentes de las cofradías y los párrocos solían darle propinas que guardaba en una faltriquera.

En agosto decidió que afeitar, pelar, sacar muelas y sajar golondrinos no era lo suyo, y con el poco dinerillo ahorrado decidió irse a Madrid a ganarse la vida. Imaginaba que en la Corte habría más posibilidades de prosperar. Él era espabilado, no tenía manías y aprendía con rapidez. Echó cuentas: a pie, a un buen ritmo de marcha, comiendo lo justo, durmiendo al raso si hacía bueno y en una venta si estallaba tormenta, tendría suficiente con lo ahorrado.

La guerra había devastado el país, traído la discordia y abastecido los osarios de las iglesias. Por todos los pueblos por los que pasaba se encontraba con idénticas escenas: madres de negro que lloraban inconsolables en las iglesias por sus hijos fallecidos. Llevaban flores a las imágenes, encendían velas en los lampadarios, rezaban ensimismadas o aullaban de dolor, como si les arrancasen de cuajo las entrañas. Algunas sufrían arrebatos y se tiraban al frío suelo, sabedoras de que debajo, en la oscuridad de la cripta, reposaban los restos de sus hijos. De poco servían los sermones y las palabras confortadoras de los párrocos que hablaban del cielo, pues ellas lo que deseaban era abrazarlos y cuidarlos. No querían oír hablar de pasajes evangélicos, sino verlos crecer. Muchas vivían ajenas al mundo, sonámbulas de sí mismas, como plañideras de mirada brumosa y desesperanzada.

La compañía de un marido fallecido podía reemplazarse, pero no ocurría lo mismo con el amor de un hijo muerto. Los recuerdos se les amontonaban: las nanas que les cantaban para dormirlos, los cuentos de miedo que les contaban para prevenirlos de los sacamantecas que metían a niños en sacos, los besos con que los cubrían en arrebatos maternales.

También en algunos pueblos vio a mujeres rapadas o peladas a trasquilones que, cabizbajas, soportaban un mortificante pedrisco de insultos y salivajos de sus convecinos. Algunas caminaban desorientadas, tambaleantes, como Lázaro recién resucitado. Eran las afrancesadas, las acusadas de haberse acostado con franceses. Purgaban su pecado entre silenciosas lágrimas y, si llevaban a sus hijos chicos en brazos o de la mano, éstos también eran vejados y recibían su ración de odio, sobre todo de mujerzuelas greñudas que, al maldecir, soltaban perdigones de saliva y gritaban: «¿Ya no tenéis el chocho escalfado, cacho zorras?».

Era un país que disfrutaba con el espectáculo del dolor.

Como de pequeño fue a la escuela, José leía los bandos municipales y las disposiciones reales pegadas con engrudo en las columnas y tableros de las plazas porticadas. Dichos papeles de colores recordaban la obligación de delatar a afrancesados y liberales por el bien de la patria y de la verdadera religión. Los pregoneros, con su trompetilla y voz de falsete, rodeados de chiquillos, leían lo mandado por los alcaldes y el rey, y aquellos que habían colaborado con los franceses o simpatizado con los liberales gaditanos, temiendo ser denunciados por sus vecinos, vivían atemorizados por si los detenían en cualquier momento y temblaban si alguien los miraba de manera incriminatoria, pues habían aprendido a interpretar las miradas de odio macerado y reconcomido. Mientras tanto, los curas, engallados, advertían en sus homilías «contra la funesta manía de pensar».

Al celebrar muchos pueblos sus fiestas patronales, la alegría por la restauración de Fernando VII en el trono se acompañaba de misas, cucañas, gigantes y cabezudos, fuegos artificiales nocturnos y muñecos de paja que representaban a Napoleón y a Pepe Botella, a los que pegaban fuego dando mueras. Al amanecer, un cohetero con pinta de tonto pagado de sí mismo recorría las calles tirando cohetes, con su puro en la boca y sus andares de archipámpano de las Indias, despertando a los vecinos con los estampidos antes de que lo hiciese la procesión del rosario de la aurora con sus rezos y campanilleos. Y en la algarabía de feria que se formaba en las plazas principales, cuando ardían los espantapájaros de los hermanos Bonaparte, algunos hombres achispados por la bebida, entre gritos y risotadas, arrancaban las hojas de los ejemplares de la proscrita Constitución de Cádiz que hubiesen arramblado días atrás, hacían aspavientos de limpiarse el culo con ellas y, con una felicidad demente, las arrojaban a las llamas diciendo «¡a tomar por culo la Pepa!». Y los mismos gañanes, aborregados y ajumados de aguardiente, entre risas y silbidos de cabreros lunáticos, se iban pasando una bacinilla de hojalata con una moneda de José I soldada en el fondo para orinar y hacer sus necesidades sobre su efigie. Caminaban intentando mantener el equilibrio, como funambulistas en tierra firme, y luego terminaban recorriendo las calles con cencerradas, como hacían bajo los balcones de los recién casados en su noche de bodas.

