E-Book, Spanisch, 382 Seiten
Reihe: Detective esqueleto
Landy Detective Esqueleto: Días oscuros
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-675-6786-1
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 382 Seiten
Reihe: Detective esqueleto
ISBN: 978-84-675-6786-1
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Derek Landy es demasiado modesto para hablar de los premios que han ganado sus libros, o de todos los galardones que humildemente despliega en la repisa de su chimenea. Tampoco mencionará, por supuesto, el hecho de que su primer libro, Skulduggery Pleasant, obtuvo el Premio Bord Gais Energy Irish Book of the Decade Y el Red House Children's Book Award, o que su segundo libro, Jugando con fuego, ganó el premio al Libro Infantil del Año en Irlanda, o incluso que su tercera obra, Los Sin Rostro, es el favorito de su madre. Derek juega demasiado con viedeojuegos, lee demasiados cómics y ve demasiadas películas. A veces habla con gente real, pero solo cuando es absolutamente necesario. Vive en Irlanda con cantidad de gatos, un pastor alemán, y dos bull terriers de geriátrico a los que les sigue pareciendo que hacer pipí en el suelo de su cocina es divertido.
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2
INVASIÓN DEL HOGAR
UÁNTO le echaba de menos.
Echaba de menos su voz, su sentido del humor, su cálida arrogancia y aquellos momentos en los que, junto a él, se sentía viva... Qué ironía, justo al lado de un muerto.
Hacía once meses ya. Valquiria había estado buscando su calavera durante todo ese tiempo para usarla como llave y abrir aquella Puerta que lo traería de vuelta. Dormía cuando tenía que hacerlo y comía cuando lo necesitaba; el resto del tiempo lo dedicaba a la búsqueda. Cada vez pasaba menos tiempo con sus padres. Había ido a Alemania, a Francia y a Rusia, había pateado puertas putrefactas y corrido por oscuros callejones, había seguido las pistas como él le había enseñado y ahora, por fin, estaba cerca.
En una ocasión, Skulduggery le había contado que la cabeza que él llevaba no era suya, que la había ganado en una partida de póquer. Unas pequeñas criaturas le habían robado su verdadera cabeza mientras dormía, y habían huido con ella. En aquel momento, el detective no había entrado en muchos detalles, pero después, poco a poco, fue narrándole la historia completa.
Todo había ocurrido veinte años atrás. Se decía que un poltergeist estaba causando estragos en una pequeña iglesia situada en medio de la campiña irlandesa. Aterrorizaba a los vecinos y ahuyentaba a la policía cuando aparecía por allí para investigar.
Skulduggery acudió con su bufanda y su sombrero bien calado respondiendo a la llamada de un viejo amigo de la zona.
Lo primero que averiguó fue que el culpable no era un poltergeist. Lo segundo fue que seguramente se tratara de algún tipo de duendecillo. De hecho, era probable que hubiese más de uno. Y lo tercero, que la iglesia, por pequeña y espartana que pareciese, tenía una interesante cruz de oro macizo en el altar... Y si había algo que los duendecillos amaban, era el oro.
–En realidad, lo que más les gusta a los duendes es comerse a los bebés –había especificado Skulduggery–, pero el oro es lo segundo entre sus preferencias.
Los duendes intentaban ahuyentar a todo el mundo el tiempo suficiente para desprender la cruz de su pedestal y llevársela, así que Skulduggery plantó su campamento delante de la iglesia y esperó. Se sumió en un estado meditativo y se mantuvo alerta a cualquier movimiento.
Los duendes aparecieron la primera noche y él los expulsó de allí chillando y lanzando bolas de fuego. Eran necios y fáciles de asustar. La segunda noche llegaron sigilosos, susurrándose palabras de ánimo para volver a entrar en la iglesia después del incidente del día anterior, pero él surgió por su espalda profiriendo insultos y amenazas, y los hizo huir despavoridos. La tercera noche, sin embargo, le sorprendieron: en vez de intentar entrar en la iglesia, se acercaron a él muy sigilosos mientras permanecía en trance y se llevaron su cabeza. Cuando quiso darse cuenta, ya habían desaparecido y Skulduggery no tenía dónde ponerse el sombrero.
Después, ya con una cabeza que no era la suya, inició las pesquisas. Al parecer, los duendecillos habían tenido problemas con un mago llamado Larks, quien les había robado sus insignificantes posesiones y las había vendido. Y hasta aquí habían llegado sus investigaciones, pues otros asuntos habían empezado a requerir su atención. Skulduggery siempre había pensado en retomar su búsqueda, pero nunca lo hizo. Así que todo lo demás dependía de Valquiria.
La calavera, según había averiguado ella, fue comprada por una mujer para ofrecérsela a su prometido como regalo de bodas, algo muy poco convencional. La señora terminó usándola para golpear a su futuro marido hasta matarlo de forma sangrienta y escandalosa. Le había pillado intentando robarle. La investigación del asesinato la había llevado a cabo la policía «mortal» –Valquiria odiaba esa expresión–, y la calavera había quedado archivada como prueba. A partir de entonces se la empezó a llamar «la Calavera Asesina». Terminó, no se sabe muy bien cómo, en el mercado negro, pasando de mano en mano al menos en cuatro ocasiones antes de que un mago llamado Umbra percibiera los rastros de magia que había en ella. Un año después se hizo con la calavera Thames Chabon, un negociante sin escrúpulos de carácter sombrío. Por lo que se sabía, Chabon todavía la tenía en su poder. A Valquiria le había resultado realmente difícil contactar con él. Había tenido que utilizar métodos muy poco ortodoxos.
