E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Katsu El fervor
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8769002-1
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 368 Seiten
ISBN: 979-13-8769002-1
Verlag: NOCTURNA
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Alma Katsu nació en Fairbanks, Alaska, y se graduó tanto en la Universidad Brandeis como en la de Johns Hopkins. Durante más de treinta años trabajó en los servicios de inteligencia de la CIA y en la Agencia de Seguridad Nacional, y posteriormente fue asesora de tecnologías emergentes. En la actualidad reside en Virginia Occidental, donde se dedica a la escritura. Ganadora de premios como el Bram Stoker, es autora de muchas novelas con tintes históricos, entre las que destacan El hambre (Alianza: Runas, 2019) y El fervor (Nocturna, 2025).
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1
ALREDEDORES DE BLY, OREGÓN
MONTAÑA GEARHART
19 DE NOVIEMBRE DE 1944
—Caray. Maldita sea. No irás a…
Archie Mitchell agarró el cambio de marchas de su sedán, un Nash 600 de 1941, pero notó que las ruedas patinaban en el barro.
Las últimas lluvias del otoño habían embarrado la carretera de Dairy Creek hasta convertirla en un oscuro riachuelo que serpenteaba entre los densos pinos reales y los enebros que tapizaban la ladera de la montaña. La inquietud se le agarró al estómago. Tenían que haber sabido que no se puede tomar una pista forestal en esta época del año.
—¡Los niños, Arch! —le advirtió Elsie desde el asiento del copiloto. Sus rizos rubios, sus labios rosas.
Sus ojos color avellana echaron un vistazo al espejo retrovisor. En el reflejo: un barullo de telas de pana y de lana a cuadros verdes y marrones, unas cuantas rodillas revueltas y calcetines medio escurridos. Los chicos de los Patzke, Dick y Joan, y otros tres —Jay Gifford, Edward Engen y Sherman Shoemaker— completaban la excursión. Todos iban repeinados, de domingo. Iban tarareando y canturreando cancioncillas. Dick Patzke tiró de la coleta de su hermana adolescente en el asiento de atrás.
—¿Nos hemos quedado atascados? —preguntó Ed.
—Todo va bien —aseguró Elsie a los niños—. El Señor nos ha puesto una pequeña prueba en el camino, eso es todo.
«Una prueba en el camino». Archie sonrió. Su mujer tenía razón. Debía tener cuidado con lo que decía. Con razón fue la mejor alumna del Instituto Bíblico Simpson1, no como él. De algún modo, a pesar de sus muchos defectos, Dios consideró adecuado darle a Elsie.
Volvió a pisar el acelerador y esta vez el coche dio una sacudida hacia delante, dejando un reguero de lodo grisáceo tras ellos cuando las ruedas recuperaron la tracción.
—¿Lo ves? —Elsie le dio una palmadita en la rodilla. Intentó animarse, pero el mal presentimiento y los nervios que llevaban toda la mañana atenazándole el pecho no se le iban.
Y eso era justo por lo que estaban allí. La excursión a la montaña Gearhart había sido idea de Elsie. Llevaban tiempo sin salir de casa; Archie se preocupaba mucho de que Elsie estuviera bien, pero necesitaban hacer algo distinto. Iban a volverse locos si no les daba un poco el aire, no era normal en una pareja feliz y joven, en la flor de la vida. Además, habían oído que los Patzke acababan de perder a su hijo mayor en el extranjero. Sin duda, su deber como pastor era acercarse y ofrecer su cariño a esa familia deshecha. No le vino nada mal que un par de pescadores entusiastas de su congregación le dijeran que las truchas aún picaban en Leonard Creek.
—Mi pescador nunca pierde la esperanza —se había burlado Elsie un rato después, ya por la noche, tendidos en la cama uno junto al otro bajo el resplandor amarillo de las lámparas gemelas de sus mesillas—. ¿No sería bonito hacer algo por los chicos de los Patzke? ¿Una excursioncilla cualquier domingo? Así los Patzke podrán estar un rato a solas y llorar la muerte de su hijo, ¿no te parece? Además, si pronto voy a ser mamá, me vendrá bien practicar…
Intentaba distraerlo de sus pensamientos… y funcionó. Archie se dio la vuelta y besó el vientre redondo y tirante de su esposa. Cinco meses ya y seguía la cuenta atrás. Esta vez todo iba a salir bien. No había nada por lo que preocuparse. Venía en camino un hijo sano. Archie se tranquilizó cuando vio el brillo en las mejillas de Elsie.
Susurró que sí pegado al camisón, y ahora «cualquier domingo» se había convertido en ese.
A su alrededor, el bosque se espesaba y el cielo estaba de un azul radiante. Solo quedaban unos retazos de nubes de la tormenta del día anterior. Aun así, mientras avanzaban por una carretera cada vez más empinada, Archie sentía que el nudo de tensión que se le había formado en el pecho le apretaba con fuerza. Bajó la ventanilla para que entrara un poco del aire fresco de la montaña. Todavía era lo bastante frío para que se notara el aroma del invierno y por un momento parpadeó, pensando que acababa de ver un copo de nieve. Le invadió una sensación inquietante, como si estuviera en una habitación en la que una puerta se hubiera abierto de golpe. Pero se trataba solo de una semilla diminuta, una pelusa minúscula arrastrada por el viento.