Pero los festejos del día de la Virgen o del santo patrón eran el oropel de un país empobrecido.

Eran tiempos de denuncias, del miedo que sobrevolaba como murciélagos en la noche, de arrimarse a los que mandaban y de ajustar cuentas con el pasado reciente, algo en lo que muchos nacían enseñados.

Los campos cacereños y toledanos que recorría José estaban mal arados y estercolados, con las mieses agostadas y sin recoger por ausencia de brazos o con la siega del trigo y la cebada comenzada a destiempo. Muchos campesinos eran viejos enflaquecidos de piel cuarteada que, con caliqueños o pañuelos de cuatro nudos en la cabeza y alpargatas de cáñamo, se deslomaban de sol a sol con la hoz y la guadaña. Y sentados sobre las trillas arrastradas por mulas parecían surcar con lentitud un mar amarillo de cereal. Los ancianos movían las mandíbulas continuamente, como rumiantes. Amasaban sus vidas con resignación atávica. Estaban sujetos a la tierra como una maldición: quienes nacían jornaleros morían como tales, y al tañer lejanas las campanas al mediodía, se descubrían y rezaban el ángelus con las manos entrelazadas, con devoción.

José podía ver por donde pasaba las huellas de la guerra: castillos volados con pólvora, torres desmochadas a cañonazos, conventos reducidos a cenizas, industrias manufactureras saqueadas, talleres desguazados e iglesias expoliadas..., porque los franceses, al retirarse, destruyeron lo que no pudieron arramblar. Había casas deshabitadas con una tristeza de colegio en vacaciones. Y en las cunetas de los caminos, a la entrada de los pueblos, podía ver cruces de palo con flores frescas o mustias, señalando los fusilamientos de los seres queridos, los que no pudieron escaquearse de la muerte.

En aquellos días era tan pobre que no tenía miedo de que lo asaltasen en el camino. Soportaba bien el calor y la dureza de las caminatas. Estaba habituado a las fatigas de la vida agreste y era de cuerpo vigoroso. Masticaba hinojo para calmar la sed. Rellenaba una calabaza seca con agua de los arroyos, compraba en las posadas hogazas de pan, queso o morcilla, y se daba panzadas de higos de las higueras salvajes o de las chumberas, hasta saciarse. Al pasar por las huertas, escuchaba las desafinadas cencerradas que daban los niños para asustar a los pájaros y evitar que picoteasen la fruta de los árboles.

Se echaba al camino antes de que despuntase el alba, y con los primeros rayos de sol veía pasar presurosas a las amas de leche que, abandonando sus aldeas, iban a las poblaciones más cercanas para amamantar a los niños de las familias pudientes y así ganarse un jornal. Las nodrizas, con los pechos rebosantes, se colocaban trozos de tela en los pezones para que no les goteasen y así evitar manchar las blusas y vestidos. Y él pensaba, ingenuamente, que si los hijos de los ricos se alimentaban con la leche de los pobres, tal vez cuando creciesen se portarían mejor con los desfavorecidos.

Casi siempre dormía al raso, al amparo de arboledas, pero si se avecinaba tormenta, pernoctaba en los cobertizos de las ventas junto a postillones y muleros, donde sólo podía permitirse un maloliente camastro con chinches. En las paredes encaladas de los cobertizos los viajeros grababan sus iniciales, frases y dibujos obscenos, como un testamento de simpleza. Y una noche oyó a un acemilero contar que, en un pueblo, un médico sibarita pagaba muchos reales a las amas de leche para que le vendiesen su calostro. Al parecer, hacía flanes con aquella nutritiva leche.

Él nunca se despertaba en la quietud de la noche sobresaltado con pesadillas que lo empapasen en sudor, que le hiciesen revivir la brutalidad paterna o le aguijoneasen la conciencia por su fuga. No. Dormía de un tirón porque sabía que no huía de sí mismo, sino que iba en pos de una vida mejor. Y al cerrar los ojos y al abrirlos, en la caja de...



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