E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Ensayo
Land Criada
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-124427-4-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-124427-4-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Stephanie Land. Estados Unidos, 1978. Autora estadounidense que escribe sobre la pobreza en su país. Creció entre Washington y Anchorage, en Alaska, en un hogar de clase media. Un accidente automovilístico a los dieciséis años la llevó a sufrir un trastorno de estrés postraumático que luego se vio agravado por dificultades financieras. A los veinte años tuvo a su primera hija y se convirtió en madre soltera, por lo que se puso a trabajar en servicios de limpieza para poder criar a su bebé. Pasó los siguientes años viviendo por debajo del umbral de la pobreza y dependió de varios programas de asistencia social para cubrir sus gastos. Más tarde lo reflejó en sus escritos sobre pobreza y políticas públicas. Después de seis años de criada en Washington y Missoula, gracias a varios préstamos estudiantiles y becas pudo mudarse y obtener una licenciatura en Inglés y Escritura Creativa de la Universidad de Montana. Durante sus años de estudio publicó sus primeros textos en blogs, publicaciones locales y medios digitales como The Huffington Post y Vox. Tras graduarse por la Universidad de Montana, Land pudo dejar de usar cupones para alimentos, comenzó a trabajar como escritora independiente y miembro del Center for Community Change. Actualmente sigue escribiendo y dando charlas. Sus trabajos han aparecido en The New York Times, The New York Review of Books, The Atlantic, The Washington Post, The Guardian, Salon, The Nation y otros medios.
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Empiezo a leer el libro Criada. Trabajo duro, sueldos bajos y la voluntad de supervivencia de una madre, de Stephanie Land, y me sale título para este prólogo: «Las casas que limpiamos y gestionamos las trabajadoras del hogar y cuidadoras y en las que no podemos vivir».
Las trabajadoras de hogar y cuidadoras nos encargamos de cuidar a personas mayores, dependientes o enfermas, niños y niñas, mascotas, y hasta de las plantas. También hacemos de psicólogas, maestras o lo que se tercie.
Quienes hacemos este trabajo tan importante, que sostiene la vida y, por tanto, el engranaje del mundo, lo realizamos, por lo general, en condiciones precarias. Pero para este sistema, que tan bien funciona, gracias a nuestro imprescindible trabajo, continuamos siendo invisibles y nuestros derechos están recortados si los comparamos con otros sectores.
El trabajo doméstico es un trabajo que a lo largo de la historia casi siempre se ha asignado a las mujeres. Las sociedades capitalistas, patriarcales y racistas siguen sin resolver la reorganización de los cuidados; unos cuidados donde los hombres siguen siendo los grandes ausentes. Por su parte, las mujeres tienen la tarea pendiente de solucionar el conflicto de quién pone la lavadora, quién gestiona la casa… Las familias que pueden permitírselo aparcan la discusión y el trabajo y lo resuelven contratando a una empleada de hogar. Estas familias se aseguran de poder continuar con su trabajo asalariado y conseguir una vida digna, sin dobles jornadas. Las empleadas de hogar se convierten en el «seguro» de su «estilo de vida».
También vuelvo a confirmar que este trabajo —que realizamos Stephanie Land y millones de mujeres en todo el mundo— tiene coincidentes características, da igual en qué parte del planeta trabajemos. O bien lo realizan las mujeres en el seno de sus familias de manera no remunerada, solo por amor, o lo hacen las mujeres más pobres o, en los últimos años, migrantes que somos, de alguna u otra forma, expulsadas de nuestros países de origen.
Después del apropiamiento de tierras, aguas, recursos naturales, instalaciones de empresas que dañan el medio ambiente y que hacen que no podamos vivir en nuestros países, en nuestros hogares, muchas mujeres tomamos la decisión de salir en busca de una vida mejor para nosotras y nuestras familias. Lo más difícil es que cuidamos aquí de otras personas, de otras familias, al tiempo que tenemos que dejar a nuestros menores y mayores en manos de los cuidados de otras mujeres en nuestros países; es lo que denominamos «cadenas globales de cuidados».
Cuando llegamos a estos países en Europa, donde las condiciones de vida son, en principio, mejores, una de las salidas que nos «deja» el sistema es realizar tareas de cuidados y trabajo doméstico, tomando el relevo de muchas otras mujeres que conquistaron algunos derechos, como trabajar fuera de casa remuneradamente. Muchas mujeres migrantes y pobres, y con una situación de vulnerabilidad a flor de piel por no tener papeles, trabajan en las condiciones que sea por su compromiso de enviar remesas (bien en recursos, bien en dinero) a sus familias, para seguir «sosteniendo allá».
Muchas de estas mujeres que «sostenemos», trabajamos en grandes ciudades donde intentamos sobrevivir con salarios ridículos aunque trabajemos todos los días y a todas horas y empleamos los salarios, en su mayor parte, en pagar una vivienda que cuesta más de lo que ganamos.
Necesitamos sociedades donde los derechos básicos como la vivienda, la salud, la educación, el derecho al cuidado y al ocio estén cubiertos.
