Kisch | El reportero vertiginoso | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 869, 92 Seiten

Reihe: Colección Popular

Kisch El reportero vertiginoso


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7699-3
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 869, 92 Seiten

Reihe: Colección Popular

ISBN: 978-607-16-7699-3
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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El periodismo también es un género literario, como se constata en los brillantes reportajes y crónicas de Egon Erwin Kisch. No se trata sólo de documentar los hechos, sino de ponerlos en contexto, de mostrar la complejidad que los rodea. Para lograrlo, Kisch recurre a la narración periodística, la cual no llegaría a ser lo que actualmente es sin la inmensa labor que desarrolló a lo largo de su vida. Parte de este trabajo se reúne en El reportero vertiginoso, una serie de crónicas y reportajes que nos sumergen en el mundo del autor y en su visión profunda y panorámica. Compuesto por más de cincuenta narraciones, este volumen incluye artículos que Kisch escribió sobre el siglo XX. Ya sea que busquemos al mítico gólem, nos sumerjamos en las profundidades del mar o analicemos los tatuajes, los trabajos aquí reunidos son vívidas imágenes de un siglo turbulento.

Egon Erwin Kisch (Praga, 1885-1948) fue un periodista que sedujo al mundo con el encanto y la brillantez de sus crónicas y reportajes, en los cuales mostró una realidad retratada por un periodismo que linda con la literatura. Kisch combatió en la primera Guerra Mundial y en la Guerra Civil española. Pero serán las complejas vicisitudes de la segunda Guerra Mundial las que lo obligan a huir de Francia y, gracias a una visa concedida por el cónsul mexicano Gilberto Bosques, refugiarse en nuestro país, donde publica Descubrimiento de México.
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Prólogo
EGON ERWIN KISCH: HABITANDO LA FURIA


FABRIZIO MEJÍA MADRID

El domingo 25 de marzo de 1913, el defensa estrella del equipo de futbol alemán Storm faltó al partido contra el SK Union Holeschovice de Praga. Perdieron cinco goles a siete. Cuando el entrenador le reclamó su ausencia, el defensa, de apellido Wagner, le respondió:

—Tuve trabajo. Unos oficiales me obligaron a abrir la puerta de un dormitorio en el complejo militar y, luego, varios archiveros.

Así como, entresemana, Wagner era cerrajero, el entrenador era un conocido periodista del diario Bohemia: Egon Erwin Kisch. Su olfato le indicó que el rastreo de un cerrajero en domingo por parte de los militares podía entrañar una historia. El reciente suicidio del jefe del contraespionaje del Imperio austro-húgaro, reportado el día anterior en Viena, tenía las huellas de un encubrimiento. Así Egon Kisch interrogó a Wagner sobre qué tipo de documentos se habían extraído de los archiveros (“Mapas y listas de tropas. Después de verlos, los oficiales repetían la palabra: ‘terrible’ ”), cómo era el dormitorio (“Refinado, con utensilios para enchinarse el cabello y dar manicure”), a qué olía (“Los sobres remitidos por varios oficiales desde Bélgica olían a perfume de mujer”). Secretos militares y secretos amorosos. Así de agudo era el instinto periodístico de Kisch. Max Brod, el editor de Franz Kafka, los describió así: “[Egon] poseía el talento de ver lo que nadie más podía. Era una compulsión interior que se expresaba en desentrañar la trama oculta de las cosas y, al mismo tiempo, una compasión por los más débiles”.1

Aunque Kisch sabía que lo que tenía enfrente era la noticia del suicidio del jefe del espionaje, el coronel Redl, por vender secretos militares a Rusia, Francia e Italia (cuyos espías actuaban desde Bélgica), y que su homosexualidad acaso había servido para extorsionarlo, decidió no publicarlo sin confirmación. Al día siguiente, en vez de sus conjeturas, el diario publicó un desmentido de ellas:

Prominente partidos nos han pedido que publiquemos la refutación de los rumores que han circulado en esferas militares sobre que el jefe de los Servicios Especiales del Imperio, coronel Redl, cuyo suicidio fue conocido antes de ayer, perpetró un acto de traición al revelar secretos a espías de Rusia. La comisión enviada desde Viena, encabezada por el comandante, barón Giesl, abrió su dormitorio y archivos para investigar muy distintas fechorías.2

Un desmentido podía agudizar la fragilidad política del emperador Francisco José I que había reinado durante casi setenta años. Desde la anexión por la fuerza de Bosnia, el Imperio austro-húngaro flotaba en “el alegre Apocalipsis” (Robert Musil), en “el laboratorio del fin del mundo” (Karl Kraus), sostenido apenas por una burocracia imperial, que Kafka retrató indestructible en su debilidad, un catolicismo antipapista que trataba de negociar con el protestantismo, los judíos, y musulmanes, y los miles que se negaban a hablar alemán como lengua oficial. Cincuenta y dos millones de checos, polacos, ucranianos, húngaros, eslavos, bosnios, serbios, croatas, trabajaban para una aristocracia austriaca de apenas ochenta familias que se sostenían en ese inestable y frágil andamiaje con una práctica que estaba en el centro del suicidio del coronel Redl: el Schlamperei, es decir, el atenuar los delitos haciéndolos pasar por meras infracciones. En este caso, la homosexualidad del coronel fue usada para nublar la escandalosa fuga de información sobre los destacamentos apostados en las fronteras, los planes de guerra contra Serbia, y las fuerzas del imperio. Victor Adler, el creador de la socialdemocracia vienesa, llamó a esta práctica de rebajar los delitos cometidos, “la única manera de suavizar el absolutismo”.