Los niños volvieron a entonar sus himnos mientras Archie maniobraba con el Nash para tomar un camino aún más estrecho. Era más accidentado que la carretera de Dairy Creek, y miró preocupado a Elsie, que se había puesto la mano sobre el vientre mientras el coche botaba con los baches.
Frenó despacio, no demasiado lejos de una cabañita abandonada de la que le habían hablado los pescadores.
—Tal vez sería mejor hacer el resto del camino andando.
Elsie se estiró para alcanzar el tirador de la puerta.
—¿Qué tal si me llevo a los niños al arroyo? Quizá puedas acercarte un poco más con el coche. Así no tendrás que cargar con las cosas del pícnic desde tan lejos.
Como siempre, tenía razón.
—¿Seguro que estarás bien?
Su sonrisa era como un rayo de sol. Lo llenaba con algo más que amor, algo que no podía nombrar porque ofendería a Dios. La adoraba. Si se lo pidiera, se tendería en el barro y la dejaría caminar sobre él como si fuera un puente. A veces temía que Dios hubiera sido demasiado generoso al darle a Elsie, temía hasta dónde estaría dispuesto a llegar para hacerla sonreír, solo para sentir sobre él la suavidad de sus manos en la oscuridad, esos besitos tan peculiares que lo encendían con pensamientos impuros. Con Elsie se sentía desarmado.
—Pues claro —respondió Elsie—. De vez en cuando tendrás que soportar tenerme fuera de la vista, ¿no crees? —Sonrió de nuevo y Archie vio que los niños salían del coche a toda pastilla, como cabritillos que escaparan del redil.
—¡Voy a pescar el pez más grande! —se pavoneó uno de los niños.
—¡No, lo voy a pescar yo!
—¡Pues yo voy a pescar una ballena!
—Eso es una idiotez, en los arroyos no hay ballenas —replicó el primer niño.
A Archie, esas voces le recordaban a cuando era pequeño y pescaba en un puente con sus amigos. Niños felices de ser niños, que podían jugar a sus anchas. Apenas tenía treinta años, pero ya se sentía como un viejo.
—¡El último que llegue al arroyo…!
«¡… es un gallina!», Archie terminó la frase para sí. Algunas cosas nunca cambiaban.
Echaron a correr por el sendero, azuzándose el uno al otro para ir más rápido. Elsie se quedó en la retaguardia con la niña de los Patzke. Joan Patzke era una buena chica, pensó Archie. Considerada. Se había dado cuenta de que debía quedarse con Elsie, asegurarse de que tuviera compañía y una mano a la que agarrarse.
Si todas las familias de su congregación fueran tan amables como los Patzke… Si todos los padres de Bly fueran tan buenos como esos niños, todo iría bien, pensó. Aun así, ese pensamiento no logró aliviarle la presión del pecho.
Una vez que naciera el bebé, podría volver a respirar. Todos los médicos le habían asegurado que llegar a los cinco meses era una buena señal, lo suficiente para dejar de preocuparse. Pero también se lo habían dicho la última vez.
Aparcó todo lo retirado del sendero que pudo, pero el Nash tapaba casi todo el camino. No quedaba espacio a su alrededor. El sendero era demasiado estrecho.
Abrió el maletero y el aroma a chocolate lo envolvió. Elsie había decidido que, si iban a ir de pícnic, necesitaban una tarta de chocolate. Había horneado las capas el día anterior y las había puesto a enfriar en una rejilla durante la noche. Preparó el glaseado por la mañana, batiendo la mantequilla y el azúcar a mano con un cucharón de madera. Elsie preparaba tarta de chocolate una o dos veces al año, y solo de imaginársela se le hacía la boca agua. Asió el recipiente de la tarta y se colgó las asas de madera del antebrazo; con la otra mano sacó la cesta de pícnic: dentro había sándwiches de pavo, un termo de café para los adultos y una jarra de sidra para los niños.
Dejó la cesta en el suelo y, mientras cerraba el maletero, otra diminuta semilla blanca, no más grande que un copo de nieve, se le posó cerca de la nariz. Se la sacudió con extrañeza, un poco desconcertado. Otra vez esa sensación: un viento que lo atravesaba de arriba abajo. Estremecido, cerró de un portazo el maletero.
Frente a él había una mujer.
La sorpresa le hizo dar un respingo, pero ella permaneció inmóvil, observándolo. Era una mujer joven y hermosa. Vestía un kimono —uno bonito, le pareció—, pero iba desaliñada. El brillante cabello negro le caía en mechones y la brisa agitaba los extremos de su obi.
¿De dónde había salido? No había nadie en el sendero ni en el bosque, estaba seguro. Había estado muy atento mientras conducía por el barro.
Era extraño que alguien merodeara por la montaña con un atuendo tan elegante. Era cierto que Archie había visto japoneses con su indumentaria tradicional en Bly, pero de eso hacía ya unos años.
Ya no quedaban japoneses en la ciudad.
Lo más extraño de todo era su expresión, la forma en que le sonreía. Maliciosa. Taimada. Las preguntas se le atascaron en la garganta, no podía hacer nada más que mirarla.
Entre los dos...