Cuando leo la historia de Stephanie Land, a través de las casas que limpia cada día, y las peripecias que tiene que hacer para cuidar a su hija, bajo el temor de que le nieguen la ayuda para poder llevarla a la guardería y así poder trabajar, leo la historia de miles de migrantes trabajadoras domésticas: la búsqueda constante de un hogar que reúna unas mínimas condiciones y que le permita estar con su hija sin dejarla de lado, el miedo a que el padre le quite la custodia o le diga, día sí y día también, que es él quien merece tener a la niña.
Stephanie Land no cuenta con el respaldo de una familia o de redes amigas. En su ensayo cuenta estrategias para encontrar gente solidaria en determinados momentos, aunque la mayoría de la gente le mira, nos mira, con esas miradas, porque no son solo palabras, que nos recriminan por ser pobres, por ser mujeres solas con nuestras hijas e hijos y por realizar trabajos para poder sobrevivir. Miradas, entre otras cosas, que nos devuelven que no somos mujeres «normales», como dicta la sociedad, cuando no tenemos un hombre a nuestro lado, aunque sea violento, aunque no te valore o te vaya bajando tu autoestima cada día.
Como trabajadora de hogar y cuidadora, mujer migrante, activista feminista con casi treinta años en España, me organizo junto a otras iguales para sostenernos, apoyarnos, escucharnos, querernos y cuidarnos. Desde estos espacios, creados por nosotras mismas, escuchamos historias tan duras como la de Stephanie Land, pero también abrazamos historias de vidas tan hermosas que nos dan fuerza y valor y hacen que sigamos organizadas.
Nos organizamos para conseguir derechos y condiciones laborales dignas en igualdad de condiciones con cualquier otra trabajadora o trabajador; para conseguir que se reconozca socialmente que el trabajo doméstico y de cuidados es un trabajo importante y que es de justicia que estemos, de una vez por todas, en el caso español, dentro del Régimen General de la Seguridad Social con todos sus derechos.
También exigimos que se ratifique el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que se termine la esclavitud que muchas compañeras trabajadoras del hogar internas tienen que sufrir en pleno siglo XXI. Es imprescindible acabar con las violencias y abusos de poder que sufren muchas trabajadoras, especialmente las internas, por parte de empleadores, y que quedan silenciadas entre las paredes de la casa que es también centro de trabajo.
Reivindicamos, asimismo, la regularización de muchas trabajadoras migrantes sin papeles que sabemos que están trabajando en España sin condiciones laborales ni derechos de ningún tipo. Lamentamos que nuestro país, al igual que hicieron otros Estados europeos, no regularizase a quienes se encontraban trabajando, con o sin contratos, aquí durante la pandemia de la COVID-19.
Que se pongan en marcha, de una vez por todas, políticas públicas para que las familias con pocos recursos puedan tener acceso a cuidados dignos para sus mayores, al tiempo que quienes les atendemos tengamos trabajo digno y con derechos. Que no haya vidas que valgan menos que otras por el hecho de ser empleadas de hogar, limpiadoras, cuidadoras o migrantes. Las instituciones han de asumir su papel y tomar cartas en el asunto.
Soñamos con sociedades donde no te juzguen, donde no te hagan sentir culpable de la situación en que vives; porque nosotras no somos culpables de no poder vivir en casas que reúnan todas las condiciones de habitalibidad por no poder pagarlas; no somos culpables de tener que trabajar en varios lugares o en uno solo con jornadas de veinticuatro horas, aceptando salarios bajos y miserables para poder pagar los recibos.
Como pone por escrito la protagonista de este libro, en un anuncio reivindicativo y de denuncia: «Trabajo 25 horas a la semana como limpiadora profesional, pero no me alcanza para pagar las facturas».
Limpiamos casas donde no podemos vivir, por no poder pagarlas. Nuestras casas deberían parecer normales, con habitaciones para cada miembro de la familia o compartidas, pero con dimensiones apropiadas, con ventanas selladas, que no dejen entrar el frío, que no se tenga que estar dentro de la casa con abrigos o tener que poner mantas en las puertas, porque el frío también enferma, como le ocurre a la protagonista de este libro.
Limpiamos casas con grandes salones, con calefacción, con jardín, con amplias cocinas, con varios cuartos de baño, con espacios para relajarse. Nosotras también deseamos tener momentos de ocio, leyendo o escuchando música en espacios similares, sin sentirnos culpables, sin que nos llamen holgazanas o vagas. Reivindico los cuidados para las cuidadoras, porque pareciera que el cuidado no estuviera al alcance de las personas pobres. Reivindico tiempo de ocio y derechos laborales básicos, como el derecho a la prestación por desempleo, el derecho a tener vacaciones, a disponer de bajas laborales, a tener un contrato por escrito, derechos que, en nuestro sector, no se cumplen. El derecho a tener vacaciones, aun siendo un derecho ya conseguido sobre el papel, no siempre se respeta, muchos empleadores y empleadoras aún dicen: «Bueno, ya hablaremos de las vacaciones. Ahora no es el momento». Igual sucede con quienes deciden «quitar de tu salario» el tiempo que empleaste en ir a una cita médica o a resolver una gestión.
Pero, además, en el Estado español aún existe la figura del «desestimiento», que quiere decir que tu empleador te puede echar a la calle sin explicarte ningún motivo, algo que no sucede en ningún otro sector laboral. Por eso, las trabajadoras nos vemos obligadas a denunciar y aunque los juicios no son...




