Kenwood | Dramas innecesarios | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 384 Seiten

Reihe: TBR

Kenwood Dramas innecesarios


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-28-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 384 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-28-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



No he estado tan neurótica en mi vida. Pero es que todo está patas arriba: ahora vivo en Melbourne, en una casa que comparto con una chica majísima (que espero que quiera ser mi amiga) y con... Jesse.Sí: ESE Jesse. El mismo que me humilló en el instituto. ¿Qué pinta él aquí? ¿Es que no tenía otro lugar al que ir? La cosa es que ahora vivimos juntos, pared con pared, ¡y tengo que aguantarme! Y, por si fuera poco, mi ex también anda por aquí restregándome lo feliz que está.Así que en esas estoy: intentando organizar mi vida con normas y planificación. Y alguna mentira inofensiva... Y un poco de disimulo... Ah, y como dice Harper: nada de dramas innecesarios.

Kenwood Dramas innecesarios jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

SIENTO CÓMO EL CORAZÓN me late desaforado mientras hago todo lo posible por mantener una expresión calmada. De repente, se me ha bloqueado la mandíbula y, aunque intento moverla, no responde. Estoy a punto de tener un ataque de pánico. Está bien. ¡No pasa nada! Sí, Jesse se está mudando a mi nueva casa, pero no voy a permitir que esto me afecte. Aceptaré la situación con serenidad y de forma racional. En cualquier momento se me desbloqueará la mandíbula y mi corazón volverá a latir con normalidad. Todo estará bien.

–Jesse –digo con voz tensa.

–¿Os conocéis? –pregunta Harper–. Supongo que tiene sentido. Mi abuela fue la que os encontró a ambos. –Se ríe, aunque pone demasiado énfasis en la palabra «abuela». Tengo la sensación de que todavía guarda cierto resentimiento porque no le hayan dado la opción de buscar a sus propios compañeros de casa. Los abuelos de Harper viven en mi pueblo y conocen a mi madre. Y, por lo visto, también al padre de Jesse.

–Hemos ido al mismo instituto –explico. Por fin he conseguido sacar la toalla del puño del niño, pero él la vuelve a agarrar con ambas manos y tira de ella con más fuerza. Indefensa, miro a mi alrededor en busca de ayuda. Si existiera una lista para la canguro perfecta, cumpliría con cada uno de los requisitos, incluso para los padres más sobreprotectores, pero, a pesar de esto, no tengo experiencia práctica y no sé cómo lidiar con niños pequeños. ¿Puedes levantarlos si no son tuyos? ¿Te obedecen si les hablas con voz firme y autoritaria, como lo haría un perro?

–Brooke, por supuesto, eres la hija de Michelle –dice el padre de Jesse, nada preocupado por la batalla que estoy librando con su hijo. Me ha dado la sensación de que su tono ha sido crítico, pero es difícil discernir si esa es su forma natural de hablar, si ha hecho un juicio sobre mi madre, o ambas cosas.

–Sí, soy la hija de Michelle. Hola. –Estoy mojando el suelo, así que trato de limpiarlo con el pie descalzo, mientras continúo avanzando hacia mi habitación con un niño pequeño a cuestas.

Jesse todavía no ha dicho nada. Solo sigue cargando las cajas, observando cómo forcejeo con el niño, con una mirada inescrutable en el rostro.

–Jesse, por el amor de Dios, ni siquiera has dicho «hola» –espeta su padre–. Qué tal si intentas dar un buen ejemplo a tus hermanos de vez en cuando, ¿eh? –De nuevo, ese intenso tono crítico. De pronto, me acuerdo de Nana describiendo al padre de Jesse como un hombre antipático. Aunque mi abuela ha dicho lo mismo de, al menos, la mitad de los hombres del pueblo (incluido el encantador médico de familia que trabaja con el sistema público de salud y con aseguradoras sin cobrar directamente a los pacientes, cuando no tiene por qué hacerlo, los hermanos que regentan la carnicería, que nos reciben con una sonrisa y siempre nos regalan algún trozo de carne extra para nuestra gata siamesa, Minty, y el amable viudo que vive en nuestra calle y que la invitó a comer), creo que en este caso acertó con su evaluación.

Nos sumimos en un incómodo silencio durante unos segundos.

–Lo siento. Sí. Hola, Brooke –me saluda Jesse, aclarándose la garganta.

La última vez que lo vi fue hace unos tres meses, en la noche de nuestra graduación, pero ahora me parece más alto.

–Hola, Jesse –respondo, tratando de sonar despreocupada y digna mientras estoy semidesnuda, forcejeando con un niño pequeño.

Jesse deja las cajas y se acerca a mí. Al principio me preocupa lo que tenga en mente, pero luego se inclina, le dice a su hermano: «Ven aquí», lo levanta y lo lanza sobre su hombro de una forma que hace que el niño grite de alegría.

Entonces, nuestras miradas se encuentran. Entrecierro los ojos un poco, enviándole un mensaje. ¿Qué mensaje? Pues que, al igual que él, no me apetece lo más mínimo que compartamos casa, pero que yo he llegado primero y que, si alguien tiene que irse, debería ser él, porque lo que me hizo hace cinco años sigue siendo la mayor traición y humillación que he sufrido; una traición que todavía no le he perdonado y que nunca le perdonaré. Desde luego, es un mensaje demasiado largo para transmitir con un ligero y apenas perceptible entrecerrar de ojos, pero tengo la sensación de que ha captado la idea general.