Los «métodos poco ortodoxos» estaban ahora de pie, en un callejón solitario, con las manos en los bolsillos. Se llamaba Caelan y tendría unos diecinueve o veinte años cuando murió. Era alto, de pelo negro, y sus pómulos afilados le marcaban el rostro. Le echó un vistazo a Valquiria mientras caminaba hacia él y, de inmediato, miró a lo lejos. Estaba a punto de anochecer y probablemente le estuviera entrando hambre. A los vampiros solía ocurrirles eso.
–¿Lo has arreglado? –preguntó Valquiria.
–Chabon se reunirá contigo mañana por la mañana. A las diez en punto. En el Bailey, junto a la calle Grafton –murmuró.
–Vale.
–Asegúrate de ser puntual. No le gusta esperar.
–¿Y tú estás seguro de que esa cabeza es la de Skulduggery?
–Eso es lo que dijo Chabon. Lo que no entiende es por qué te resulta tan valiosa.
Valquiria asintió, pero no abrió la boca. No le contó nada sobre el Ancla Istmo, un objeto que reside en una realidad pero que pertenece a otra. No le dijo que ese objeto podía mantener abiertas las Puertas de esas dos realidades, o que todo lo que ella necesitaba para abrir una Puerta que la llevara junto a Skulduggery era su calavera original y un teletransportador dispuesto a ayudar. Ya tenía al teletransportador, ahora solo necesitaba la calavera.
Caelan miró la puesta de sol en el horizonte.
–Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya.
–¿Por qué estás haciendo esto? –le preguntó Valquiria de sopetón–. No estoy acostumbrada a que la gente me ayude sin motivo.
Caelan mantuvo los ojos apartados de ella.
–Hace tiempo encerraste a un tipo llamado Dusk. No me gusta ese tipo.
–A mí tampoco me gustaba mucho.
–He oído que le hiciste una cicatriz.
–Se lo merecía.
–Sí, se lo merecía.
Se quedó parado y en silencio unos segundos, y después echó a andar. Por su forma de moverse, elegante y salvaje, parecía un gran felino.
Tanith apareció cuando él ya se había ido. Emergió del callejón que había al otro lado de la calle enfundada en cuero marrón, con su pelo rubio ondeando y su espada oculta bajo el largo abrigo. Después, la llevó a casa.
Valquiria se paró debajo de la ventana de su dormitorio; aleteó con los brazos, impulsándose en el aire, y ascendió hasta el alféizar. Tocó con suavidad en el cristal y una pequeña luz se encendió dentro. La ventana se abrió y su propia cara, con sus mismos ojos marrones, se quedó mirándola fijamente.
–Pensé que ya no vendrías a casa esta noche –dijo su reflejo.
Valquiria entró sin contestar. Su reflejo la miró mientras cerraba la ventana y se quitaba el abrigo. Hacía tanto frío dentro de la casa como fuera, y Valquiria se estremeció. Su reflejo hizo lo mismo, imitando una respuesta humana a una sensación que nunca había experimentado.
–Hemos cenado lasaña –la informó el reflejo–. Papá ha intentado comprar entradas para el All-Ireland, la final de fútbol gaélico del domingo, pero de momento no lo ha conseguido.
Valquiria estaba cansada. Señaló el espejo de cuerpo entero situado en el interior de su armario. Su reflejo, que no sentía ningún tipo de emoción, se metió dentro del espejo tranquilamente, se dio la vuelta y esperó. Valquiria tocó el espejo y todos los recuerdos de su reflejo pasaron a su mente, mezclándose con los suyos. Mientras cerraba el armario, cayó en la cuenta de que llevaba ocho días fuera de casa y le entró un repentino deseo de estar con sus padres y no conformarse con unos recuerdos vistos a través de los ojos de una sustituta. Pero ellos estaban dormidos abajo, en el salón, así que tendría que esperar hasta la mañana.
Se quitó el anillo negro del dedo y lo dejó en la mesilla de noche. Ni a Abominable ni a China ni a Tanith les gustaba ese anillo (al fin y al cabo, se trataba de una herramienta propia de un nigromante), pero Valquiria había tenido que enfrentarse a muchas cosas en los últimos once meses, y un poco de ayuda extra no le había venido mal. Sobre todo, teniendo en cuenta su natural aptitud para la nigromancia.
Se desvistió y dejó caer los pantalones y la camiseta sin mangas al suelo, sobre las botas. Agradeciendo que ninguna de las prendas que confeccionaba Abominable Bespoke se arrugase nunca, se puso unos pantalones cortos y la sudadera del equipo de fútbol de Dublín que su padre le había regalado las pasadas Navidades. Después se metió en la cama y se estiró para apagar la luz antes de acurrucarse bajo las mantas.
«Mañana», se...




