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E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 160 Seiten

Reihe: Territorios

Klaassen Cuando no éramos nada


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19407-61-0
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 2, 160 Seiten

Reihe: Territorios

ISBN: 978-84-19407-61-0
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
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Dos hermanos que intentan incinerar un pato con una lupa, un futbolista filósofo, una mujer que no consigue huir de la mirada de Dios, una actriz porno y un mago negro, un hombre que descifra mensajes ocultos en las victorias del Barça, una historia en la que la identidad se gana o se pierde, un artista del tiempo, unos labios que se besan quince años después, una conversación con el espíritu de Sibylle Baier, un editor mentiroso que tal vez cuente la verdad. Un universo variopinto y seductor, de personajes tristes, cómicos y grotescos. Un espejo de las variables rarezas de nuestra existencia. Y, en su centro, un escritor singular: Francisco Díaz Klaassen.

Francisco Díaz Klaassen (Santiago de Chile, 1984) es autor de los libros Antología del cuento nuevo chileno (Forja, 2009), El hombre sin acción (Forja, 2011), Cuando éramos jóvenes (Sudaquia, 2012), La hora más corta (Alfaguara, 2016), En la colina (Candaya, 2019) y Mínimas (Alfaguara, 2023), por los que ha merecido el Premio Roberto Bolaño (2010) y el Premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile (2022). Es doctor en Literatura por la Universidad de Cornell e imparte cursos sobre literatura y escritura creativa en la Universidad Diego Portales.
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EL DÍA EN QUE CUMPLÍ TREINTA Y SEIS AÑOS el teléfono sonó tres veces.

Mi abuelita.

El banco.

Una vieja amiga.

Esa última llamada no duró ni un minuto. Después de los saludos de rigor la escuché decir: «¡Se acabó, Francés!» y soltar una carcajada. El volumen de su voz subía y bajaba con la misma brusquedad, y me la imaginé olvidándose a ratos del teléfono, el diafragma contrayéndosele espasmódicamente.

Yo no entendía nada. ¿Qué se acabó, la llamada? Mi vieja amiga tardó todavía quince segundos en calmarse. Solo entonces llegó la explicación: Ese día, me dijo, yo había dejado atrás la juventud.

—¿Ya no soy joven?

Pareció pensar un segundo la respuesta. La escuché tomar aire.

—La piedra es más suave que la arena —contestó al fin—. Eso es un hecho. ¿Otro hecho? Ya no eres joven, Francisco. Se te acabó la edad florida. Acéptalo.

Agregó algo sobre las células de no sé dónde que dejaban de hacer no sé qué después de los treinta y cinco años. Enseguida cortó.

Ni canas ni lentes —¡células!

¿Sería verdad? ¿Se podía ya no ser joven y todavía no tener trabajo?

Me puse una mascarilla y salí a trotar para averiguarlo.

Supuse que alcanzar la esquina de Presidente Errázuriz con Tobalaba, a unas quince cuadras, podía considerarse una meta no del todo descabellada.

No había vuelto a trotar en trece años, pero se me ocurrió que si me limitaba a avanzar, sin prestarle demasiada atención a la velocidad, tal vez no se notaría.

Me equivoqué.

Ni dos minutos llevaba en la calle cuando sentí la boca seca, la cara pálida y en el pecho un descontrol—como si mi corazón estuviera dando tumbos dentro de una cámara hueca.

Millones de punzadas parecían atacar mi cuerpo desde todas partes.

¿Cuándo me habían crecido rodillas?

¿Cuándo, caderas?

¿Por qué tenía una espalda?

¿Qué era eso que me quemaba los tobillos?

El trote se volvió casi de inmediato un paseo. Y la esquina de Presidente Errázuriz, esa cima que me había parecido tan poquita cosa, todavía no se veía por ninguna parte.

Llegué a Tobalaba tratando en vano de recuperar el fuelle. ¿Qué pasaría si volvía a mi casa? ¿Le daría con eso la razón a mi vieja amiga? Apelé a mi autoestima. Apelé a la vergüenza. Apelé al ingenio. Pensé:

RECIÉN CONOCEMOS NUESTRO CUERPO CUANDO NOS LO PRESENTA EL DOLOR.

Bien. He ahí una máxima, me dije. O una mínima. Algo, en cualquier caso, a lo que aferrarse para olvidar las punzadas y el cansancio. Por lo visto, pensar era el secreto. Pensé:

LOS PATOS NAVEGAN COMO LOS HOMBRES Y LOS PINGÜINOS NADAN COMO LOS PECES.

Mi rodilla derecha crujió. ¡No estaba funcionando! Pensé con más fuerza:

SI EL SOL SE INCLINA A SU OCASO, IRRADIA LA NOCHE CON TU FUEGO INTERNO.

Ahora se quejó la rodilla izquierda. La ignoré acordándome de repente de ese cuento, o tal vez cómic, o quizás poema, en que un hombre, enfrentado a un pelotón de fusilamiento, para no lidiar con su destino piensa en una rosa. Se imagina cada detalle de cada pétalo. Más tarde, buscando rematarlo, un soldado se le acerca y ve que en su mano empuña una flor.

Y entonces, ¿qué?

En mi caso, no había ninguna rosa. (Tampoco, es cierto, un pelotón).

