Kellen | Llévame a cualquier lugar | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 360 Seiten

Kellen Llévame a cualquier lugar


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18927-69-0
Verlag: Plataforma Neo
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 360 Seiten

ISBN: 978-84-18927-69-0
Verlag: Plataforma Neo
Format: EPUB
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Léane, francesa, y Blake, inglés, no son dos piezas de un puzle destinadas a encajar. En realidad, ni siquiera se soportan cuando el concurso de periodismo de la universidad los sitúa en el mismo punto de partida. Él valora sus sueños por encima de todo y no dejará que nada se interponga en el camino hacia la meta, ni siquiera el seductor acento de Léane. Ella necesita el dinero del premio y utilizará todos sus encantos para convertirse en ganadora. Ambos están dispuestos a todo, incluso a ignorar el magnetismo que poco a poco surge entre sus artimañas y discusiones.

Alice Kellen nació en Valencia en 1989. Es una joven promesa de las letras españolas que acostumbra a vivir entre los personajes, las escenas y las emociones que plasma en el papel. Es autora de las novelas Llévame a cualquier lugar (Plataforma Neo, 2014, 2022), Sigue lloviendo, El día que dejó de nevar en Alaska, El chico que dibujaba constelaciones, 33 razones para volver a verte, 23 otoños antes de ti, 13 locuras que regalarte, la bilogía Deja que ocurra: Todo lo que nunca fuimos y Todo lo que somos juntos, Nosotros en la luna, Las alas de Sophie y Tú y yo, invencibles.
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1 Léane


Me sudaban las manos, tenía el estómago revuelto y notaba un ligero temblor que se extendía por mis piernas, como si estas fuesen de gelatina.

Jamás me había sentido tan nerviosa. Probablemente, estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad.

Respiré hondo repetidas veces con la intención de alejar mis temores.

Había bastantes alumnos reunidos en el salón de actos de la universidad y todos ellos tenían el mismo objetivo: participar en el concurso convocado por la cadena local de la televisión del condado de Berkshire.

Cada cuatro años —como si de unas olimpiadas se tratase—, la cadena Princett colaboraba con la Universidad de Reading y dirigía y organizaba el concurso Joven Promesa.

Podían presentarse al casting inicial los alumnos de cualquier curso matriculados en Periodismo en la universidad. En la primera criba, que era donde me encontraba, se elegía a los seis participantes que formarían parte del concurso. Durante el año universitario, exactamente hasta marzo, los seis afortunados se batirían en duelo realizando reportajes como locutores, que se emitirían en directo a través del canal online del campus.

¿Cómo ganar? Había que conquistar al público.

Los reportajes se publicaban en la página web de la universidad y los alumnos tenían unas horas para votar a sus favoritos. De ahí saldrían los dos finalistas tras varias rondas de eliminación. Eso sí, el ganador definitivo era decisión de los jueces. Sin embargo, para conseguir llegar a participar en el último reportaje, era obvio que había que caerle en gracia al público. Así funcionaba también la audiencia en la vida real.

El suculento premio era poder trabajar durante uno de los meses de verano en la cadena Princett. A pesar de que consistía en cubrir un puesto de becaria —nunca estaba de más aprender a preparar cafés o reorganizar el papeleo de tus superiores—, era una oportunidad única, porque no se trataba de una cadena secundaria más, sino una de las más conocidas e importantes del país que, habitualmente, solía liderar las audiencias. Esa beca te daba la oportunidad de conocer desde dentro cómo funcionaba una cadena de televisión, conseguir valiosos contactos y, todavía más importante, tener una experiencia en el sector para poder trazar la primera línea del currículum.

Como extra, aunque para muchos quedase relegado a un segundo plano, se añadía al premio una suculenta cantidad en metálico para invertir en nuestros estudios. Y desgraciadamente, para mí era casi lo más importante.

Años atrás, ganar el concurso había sido crucial para muchos locutores que terminaron ocupando puestos privilegiados e importantes. Hacerse con el galardón Joven Promesa abría muchas puertas. De hecho, una de mis periodistas preferidas, Linda Carry, se había alzado vencedora en el año 2001 y ahora presentaba y dirigía uno de los programas de debate más interesantes de la parrilla televisiva.

En el salón de actos de la universidad, se llegaron a congregar alrededor de cincuenta alumnos para presentarse al casting. Todos estábamos de pie, formando una perfecta fila india, a la espera de que el acto comenzase.

En la primera hilera de butacas, estaban sentados los colaboradores de la cadena que se encargarían, poco después, de elegir a los seis participantes; entre los jueces se hallaba también el famoso presentador estrella de la cadena Princett, Owen Gabsen. Observé con atención cómo se acomodaban en los asientos y preparaban algunos papeles para tomar anotaciones, antes de desviar la mirada para centrarme en mis compañeros.

La mayoría parecía compartir mi nerviosismo. Eh bien. Intenté distinguir algún rostro familiar, pero apenas había alumnos de primero; casi todos eran de cursos más avanzados. Una pequeña ventaja que a mí no me favorecía, ya que tendrían más experiencia.

Cuando Owen Gabsen se levantó de una de las butacas y subió al escenario, logró acaparar la atención de los alumnos. Los murmullos se silenciaron rápidamente y dieron paso a un inquietante silencio. El famoso presentador dirigió el micrófono hacia sus labios sin prisa y sonrió de un modo estúpidamente encantador antes de hablar.