Me doy prisa en llegar a mi habitación. Una vez dentro, cierro la puerta, aliviada, y coloco varios libros pesados frente a ella, por si el niño pequeño intenta entrar para un segundo asalto.

Me pregunto si Jesse cambiará de opinión. ¿Se volverá hacia sus padres y les dirá que quiere irse de aquí? Bueno, no importa. Yo no me voy a ir. No puedo. Ya he pagado la fianza, he pasado una noche aquí, he aceptado el hecho de que hay un ratón, he hecho planes para ir al mercado con Harper, he empezado a preparar uno de esos tableros de visión con imágenes, frases y objetivos para lograr mis metas, me he comprado una tarjeta de transporte y he dicho a todo el mundo que estoy viviendo en una increíble casa compartida en Melbourne mientras estudio Economía con el objetivo de trabajar para la ONU y, al mismo tiempo, ser un autora superventas y tal vez, incluso, escribir un guion ganador de un Oscar.

Este es mi sueño. No voy a renunciar a él. Me pasé meses buscando un lugar asequible y medio decente para vivir. Me entrevisté con un hombre de unos veintitantos años que en internet se describía a sí mismo como «filósofo, feminista, pacifista, emprendedor, artesano, comunista, artista, apasionado y buscador de almas» y que luego, cuando hablamos por teléfono, me dijo que le gustaba vivir con mujeres más jóvenes porque sentía que tenía mucho que enseñarles. Hablé con tres chicas que me aseguraron que la habitación que tenían disponible era pequeña y poco convencional, pero muy acogedora, y resultó ser una zona con moqueta, detrás de un sofá, separada por una cortina (una sábana sujeta con pinzas a una cuerda de tender la ropa). Entonces, mi madre me dijo que una pareja de nuestro pueblo estaba buscando a alguien para vivir con su nieta y sentí un alivio enorme.

No tengo a dónde ir si me falla esta casa. No quiero vivir con un tipo espeluznante o detrás del sofá de alguien. Y no puedo volver a casa. No puedo fracasar a las cuarenta y ocho horas de haberme ido. No soy el tipo de persona que fracasa.

Me visto despacio, dispuesta a evitar a Jesse hasta que se vaya, pero entonces me doy cuenta de que está aquí precisamente porque se está mudando y que va a ser imposible evitarlo. Intento leer un libro en la cama durante un rato. Sin embargo, soy incapaz de concentrarme en las palabras. Me pongo a jugar con el teléfono, pero lo único que consigo es percatarme de que me están temblando las manos. Entonces me empieza a preocupar que Jesse se una a Harper mientras me escondo aquí, se vayan juntos al mercado y, al final, me den de lado.

Asomo la cabeza fuera de la habitación. Todo está en calma. La familia de Jesse se ha ido. Los he oído marcharse poco después de entrar en mi dormitorio. Como les queda un largo viaje de regreso a casa –tenían que llevar a uno de los niños a kárate, el otro necesitaba dormir una siesta y la tercera estaba llorando–, se han marchado corriendo en un torbellino de estrés y gritos, y no creo que se hayan despedido de Jesse como Dios manda. Intento no comparar esta despedida con la que tuve ayer, con mi madre llorando hasta en tres ocasiones antes de irse, Nana entregándome con solemnidad su adorada medalla de San Cristóbal y Lauren fingiendo que todo le daba igual, pero luego obligando a mi madre a parar el coche para salir corriendo y darme un último abrazo. Puede que en mi familia seamos un poco codependientes.

Me encuentro a Harper en la cocina.

–He comprado bagels, por si quieres uno –dice.

–Mmm, sí, por favor. –Mi voz suena demasiado aguda, extraña. No parezco yo. Tengo que tranquilizarme o, al menos, aparentar estar serena. En una ocasión, una fisioterapeuta me dijo que nunca había visto a nadie a quien le costara tanto relajar los hombros como a mí, lo que decidí tomarme como un cumplido.

–Entonces, ¿Jesse y tú os conocéis bien? –pregunta Harper, mientras corta los bagels por la mitad. Cuando veo que lo hace sin una tabla de cortar debajo y con el cuchillo raspando la madera, me tiembla el ojo.

¿Nos conocemos bien? La pregunta es muy sencilla, pero no tengo ni idea de qué responder.

–Mmm, más o menos. No mucho, pero sí lo suficiente, supongo –balbuceo.

Harper se inclina hacia delante de modo que los rizos le caen sobre la frente. Lleva unos pendientes de oro en forma de pequeñas y bonitas calaveras. Me dan ganas de correr a mi habitación y empezar a buscar en Google «dónde comprar pendientes de oro con forma de calavera». Como si fuera capaz de llevarlos con estilo.

–¿Y cómo es? –inquiere Harper casi en un susurro.

Me emociono un poco. Lo ha dicho de una forma que invita a la intimidad, como si ya fuéramos amigas, pero...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.