A la publicación del desmentido, le siguieron los testimonios, rumores, documentos anónimos que empezaron a llegar a la redacción del diario. El extenso reportaje por entregas que Kisch publicó en Alemania para evadir la censura, tomó la forma de un libro hasta 1924. Muchas décadas después, su historia de la traición del coronel Redl inspiró una obra de teatro británica que fue perseguida por mostrar hombres vestidos de mujeres (Un patriota para mí, de John Osborne, 1965) y una película premiada en Cannes (Redl, de István Szabó, 1985). En su momento, lo confirmó como el creador de una nueva forma de literatura, a la que hoy llamamos “crónica”, como la narración de los eventos presentes “con el ángulo de la eternidad; en que cada suerte y episodio individual refleje el gran destino humano”. Su coronel Redl no es sólo un espía, hijo de un ferrocarrilero, un gay dentro del ejército austro-húngaro, adicto a los automóviles de lujo, sino el emblema mismo de lo que estaba por suceder: la Gran Guerra, con su lealtades y traiciones nacionales en juego, el deber de obedecer a un ejército o resistirse en nombre de la libertad.

De 1905, en que entra como “periodista local” del Prager Tagblatt y del Bohemia, a cuando se publica El reportero vertiginoso (1924), Kisch encuentra una zona en la que escribir y vivir se alimentan. Entre vagabundos, en Praga o en Whitechapel, con los mineros, en los burdeles con sus “magdalenas” (su única novela es justo El padrote, llevada al cine como La Calle, 1923 por Karl Grune), en las estaciones de policía, los cabarets de Berlín, las cafeterías del Círculo de Praga, o en los callejones oscuros, la experiencia para ser contada por escrito definirá la existencia de Egon Kisch. Así lo retrata una caricatura de los años veinte: un hombre mitad cámara de cine, mitad magnetófono. La vida vale la pena ser experimentada porque, luego, se va a contar. No se trata en absoluto de la novela decimonónica, con sus intrigas amorosas y arcos narrativos apuntando todos al desenlace, sino de una forma de registro de lo real a partir del detalle, el testimonio, la conjetura, de las pequeñas historias, los bocetos de los “héroes” de tintorerías, minas, prostíbulos, barrios obreros y, más adelante, de soldados en las trincheras. No se necesitaban treinta páginas para que una dama se pusiera un corpiño o que, finalmente, el aristócrata venido a menos le declarara su pasión. El detalle, el retrato, el testimonio de las “pequeñas personas” concentraban la eternidad de la vida humana y podían ser contadas con la rapidez con la que funcionaban las máquinas. Captar y registrar la velocidad del instante fugaz —ideal compartido con los pintores de las vanguardias de inicios del siglo XX, el cine y la fotografía—, expresar la emoción implacable, como los expresionistas y los ilustradores, era la nueva tarea del escritor que vio desaparecer el imperio en el que había nacido en 1885, y abrirse ante su ávida y voraz mirada, las revoluciones proletarias, el fascismo, el antisemitismo (él mismo, un judío de Praga que escribía en alemán y no en checo), la segunda Guerra y, finalmente, los años del exilio en el México todavía cardenista y solidario.

Después de ser el antologador de un libro sobre periodismo que comienza con Heródoto —y que ayudó a legitimar al reportaje como un nuevo arte, entonces llamado “facto-grafía” —, Kisch se alista, como todos, para ir a la guerra en el 11º regimiento de infantería del frente serbio. Es el 31 de julio de 1914. El grito de sus compañeros de trinchera tras las derrotas, las tragedias, los abusos de los superiores o sus errores se condensan en el título que le da a sus diarios desde la trinchera: “¡Escríbelo, Kisch!” Se dice que muchos de estos bocetos narrativos se escribieron bajo el fuego enemigo, recargando el cuaderno sobre los heridos, en los pasillos de los hospitales. Su hermano Wolfang muere en noviembre de 1914 en Lublin, Polonia, y él mismo es retirado el 18 de marzo de 1915 con esquirlas de una granada enterradas en la cabeza. Como la mayoría de los soldados, está convencido de que la guerra no debió ocurrir y termina, desde el 1 de mayo de 1917, documentando esa misma idea con escenas de heroísmo y absurdo en el Heimat, el periódico de la prensa militar austriaca que dirige Robert Musil.

A partir del final de la guerra que precipita a tres imperios, el austro-húngaro, el ruso y el otomano, el rapto de la revolución se apodera de Kisch. Del desastre de la guerra sólo se puede salir con soldados que busquen la paz y obreros que luchen por desaparecer como clase. Entre el 14 y el 20 de enero de 1918, Viena vive una huelga general. Ya no hay imperio, pero la Asamblea Nacional Provisional no logra evitar que polacos, checos, ucranianos, serbios, croatas y eslovenos se separen de lo que parece, otra vez, excluirlos: una república austriaco-alemana. Compuestas por setecientos combatientes, las Guardias Rojas son una creación de Egon Kisch junto con Stephen Haller y Leo Rothziegel, provenientes de los Consejos de Obreros y de Soldados de Viena. Se oponen a que se proclame una república austriaca que sea parte del Imperio alemán y el 12 de noviembre de 1918 tratan de tomar el Parlamento. Son repelidos con francotiradores por la guardia imperial, ahora vestida con los colores de la república, rojo y blanco. Antes de huir, Kisch se sube a lo más alto de la escalinata, se arranca del pecho la medalla al valor otorgada por los Habsburgo y la arroja hacia la multitud. Después, tiene que esconderse y huir de Viena.

El Círculo de Praga recibe entonces a Kisch en su itinerancia por los cafés: Continental, Lucerna, Montmartre, y Central. Pero es en el Arco que Karl Kraus acuña la frase que juega con los apellidos de Max...



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