—Supongo que muchos me conoceréis por presentar las noticias de la noche en la cadena Princett —Cogió mucho aire de golpe y fingió sentirse abrumado por la emoción. Luego miró nuevamente al público y, cuando volvió a hablar, advertí el leve eco de su voz que parecía golpear contra las paredes del salón de actos—. Pero hoy quiero dirigirme a vosotros como uno más. Hace unos años, también estaba ahí abajo, mirando de reojo a un escenario que me aterrorizaba, a la espera de realizar el primer casting de mi vida.

Intentaba mostrarse cercano, pues quería que nos sintiésemos identificados. Pestañeó en exceso, fingiendo estar conmovido; Owen Gabsen sabía qué gesto debía utilizar en cada momento, como si estuviese representando una coreografía ensayada mil veces. Solía vestir un riguroso traje de chaqueta, pero para la ocasión había optado por unos pantalones color caqui y una camiseta informal. No me gustaba como presentador, pero debía admitir que actuar se le daba genial.

—¿Sabéis lo que ocurrió al final, verdad? Gané el concurso —Sonrió con satisfacción. Tenía una dentadura tan blanca que parecía inhumana—. Es una experiencia inigualable. Un trampolín laboral —señaló con un dedo al público y lo movió de un lado a otro, abarcando el perímetro del salón de actos—. Todos tenéis la oportunidad de ganar. ¡Dejad atrás los nervios, subid al escenario y demostrad lo que sois capaces de hacer!

Una entusiasta tanda de aplausos retumbó en las paredes del salón de actos. Los estudiantes se manifestaron sumamente emocionados tras el discurso, sentimiento que no compartía. Me pregunté cuántos de mis compañeros se habían presentado al casting solo para poder ver al presentador en vivo y en directo.

No me gustaba Owen Gabsen, su mirada era siempre esquiva. No solo era conocido por presentar las noticias de la noche, sino también por sus escarceos con jóvenes famosas y por protagonizar portadas en conocidas revistas del corazón. Su vida privada había sido el desencadenante hacia la audiencia.

Cuando volvió a sentarse, sin más preámbulos, el jurado le indicó al primer alumno de la fila que subiese al escenario. Guardamos silencio absoluto.

Observé al joven delgado que se dirigía hacia el micrófono con cautela. Se colocó con el dedo meñique las enormes gafas redondas que acaparaban la atención sobre su rostro y comenzó a informar sobre un asesinato cometido cerca del centro de Londres, a plena luz del día.

Tras la primera prueba, el escenario fue ocupado por un alumno tras otro hasta que la longitud de la fila, donde me encontraba, disminuyó. Algunos estudiantes tartamudeaban, se trababan o repetían en exceso ciertas palabras; probablemente serían descalificados por ello. Distinguí con rapidez a los que más destacaban: una chica menuda de voz dulce parecía haber seducido al jurado con su inocencia, a pesar de que se mostraba nerviosa. Mark Dabbent —a quien conocía de la clase de literatura porque, aunque cursaba segundo curso, había repetido esa asignatura—, hizo un reportaje sobre una fábrica de ositos de peluche y encandiló al público con comentarios graciosos.

Cuando llegó mi turno, exhalé despacio. Ascendí con una lentitud preocupante los escalones que dirigían al escenario. Quería huir. Durante unos instantes, me convencí de que presentarme al concurso había sido una mala idea. Casi me obligué a caminar, porque mis piernas no parecían querer hacerlo por inercia.

Centré la mirada en el micrófono para evitar enfrentarme al jurado. Percibía decenas de ojos clavados en mí que me evaluaban con detenimiento, del mismo modo que yo había hecho con mis compañeros minutos atrás. Intenté dejar atrás la inseguridad que me abrazaba e imaginé que estaba sola en mi habitación, ensayando. Cogí el micrófono y sonreí.

—París, la ciudad del amor, de la moda, del arte, del turismo…, sí, supongo que todos os hacéis una idea de cómo es París e imagino que, en estos momentos, estaréis recreando mentalmente la Torre Eiffel o los famosos museos —hice una pausa y cogí mucho aire de golpe, obligándome a seguir respirando—. Pero dejando a un lado los típicos lugares turísticos, los parisinos escondemos muchos más secretos… —Les mostré una sonrisa misteriosa—. ¿Sabíais que en París existe un Museo de Vampiros? —Un silencio sepulcral se adueñó del salón de actos. Me temblaron las piernas. Inspiré hondo y sonreí de nuevo—. Sí, no es broma, somos así de raritos —Casi como si fuese un milagro, comencé a escuchar algunas risas que me influyeron ánimo—. También fundamos el Micromusée du Service des Objets Trouvés que, básicamente, es un museo que alberga desde hace más de doscientos años objetos perdidos por los turistas, o el Museo de las Falsificaciones, donde se exhiben productos originales junto a sus imitaciones. Sé lo que estáis pensando: es un poco extraño. No lo voy a negar —Distinguí que gran parte del jurado sonreía abiertamente, entre ellos Owen Gabsen—. En definitiva, a los parisinos nos encantan los museos. Si os animáis a visitar la ciudad algún día, no podéis dejar escapar la oportunidad de ver algunos de los más curiosos, como el Museo de la Brujería, el del Rompecabezas, el Museo de los Sacacorchos o, si os van las emociones fuertes, el Museo de los Caramelos Haribo,...



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