Quizás la calle estuviera más en cuesta de lo que recordaba. Quizás hubiera exagerado el ímpetu inicial en ese brioso minuto y medio. Quizás el segundo aire, al que me había confiado y pensaba entregarme, no fuera más que un mito propulsado por la juventud.

Y yo ya no era joven.

De todas maneras, avanzaba. Ahora me daba cuenta. La estela de mis pasos arrastrados era visible en la grava crujiente que iba dejando atrás. ¡Pensar sí servía de algo, después de todo! De hecho, no tardé en divisar, a la distancia, la dichosa calle. Presidente Errázuriz. Calculé que la alcanzaría en tres o a lo sumo cuatro minutos.

En eso escuché algo a mis espaldas y al darme la vuelta vi acercarse a un grupo de corredores con el rostro cubierto por mascarillas quirúrgicas como la mía. Ahí se acababan las coincidencias. Ellos corrían tan rectos como encogido y doblegado lo hacía yo.

Es posible que fuera ese contraste de verticalidades lo que me llevara a retomar el trote, reemplazando mi silueta de plátano por la espigada y marcial de todos ellos.

Me sentí como si hubiera estado en una carrera de postas y me acabaran de encomendar la responsabilidad de llegar a la meta.

Eran seis, y cuando llegaron a mi altura busqué cruzar nuestras miradas—sin éxito, pues ninguno desvió la suya del horizonte.

Alcanzamos la esquina al mismo tiempo, corriendo todos juntos con idéntica velocidad y doblamos al unísono y proseguimos la marcha con movimientos acompasados; toda esa sincronicidad me hizo pensar que debíamos de parecer un pelotón a los ojos de los demás.

Pasados unos minutos, los corredores enmascarados redujeron la velocidad del trote y yo, que de pronto había quedado en medio de todos ellos, me vi enlenteciendo el paso también.

Mi cuerpo lo agradeció. La transpiración me mojaba el cuello y el nuevo ritmo me permitió volver a respirar por la nariz. Rebufé dentro de la mascarilla y sentí que algo salía despedido de mi boca y se quedaba alojado en la punta de mi nariz. Cada vez que respiraba, esa sustancia viscosa y pegajosa, que no tardó en enfriarse, se refregaba contra mí.

En la esquina de la calle Asturias nos detuvimos por completo, sumidos en un silencio anticipatorio. Lo aproveché para estirar los dedos de los pies.

Soplaba una brisa suave y la polera, mojada, se me pegó de inmediato a la espalda. Volví a adoptar la forma de una fruta.

El edificio frente al que nos habíamos enquistado se asemejaba al palacio presidencial, pero a menor escala. Desde afuera parecía una casa de muñecas. En una placa debajo del número leí que se trataba de un museo erigido en honor a cierta gloria no especificada de un pasado aparentemente no del todo remoto, supuestamente esplendoroso, que había vivido allí sus últimos años.

Dicho con pocas palabras: la casa de un libertador—construida, era de suponer, con dineros ganados honradamente.

Sus puertas se hallaban cerradas al público general debido a la pandemia, explicaba un papel que alguien había pegado con una tira de scotch junto a la placa.

A pocos pasos descubrí a un guardia armado con un fusil y entablamos una breve conversación.

El tipo tenía el sol de espaldas, de modo que su rostro era un gran agujero negro.

Durante un tiempo el palacio fue también una cárcel, me explicó, antes de añadir, con lo que me pareció un dejo de orgullo, que esa zona que él custodiaba había albergado a los criminales más nefastos de todos. Lo que dijo exactamente fue: teníamos delincuentes de la peor calaña. Usted sabe a lo que me refiero, agregó.

Yo no sabía nada. (Pero no hace falta confesar las carencias frente a desconocidos).

¿Inmigrantes?, aventuré a modo de broma. Él no se inmutó.

Como el silencio se alargaba, di otro paso en su dirección y, acercando mi cara a la suya, le pregunté, ingenuamente, en voz baja: ¿Violadores?

Ahora podía verle la cara. Le brillaron los ojos. ¡Peores!, contestó.

¿Asesinos en serie?

Lo vi bajar la vista.

No. Una amenaza mucho más real, joven.

Luego señaló al patio, a una zona en la que parecía que el pasto se había hundido.

—El pino siempre cede —dijo, mientras simulaba pegarme un codazo.

Vi en su uniforme que se apellidaba Parraguez.

Además de museo, continuó el guardia, sin esperar mi reacción, ahora el palacio acogía a un grupo de señoras que todas las semanas se juntaba a tomar el té bajo el lema «Ayudar Es Recibir, Ayudar Es Resolver». Las señoras de AER AER también organizaban en las dependencias un club de lectura. Son muy leídas, apostilló. La reverencia que no se molestó en ocultar me hizo imaginarlas reunidas en un gran salón abovedado, bajo la luz de una lámpara de lágrimas, leyendo gruesos volúmenes en tapa dura de tela y papel de Biblia, comentándolos en voz baja entre sorbitos de té y mordiscos casi imaginarios a scones apenas untados con mermelada de mosqueta.

¿Tendrían las señoras quien las guiara? ¿Alguien que les explicara, por ejemplo, que el...



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